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SOBRE CURUCUSÍ DE CLAUDIA VACA. POR ALFREDO PÉREZ ALENCART

Pórtico EL CALIBRE DE UNOS VERSOS GESTADOSBAJO LA LUZ DE LAS LUCIÉRNAGAS I. La luz de la conciencia no convalece en este buen manojo de tallados poemas, exquisitos y sonoros,

Gladys Mendía 11 meses ago 67
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Pórtico

EL CALIBRE DE UNOS VERSOS GESTADOS
BAJO LA LUZ DE LAS LUCIÉRNAGAS

I.

La luz de la conciencia no convalece en este buen manojo de tallados poemas, exquisitos y sonoros, que nos ofrece Claudia Vaca, cruceña de la Chiquitania, orgullosa de su origen, el cual se adentra hacia la Madre Selva para, desde allí, anexionarse otros firmamentos telúricos o del cosmos, otras mitologías al margen de las ancestrales inherentes a la Chiquitania y a la Amazonia boliviana, otros instintos amorosos que estremecen, pues desde sus versos planta una reivindicación que rompe todo limbo en pos de que la mujer no llore lágrimas de condenada, ahora ya entronizada por la razón de ser cuerpo encendido, amante y pareja, poderosa realidad tras mil años de postraciones: “… tu presencia abre el telón/ a-notando la melodía de tu tacto en la piel/
inundando las metáforas/ en una luz mayor …”

II.

Y, como suele suceder con los mejores banquetes o con las más palpitantes parábolas, lo que se deja para el final debe entenderse que tiene primacía. Por ello, entiendo de importancia tener en consideración estos últimos versos del último poema albergado en el vientre de esta arca:

Con la luz del curucusí
Iniciamos la costura de estos bordes fronterizos
Entre el país vida y el país muerte
Con visas sin divisas
reVisan en el monte
para volver
a ver
con el volumen del VERde
incendiado arcoirísticamente
entre las alas escurridas de parabas y picaflores diciéndonos:

  • Hay que ver el verde
  • ver de verdad este poEmma.

La oralidad es esencial para Claudia Vaca y eso se constata cuando ella lee los escritos que ha ido tejiendo a lo largo de dos lustros en sus periplos por aquende y allende. Va haciendo incisiones en las propias palabras, para así dejar en evidencia la doble significación que las otorga en el cuerpo del poema (léase, a modo de ejemplo, el poema Pozo), o también estos versos: “…hasta llegar a la mente del monte”, “…al grito en la gruta” o “…Molino moler oler”. Pero no debemos quedarnos con esos visibles anclajes en la construcción de sus poemas: lo que nos deja conocer es producto de una visión que se desdobla hacia adentro, desde esas certezas que se logran a medianoche, como vigía de un tratado que pospone la interrogación de los cuerpos; hasta el diálogo permanente con los cuatro elementos de la naturaleza, presentes en el vivo terciopelo de sus versos: agua, aire (viento), fuego y tierra se tornan en callejones con salida para a aquello que piensa, siente e intuye nuestra poeta, sin excluir su perfectiva cosmogónica o el difícil engranaje con el hecho religioso, pero en el cual insiste: “…siento que soy la última poeta con fe en la fila”. O también: “…comulgamos juntas en la misa de cada domingo/ solo Dios nos entiende y nos acepta”.

III.

No he necesitado abrir el diccionario de americanismos para saber el significado de la palabra ‘cucurusí’, pues al ser de la Amazonía me resonaba tanto como el ‘vaga-lume’ de los brasileños. En mi caso, ver luciérnagas a los cinco años significó mi primera aproximación al asombro que, como todos sabemos, resulta el principal combustible de la Poesía. Por ello entiendo que la autora haya querido titular así su libro, pues yo mismo tengo uno pequeño, de prosas poéticas, titulado Posesión entre luciérnagas.

Pero volvamos a las ofrendas que Claudia nos dona. Otro aspecto singular es la vertiente lingüística que incrusta de forma acertada en sus creaciones, además de su sapiente entrega hacia las naciones originarias de su región: “…se arremolinan como piedra al agua/ los idiomas ancestrales / cantan respuestas cual rayo de sol/ la luna de cada mujer/ tejiendo el agua…”. Esta decantación la podemos encontrar también en el poema ‘Liana’, del cual anoto unos versos:

En el olor de sus labios
se versan los duendes de la savia bebida en la liana
hablan los signos ancestrales
se escriben en mi sangre
regulan mis latidos
limpian mis pulmones
rompen la columna del origen…

IV.

Aquí tienen un libro alejado de efervescencias y nimiedades, muy frecuentes en estos tiempos de lírica escuálida y carente de cargas de profundidad. Claudia Vaca ha escrito estos poemas desde las torrenteras de la contemplación y, por ello, invoca, confiesa, reivindica, celebra y desnuda su espíritu en estos versos que nos conmueven y vivifican, tal como la profunda felicidad que ella ha recibido del Amor: “Me has abrazado la existencia/ embarazado de alegría…”.

Son, qué duda cabe, sílabas enhebradas bajo el amparo del deseo y la luz del cucurusí.

Marzo y en Tejares (2023)

Alfredo Pérez Alencart
Universidad de Salamanca,España


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