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EDICIÓN ESPECIAL: 99 AÑOS DE IDA GRAMCKO

Para conmemorar y homenajear a esta multifacética mujer de la filosofía, la educación y las letras, Ida Gramcko, he reunido a varixs escritorxs que destacan su excepcional aporte en diversos campos.

Gladys Mendía 8 meses ago 340
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Para conmemorar y homenajear a esta multifacética mujer de la filosofía, la educación y las letras, Ida Gramcko, he reunido a varixs escritorxs que destacan su excepcional aporte en diversos campos.

El primer texto es de nuestro querido
escritor, músico y editor venezolano,
Edgar Vidaurre.

Recital a cuatro voces: Elizabeth Schön, Ida Gramcko, María Antonieta Flores y Belén Ojeda.
Por Edgar Vidaurre.

En un día lluvioso del mes de junio de 1994 (muy cerca de su cumpleaños) conocí a María Antonieta Flores en la casa de Elizabeth Schön. La poeta Ida Gramcko, su Maestra, acababa de morir recientemente en mayo de ese mismo año. Me acuerdo que esa tarde, en el jardín de Elizabeth, hablábamos del mar bajo la antigua advocación de la palabra griega que lo nomina: Thalassos y así, pude escuchar una lectura muy conmovida e inolvidable de los poemas de María Antonieta donde se replicaban las voces de ese mar original. Luego vinieron las Murallas, la exclusión de Agar, los cantos de cacería, Vivaldi y las semillas. La criba y la génesis de una obra poética esplendorosa como los Deltas, y como ellos surgida de la vertiente que surge del dolor trascendido.

A Belén Ojeda la conocí antes, entrando abril, un mes antes de que La gran Ida muriera. Me acuerdo que fui a visitar a Ida en la clínica Atías después de que le diera el infarto en el corazón y fue Belén quien me abrió la puerta de la habitación. Esa tarde nos confesamos músicos y hablamos de  Brahms y de sus klavierstücke, de Rusia y de los cantos de la liturgia Ortodoxa. Luego vendrían, los solsticios, Anna AJmátova en su extraordinaria versión al español, Reverón y el Ojo de la cabra y toda una obra sensible y honda pero luminosa, como los veranos y las fiestas que los ritualizan a las orillas de los ríos.

A partir de ese año y con algunos de los poetas que venían de los talleres de estas Maestras, así como los del poeta Alfredo Silva Estrada y del grupo extraordinario de lectura de poesía atardecida con el Maestro Carlos Puche (esposo de Elsa Gramcko) y las maravillosas Sonia Sanoja y Rosita Melo, se conformó una hermandad constituída en virtud del claro entendimiento de que los jóvenes poetas que acudíamos a ese centro, a ese jardín de los Rosales que se elevaba hacia el cielo, éramos hijos indiscutibles de esas madres y así nos reconocimos. Era la profunda sensación de que veníamos de ese mar original y que aún hoy continúa alargándose incesantemente sobre el mismo jardín que todos vimos florecer.

Hoy, en estos tiempo oscuros y difíciles, en esta posmodernidad donde se tratan de imponer otras voces, las voces del odio, del desarraigo, con este pequeño homenaje, y en una especie de milagro de resurrección que revoca el estatus dimensional de la existencia circunstancial, estas sus hijas, María Antonieta y Belén, revivieron y nos llevaron nuevamente a esa otra dimensión esencial que nos otorga el espacio-tiempo de la poesía, la voces vivas de Elizabeth Schön e Ida Gamcko, voces que perduran como las voces del mar, como los ciclos de la luna, como el aroma inasible de los jazmines, los solsticios y las estaciones, como los ríos, como la lluvia, a su vez mezcladas con sus propias voces reflejadas, como se mezclan las aguas, como se mezcla el amor, para que nunca nos sintamos en estado de orfandad o desamparados, para ratificarnos que todo pasa, pero que la palabra queda por la gracia de su esencia viva, que como una evidencia, como una letanía continua y llena de certeza, repiten las bocas, sus bocas, nuestras bocas.


 

Continuamos con un precioso ensayo en homenaje a Ida Gramcko, por nuestra querida escritora y editora Ana María Hurtado.

La voz del alma. Una mirada arquetipal, a propósito de Cantos a Perséfone.
Por Ana María Hurtado

Acercarse a la obra de Ida Gramcko (1924-1994) es siempre un ejercicio de riesgo. Accedemos al ámbito de una poeta mayor, que abarca en su singularidad insólitos registros, variados medios de expresión y un multiforme modo de hacer el amor con las palabras para engendrar nuevos mundos, inagotables, extensos.Sumergirse en la obra de Ida Gramcko siempre es arduo y encarna un verdadero peligro; su jardín de palabras tiene la consistencia paradójica de un bosque denso, que por momentos puede parecer impenetrable, dado que cada palabra árbol- florecimiento- criatura animal o mítica, se constituye en una grieta o pasadizo a otro bosque, donde se repite lo mismo y así, por gracia de la fractalidad, nos hallamos frente a una producción inagotable en significaciones y misterios. Entramos entonces en un frondoso laberinto construido con toda especie de criaturas mutantes, metamorfoseadas en virtud del poder de las palabras.

y donde tu voz llena de flor no se desflora

cual metálico lirio, como felpa sonora

Pese a la diversidad, la voz de la poeta conserva un eje conductor, en el sentido de guía dirección, pero también en la acepción de conductor eléctrico, aquel material que ofrece poca resistencia al movimiento de la carga eléctrica, permitiendo así el libre fluido de electrones; electricidad y fluido que  en este caso simboliza  fluir vigoroso de palabras, al servicio de  la  capacidad lingüística utilizada en toda su descomunal potencia para transmitir, conmover, asombrar, descubrir. Esta particularidad puede ser un gran atractivo, así como también puede producir cierta aprensión en un lector desprevenido.

 La poeta María Antonieta Flores en su ensayo Ida Gramcko, Fertilidad y trascendencia, apunta con exactitud que en Ida el acto creador no se escinde del transcurrir vital, sino que lo refleja y lo asume como sustancia transformada y transformativa. Más adelante señala que la palabra se constituye como vía de conocimiento y de testimonio de la vivencia personal con trascendencia colectiva. Este hilo conductor en su producción poética y literaria está conformado por la materia prima de su propia existencia, por un periplo vital que nace y se desarrolla en comunión con el fenómeno poético. Desde Umbral (1942), poemario de su temprana adolescencia – o casi niñez- podemos seguir la pista del desarrollo vital de la poeta, en tanto vivencia íntima, siendo testigos de las diversas manifestaciones de una existencia humana vivida desde el asombro, la indagación, la intensa atención, y sobre todo desde el anhelo de hallar sentido de trascendencia a la multitud de acontecimientos y experiencias vitales. La palabra en Ida es siempre anhelo de contener y preservar lo efímero y sutil para intentar transmutarlo en eterno y consistente. Labor constante de existir más allá del vivir.  Literatura vinculada al deseo de salvar al Ser contingente y transformarlo en Ser necesario. Propósito inalcanzable y destinado por ello al eterno retorno.

Tomo estas premisas como punto de partida para comenzar mi aproximación al poemario Cantos a Perséfone (1988). Utilizaré la visión arquetipal, dado que ya desde el título la poeta nos remite a la diosa Perséfone, y por añadidura, sabemos que Ida fue una profunda conocedora de las posibilidades del mito, como origen, sustento y motor del acontecimiento poético. Estos textos aparecieron en una recopilación llamada Obras escogidas (Editorial Ex libris, 1988), con prólogo del poeta Alfredo Silva Estrada.

Una espiga guardada como un mito

Cuando utilizo la palabra Diosa me estoy anclando en los conceptos de Carl Gustav Jung  y su teoría sobre el inconsciente colectivo y los arquetipos, los cuales, a grosso modo, podría definirlos  como pautas de conducta particularmente humanas que llevamos inscritas en nuestro ADN, que aparecen con puntualidad en toda manifestación humana, histórica, geográfica o culturalmente diversas. Son pautas de conducta que abarcan desde los acontecimientos aparentemente triviales hasta los trascendentes, tales como el nacimiento, la maternidad o la muerte, entre muchos otros. El arquetipo nos singulariza como humanos, y su forma de expresión predominante, que no la única, son las imágenes. Y el acontecimiento religioso- sin referirme a ninguna religión- pero sí al hecho religioso como acontecimiento humano inscrito en la psique, donde precisamente se despliegan las imágenes arquetipales con mayor numiosidad.  No es raro entonces que arquetipos, imágenes arquetipales, dioses y diosas sean vías de aparición del hecho poético, ya que siguiendo los postulados del gran poeta e investigador Robert Graves en su libro La diosa blanca, podemos afirmar que el primer lenguaje de los humanos fue el lenguaje poético y que aparece dentro del ámbito de lo sagrado, lo podemos ver como el lenguaje del asombro ante lo que somos y lo que nos rodea. Borges decía que las palabras son originariamente mágicas, que hubo un momento en que la palabra Luz parecía resplandecer y la palabra noche era oscura. Toda la naturaleza, desde la mirada humana parece expresar un regocijo a la par que un estremecimiento, a veces aterrador, ante la magnificencia del cosmos, y ante el insondable misterio que éste representa, y del cual formamos parte.  En ese sentido, la poesía en tanto confluencia de imagen, lenguaje y emoción expresa ese mismo regocijo y estremecimiento.  No es de extrañar que la poesía fuere entonces un acontecimiento del orden de lo sagrado, vinculado al misterio, conjuro, alabanza, oración. Estoy convencida de que estos atributos del fenómeno arquetipal y su vinculación íntima con el acontecimiento poético están más que representados en la producción literaria de Ida Gramcko.

Recuerda las enhiestas corolas bermellones

No eran grito, eran brotes o manifestaciones

La obra que nos convoca fue escrita a propósito de la muerte de su esposo, José Benavides. El poemario también tocará los umbrales del final de la propia vida de la poeta; luego en 1994 vendrá Trenos, último poemario que revela junto a Salto Angel y Canto a Perséfone una etapa y acrisolada y sobrecogedora de la producción poética de Ida.

 El título nos remite de inmediato a un tema muy caro a la poeta:  el mito de Perséfone, el arquetipo de la hija Koré, que será trasfigurada luego de su paso forzoso-pero necesario- al inframundo;  encarna la muchacha floral en su frescor y candidez, que en algún momento de la vida, pierde abruptamente la inocencia y es llevada a los parajes subterráneos donde contrae nupcias con el dios de las profundidades. Este aspecto arquetipal en Ida Gramcko lo desarrollé en un texto anterior, sobre Las Diosas de lo femenino y Eros creador en tres poetas. Entonces, señalaba que Ida Gramcko, ya era conocida como la Perséfone -según Juan Liscano-, la eterna doncella de las letras como la nombrara Guillermo Sucre. En su poesía tanto como en su vida, Ida desciende al inframundo, en tanto inconsciente, morada recóndita del alma, a donde llegará a través de un proceso de intenso sufrimiento y quiebre  psíquico. Del inframundo (psicosis) regresa y nos trae la riqueza que consigue en ese lugar del alma, riqueza barroca, enrevesada. En su libro Poemas de una psicótica, se ve claramente cómo es su descenso al inframundo, mostrándonos inicialmente un intenso contacto erótico con ese amante de las profundidades, el oculto –los Diablos- pasaje  terrible peroiluminador, del cual emergerá transformada. Quienes la conocieron, y a través de las descripciones que hace de ella Gabriela Kizer en la Biografía publicada por la Biblioteca Biográfica Venezolana en el año 2010, parece ser que nuestra poeta siempre conservaría una aureola de muchacha inocente. Este arquetipo de la diosa hija transformada por el rapto y viaje al inframundo, lo considero parte medular del acontecimiento literario que se configura en la Ida Gramcko creadora, en  la poeta que  parece llevar a cabo unas gozosas nupcias  con la palabra.

Y solamente el lirio, sin lirio persevera

En aquel recuerdo infantil, citado por Kizer, el emerger inesperado de un lirio blanco la asalta con un golpe en la cabeza; aquel lirio que la golpea a sus tres años, prefigura el narciso que atrae a Koré y permite- a través de la trampa de la belleza, como lo consideraba Simone Weil- el rapto, en este caso, el rapto estará representado por el poder avasallador de la palabra y sus posibilidades creadoras de cosmos, poiesis en un sentido amplio, y en el devenir de su cualidad estética.

Psiche acude a visitar a Perséfone y “le pide la esencia de la inmortalidad y Perséfone le dice que sólo se la dará a cambio de la voz”

Partiendo del lirio y de la recurrente  metáfora del jardín , tan bien estudiada por Elizabeth Schön , llegamos a Cantos a Perséfone, libro deslumbrante, donde ida de nuevo nos sorprende y en mi caso me hace caer en estupor ante ese torrente de imágenes del alma: caleidoscópicas, vibrantes, sinestésicas, que saltan ante mis ojos y me raptan… Comienza el libro con un epígrafe que nos remite al mito de Eros y Psique, ésta en el  último de los  trabajos ordenados por Afrodita, debe bajar al inframundo a buscar y traer consigo los secretos de la enigmática belleza de Perséfone.  Psique – o el alma- intentará también traer para sí la inmortalidad, sin embargo, ambos atributos requieren  el tránsito por los predios de la muerte. Se desarrolla en ese lúgubre escenario una condición dialogante:- dame la esencia de la inmortalidad y yo te doy mi voz- Clave simbólica del mito que abre múltiples lecturas.

¡cómo suena el silencio! Yo escucho su alarido

Recordemos que en su periodo psicótico,  Ida no podía hablar; en su correspondencia personal hace referencia a ese período como un estar abrumada de percepciones y por una pérdida de significado que le impedía utilizar la palabra, tal  como si la voz del alma, de su psique herida, hubiera estado sumergida más allá del río de la muerte, en  el reino de Perséfone, para  luego , habiendo transitado la noche oscura retornar transfigurada en mística de la oscuridad, pudo así abrir el cofre concedido por  la reina del inframundo y cifrando el misterio en  aquellos textos admirables y únicos que conforman el libro Poemas de una psicótica (1964).

Cavaban los hurones de amor en soterrado albergue

En Cantos a Perséfone, los poemas pueden considerarse diálogo o plegaria a través de los cuales el alma en duelo, puede prestar su voz a la reina Perséfone. El alma de la poeta anhela, como siempre, extender su cesto hacia los parajes de lo extenso, de lo ilimitado, allí donde intenta encontrar al amado y rescatarlo  a través de invocaciones apasionadas.

Un silencio de amores donde no te deshaces

(…) te amo entonces hasta la podredumbre

Puede entonces aceptar el intercambio, inmersa en su afán constante de eternidad. La voz de los Cantos tendrá ahora la tesitura de Perséfone. Solo un intelecto envuelto en alma y un espíritu refinado al extremo, con una potencia poética inigualable, pudo haber imaginado esta correspondencia y convertirla en veintiocho cantos. Y como en Ida nada queda al azar, es posible asociar el número 28 con el ciclo lunar, feminidad en esencia, inicio y regeneración. La voz del alma dibujará  trazos asombrosos valiéndose  del perfil subterráneo de Perséfone con  su  arcaica majestuosidad;  el alma, a su vez, la delicada y alada Psiche  presta su voz a la feminidad abismal  ya la par que se identifica con ella, en algún momento las dos voces serán una, psique – alma de Ida- y esa feminidad abismal, cuya belleza  es alcanzable gracias al descenso a los infiernos, allí donde nuestra poeta ha estado y a donde regresará tomada por el dolor de perder a su “Bena”,  Mi bien amado.

Todo es canto aunque calle

Perséfone, le concede a psique un poder avasallante impreso en la palabra, por su lado, sabemos que el alma habla y respira en imágenes, lo cual propiciará  ese océano  que Ida nos trae a través del barroquismo de su lenguaje; en palabras de Silva Estrada: (…) esa métrica embriaguez de consonancias, de asonancias, de aliteraciones,- rima y medida que se han tornado su segunda naturaleza, su respiración, su latido. El texto ostenta el poder de un conjuro, no podría ser de otra manera con estas dos voces arquetípicas. Un canto ritual antiguo, como aquel canto primigenio que imaginara Robert Graves en los albores de la poesía, a través de la primigenia diosa blanca. En el prólogo de Poemas de una psicótica, afirmé que Ida es la poeta del proceso de poetizar, creo ver en uno de los planos  de lectura, las entrañas desnudas del  trabajo del creador, expuesto a través de sugestivas imágenes;  acá en estos Cantos  continúo  observando ese proceso totalmente explicitado. Ida se nos muestra hablando con la voz de Psique pero con las imágenes, la majestuosidad y el poderío verbal de una doncella devenida en reina del inframundo. El trabajo poético es aquí producto de estas nupcias subterráneas, entre la psique y su carácter imaginal y el Espíritu de la profundidad ( parafraseando a Jung) alimentado por las corrientes primigenias que atraviesan el tiempo y el espacio.

Porque a veces he sido más dulce que tu muerte

Ya en el epígrafe nos anuncia en clave mitopoiética, que el proceso poético es siempre una polifonía;  Ida ante la muerte del amado y para ello qué más acertado que establecer un trasvase con la doncella transmutada en reina del inframundo. La belleza sibilina que impregna la voz de la diosa es puro exceso, y por ello difícil de asir, de aprehender ese excedente de significado dispensado por la huella ineluctable de la muerte. L a belleza de Perséfone proviene y está enriquecida por esa huella, y su voz es porconsiguiente silencio, casi silencios, diríamos parafraseando a la propia Ida, porque es voz que dice cuando calla; la voz de Ida, en tanto Psique en duelo por el Eros perdido, propicia este canto, que es también plegaria y treno dirigidos a  la reina del inframundo.

cual si excederse fuera entrar en floraciones

Tal vez por este excederse, todas las posibilidades de la palabra parecen utilizadas al máximo, emerge un inagotable manantial de imágenes- manera privilegiada con la cual el alma se manifiesta revestida del símbolo-  que en Ida es torrente de metáforas, desborde barroco, poiesis, creación desmesurada.  Ante la realidad excesiva de la muerte aparece la realidad excesiva del alma. Ni una ni otra son capaces de ser contenidas en todo su dimensión por la palabra, sin embargo, Ida nos puede convencer de que la palabra sí crea mundos de la nada, que se maneja y camina en la nada para generar cosmos. Y su lenguaje es  lenguaje del corazón, al modo que lo define  James Hillman, allí donde el corazón quiere ser tocado por el mundo con sus sabores, sonidos,, olores, es decir la aesthesis, tocado por el alma. La presencia silenciosa de Perséfone escucha atenta y misterio inefable, impregna todo el edificio poético de Ida Gramcko. En tanto, la voz de Psiché es bosque , penumbra, voluptuosidad y sufrimiento en coniuctio. 

Si queremos que nuestra alma despliegue su voz, amerita que el interlocutor sea del orden de los celestiales, en este caso, Perséfone, arquetipo de la feminidad, cuya doble faceta doncella inocente y reina de los muertos conforman una unidad que no está completa sin la madre Deméter, pero que tampoco está completa sin el esposo Hades, Dios del inframundo. Vida y muerte, siempre juntas.

Cósmicas son tus manos ahora

 Ahora bien, llevar este diálogo hacia el terreno de lo divino, en tanto realidad arquetipal del inconsciente colectivo, es sustraer el sufrimiento y la herida del ámbito de lo personal -anecdótico, de manera que, gracias a este canto sagrado podemos pasar de la estrecha bios a la inagotable e inabarcable Zoe, la vida perdurable, impersonal.  He aquí la médula deseante de Ida:  en el descenso encontrar la vía hacia el ascenso, la amplitud, lo extenso. Lo verdadero. Solo desde allí es posible acceder a la resurrección. Al florecimiento desde la profundidad, como afirma Kerenyi que era el oculto misterio de los ritos de Eleusis. La fronda verbal de Ida prefigura la desbordante capacidad de renacimiento y transfiguración de la naturaleza física y psíquica. Porque en Ida, árbol no es solo vegetal, es símbolo, ante todo, igual que el jardín, el caracol, la oruga. Solo así debido a ese trasvase simbólico, las cosas son realmente lo que son y encuentran la existencia al despojarse de su límite personal.

Pero existir es esto: ser ya definitivo

No poseer gaviotas, girasoles ni granas;

El gran misterio de Eleusis, lo innombrable, podría haber sido este diálogo en silencio, esta capacidad de ver en símbolos la extensa naturaleza, el nacimiento del niño divino, o el brote de la espiga de trigo, configurando el momento donde psique humana y cosmos habitado por el Verbo, se hacen carne y espíritu mutuamente. La reina silenciosa y oculta pare desde la muerte y resucita en el hijo, habla desde la muerte y resucita en la palabra.

De un a pelliza tersa que irradia poesía,

(…) me lanzo a una suprema beatitud tan bravía

Que parece arrancarte los diezmos y gusanos

Caracas, octubre 2023.


El profesor e investigador venezolano
Rafael Rondón Narváez ha realizado este
ensayo sobre la faceta de crítica de arte
de nuestra homenajeada.

Lo imperceptible, lo sutil. Ida Gramcko y las artes visuales.
Por Rafael Rondón Narváez.

Como un homenaje al natalicio de la escritora Ida Gramcko, me gustaría trazar estas breves líneas sobre un aspecto no tan estudiado de su producción. Como sabemos, Gramcko es conocida principalmente por su obra poética, la cual abarca un largo periodo: desde su adolescencia y su primera obra Umbral (1942), hasta muy poco tiempo antes de su desaparición física Treno (1993). De toda esta extensa ocupación poética sobresale un libro notable de la tradición venezolana, el cual cumplirá pronto 60 años de publicado Poemas de una psicótica (1964). También su obra teatral ha sido reconocida, si bien no tan estudiada como su poesía.

Sin embargo, quisiera examinar ahora otro tipo de escritura, la cual se encuentra un poco más dispersa en los avatares del periódico, de las revistas y de los catálogos expositivos. Me refiero a la dedicada a las artes visuales, la cual no debería relegarse a un segundo plano por su forma de producción, imaginado en ella la resolución de un asunto momentáneo. Pienso lo contrario: hay en ella varios poderosos aportes: el descubrimiento de una mirada inaugural y casi siempre certera de algunos de nuestros artistas fundamentales, entre los que se encontrarían Feliciano Carvallo, Marisol Escobar, Gego, Mateo Manaure, Alejandro Otero, Mercedes Pardo, Alirio Rodríguez. Al comentar a los artistas y sus obras, construye imágenes poderosas relacionadas con su lírica. Y por último, se hilvana una poética relacionada con la propia producción literaria de la autora.

Que las artes fueron un asunto decisivo para Ida Gramcko y que no debería relegarse a un segundo plano, lo comprueban algunas relaciones vinculantes. La primera es afectiva y familiar, pues su hermana Elsa Gramcko fue una de las artistas más importante de los años 60 en Venezuela con un legado vinculado a la abstracción geométrica y al informalismo. Como segundo dato, Ida Gramcko obtuvo su título universitario en Filosofía y durante muchos años se dedicó a la docencia en el Centro de Enseñanza Grafica (CEGRA), donde dictó una materia cardinal para entender sus lazos con las manifestaciones estéticas: Filosofía del arte. Por último, hay en ella una persistente atracción por las imágenes visuales, lo cual la conecta con una amplia práctica nacional de escritores críticos o ensayistas entre los que se encontrarían, en la primera parte del siglo XX, a Jesús Semprum, Leoncio Martínez “Leo”, Fernando Paz Castillo, Enrique Planchart, Mariano Pación Salas. Estos parentescos tienen, además, como aliento el oficio ejercido por más de 50 años por Ida como reportera o columnista de los diarios nacionales

*

Hasta este momento, solo hemos realizado un recorrido sucinto de algunos textos de la autora. Queda la tarea más minuciosa de ir hilvanando la búsqueda y lectura de esta producción. El material examinado se halla disperso en catálogos, revistas y periódicos. Incluso, hay valiosos manuscritos, los cuales, pienso, que nunca fueron publicados. De la totalidad de sus obra crítica, que se sepa, solo pocos pasaron a formar parte de un libro, como ocurrió con los tres textos recopilados en el libro de ensayo de 1967 El jinete de la brisa.

A simple vista y con la primera exploración, clasificaríamos este material de la siguiente manera: la producción más urgida por la prisa, tiene características de reseña. El motivo original puede ser una exposición o una noticia sobre el arte. Así ocurre, por ejemplo, con el comentario sobre el premio Armando Reverón otorgado a la pintora Mercedes Pardo. Esos breves textos tienen más que todo carácter noticioso, aunque también Gramcko hace algunos comentarios críticos o reflexivos.

Otros textos más largos se convierten en ensayos críticos más elaborados. En ellos se extiende en el comentario de las obras y cimenta un acercamiento conceptual, plástico o técnico. Dos ejemplos son el texto dedicado a Feliciano Carballo recopilado en La brisa del Jinete de 1967 o el de Mateo Manaure, donde hace una precisión y una fijación exacta del joven maestro.

Hay otros textos que pueden motivarse en una exposición, pero que se convierten en una reflexión estética sobre el arte como ocurre con “La Fragancia del yo”. Casi sin ninguna referencia directa a la obra hay en ellos, por lo cual se distancian de la reseña o de la crítica.

*

Uno de los aspectos más interesantes de este recorrido es que ellos muestran ciertas recurrencias en los gustos, los conceptos, y en la teoría del arte de Ida Gramcko. De tal manera que cuando comenta sobre un artista o sobre una obra, se podría intuir el diseño de su misma poética, la misma asumida en su creación literaria.

Por ejemplo, en un texto maravilloso dedicado al análisis de la obra de Alirio Rodríguez, al referirse a la relación entre la vida y la obra, ella recurre y se apropia del término “ubicaciones incongruentes” para desarrollar su idea sobre la percepción de la realidad del neurótico y de su proyección estética:

Puede que un artista padezca de rasgos neuróticos, puede que su gran sensibilidad le impida una salud mental a toda prueba, pero sucede, sin embargo, que aún en el caso de que el creador se encuentre sano, su donaire o su brío consistirá en ofrecernos lo imperceptible, lo sutil, lo que nadie ve de las cosas, paisajes, panoramas, rostros, fisonomías u objetos

Ese acercamiento a las los padecimientos mentales y la relación entre lo estético y lo psicólogo es un tópico recurrente. Cómo no acordarse de la producción de su obra maestra Poemas de una psicótica y la certeza sostenida en la introducción cuando afirma: “me alegra saber que, aun durante el sufrimiento de mi enfermedad, yo continué siendo poeta”

Otro momento también fijado como un aspecto de su poética ocurre cuando se refiere a las obras de Mateo Manaure en el catálogo ya citado. Después de precisar sobre el rumbo de la pintura durante esos años, dice:

Otro rasgo, aspecto o carácter hay que resaltar en el joven maestro Manaure. Está unido a todo lo asentado anteriormente. Y es éste: Manaure vuelva al óleo después de haber trabajado, durante diez años, con caseína y montajes a base de acrílico. ¿Por qué ha tornado al óleo?

  •  

 La referencia a ese regreso se precisa de esta manera:

Completamente al óleo en su sentido más estricto. Pero de ningún modo al óleo de ayer. Al óleo antiguo. Al óleo simplemente, desde un mundo suyo de vibrador sosiego. A la pintura sí. A la pintura que se encontraba ya sin deuda de amor para con ella.

¿No es quizá una forma también de asumirse ella misma ante la tradición? Recuérdese sus exploraciones en el verso libre, el poema en prosa y la creación de una poesía densa, casi hermética. Estos rasgos más experimentales conviven con formas más contenidas de la métrica. Recuérdese también la trayectoria de Ida Gramcko y sus vínculos con los poetas del 42, los cuales se mantuvieron relacionados con la exploración de las formas tradicionales de la poesía española. El retorno de Ida al soneto y a las estructuras métricas es semejante a la vuelta al óleo de Manaure en ese momento. Pero volver al óleo no significaba, en ella ni en el pintor, relegarse de las corrientes contemporáneas, sino asumir una forma más original de emparentarse con ellas.

*

Cuando aborda las artes, Ida Gramcko no puede alejarse ni negar la capacidad poética de su escritura. Esto se expone en los mismos textos, con esa capacidad de creación de imágenes a partir de lo visto. En uno de ellos el resultado es memorable. Ocurre cuando se dedica a comentar las obras Collages de Mercedes Pardo y aquí la capacidad de ensoñación y evocación se hace poética. Collages, postales y álbum son los términos recurrentes para interpretar la propuesta de Pardo. Notable texto el de Gramcko en su forma íntima de enfrentarse a la obra: sin embargo, y como curiosidad, no describe con precisión y detalle las imágenes evocadas y construidas de la ciudad mágica y acuática de Italia.

También con una carga lírica poderosa se enfrenta a otras obras que la conmueven. En este sentido se establece un discurso metafórico, con un énfasis casi literario más que crítico. Ocurre con la obra de Gego: “Pero su cosmicidad evidente enarbola un tejido donde pueden florecer los cardúmenes, los luceros en una noche de felicidad, el pétalo cayendo con rumor inaudible, como de besos en el aire.”

No podía estar excluida la reflexión concreta a lo estético, convertido en soporte filosófico constante en sus cometarios y juicios. Como antes decímanos, los largos años de docencia en el CEGRA  deja su herencia en las citas a algunos filósofos como Sartre, Bachelard, Heidegger.

En sus comentarios y en diferentes momentos, se nota el recorrido durante años por las artes visuales. Así ocurre cuando describe de manera suscinta las corrientes y movimientos de diferentes épocas y fija características útiles para comparar obras, tendencias y artistas. Visitando la exposición de arte colonial, por ejemplo, fija ciertas nociones del periodo,  igual lo hace al comentar una muestra de arte prehispánico venezolano.

Como decía con anterioridad, seguir indagando en esta faceta de Ida Gramcko nos ofrecerá un sustento para conocer mejor su poética y su obra literaria y para establecer otras líneas y aportes de la crítica del arte en Venezuela, cuando el oficio era frecuentado por los hombres y ella se convertiría en una venturosa excepción.




Quiero agradecer a Kenderson Pérez Morales el comentario y préstamo de los textos de Ida Gramcko transcritos por él. Gracias a ese estímulo inicial fue posible mi  interés y la escritura de este texto.




Referencias citadas

Gramcko, Ida (1967). El jinete de la brisa.Caracas: Editorial Arte

  1. (196) Preciso y continuo, Caracas: Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes
  2. – (1984, Agosto 1). “Gego”. El Nacional
  3. – (1991, Mayo 15). “Premio Armando Reverón”. El Nacional
  4. – (s/f) “Un álbum”. El Nacional
  5. – “¿Qué son las ubicaciones incongruentes?”. Texto transcrito y suministrado Por Kenderson Pérez Morales

El siguiente ensayo ha sido tomado del blog
“El lamento de Ariadna”, de Edgar Vidaurre. Entrada con fecha junio 03, 2008.

El jardín místico en Ida Gramcko.
Por Elizabeth Schön.

Si pensamos en la obra de Ida Gramcko lo primero que invade a la mente es la imagen de una montaña gigantesca poseedora de múltiples resonancias, aromas, árboles, cuya ondulada línea de la cresta se interna en la inmensidad hasta tocar lo invisible, ignoto del universo. De aquí la vastedad inquebrantable de su pálpito creador y los caminos innumerables que emergen de la lectura de tan inagotable fortaleza. El poeta Benito Raúl Losada la calificó de “Catedral inmensa”. Juan Liscano se refirió a ella como “monstruo poeta”. José Antonio Yépez la colocó más allá del horizonte donde se halla José Lezama Lima, y nuestro gran ensayista Mariano Picón-Salas la comparó con Sor Juana Inés de la Cruz. Además, la nombró como la “séptima musa de la poesía en los siglos de la tierra”. Ida es aquella artista inquebrantable, tenaz, que pudo convertir la vida en palabras; nos lo sugiere una frase de su “Poética”: Existir. No vivir.

Retomando lo anterior, la palabra, el mejor acto existente, (en el buen sentido aristotélico) que logra detener por constitución de si misma, lo encaminado a perderse, a desaparecer transformándolo en un otro ademán de creación no apto para inclinarse ni para decaer frente a la temporalidad. Leamos unas líneas de “La vara mágica”: La salvación es el viviente gesto que se alza de tu ser como una lluvia. Lo viviente, la lluvia, no son acaso elementos que se identifican en la metáfora, al ser ambos imprescindibles para el resurgimiento de la hoja, el ala, el corazón, la tierra, y “salvación” no es igualmente la palabra indicadora de un dinamismo capaz de retener para sí lo que en la tierra pareciera hundirse sin retornar más? Es increíble, asombroso, cómo este requerimiento de rescatar lo que perece para injertar a través de la palabra la consistencia de un existir no sujeto al olvido, a la desaparición, es decir recobrar lo abandonado totalmente para integrarle lo siempre anhelado por el hombre: la permanencia, lo eterno. En su obra se mantienen y amplían sus raíces, sus escondidos vericuetos tal vez nacidos desde el instante en que ella percibió el enlace entre el horizonte, la tierra, los cielos. Mediante un derroche metafórico de rigurosa síntesis en la honda intimidad de cuerpo y sangre de la escritura su lenguaje se avoca a una persistente movilidad entre lo que concluye y lo que surge. Así Ida nos lo transmite: estamos bien prendidos a una móvil bandada…

Además se forma de un materialismo poético, místico, que contiene en su estructura interior inaprensible de horizontalidad e igualmente de ascenso hacia las alturas, como hacia la cima de la montaña; a su vez esta forma se nos hace casi tocable mediante una ondulante y variada continuidad en su contacto al pie de la montaña. Insisto, su lenguaje es dueño completo de una forma siempre ágil, móvil, cuyos elementos de la imagen y la metáfora se engarzan unos a los otros; rompen a veces los límites propios de un motivo o de la metáfora, o bien se acercan entre sí y aún exclaman con dulzura, vigor, tejiendo todo ello presencias sucesivas casi carnales, pero lúcidas en sus hallazgos y en el ser y en el eco pródigo del combate por lo eterno y la certeza de lo que se destruye y se deshace. Por consiguiente se nos facilita repetir que su lenguaje lleva consigo una voluptuosa y exuberante plasticidad comparable a la de ese gran pintor, Pablo Picasso. Alfredo Silva Estrada, en el prologo de “Obras escogidas” de la misma Ida, nos dice: Un poema como Cantejondo, para dar nada más que un ejemplo sólo sería comparable a GUERNICA de Picasso y ello, sin que medie ninguna semejanza. Un castellano como el de Ida, recio, fecundo, ensartado silenciosamente en nuestra propia naturaleza (germen de su barroquismo) sería difícil de captar en otras lenguas, e incluso también lo sería entender y traducir un libro como Poética, densamente profundo, densamente infinito en su ilimitada cuenca de voluntad y decisión al elegir a la poesía en la unicidad plena del existir humano en el cosmos; y nos preguntamos entonces ¿habrá poetas que amen tanto la materia universal, el hombre, el absoluto, Dios, como lo hizo Ida? ¿Y habrá alguien capaz de ofrendar su vida para que ese absoluto, divino, eterno sea asequible al hombre, a la mujer, a los ancianos? Reflexionemos acerca de este párrafo: Murió el detalle, el tiempo, el calendario. Quedó la eternidad, quedó la esencia…

Ella fue una creadora excepcional para el mundo de nuestro tiempo y más para nosotros que le debemos tanto. La entraña poética de sus libros constituye un círculo abarcante, Todo es unión de cántico y caminos donde actúan y nos trascienden desde el espantapájaros, el maniquí, los ingredientes comestibles, la hoja muerta , los cuentos de hadas, hasta el salto ángel, el diablo, el cementerio judío, Caín, el esteta, el mendigo, el ángel, la eternidad, Dios.

De ti, mi Dios, yo no sé hablar y callo

con un silencio puro y sin reserva.

Pero antes de callar, tiende tu mano

el límite total para mi ofrenda

y toma en derredor lo que yo he creado,

tómalo en su dolor y en su impotencia.

Lo fundamental, base sustentadora del universo poético de Ida, son aquellos elementos o apoyos antes mencionados, los que a su vez forman parte intrínseca tanto del devenir de la materia (la muerte, la vida) como del desarrollo espiritual (el amor, la pasión, la justicia, la ambición). Oigamos a nuestra queridísima Ida: La ambición que alarga / un dedo enorme, enteco y sin salida / dejando el inmediato en la mordaza / para esquivar el trance y la caricia. Sin tales motivos, o puntales de su poesía, ¿Ida hubiera delineado, marcado con tan libre pasión y energía existencial, el tiempo de la fugacidad, el tiempo de la eternidad? Ella propone: Nada muere o se empaña / ni la unión como un rapto de betún…

Ella consiguió enlazar lo que muy pocos poetas alcanzan, lo pasajero con lo eterno. Escuchémosla. Es a ella a quien hay que oír:

Que emprendas tu muerte, que es tu aurora

el viaje azul al paraíso eterno

en donde un niño solitario toma

gajos de luz que no consume el tiempo.

Escuchemos estas otras frases: Toda cosa, en un rapto / se olvida de sí misma y se recuerda / después y eternamente en un vocablo / de amor que la dilata y la dispersa.

Todo perdura por una piel sin acuso. Oigamos una más: Eternidad da cuerpo a lo que nada / creyó sentirse; el alma se concreta / nunca se pierde ya lo que se inflama / su inmaterialidad es su materia. Y oigamos esta ultima frase de generoso y amplio sentimiento humano: cada quien ser eterno en su prestancia.

Si se hiciera un estudio minucioso de ese movimiento continuo de hacer suyo el devenir, lo sin límites y lo divino, no habría equívoco al decir que ese estudio la proclamaría como aquella poetisa capaz de injertar a su obra lo que tal vez ninguna otra realizó: la transfiguración de la vida en un existir donde lo eterno es el frontón primordial de su eje expresivo. Otros poetas han establecido lo eterno en un presente incesante. Me arriesgo a manifestar que tal vez ellos no hallaron en su más honda interioridad lo que Ida descubrió cuando se le acercó aquel ángel de “Poemas de una psicótica” y viéndolo intensamente encontró Ida lo máximo vivido por ella. Haz de luz que brotó de la simiente / reveladora o única fanega /divina espiga máxima y ferviente / tesoro que a lo más total nos llega. Escribimos esta tan definitiva exclamación del mismo libro: Oh! mi Absoluto Amado a quien descubro ahora sin que ninguna forma lo limite. Más adelante ella, respondiéndose a sí misma, confiesa: no puede ser igual amar en contacto- que en altura.

En la altura, el esplendor divino ilumina tanto que para ella desaparecen los límites. Siguiendo a Ida en su recorrido poético, diríamos que esa esplendorosa luminosidad que la hizo recibir con lo que nunca ha dejado de existir, Dios no contiene ni el mismo calor ni la misma amorosidad, ni el mismo semblante ni la misma capacidad de permanencia como aquella que provocó en Ida el contacto con el ángel; es decir con ese alguien nombrado solo ángel, en cuya mirada ella se apropió de “lo máximo murmura”.

Nació poeta. La primera relación con el mundo empezó con el aire, la pared, la puerta, y un mar tan distante como la serranía de la llanura. Su primera frase poética se la transcribió su madre porque no conocía ni el alfabeto ni los números; pero estamos seguros de un suceso demasiado intimo de su voz: ya estaba invadida de un “algo” peculiar y totalmente diferente a su decir cotidiano de una niña de tres años. De esta manera, casi inadvertidamente, fue intervenida poco a poco por una inquieta pasión indetenible, inalterable que no la abandonó ni aún en su gravedad. El libro ” Umbral”, que ganó una mención honorífica, fue el primero en editarse; ella tenía apenas doce años. En el poema titulado “Amor” del mismo poemario, nos deja totalmente sorprendidos leer tan bella y significativa frase: Y el alma que se alarga como un cesto presintiendo el jardín.

No sé si, por intuitiva o vidente, esa metáfora fue el anuncio de cómo iba a desenvolverse su vida y, conjuntamente, la que habría de originar la estructura poética de una obra descomunalmente intensa y honda. Ida Gramcko, sin recursos grandilocuentes, ni efectistas, dejando ser a la soledad que las palabras llevan consigo, en esta caso la palabra jardín, instaura en lo más invisible de su forma metafórica un baluarte de audaz y recia naturaleza creadora de la que su alma transfigurada en “cesto” se tiende a buscar, a conocer los contornos mas íntimos de ese “jardín”. Atenidos a la dirección o al rumbo de esa metáfora donde ella encaja ese centro “jardín” al que tenía que tenderse para encontrar Ese único es azul, máximo, puro. Significó en su escritura, marcar imperceptiblemente la horizontalidad de un horizonte con la posibilidad de recorrerlo hasta presentársele el Jardín o la “espiga máxima”. Mas lo primordial es atisbar que ella desde tiempo atrás sospechaba de una peculiar e inmensa tierra de infinita luminosidad que comenzó siendo “jardín”. Tal metáfora nos recuerda aquel gran místico de la poesía universal San Juan de la Cruz cuando dijo palabras precisas, exactas, que manifestarían sin recargo ni ampulosidad su estupefacción ante lo más desconocido de la revelación divina: Entreme donde no supe / Y quedeme no sabiendo. Mas lo importante y que se debe destacar es el hecho de que la revelación divina en ambos se presenta como un repentino amanecer. En Ida hay un “cesto” y un ” jardín” en San Juan de la Cruz hay un “donde” y un “no sabiendo”. Al observar estas modalidades expresivas, “el jardín” y un “donde”, nos muestran una diferencia establecida a través de la materialidad significativa de esos conceptos. Cuando Ida pronunció “jardín” tenía apenas doce años. Cuando San Juan de la Cruz denunció “entreme donde no supe”, el santo ya había asimilado el gran aporte creador del “Cantar de los cantares”. Lo mismo le había ocurrido con la Biblia y aún más con lo que lleva implícito la religión cristiana. Actitudes que condujeron a ambos poetas a servirse de un vocabulario distinto en el significado material de los conceptos. En la metáfora de Ida, “cesto”, “jardín” contienen una significación de conceptos distintos a los de San Juan de la Cruz al proclamar ” Donde no supe”. Aquí el “donde” y el “no supe” son carentes de toda materialidad figurativa, como sucede al nombrar “Jardín”. En cambio, esta frase tan pequeña y hasta humilde “donde no supe”, no posee dentro de sí la materialidad figurativa del “cesto”.

Contemplamos un detalle de gran importancia creadora para la semejanza entre estos grandes poetas cuya raíces expresivas no se oponen las unas a las otras debido a la escogencia de sus palabras al mantener dentro de si la misma ansiedad, la sola necesidad que los llevó a internarse y a mirar esa totalidad divina. Esa totalidad en Ida se concretó desde el principio en la imagen del jardín. En san Juan de la Cruz se transparentó a través de un “donde” que no conocía, ni sospechaba lo que podía ser; tal cual se le mostró, dejándolo atónito, quedando él en un “no sabiendo”. Hemos de agregar que, en Ida, ese “jardín”, en sus libros “Lo máximo murmura”, ” Sol y soledades” y muchos más, fue adquiriendo múltiples metáforas contrastantes, mas nunca desechó esa esplendorosa divinidad dejada en su alma por el ángel. Otro aspecto sumamente interesante nos impulsa a desempolvar en “Sol y soledades”, donde encontramos una frase que por si misma señala una distinción entre la postura mística de ella y la de los místicos españoles: “Amo la eternidad y quiero hacer la hora eterna pero no me acompañan”.

En tan sencilla definición – “Pero no me acompañan” – ella crea una otra actitud o manera de alcanzar lo eterno completamente distinta a como procedieron San Juan de la Cruz, y aún Santa Teresa. Para vivir “lo máximo de esa espiga” o “jardín”, Ida requiere de la compañía; es más, le urge que ese absoluto o eternidad renazca en ella cada vez y mediante el contacto con el ángel. Y aquí lo importante no es la entrega individual de su alma hacia Dios, conducta que inmediatamente la distingue de aquella otra predominante en San Juan de la Cruz y en Santa Teresa y que consiste que ellos van desde ellos mismos hacia dios es como un ir de las aguas del río hacia las inmensas aguas de los océanos. En Ida ocurre lo contrario, permanece dentro de ella y es ahí, dentro de sí misma, donde estalla mediante el vínculo con el ángel lo mas sorprendente para su vida: lo divino. Cuando San Juan de la Cruz proclama: “entreme donde no supe” sabemos que para entrar es indispensable ir hacia un sitio, en cambio Ida consigue lo absoluto mediante su vinculo visual con el ángel: tierra insustituible de la que emanaron los árboles, las arenas, los frutos, y hasta los ríos de su “jardín”. Apreciemos más distinciones: San Juan va solo y entra solo en un “donde” y quedándose “no sabiendo”. Ida halla de alguna manera diferente a ese “donde” aún a lo “no sabiendo” pero con una característica nueva: el ángel la ayuda. Lo que nos propone el nacimiento de un misticismo poético diverso del movimiento generativo que va de la mística española, donde lo primero en realizar los místicos es la entrega de su alma (San Juan de la cruz lo llama amar), hasta identificarse con Dios. A Ida la acompaña el ángel robusteciéndole de tal manera su individualidad que Ida jamás prescindirá de aquel instante del deslumbramiento y su permanencia dentro de ella. Por consiguiente entre el movimiento místico de san Juan de la Cruz y el de Ida la diferencia consistiría en que la línea “alta de cresta” de San Juan se moviliza hacia fuera, mientras que la suya abre la hendidura de aquel “donde” junto a la mirada del ángel. Nuestra genial poeta retuvo ese “jardín”, esa “espiga máxima” y ferviente dentro de su propio jardín hasta el último día de su vida. Su amor hacia lo absoluto es la gran ”espiga”, alumbrando constantemente y, a la vez, haciendo germinar el tiempo desde su infancia hasta siempre.

Eternidad. La curvada espalda

sigue en su comba, pero al fin, perfecta,

reconocida, indemne, necesaria,

en las citas de amor que da la esencia.


Y para cerrar esta edición especial, les comparto un ensayo que he realizado
sobre la vida y obra de nuestra
homenajeada:

Ida Gramcko: el recuerdo antes que la experiencia.
Por Gladys Mendía.

Ida Gramcko (Venezuela, 1924-1994), Premio Nacional de Literatura 1977. Se erige como una de las figuras más destacadas de la literatura venezolana del siglo XX. Reconocida y admirada por grandes autores como Andrés Eloy Blanco, Mariano Picón Salas, Juan Liscano, Rafael Arráiz Lucca, entre otros. Su obra, se caracteriza por una introspección profunda y una estética lírica única dejando un legado extraordinario en la literatura de Venezuela. Lamentablemente, esta multifacética escritora ha sido poco difundida dentro y fuera del país; una deuda que nunca es tarde para saldar.

Considero necesario traer a la palestra su vasta obra, no solo poética, sino en periodismo, filosofía, narrativa, teatro, y ensayo. Con la idea de realizar nuevas investigaciones y re valorar al mismo tiempo que visibilizar su aporte al mundo cultural y de las letras.

Desde jovencita llegada a Caracas, Ida entra a la radio. Escribe historietas en verso y diálogos que interpreta en programas radiales. Trabaja como reportera de periodismo policial y cronista en el diario “El Nacional”, oficio que ejerce por cincuenta años, convirtiéndose en una de las primeras periodistas del país. Colabora así mismo en la Revista Nacional de Cultura entre los años 1947 y 1963.

Ida tiene una vida compleja y llena de ansiedad y angustia. Pasa temporadas en las que sufre ataques psicóticos aislándola del entorno social al que habitualmente concurre. Le quedan sus familiares y amistades cercanas. Luego de estos tránsitos feroces, escribe, escribe copiosamente, a raudales.

En 1948 es enviada por el presidente Rómulo Gallegos para realizar labores diplomáticas como agregada cultural en la Unión Soviética. En 1963 es directora de la Revista “Mar de cosas” a petición del escritor Mariano Picón Salas. En 1964, a los cuarenta años, egresa como Licenciada en Filosofía de la Universidad Central de Venezuela, donde más adelante es profesora.

Publica los libros de teatro: Belén Silveira, María Lionza, La Rubiera, La dama y el oso, Penélope, Job y la gacela, La hija de Juan Palomo,  La hoguera se hizo luz y La mujer del Catey. Coral Pérez dice sobre sus obras de teatro: “Su estilo es de un raro barroquismo interior, introspectivo, impresionista, que prolifera en temas mágicos (…) inspirada tutelarmente en leyendas, mitos y ritos indígenas venezolanos”. En una entrevista al Nacional el 3 de diciembre de 1958 Ida nos dice sobre hacer dramaturgia desde la poesía: “(…) que la fuerza lírica penetre en el público sin que se dé cuenta, a través de la acción.”

Sobre sus obras dice Leonardo Azparren Giménez en su libro Historia crítica del teatro venezolano (1594-1994):

El teatro de Ida Gramcko, muy celebrado en la década de los cincuenta y referencia principal en el panorama de las dramaturgas venezolanas, bien puede ser considerado un teatro para leer (un oxímoron), en el que destaca la alta calidad lírica de su lenguaje, en verso o prosa, aunque sacrifica la teatralidad, no por la debilidad de las fábulas sino por la poca o ninguna intriga que las sostiene en la escena.

Es autora de los libros de poesía: Umbral (1942), Cámara de cristal (1944), Contra el desnudo corazón del cielo (1944), La vara mágica (1948), Poemas (1952), Poemas de una psicótica (1964), Lo máximo murmura (1965), Sol y soledades (1966), Este canto rodado (1967), Salmos (1968), 0 grados norte francos (1969), Los estetas, los mendigos, los héroes (1970), Sonetos del origen (1972), La andanza y el hallazgo (1972), Quehaceres (1973), Salto Angel (1985), Treno (1993) y Obras escogidas (1988).

La creación literaria de Ida Gramcko, se distingue por su estilo personal y su mirada introspectiva hacia el mundo y hacia sí misma. Sus versos fluyen con una musicalidad que acaricia los sentidos, y su capacidad para exponer las emociones humanas la convierte en una poeta que se conecta íntimamente con quien la lee. Desde sus primeros poemas hasta su obra madura, la “niña prodigio” demuestra una evolución constante y una búsqueda incansable por expresar lo más profundo de su experiencia en relación con el cosmos. Una búsqueda de la humanidad y sus complejas lides. Inicia Juan Liscano el prólogo de Cámara de cristal (1943) así:

La precoz e iluminada madurez de esta poetisa, quien apenas cuenta con 20 años, y cuyos versos revelan una plenitud conceptual y formal verdaderamente extraordinaria, nos induce a pensar que la duración, es, quizás, una medida falsa, y que la única adecuada para medir una biografía es la intensidad.

Y luego más adelante dice:

En el contenido, su poesía revela una honda pasión amatoria, un estado perfecto de amor terrenal, pasional, noblemente nutrido de un erotismo sano, aunque siempre dolido. El amor y la muerte, la alegría y la pena, se besan apasionadamente al amparo del alma lírica y atormentada de esta joven poetisa.

En sus primeros escritos, Ida Gramcko aborda temas como la naturaleza y el amor. Su poesía revela una sensibilidad aguda hacia el mundo que la rodea, y su capacidad para plasmar las imágenes con precisión evoca una atmósfera de encanto y nostalgia. Su obra temprana ya muestra indicios de su estilo lírico y su profunda reflexión a través de un lenguaje formal y refinado.

La palabra poética de Ida trasciende la razón y se convierte en instrumento para cuestionar la experiencia vital. A través de sus versos, la poeta logra plasmar lo intangible y expresar emociones que resuenan en el lector a nivel personal y universal. En el poema 9 de Contra el desnudo corazón del cielo (1944), nos dice:

Soy racimo de luz,

puro haz de niebla,

aunque lo quieras tú

no puedo ser perfecta…

Mi ansiedad no termina,

mi amor no se condensa,

soy vida,

idea,

sonrisa,

tristeza,

y todo lo demás. Soy poesía

inmaterial y etérea,

flotante y desleída

como fuente de angustia, en la espera…

¿de qué? de ella, la misma

torturadora esencia

que me absorbe, seduce y aniquila

como la única fuerza.

Por ello, siento en mí como una herida

que soy casta y eterna,

un racimo de luz infinita,

el puro haz de la niebla,

sin perfección, sin fin, a la deriva,

sabiendo que jamás podré estar muerta.

En el poema 17 del mismo libro leemos:

Tú y yo, hundidos en la vida, sin saber,

perdidos en las cosas, sin pensar,

riendo y amando para morir después,

y después, ¿qué vendrá?

¿No crees tú que esta vida,

dolorosa y sensual,

es tan solo una obscura pupila

que nos cede el espíritu

para mirar, un poco, su verdad?

Sí, tan solo un aspecto

de su fuerza infinita;

un perfume, un color,

un hálito de sombras movedizas;

pero, ¿y esto que llamamos amor?

¿Un reflejo fugaz?

Terrible pensamiento que no quiero intentar

porque ya nos hundimos y perdemos,

y amamos esta viva realidad.

Animal de costumbre nuestro ser, Vida mía,

¿te fijas? “Vida mía”… y no sé decir más.

No, no, no me interrumpas,

tú y yo somos un algo

que ha de tenerlo todo

de esa fuerza ancestral.

Y si después de muertos

no encontramos de vida

la más leve señal,

¿viviremos? No. ¿Sentiremos? ¡No puede ser tampoco!

Dime, cruel fuerza extraña,

¿por qué, si era tan vano, nos enseñaste a amar?

La autora busca transformar lo efímero en eterno y trascendente a través del lenguaje poético, y su búsqueda del existir se convierte en una constante pulsión creativa.

Ida Gramcko considera que la palabra es un instrumento sanador, y su libro Poemas de una psicótica (1964) refleja un tránsito doloroso en camino hacia la recuperación y la conciencia expansiva. La poeta encuentra un espacio de claridad a través de la palabra, y la escritura se convierte en un medio para re-crear su mundo interno.

Ha dicho Rafael Arráiz Lucca sobre Poemas de una psicótica (1964):

Poesía que surge como de los pantanos del delirio y busca la difícil claridad, pero no a través del conducto de la claridad misma, sino del intrincado crucigrama del caos y de las palabras. Experiencia de la oscuridad en la aventura de la búsqueda de la luz.

La experiencia psicótica de Ida Gramcko se convierte en un camino para la expansión de la consciencia y la búsqueda de la iluminación mística. Su poesía oscila entre lo oscuro e inquietante, y su intento de simbolizar la experiencia psicótica resulta en una obra de gran belleza y originalidad.

Dice Ida al incio del libro:

Los poemas comprendidos en DIABLOS, EL ÁNGEL y EL ESPECTRO, pertenecen a la psicosis que padecí. PLEGARIA, CASI SILENCIOS y LO MÁXIMO MURMURA son los poemas de mi curación. Lo fugitivo, porque se agota, se repite. Sólo lo verdadero permanece. Me alegra saber que, aún durante el sufrimiento de mi enfermedad, yo continué siendo poeta.

Caracas, diciembre 1964

Casi al final de su libro Sol y soledades (1966 ) dice: “El mundo natural solo quiero vivirlo recordando para que no me duela su compacta y vistosa materia”. Este es un fragmento de un párrafo mayor. Esta afirmación refuerza mi creencia que Ida tiene una forma neurodivergente de estar en el mundo. Entendiéndose por neurodivergente aquella persona que posee características neuronales o cerebrales diferentes al promedio. Aclaro que no es una enfermedad, sino una forma diferente de ser de la típica asumida por el sistema como única. Observo una similitud con el escritor, educador y autodidacta José Antonio Ramos Sucre (Venezuela, 1890 – Suiza, 1930). Recordemos unos versos de su poema titulado “Preludio”: “Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras.” De manera similar, Ida se siente acechada por la realidad y sus estímulos. Tan es así, que prefiere el recuerdo a la experiencia. La ensoñación al fenómeno. Y después continúa su prosa:

Eso no le ocurre a ningún alma. Quieren, por ejemplo, vivenciar el otoño, tocando sus hojas berbellones. Yo, en cambio, prefiero no contemplar sus ramillas rojizas y sus arbustos gualdas. Quiero memorizarlo y entonces el otoño es como un oro antiguo o como un fino fuego.

Esa sensación de soledad, de entender y sentir de manera distinta a la mayoría de los individuos es otra característica de las personas neurodivergentes. La frustración por la incomprensión y muchas veces el rechazo por pensar y escribir diferente, está presente en la vida de nuestra querida escritora, quien tiene que inventarse una coraza para que no la afecten los comentarios y críticas sobre su obra. En este mismo orden de ideas, recuerdo el ensayo biográfico dedicado a Ida por la escritora María Cristina Solaeche Galera, donde en un párrafo dice “Es una escritura compleja estructuralmente, en la que se acentúa el estilo barroco y hermético en el juego del ritmo interior y de la rima”. Yo discrepo de esta visión, intuyo que Ida no es barroca y hermética, simplemente su expresión se manifiesta en correspondencias íntimas, así como en correspondencias universales, además de su indudable erudición, fruto de las numerosas lecturas y estudios que desarrolla a lo largo de su vida. Todo esto desembocando en una escritura enigmática para los demás, pero enigmática por la ignorancia de los conocimientos que Ida maneja con sabiduría. Ella dice: “La poesía es la voz de mi Verdad”. Algo así le pasa a Ramos Sucre, quien en respuesta a la crítica dice: “Los juicios acerca de mis dos libros han sido muy superficiales. No es fácil escribir un buen juicio sobre dos libros tan acendrados o refinados. Se requieren en el crítico los conocimientos que yo atesoré en el antro de mis dolores. Y todo el mundo no ha tenido una vida tan excepcional”. En la misma línea de sensibilidad encuentro a la poeta Emily Dickinson (Estados Unidos, 1830-1886), quien vive enclaustrada, vistiendo de blanco, para quien la poesía es otra manera de orar. Huye del bullicio, no habla a menos que le hablen y encuentra en la lectura la liberación: “No hay ninguna fragata como un libro para llevarnos a lejanas tierras, ni hay caballos mejores que una página de piafante poesía” dice en un poema. Emily manifiesta una alta fragilidad ante los estímulos, en su casa no recibe a nadie, sino a contadas personas y cada encuentro es un acontecimiento que deja una inmensa impresión en su psique canalizado en la escritura de cartas y poemas: “No es el morir lo que nos duele tanto, vivir sí que nos duele mucho más”. La memoria afectiva, el recuerdo, la ensoñación, son herramientas útiles porque vivir es doloroso, es imposible relacionarse sin salir herida. “En la voz siempre hay algo que nos salva. Sin embargo, el silencio es lo infinito.” Emily Dickinson llega a escribir en su poema “Un funeral en mi cerebro”, que su propia locura es en realidad el sentido más divino. Ese que le permite escribir y que le confiere profundos sufrimientos. A Ida le sucede parecido. Emily fue muy consciente de que le ocurría algo, y de que esos “demonios mentales”, como ella los llamaba, le nublaban la razón, el sentido y el equilibrio: “Y yo, y el silencio, una extraña raza. Destrozada y solitaria, aquí”. Y si sigo pensando en más escritores con estas características, recuerdo a Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849), quien escribe en su poema “Solo”:

Desde el tiempo de mi niñez, no he sido

como otros eran, no he visto

como otros veían, no pude sacar

mis pasiones desde una común primavera.

De la misma fuente no he tomado

mi pena; no se despertaría

mi corazón a la alegría con el mismo tono;

y todo lo que quise, lo quise solo.

Entonces -en mi niñez- en el amanecer

de una muy tempestuosa vida, se sacó

desde cada profundidad de lo bueno y lo malo

el misterio que todavía me ata:

desde el torrente o la fuente,

desde el rojo peñasco de la montaña,

desde el sol que alrededor de mí giraba

en su otoño teñido de oro,

desde el rayo en el cielo

que pasaba junto a mí volando,

desde el trueno y la tormenta,

y la nube que tomó la forma

(cuando el resto del cielo era azul)

de un demonio ante mi vista.

Sin ir más allá, en nuestro país vecino -Argentina- nace una mujer muy especial, Alejandra Pizarnik (1936-1972), quien en vida lucha contra la depresión y la ansiedad, perdiendo la batalla con su suicidio a la edad de 36 años. Sus poemas breves, intensos y cargados de símbolos manifiestan un sentimiento de inadaptación, profundo hastío y melancolía. Su obra está marcada por el peso de la obligación de encajar en el molde social que aborrece:

Simplemente no soy de este mundo… Yo habito con frenesí la luna. No tengo miedo de morir; tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva… No puedo pensar en cosas concretas; no me interesan. Yo no sé hablar como todos. Mis palabras son extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie… ¿Qué haré cuando me sumerja en mis fantásticos sueños y no pueda ascender? Porque alguna vez va a tener que suceder. Me iré y no sabré volver.

Nuestra Ida dice: “La soledad me ofrece lo que la compañía le cuesta entregar: silencio. Pero aun así soy incesante seguidora de las reuniones que organizamos para discutir un tema en particular o para intercambiar opiniones, ideas y versos”. Es entonces una persona de inclinación mayoritariamente solitaria, pero llamada con urgencia a reunirse con sus amistades queridas en torno al debate literario, cultural y artístico, temas de su fundamental interés y a los que entrega su vida.

Continuando con la obra de Ida Gramcko, su multifacética creatividad se plasma también en la narrativa. Escribe interesantísimas novelas como Juan sin miedo (1957) y la breve autobiografía novelada Tonta de capirote (1972). Con Juan sin miedo gana el Premio de Prosa “José Rafael Pocaterra”. De igual manera escribe los ensayos: El jinete de la brisa (1967), Preciso y continuo (1967), Magia y amor del pueblo (1970), Mitos simbólicos (1973), Poética (1983) e Historia y fabulación en “Mi delirio sobre el Chimborazo” (1988).

Quisiera agregar unas breves observaciones sobre la relación de Ida con el lenguaje y su neurodivergencia. Las personas neurodivergentes se caracterizan por tener una relación literal con el lenguaje en su uso cotidiano, en su interacción con los demás. Tienen una comprensión según el significado exacto de las palabras, es debido a esta razón que en muchas ocasiones no entienden las bromas, los chistes o los sarcasmos de las personas. Gracias a unas páginas que me compartió mi querida Belén Ojeda de Tonta de capirote, pude encontrar de la propia pluma de Ida anécdotas en este sentido, las cuales me recordaron mi propia experiencia y la de mis hijas, quienes estamos en el espectro autista. Citaré dos de las múltiples que hay en el libro:

-¿Qué es morir?- Indagué.
– ¡Bah, no te preocupes! Estirar la pata, simplemente.
Quería calma, quietud…eso debía existir. Y lo estirado o estirar la pata era todo lo contrario. No hay nada más distinto a lo sereno que lo tieso. No hay nada más distinto a lo estereotipado que lo que es espontáneo. No hay nada más distinto a lo aprendido que lo fresco. La educación, es una muerte.

Aquí se percibe además de la literalidad de la comprensión, una reflexión tajante sobre el sistema educativo equiparándolo a la muerte. Según sus memorias, ella cuando va al colegio se queda dormida, me imagino que se aburre. Para una mente brillante no hay nada más aburrido que esas largas y rígidas jornadas sobre temas de poco interés para nuestra “niña prodigio”. También en esta línea ella expresa que quería calma, quienes la conocieron me han dicho que ella sufría de ansiedad y fumaba mucho, también era insomne.

El otro ejemplo es el siguiente:

¿Qué era emparedar? A los “sandwichs” se les llamaba emparedados en idioma castizo. Entonces, doña Ana, ¿sería una especie de mujer “sandwich” como esos norteamericanos que se veían en fotografías, cuyo cuerpo se embutía entre dos carteles de propaganda?
Pero me lo explicaron.

En una entrevista ella declara: “Soy lo que llaman una autodidacta: yo leía mucho y muy disciplinadamente”. Ida y su hermana se educan en casa por diversas razones, sus padres son sobreprotectores y temen que les pase algo a sus hijas fuera del hogar, además tiene la posibilidad de aprender todo lo necesario de sus familiares. Ya adulta realiza exámenes para obtener el bachillerato y estudiar en la Universidad.

Ida Gramcko también incursiona en la prosa poética y la crítica literaria, lo que amplía aún más su impacto en el panorama cultural venezolano. Su capacidad para analizar y reflexionar sobre la literatura y el arte enriquece el discurso intelectual de su época y la consagra como una pensadora y crítica literaria de relevancia.

El poeta Alfredo Silva Estrada en el prólogo de sus Obras escogidas señala que “Esta orfebre, esta artesano exuberante, este arquitecto del lenguaje, esta tejedora agilísima trenza y destrenza, entreteje conceptos, pensamientos, sentencias, definiciones primigenias, imágenes, metáforas, símbolos, integrando discursos insólitamente ritmados, construcciones únicas dentro del panorama de nuestra más alta poesía.” y luego agrega que “La poesía de Ida Gramcko supone, fiel a su fundamentación conceptual, una violencia sobre la realidad, sobre las apariencias: irrupción abrupta, sacudimiento de lo real, ensanchamiento de mundos”.

Más adelante, nos dice al inicio de su libro de poemas Salmos (1968):

Desde hace años siento y expreso en mi poesía lo que para mí constituye una realidad espiritual invariable. Puede ser admitida, juzgada, criticada, censurada, mas no puedo dejar de ser yo. Y en nada me apesadumbra ser así. Dentro de esa realidad espiritual, el hallazgo de la amistad se me da como una dimensión sin asidero ni atracción sensoriales.

Caracas, noviembre 1968.

Con el paso del tiempo, Ida se sumerge en una reflexión más profunda sobre el yo y el ser humano. Su poesía adquiere un tono más íntimo y existencial, revelando inquietudes sobre la vida, la muerte, el amor y la identidad, siempre con un estilo clásico y erudito. Sus versos se tornan introspectivos y cuestionadores, mostrando complejos paisajes de la psique y enfrentando las verdades más profundas de la existencia. Recordemos que Ida fue filósofa de profesión, ella estudia en la Universidad Central de Venezuela, donde también ejerce como profesora de Literatura. Dice José Napoleón Oropeza (académico, escritor y promotor cultural venezolano) en el prólogo a Treno (1993):

Treno, extenso poema en estancias o conjunto de poemas de Ida Gramcko, es, quizá, en el panorama de la poesía contemporánea el poema amoroso más intenso escrito en nuestro país en los últimos tiempos. Mediante el empleo de un verbo de aliento cósmico, asentado en lo telúrico, tomando como herencia elementos de la poesía presocrática, y algunos símbolos que (retomados para la revisión lírica, o excusa del alma para su sentir) se tornan arquetípicos, Trenonos propone al diálogo del alma con su entorno, y del entorno, del hábitat, con el universo, a manera de un trepidante jadeo.

Nos dice Ida para cerrar el primer poema de Treno: “La voz no es un sonido sino un orbe que triunfa, la voz es un cimiento de arcángeles y arcadias.” En la escritura de Ida el misterio de la poesía y los misterios del inconsciente son lo mismo.

En el poema IV de Treno siguen las correspondencias:

Cuando se ama, en los ojos aflora la llovizna

y no sabes si riegas a otro ser o a la tierra.

No hay otredad. Fundidos al gorjeo y la brisa

fuimos como una fuerza floral sobre la yerba.

Sin medición. La forma tenaz se nos concilia,

lo distinto seduce, la fusión está cerca.

A veces, cuando se ama, resulta advenediza

la carne y una vasta posesión se pergeña.

Nuestra poeta es la naturaleza. Aprende a ver como un fenómeno natural todo lo que se desenvuelve dentro de su psiquis y mirando más allá, descubre los arquetipos que se imponen. “El caracol, la rosa, la brasa, el pez, la mies, el hueso, la luciérnaga, el girasol, el trébol, la breva, el crisol, constituyen algunos de los elementos que, una y otra vez, son retomados para la indagación elemental y comunicación arquetípica.” Nos recuerda José Napoleón Oropeza en el prólogo de Treno.

Ida Gramcko sabe consolidar una voz única, capaz de trascender el tiempo y llegar a las generaciones posteriores. Su legado literario aún tiene mucho por descubrir, siendo urgente la difusión de sus libros. La visibilización de su obra es esencial para que continúe inspirarando a nuevas generaciones de poetas y lectores. Como una estrategia en este sentido, he creado el Premio de Poesía Joven Ida Gramcko 2024, con un jurado de lujo como se merece nuestra gran escritora. Y también, para conmemorar los 100 años de su nacimiento,  la edición en tres volúmenes de su obra poética, que se irán publicando el 21 de marzo, el 21 de junio y el 21 de septiembre de 2024. Tres fechas que nos recuerdan los ciclos de la vida. Por supuesto, con la venia de su heredero, el Dr. Enrique Aristeguieta Gramcko, a quien le agradezco infinitamente la generosidad y el entusiasmo.

Para finalizar las reflexiones en torno a esta inolvidable alma de diamante, les comparto el primer poema que leí de ella y del cual incluí unos versos como epígrafe en mi segundo libro La silenciosa desesperación del sueño (2010):

ATIENDA AQUEL QUE DIJO

hallar dicha y sosiego

en un sueño beatífico y tranquilo;

atienda a lo que digo y lo que creo.

¿Sabes, nocturno amigo,

a qué cosa en verdad llamamos sueño?

Atiende, hermano mío,

sin pena y sin recelo,

yo, que he soñado, yo, que no he dormido,

te pregunto sin voz desde mi lecho:

¿crees que el sueño protege del abismo,

rescata del asalto y del incendio?

Yo, soñadora inmóvil, no he creído

en mi rostro apacible cuando duermo.

Lucho soñando, sórdida, conmigo,

con un pájaro extraño, con el viento,

con un agudo y afilado pico

que me horada las sienes y el cerebro

y dejo sangre en el cojín y heridos

flotan ardiendo, aullando, mis cabellos.

Soñador y sonámbulo es lo mismo.

Se va entre nieblas, huérfano.

¿Quién hiló las almohadas? ¿El olvido?

La mano movediza del recuerdo

con un sombrío ovillo

y tejió la crisálida del lienzo

con una larga víbora de lino

que se enrosca en el alma y en el cuerpo.

Atienda aquel que alguna vez me dijo

hallar quietud seráfica en el sueño;

atienda a mi creencia, a mi pregunta,

que es la de todo soñador despierto.

Creo en mi corazón, su llama oculta

bajo las sábanas, ardiendo.

Creo en mi sangre muda

corriendo como un río del infierno.

¿Cree alguien en la calma de las tumbas,

en la paz de los muertos?

Quieren creer… ¡No lo han creído nunca!

Descansa en paz, sólo es un gran deseo.

Descansa en paz, pero la paz no escucha;

descansa en paz, pero el descanso es ciego.

La muerte, insomne, mira hacia la lucha

y el sueño es el más íntimo desvelo.

De Poemas, 1952.




Destacadas y reconocidas figuras del quehacer literario se unieron para homenajear a Ida Gramcko en un video encuentro. Para este fin trabajaron en conjunto la Fundación Bordes, la Maestría en Literatura Latinoamericana y del Caribe (ULA Táchira) y LP5 Editora. Esta actividad fue grabada el día 27 de septiembre y transmitida el 29 de septiembre con la participación de Marisol García, Fania Castillo, Rafael Rondón Narváez, Gabriela Kizer, Ana María Hurtado, Belén Ojeda, y mi persona, Gladys Mendía. Aquí puedes verlo:

Algunos fragmentos de poemas de
Ida Gramcko: