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VALERIA ZURANO: NARRATIVA ACTUAL ARGENTINA

VALERIA ZURANO poeta, escritora, profesora de literatura, magíster en escritura creativa. Ha editado los siguientes libros: La vía circular, La vida privada de los trenes, La belleza del resentimiento. Conjuro

Gladys Mendía 5 años ago 44
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VALERIA ZURANO poeta, escritora, profesora de literatura, magíster en escritura creativa. Ha editado los siguientes libros: La vía circular, La vida privada de los trenes, La belleza del resentimiento. Conjuro para detener el temblorOperación Claridad. El libro de las hormigas. El Gran Capitán-Crónica de un viaje al LitoralLas Damas Juegan Ajedrez. Barco en Llamas

Obtuvo las siguientes distinciones: Primer Premio de Poesía de la Municipalidad de Córdoba año 2017. Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes 2010. Tercer Premio de Cuento en el Concurso Nacional Leopoldo Marechal 2010. Primer Premio en el Concurso Internacional de Cuento Breve Babel 2009, Córdoba. Primer Premio de Poesía Concurso Nacional Leopoldo Marechal 2008. Integra antologías nacionales e internacionales, algunas de ellas son “Voces con vida”, I Concurso de Cuento Breve, Salón del libro Hispanoamericano Ciudad de México. “Tránsito de fuego”, Jóvenes Poetas Latinoamericanos 1972-1990, por la Casa Nacional de Letras Andrés Bello, Caracas 2009, Venezuela.

Selección por Gladys Mendía del libro La vía circular (Los lápices Editora, 2019)




Citroneta en el desierto

…lo percibieron
los que murieron hace mucho,
los que hace mucho están ausentes,
y miran desde nuestros ojos abiertos.
Denise Levertov en Sands of the well

Mi abuelo llevaba una caja de herramientas, cuando salió de la puerta del almacén, para irse de viaje hacia el fin del mundo. Iba con el tío Julián, su único hermano. Salieron un día del mes de septiembre. El empedrado de la calle estaba mojado por la lluvia de la noche anterior. Mi abuelo se llamaba Diego y la caja de herramientas que llevaba era metálica, de color azul. Armaron dos bolsos, saludaron a los vecinos y se despidieron de mi bisabuela, la gallega, hasta que dejaron de verse. Ella se quedó inmóvil durante un rato, luego entró al almacén y lloró detrás del mostrador. Una extensa tradición familiar de viajes atravesaba los continentes. Apenas comenzaban los saludos, una sucesión de despedidas se hacía presente en la verosimilitud de haberlas vivido. Todo es válido dentro de la nostalgia.

Yo no era quien soy cuando Diego y Julián partieron, pero, de alguna manera, los miraba desde la puerta de la casa. En esa época aún estaba dentro del cuerpo de aquella mujer que era la tía Pepa. Ella los conocía desde niños por eso, cuando se acercó a saludarlos, la abrazaron hasta alzarla en el aire. Pepa los había ayudado a escapar del horror y la miseria del franquismo. La gallega y la tía Pepa habían cruzado el Atlántico con Diego y Julián en brazos, dentro de la bodega del barco.

La citroneta resonaba sobre el empedrado de la avenida Alberdi. El cruce de la General Paz hizo intermitencias de luz y sombra en el interior del auto: un mapa, una linterna, las figazas con jamón crudo, dos frazadas, tres botellas de agua, la caja de herramientas. Los motivos del viaje se reducían a conocer la ciudad de Ushuaia, sacarse una foto con el cartel de bienvenidos, jugar con una piedra debajo del cartel, contraponer lo verde del cartel con el gris del cielo y cruzar con el ferry las aguas turbulentas del Estrecho de Magallanes.

La tía Pepa les había deseado buena travesía como si se tratara de un viaje en barco. Navegaron el Citroën 3 cv con viento en popa, escorando la carrocería en las curvas, marcando un curso en el mapa, amarinando el equipaje para mantener el auto equilibrado. Compartieron los códigos de los camioneros: luces, guiño, manito de saludo, dos toques de bocina. Y viajaron durante días escuchando el motor, aturdidos por el ruido de la carrocería. Había que navegar la citroneta y como un marinero quedarse a merced de la amortiguación, hasta ser velero de chapa singlando las olas del camino; un barco liviano con velas de dos cilindros por las rutas del fin del mundo.

La citroneta fue comprada por el tío Julián a un vecino español que, según comentaban, se había hecho traer el auto desde Francia. Justamente por ese toque francés, porque mi abuelo puso el motor a punto y colgó del espejo retrovisor un esqueletito de metal que no paraba de moverse, el auto estaba preparado para el viaje. Una caja de bujías bajo el asiento, soga para remolque, caja de herramientas, rueda de auxilio, botella de agua, bidones de aceite, cable de embrague, tapa de cilindro, aros, pistones, correas y dos marineros, tripulantes ahora del recuerdo, rumbo al sur, en una embarcación que resplandecía bajo la magnífica noche estelar de la Patagonia.

De ciertas cosas me enteraría después, digamos que para mí la historia había quedado inconclusa por algunos años. Los vi salir del barrio, supe que habían llegado a Ushuaia, que volvían por la ruta 40 y la 20, pero luego de mi muerte no tuve más noticias. Volví a nacer en 1975. A los siete años me llevaron a la casa del tío Julián, hacía apenas algunos días que él había fallecido. Al pasar por el garaje, alguien levantó la lona gris que cubría el auto, quedé encantada cuando vi la citroneta. Me acerqué a ella, quise abrir una puerta, pero me apartaron y volvieron a taparla. Sin dejar de pensar en aquella máquina, salí a jugar por las calles de Longchamps, saltábamos las zanjas con los nietos del tío Julián hasta terminar con el agua por las rodillas. Es cierto, cuando somos niños no nos entienden, no saben que al estar recién llegados uno se maravilla y comienza a subyugarse a las personas, a los objetos.

En mi infancia, varios días a la semana, jugaba con mi abuelo: lo acostaba, lo tapaba y le daba la mamadera. Mi abuelo ya no era mi abuelo, durante un rato, era mi hijo recién nacido. Yo sabía que tenía que cuidarlo porque su salud estaba muy débil, es que de tanto arreglar motores, tuvieron que ponerle un motorcito en su corazón.

No tenemos muchas fotos del abuelo en sus viajes. La tarde que él falleció fue un 17 de agosto y creo que una paloma revoloteó a mi alrededor mientras lloraba en el patio del hospital. Recuerdo que pensé que nuestros viajes nunca terminan, estamos supeditados a la separación y al reencuentro. Claro que no es lo mismo volar que an- dar a 60 km por hora con una citroneta por la Ruta del Desierto en 1970. Una ruta signada por la muerte, mar- cada en la tierra áspera y estéril por el genocidio del ejército de Roca. La historia de la ruta 20 fue la anécdota que jamás nadie se atrevió a contar. Lo que sucedió en esa ruta fue lo más importante, más que la fotografía junto al cartel del Fin del mundo, más que el regreso a través de los paisajes de los lagos cordilleranos, más importante que la citroneta a bordo del ferry; toda la Patagonia resumida en ese largo trecho de la ruta provincial 20, esa línea recta y cancina que atraviesa La Pampa.

La citroneta fue dejando atrás el último pueblo. Entraron a menos de cincuenta kilómetros por hora al paisaje de la Ruta del Desierto. El desierto crecía inhóspito. Una estepa de arbustos bajos y apaleados por el viento se extendía hasta el horizonte. Las piedras del camino castigaban la chapa humeante. A veces sueño con mi abuelo y su voluntad enfrentando el calor y el frío áspero. Lo sueño sonriente, lleva una camisa blanca y maneja la citroneta roja por el espejismo de la llanura. Solo él y su corazón avanzan por la línea plana del camino. Pasan por mi mundo onírico y enlazan un sueño con otro hasta que paulatinamente entran en el paisaje alucinado del desierto.

Los huesos fluorescentes resplandecían en la oscuridad, contaban la historia de la luz mala. No había señales de vida. La ruta era una línea recta de ripio que jugaba con los viajeros. Se rompió la barra de dirección. El auto se fue hacia la banquina y levantó una polvareda. Mi abuelo y el tío Julián intentaron arreglarla con alambre y una barra de hierro. Me dijo mi abuelo que la citroneta y el alambre eran una fórmula inseparable. Pero el problema no tuvo solución, decidieron empujar el auto hacia un costado de la ruta. Estaba por llegar la noche y las temperaturas comenzaban a bajar. Prepararon un fuego entre las piedras y cocinaron una sopa. El viento era constante. La oscuridad se volvía cada vez más espesa. El cielo era un espejo negro, repleto de luces. Así, estuvieron dos días, esperando que alguien pasara. La desolación era testigo de largas conversaciones, esperaban con las camisas en las manos, bajo el calor del sol. Por momentos, resguardados a un costado del auto, buscaban un poco de sombra. En la noche, el salitre y el basalto del suelo se encendían, alcanzando un tono luminoso. El calentador Primus iba agotándose lentamente. Las temperaturas llegaban a bajo cero, y el desierto iba encerrándolos en su enloquecida inmensidad.

Al amanecer supieron que, mientras dormían, un vehículo había pasado. Con la sensación de que el tiempo de supervivencia se había terminado, empujaron el auto hasta la ruta y lo dejaron atravesado. Pusieron un trapo en forma de bandera. No había posibilidades, si alguien pasaba, tendría que detenerse. Tenían la soga y la esperanza preparadas para el remolque. Se quedaron horas escrutando el horizonte. Atentos, sin hablar, siguiendo una señal en lo más ínfimo del paisaje. Estuvieron todo el día esperando, llegó el atardecer y de nuevo la noche. Pensaron en dejar la citroneta sobre la ruta, pasar la no- che en medio del camino. Pero el tío Julián dijo que eso podía ser mortal, que en la ruta del desierto los conductores entraban en el sueño blanco y que, en ese sueño, se dormían o tenían alucinaciones.

Sacaron la citroneta de la ruta. Sin esperanzas, dejaron la bandera al costado, y se resguardaron dentro del auto. El sueño blanco del frío, del hambre y del desaliento los invadió. La resignación había vencido sus voluntades y para eso no tenían herramientas. El abuelo Diego se acurrucó entre unas frazadas, miraba el esqueleto colgado del espejo retrovisor, pensó en el sueño blanco. Soñó, por un instante, que la citroneta avanzaba a través del desierto y en el centro de la estepa encontraba una casa blanca, brillante. Enceguecido por el resplandor de las paredes, detuvo la citroneta y entró. La gallega y la tía Pepa, felices lo recibían y lo esperaban para almorzar. Se sentaron a la mesa. Diego miró por la ventana, el desierto no era un desierto, la estepa había desaparecido, la citroneta ya no estaba donde la había dejado, todo era un océano sobre el cual la casa flotaba.

El tío Julián inclinado en el asiento, con las manos en los bolsillos de la campera también se sumergió en el sueño blanco. Soñaba que, al apagar la fogata, descubría una nube en el horizonte y, desesperadamente, agitaba la bandera en medio de la ruta. La nube era una polvareda, una mancha seguida por dos luces. Un camión avanzaba a alta velocidad por el desierto. Aplastaba los arbustos como si nada, las luces iban directo hacia él, la tierra vibraba por el motor. El camión, sin dejar de acelerar, iba directo hacia la citroneta.

Despertaron sobresaltados. Alguien rondaba el auto. No podían ver, los vidrios estaban empañados y tapados con cartones. Una de las manijas se movía, alguien quería abrir la puerta, daba golpecitos contra el auto. Julián y Diego ni siquiera respiraban. Los golpes eran cada vez más bruscos. Los dos se miraron, el tío Julián tomó una llave francesa. Oían un ir y venir de pasos. Los golpes agitaban la citroneta. De repente, volvió el silencio, se quedaron quietos toda la noche, el silencio se extendió hasta la luz del día. Nunca supieron qué había sucedido. Cuando amaneció, no había rastros, ni pisadas.

A pesar de la incertidumbre, aquel episodio les había dado fuerzas. No se quedarían otra noche al costado de la ruta. Trabajaron sin descanso y, antes del anochecer, pudieron improvisar otro arreglo. La desilusión del día anterior había desaparecido, veían con claridad, y fue así como la barra de metal soportó el ripio del camino. Iban alegres, brindando con la última gota de licor de anís que quedaba en la petaca que les había dado la tía Pepa. Llegaron al pueblo de Chacharramendi, en un taller soldaron las barras de dirección. Entraron a la provincia de Buenos Aires por la localidad de Flores. Finalmente, la citroneta había llegado a la puerta del almacén para que la gallega saliera con los brazos abiertos y una sonrisa incomparable. Cuando entraron a la casa supieron que la tía Pepa había muerto. Era extraño, pero su muerte fue esa misma noche, la de los golpes en la Ruta del Desierto.

Acallados por el misterio y el dolor, solo trascendió la historia del desperfecto mecánico y los días de supervivencia. La citroneta, durmiendo el sueño blanco, iba a quedar oculta bajo la pesada lona gris de los silencios familiares.