
Ecopoética del habitar humano en la biosfera-antroposfera
Por Ignacio Muñoz Cristi
“…no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos,
sino transformarse en poeta”
Jorge Teillier
“…poéticamente habita el ser humano en esta tierra”
Friedrich Holderlin
Alguien abre una llave en el centro de una ciudad y bebe un vaso de agua. La escena parece no tener nada de extraordinario. No hay un bosque, un río ni una montaña a la vista; tampoco hay, en apariencia, aquello que solemos llamar “naturaleza”. Hay una cocina, una cañería, una red de distribución, un edificio, una ciudad. Sin embargo, el agua que llega al vaso pertenece a una historia de lluvias, suelos, cursos de agua, obras humanas, decisiones políticas, formas de consumo y modos de convivencia. La ciudad no ha quedado fuera de la biosfera. Tampoco la biosfera comienza allí donde termina el pavimento. Quizá una de las dificultades más persistentes de nuestro presente ecológico consista precisamente en que muchas de las relaciones que hacen posible nuestro vivir han llegado a ser invisibles por su propia cotidianidad.
Esta invisibilidad permite comprender por qué la poesía de la naturaleza y la ecopoesía no son exactamente lo mismo. La primera puede celebrar un paisaje, describir un animal o lamentar la destrucción de un bosque conservando, sin advertirlo, la distribución básica de un sujeto humano que observa una naturaleza exterior. La tradición ecopoética contemporánea ha cuestionado progresivamente esa separación. Scigaj (1999) propuso distinguir la ecopoesía de una poesía meramente natural o ambiental por su descentramiento del ser humano y por la atención a las necesidades del mundo vivo; Bryson (2002) amplió el campo hacia problemas históricos, culturales y políticos; y Jonathan Skinner ha mostrado que la ecopoética puede abarcar desde lo silvestre y los animales hasta las injusticias ambientales y los ambientes urbanos. La Poetry Foundation sintetiza este desplazamiento señalando que la ecopoesía no toma el llamado “mundo natural” como algo separado del humano, sino que pregunta por nuestra implicación en aquello que nos rodea. Esa transformación es decisiva, aunque todavía pueda llevarse un poco más lejos.
Porque aun cuando dejamos de pensar la naturaleza como paisaje exterior, podemos seguir hablando como si existieran primero dos términos completos —ser humano y ambiente— que luego entraran en relación. Pero un ser humano nunca comienza fuera de un medio para incorporarse después a él. Desde su concepción hasta su muerte, vive en una historia de congruencias estructurales y relacionales con un ámbito que cambia con su propio vivir. Y la existencia humana, además, no ocurre solo como corporalidad biológica, sino en redes de conversaciones, emociones, técnicas, instituciones, memorias, imaginarios y haceres. Llamamos antroposfera a esa trama biológico-cultural de mundos humanos, pero sería equívoco imaginarla como una esfera superpuesta a una biosfera que permanecería debajo, intacta y separada. La antroposfera ocurre biosféricamente. Una carretera, un teléfono, una huerta, una universidad o un poema son realizaciones humanas que solo pueden existir en la dinámica material y relacional de la biosfera, al mismo tiempo que transforman las condiciones en que esa dinámica continúa.
El guion en la expresión biosfera-antroposfera no debería, por ello, operar como una simple señal tipográfica. Nombra una relación constitutiva. No une dos realidades previamente independientes; recuerda que aquello que distinguimos como mundo humano ocurre dentro de la historia de transformaciones de la biosfera y que, desde la aparición de nuestro linaje, esa historia incluye también los efectos de nuestros modos de vivir y convivir. El problema ecológico cambia ligeramente de forma cuando se lo mira así. Ya no se trata solamente de preguntarnos cómo deberíamos relacionarnos con “la naturaleza”, sino de examinar qué modo de habitar realizamos al generar antroposfera en la biosfera y qué consecuencias conservamos al hacerlo.
Aquí la palabra poético puede parecer, al comienzo, excesiva. Frente al calentamiento global, la pérdida de biodiversidad, la contaminación de aguas o los procesos extractivos, hablar de poesía corre el riesgo de sonar ornamental. Pero esa objeción depende de reducir el poetizar a la escritura de poemas. El biólogo y epistemólogo chileno Humberto Maturana propuso otra entrada , él deçía: “El poeta ve donde otros no ven”. No porque acceda a un mundo oculto detrás de las apariencias, sino porque puede traer a presencia aquello que estaba allí y que la obviedad cotidiana volvía invisible. El poeta, dice Maturana, toma lo aparente, lo transforma al llevarlo a otro ámbito y hace visible ese “presente silencioso” que dejamos pasar. El acto poético es, en este sentido, un acto transformador del mundo, pues transforma el dominio de distinciones, sentires y acciones disponibles para quien participa en él.
Esta operación puede reconocerse en la literatura, pero no le pertenece exclusivamente. Una mirada poética capta configuraciones relacionales, operacionales y estructurales que no estaban disponibles como tales en el vivir inmediato. El acto poético toma esas coherencias experienciales y las desplaza hacia otro ámbito, donde pueden aparecer de nuevo bajo una forma inesperada. Una metáfora logra hacerlo con palabras, pero también puede hacerlo un gesto, una imagen, una forma de ordenar un espacio, una conversación, una ceremonia o un artefacto. Lo decisivo no es el soporte, sino la operación: hacer aparecer relaciones que permanecían ocultas por la familiaridad del mundo en que se vivían.
Volvamos al vaso de agua. Puede ser tratado como un objeto trivial: se abre la llave, se llena el vaso y se bebe. Pero también puede convertirse en una entrada hacia una red de relaciones que no estaba presente en nuestra experiencia inmediata: la cuenca de donde proviene, los seres vivos que dependen de ella, la energía necesaria para transportarla, las decisiones que distribuyen su acceso, la sequía, las formas de propiedad, las lluvias pasadas y las futuras posibilidades de convivencia. Incluso la historia evolutiva en que esa agua ha participado: fue río o lago, fue bebida por innumerables seres vivos, regresó a la tierra y, evaporada, volvió a las nubes en un ciclo milenario que integra también la historia de nuestros ancestros. Nada de eso estaba secretamente encerrado dentro del vaso. Aparece cuando cambia nuestra manera de distinguirlo. Allí el gesto ecopoético no agrega simplemente información ambiental; transforma el mundo experiencial en que el vaso participa.
Sin embargo, todavía no basta. Si la ecopoética quedara restringida a la capacidad de algunos artistas para hacernos percibir relaciones ecológicas, continuaríamos dividiendo a la humanidad entre quienes producen el acto poético y quienes lo reciben. Maturana introduce aquí un desplazamiento más radical: “Todos somos primariamente poetas”. Como niños generamos mundos en nuestro vivir y, como adultos, modulamos los mundos de otros. Esta afirmación no significa que todas las personas escriban poesía ni que toda conducta sea arte. Significa que el vivir humano en el lenguaje y el conversar posee una dimensión generativa: continuamente enlazamos distinciones, emociones y acciones, trasladamos coherencias entre dominios, imaginamos posibilidades y contribuimos a conservar ciertos mundos mientras dejamos de conservar otros.
Desde aquí comienza a aparecer una ecopoética diferente. No una teoría acerca de poemas que hablan de ecología, sino una reflexión sobre la dimensión poética mediante la cual los seres humanos participamos en la generación cotidiana de nuestro habitar biosférico-antroposférico. La mirada poética, la acción poética y la convivencia poética dejan entonces de ser tres asuntos independientes. La primera permite distinguir relaciones; la segunda transforma posibilidades al operar con ellas; la tercera las entrelaza recursivamente en redes de convivencia donde ciertos modos de vivir llegan a estabilizarse y conservarse. El poetizar se vuelve inseparable del habitar.
Pero este nuevo paso introduce una dificultad incómoda. Si todos participamos poéticamente en la generación de mundos, entonces el poetizar no puede ser considerado bueno por definición. Hay mundos de acogimiento y mundos de negación, imaginarios que amplían posibilidades convivenciales e imaginarios que naturalizan explotación capitalista, racismo colonial, patriarcado, guerra o devastación. Una campaña publicitaria capaz de volver deseable un horizonte ecofascista, o un consumo ecológicamente destructivo también moviliza imágenes, analogías, afectos y promesas; una narrativa económica que convierte un bosque en “recurso” y su destrucción en “desarrollo” organiza asimismo un mundo posible. La potencia poética es generativa, pero aquello que genera depende de la matriz relacional en que se realiza.
Esta ambivalencia impide convertir la ecopoética del habitar en una estética edificante de la armonía. Su pregunta ética no puede resolverse declarando que la poesía nos vuelve mejores. Más bien obliga a observar qué configuraciones de sentir, imaginar, decir y hacer conservamos cuando poetizamos nuestros mundos. La cuestión ecológica aparece entonces también como cuestión de imaginarios y deseos. Una sociedad puede disponer de abundante información científica sobre la crisis climática y, al mismo tiempo, conservar una sensibilidad cotidiana en la que el consumo ilimitado, la competencia o la apropiación de lo vivo continúan apareciendo como evidencias no problemáticas. Saber no garantiza ver, y ver, en el sentido que aquí interesa, no es registrar datos sino dejar que ciertas relaciones antes invisibles lleguen a configurar nuestro entender.
La experiencia estética adquiere en este punto un sentido más profundo que el del gusto por lo bello. Desde el entendimiento biologico-antropologico de Maturana, la experiencia estética puede comprenderse como una distinción reflexiva que realizamos cuando nos encontramos en coherencia con algún aspecto del ámbito que habitamos, en un fluir que sentimos armónico (Maturana, 1993). Desde esta perspectiva, la sensibilidad ecológica no se reduce a poseer conocimientos acerca de sistemas complejos. Implica poder sentir relaciones, advertir congruencias e incongruencias, experimentar la pertenencia a una trama de coexistencias que hace posible el propio vivir. Una cultura ecológicamente destructiva, patriarcal, capitalista-colonial, puede ser, entre otras cosas, una cultura que ha aprendido a anestesiar dimensiones de esa sensibilidad.
Esto permite comprender de otro modo la vieja oposición entre una ciudad artificial y una naturaleza auténtica. La tarea no consiste en abandonar la antroposfera para retornar a una pureza biosférica inexistente —la ciudad, como decía Maturana, ¡es pura biología!—, sino en transformar las maneras en que producimos, reproducimos y transformamos la antroposfera. Una plaza, un sistema de transporte, una escuela, una práctica agrícola o una tecnología pueden conservar o destruir condiciones de convivencia biosférica según las relaciones que generen. La pregunta ecopoética deja de ser “¿cómo representamos adecuadamente la naturaleza?” y se vuelve “¿qué relaciones hacemos sensibles, imaginables y habitables al realizar nuestras formas de vida?”.
En Chile, la trayectoria de Nicanor Parra ofrece un interlocutor especialmente fecundo. Sus Ecopoemas desplazaron la antipoesía hacia una crítica de los sistemas políticos, económicos y culturales asociados a la devastación ecológica. Araya Grandón (2008) ha descrito este tránsito como un paso desde la antipoiesis hacia la ecopoiesis, subrayando cómo la preocupación ambiental parriana cuestiona formas enteras de organización social. Ese gesto resulta cercano a la ecopoética del habitar porque la crisis ecológica deja de aparecer como un accidente exterior al modo de vida moderno: se vuelve inseparable de las conversaciones, deseos, instituciones y criterios de valor mediante los cuales ese modo de vida se conserva. La diferencia es que la ecopoética del habitar lleva la interrogación desde la obra poética hacia la condición poetizante de la convivencia humana misma.
También por eso el jugar, el imaginar y el soñar dejan de ser dimensiones secundarias. Son, junto al amar, fundamentos olvidados de lo humano. El poetizar se organiza muchas veces mediante asociaciones analógicas y metafóricas que conectan experiencias distantes sin reducirlas a una secuencia causal. El juego, entendido no como ejecución de reglas sino como disposición a realizar un hacer por el placer presente de realizarlo, abre un ámbito en que pueden ensayarse configuraciones todavía no estabilizadas. Soñar e imaginar permiten poner en relación mundos que el orden cotidiano mantiene separados. En una época de crisis civilizacional que necesita transformar profundamente sus formas de convivencia sin disponer de un plano trascendente que indique de antemano cómo hacerlo, esa capacidad de variar imaginativamente las relaciones adquiere una importancia política y ecológica decisiva.
Pero imaginar mundos deseables tampoco basta. Una ecopoética del habitar coherente con un pensar ontológico-constitutivo (Maturana, 1997) no puede prescribir desde fuera cuál es el mundo correcto que todos deberían realizar. Puede, en cambio, volver examinable la pregunta por lo que deseamos conservar. Maturana formula el acto poético más fundamental como la posibilidad de “crear entre todos un mundo deseable” en vez de quedar atrapados en la lucha y la competencia. La palabra decisiva aquí es deseable. No nombra una obligación trascendente; remite a la responsabilidad que aparece cuando advertimos que nuestras formas de vida no son inevitables y que participamos continuamente en su conservación.
La crisis socioecológica puede aparecer entonces bajo una luz distinta. No solo como una alteración de variables físicas que debe corregirse mediante mejores políticas y tecnologías —aunque estas sean indispensables—, sino como una crisis del habitar: una historia en la que hemos llegado a conservar configuraciones relacionales que vuelven invisible la imbricación constitutiva de nuestros mundos humanos en las dinámicas biosféricas en que estos se realizan. Allí la tarea ecopoética no sustituye a la ciencia, la ingeniería, la economía o la política. Opera en otro plano y puede atravesarlos a todos: el de hacer sensibles y pensables las relaciones desde las cuales esas prácticas adquieren sentido.
Podemos ahora nombrar aquello que el recorrido venía preparando. Una Ecopoética del Habitar Humano en la Biosfera-Antroposfera es una praxis reflexiva, estética y transformadora orientada a cultivar la capacidad de distinguir y hacer visibles las configuraciones relacionales, operacionales y estructurales de nuestro vivir y convivir biosférico-antroposférico, participando conscientemente, mediante la mirada, la acción y la convivencia poéticas, en la generación y conservación de mundos que deseamos habitar. No define de antemano cuáles deben ser esos mundos. Hace visible que ya estamos participando en su generación.
Esta formulación permite dialogar con la tradición ecopoética sin reducirse a ella. Comparte con buena parte de esa tradición la crítica de las formas antropocéntricas de comprender la relación humano-naturaleza, aunque desplaza el problema desde la búsqueda de un nuevo centro hacia la constitución relacional del habitar biosférico-antroposférico. Comparte también la ampliación que ha llevado a la ecopoesía desde el paisaje silvestre hacia los animales, la ciudad, la injusticia ambiental, la colonialidad y las catástrofes. Pero introduce un giro adicional: la ecología no es únicamente un contenido o una orientación ética del poema; pertenece a las condiciones mismas en que ocurre el habitar humano, y lo poético no es solamente una práctica literaria que tematiza esas condiciones; es una dimensión generativa de la vida humana mediante la cual hacemos aparecer, modulamos y conservamos mundos.
Quizá por eso la imagen inicial del vaso de agua pueda ahora verse de otra manera. Nada se ha agregado físicamente al vaso. El agua sigue siendo agua, la cocina sigue allí y la ciudad continúa funcionando. Lo que ha cambiado es el ámbito de relaciones en que esa escena puede ser vivida. Lo cotidiano deja de ser transparente y comienza a mostrar la trama histórica que lo constituye. El presente silencioso se vuelve audible. Si el gesto poético consiste en hacer visible aquello que lo evidente oculta, una ecopoética del habitar podría encontrar allí su tarea más elemental: hacer visible el habitar que nuestro propio habitar vuelve invisible.
Referencias
Araya Grandón, J. G. (2008). Nicanor Parra: de la antipoiesis a la ecopoiesis. Estudios Filológicos, 43, 9-18.
Bryson, J. S. (Ed.). (2002). Ecopoetry: A critical introduction. University of Utah Press.
Maturana, H. R. (1993). Biology of the aesthetic experience. En Zuchen (Theorie) und Praxis. Wissenschaftsverlag Rothe.
Maturana, H. R. (1997). La objetividad: Un argumento para obligar. Dolmen Ediciones.
Poetry Foundation. (s. f.). Ecopoetics. Glossary of Poetic Terms.
Scigaj, L. M. (1999). Sustainable poetry: Four American ecopoets. University Press of Kentucky.
Skinner, J. (s. f.). What is eco-poetics? Eco-Poetry.org.

Ignacio Muñoz Cristi es doctor en Psicología, magíster en Psicología Social y licenciado en Antropología Histórica. Actualmente es profesor en la Escuela de Psicología de la Universidad Mayor Psicología.
En el campo teórico se ha especializado en Psicología Social (Ambiental, Comunitaria y del Trabajo), el Entendimiento Biológico-Cultural del Habitar Humano, Análisis de Sistemas-Mundo y Pensamiento Descolonial. En el campo empírico es especialista en procesos de autogestión comunitaria, movimientos urbano-populares, educación popular y política de la liberación.
Como poeta a publicado:
“El Libro de Oro del Movimiento Lúdico”. junto a Víctor Campbell Saffie, por ML Ediciones.
“Con la Edad de Cristo”. Andesground & ML. Ediciones.
“Tractatus Poético-Antropologicus”. Mantra & ML Ediciones.
“Chile y el Estado del Mundo”. Andesground & ML Ediciones.
“Poesía Normal y Subnormal: Odisea de la Consciencia”. ML Ediciones.
“Donde los Ángeles Temen Pisar: Odiseá Poético-Espiritual”. ML Ediciones.