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FLAVIA PESCI-FELTRI: POESÍA ACTUAL VENEZOLANA

Flavia Pesci-Feltri es abogada y profesora de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Central de Venezuela de la Universidad Central de Venezuela. En el ámbito de

Gladys Mendía 1 año ago 36
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Flavia Pesci-Feltri es abogada y profesora de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Central de Venezuela de la Universidad Central de Venezuela. En el ámbito de la poesía, ha participado en diversos talleres con importantes poetas venezolanos. Algunos de sus poemas han sido publicados en antologías poéticas. En el 2012, su poemario Lugar de Tránsito fue seleccionado como ganador del Concurso Nacional de Literatura, organizado por la Asociación de Profesores de la Universidad de los Andes (APULA). En abril de 2017, la editorial Oscar Todtmann Editores publicó su poemario Cuerpo en la Orilla y en el 2021 la misma editorial publica trazos en fuga.

Selección del libro trazos en fuga

domingo

se aparta del marco de la ventana. los rencores se alejan. sus pies retroceden tantean el frío. los gritos los nuestros vienen de otro tiempo. mira dormir al que fue su hombre. tanta belleza junta acobarda. la piel volvió de la insensatez. nada nuevo en realidad. es el amor recogiendo sus raíces.

cura los huesos para hacerse casa. agradece el recorrido: la violencia de las piernas circulares. la mirada delirante. su osadía la asalta. prefiere guardar el ardor en una caja. no quiere volver a los tiempos de las cuevas a los espantos haciendo mella en el sueño. solo deja que la tarde respire. se asiente en sus labios cuando canta secretas armonías. el domingo se resiste a ser lunes. él me dijo que no quería volver a las almas en pena. a la ciudad derrotada que al parecer soy yo.

mirar de nuevo

será necesario anudarse nuevamente las trenzas. tomar con manos torpes sus puntas abiertas. hacerlas calzar por los pequeños ojos ciegos. apoyar el rostro ardido sobre las rodillas. recoger las piernas y dejar de temblar. será necesario esperar la pobreza de lo apenas habido. reconocerla e intentar curar las distancias. advertir los tantos giros todavía no dados. erguirse con paso incierto regresar al inicio. reunir la enmarañada cabeza en un nido. juntar agua clara y limpiar con esmero: la elipse descendente hacia la espalda. la desviación por donde las manos apoyaron sus hambres. la espiral amejillada del oído. las nalgas firmes. será necesario alzar la vista y detenerse en aquello que aún no fue capaz de ver.

hombres gatos

alrededor de la basura son como los gatos. encorvados en la penumbra de sus propios dorsos. descartan los desechos con aprensivos movimientos ¿será el asco metódico o la debilidad del esmero? escarban separan huelen escogen. ponen en bolsitas el alimento. las guardan en humildes morrales. se les ve cada día en cada esquina de dos en dos. miran de reojo. reaccionan si escuchan algún ruido. se achican cuando alguien les pasa de lado.

en noches cuando los faros de un carro fantasma los atrapan. petrificados por el flash enfrentan la luz. los ojos son imagen detenida. pasa el atisbo de alguna humanidad. todo permanece igual y así retoman la faena.

informe de palacio: 6 a.m.

a esta hora la mujer del rey acomoda su corona de hojalata mientras recuerda su voz de niña. no quiere despertar junto a su marido derramado en grasas. bufa el inútil su único discurso. pronto se avecinan fechas de desvarío cuando toda una nación hundida lo persigue. es un rey que gira torpe sobre sí mismo. en palacio se le arrastran como lagartijas. entre rincones empujan a sus propios muertos acechando los resquicios del poder. un poeta conocido ansía a toda costa versar el veneno pero son inciertos los pasos cuando no hay ardimiento. contrae la mano. flexiona sus dedos. suda ríos confusos. se dilata. la cola de escorpión escribe en el aire: — difícil es el regreso al futuro —.

amanecer del hijo

cuando me acercaba lenta para anunciarle el día. al percibir mis movimientos. el niño recién despierto con los parpados en el sueño –aún por los astros– uno tras otro sin parar me ofrecía diminutos besos de bienvenida. en otro tiempo su padre en idéntica forma bajo sábanas templadas –desde las primerísimas mañanas nuestras y durante todas aquellas que se sucedieron– me susurraba en sus labios dormidos tales aleteos. transcurridos todos estos años si el joven en su duermevela descubre mi presencia repite el mismo ritual sin haber sido testigo de aquella tan precaria y tierna intimidad.

anochecer del hijo

antes de ir a dormir durante trece años su padre o yo lo acompañamos de la vigilia al sueño. me acostaba a su lado para leerle un cuento. repetir alguna historia o cantarle canciones que su abuela inventó para mí. a veces se sumergía en preguntas misteriosas complicadísimas de responder. otras su mirada alargaba los minutos llevando sus brazos a mi cuello para decirme al oído —te amo. intentábamos no ceder a la impostergable oscuridad a la desvanesencia del dulce mundo creado noche tras noche.

hoy mientras transita hacia la madurez es él quien se acerca a mi habitación. da un toque leve a la puerta con agua tambaleante para ambos. apoya en la mesita el vaso que beberé a mitad del sueño. me roza tierno en la mirada como queriendo honrar cada una de esas noches. en ocasiones regresa sobre sus pasos asoma su cabeza de hombre joven y pregunta bajo –como para no escucharse– ¿puedo quedarme un ratito nada más?

las ventanas y los amantes

las ventanas para los amantes son el vínculo hacia ese otro lugar del que huyen. allí todo es devenir. un alucinado juego. la señora detiene su paso y jadea. la radio bosteza noticias que ya no sorprenden. no escuchan los amantes de la hiperinflación o del ataque bioquímico en Siria ni del hombre huérfano que ganó la lotería. en las alturas el avión abre su estela: doscientos corazones quebrados migran a lo desconocido. en medio de la calle unas manos piden comida. el apartamento vecino sube el volumen a la televisión. gatos trepan los techos para buscarse. un niño tapa con la almohada sus oídos. adentro el cuerpo es la única medida. las bocas liban sus manjares disgregan murmullos jadeos de aire. la penumbra se esconde tras los bombillos. el baño recoge aguas y delicias vertidas. abajo el portón es cerrado con fuerza alguien gesticula con ira. ellos palpitan maravillan los ojos se besan los cuellos. son nudos las gargantas. y es que duele a la mentira el tiempo. a la dulzura el miedo. a la muerte la nada. los pájaros de la ciudad–selva anuncian lluvia. habrá que recoger entonces las pequeñas pertenencias. asomarse a la ventana e intentar mirar todo por primera vez.

clases de ciencias

desde la cornisa la diminuta araña esconde los filosos dientes. sus cuatro ojos están cansados de tanto desvelo. hubiera querido despejar al mundo de los enemigos. había dibujado planes precisos de esquina a esquina convencida de la imposibilidad de perder la batalla. extendía cortaba y recortaba los hilos posando en cada uno de los ángulos bolitas del mortal veneno. desde su temible soledad con sus patas al aire aguardaba. se sabía frágil. una tarde a la hora de la siesta un hálito extraño envolvió el entumecido cuerpo. percibió la sorpresa del observante. un artefacto frío la atrapó entre sus metálicos brazos. lo último que escuchó fue risas mientras la clausuraban en un envase de vidrio. al día siguiente en el aula el niño posó su encomienda. múltiples ojos asombrados fueron testigos de la belleza.

huida al mar

decidieron abandonar la tierra. la hambruna y el desahucio habían llegado a sus casas. recogieron pocas pertenencias: un libro una muñeca un alfiler y un rosario. amontonados en la frágil embarcación emprendieron la única esperanza. en medio de la nada dormitaban. el vaivén de las aguas se detuvo exhumando un vapor extraño. liberado el mar se deshizo el sonido. al parecer una presión desencadenó abruptos rugidos que hicieron ecos en la curvatura de la bóveda. mundos subterráneos levantaron inmensas olas. sacudieron la oscuridad de aquella noche. nuestros pequeños tesoros volaron en piezas. fue un instante de iluminada enajenación. todas las historias fueron reveladas con mirada fija. muchos se aferraron entre sí. no hubo tiempo. los alcanzó el deshielo. flotaban. piezas roídas como cuevas de taciturnos mensajeros. cuerpos reunidos al son de la marea. la pequeña de pálidos ojos acarició a la madre despojada. se hundían los últimos quejidos. la atmósfera desnudaba su manto. un par de gaviotas surcó el cielo. durmieron para siempre tales alucinaciones.

custodio

soy el custodio de las piedras del Lubianka. me levanto de madrugada. bebo el té mientras el invierno hace suya las calles. me despido con ademán distante de mi mujer e hijos. así lo exige la austeridad del uniforme. voy de prisa por piedras milenarias. cruzo el río velado y un viento hiriente como hacha sacude mi cara. llego a tiempo para el cambio de turno. hago espacio entre mujeres. callan cuando les paso cerca. a estas horas los pájaros aún no han abierto sus alas. solo se escuchan voces gagueando interrogantes súplicas.

cruzo la mole amarillenta. hoy tocará nuevamente terciar con los ojos perdidos de un poeta. aquí reconstruimos su historia. me limito a seguir obligaciones ordinarias. a veces siento compasión pero entiendo de razones mayores. la aparente empatía con los simples es falsa. somos lumpen para ellos animales inservibles. pretenden ser testigos de la vida: ¡cuánta vanidad! vuelvan pues a sus odas y rimas. es hora de ponernos en marcha. empuñar instrumentos cuerdas y dagas.

Oh prisión de Lubianka con tus gigantescas dimensiones. deja ya de parir tanta carne inútil. termina de tragar el último de los vahos. la debilidad comienza a arruinarme. las fuerzas a desfallecer. es el momento de pedir nuevamente traslado. vendría bien formar parte de las tranquilas oficinas de correos. mi mujer me lo pide con las manos bajo las sábanas heladas.

mañana hablaré con los superiores. espero esta vez haber ganado mayor confianza. he trabajado duro y diligentemente. me recibirán admirados y ordenarán con esmero la petición.

esta noche ya en casa dormiré tranquilo como nunca jamás.

templanza

absorta en una constatación inútil decide levantar el sueño. es hora de que la luz traspase las fracturas. es hora de que el mundo vuelva. el café humea. la ciudad refugiada en un rincón trae consigo mensajes desvestidos. tiemblan los reinicios quisiera doblarlos pero no es posible. la montaña bosteza hondo en la penumbra. brama desde sus piedras el sordo hablar de los grillos. confabulan las nubes en profusos movimientos. abonan el aire. clarea el frescor. picotean los sonidos desde las ramas. un detenido instante. rara forma de incerteza la vida.

el fin del mundo

ahora que ha llegado la lluvia y amenaza con inundarlo todo el pequeño pueblo se reúne a contar sus cuitas. la mujer del carnicero aviva el fuego con sus piernas mientras el notario anota las deudas acariciando el bigote meticulosamente delineado. la maestra aprovecha la ocasión para mirar de reojo al que fue su peor alumno. el librero atisba al conjunto con cierto aire de superioridad. no hay nada nuevo entre esos minúsculos seres. nada ha cambiado. el perro los observa desde debajo de la mesa donde ha caído un trozo de pan. la octogenaria ha llevado a escondidas su botella de ron. teme que quieran aprovecharse de sus debilitados huesos. unos juegan a cartas otros se quedan dormidos en algún rincón susurrando blasfemias. la lluvia no ha dejado de caer. los colores han desaparecido. desde afuera el extranjero se asoma. cavila decepcionado y le echa un vistazo al cielo. le reclama que tampoco en esta ocasión nada puede ser salvado. el perro bajo la mesa alza levemente su oreja izquierda. gruñe algún gemido y se escurre por la puerta. persigue al hombre que se devuelve sobre su reiterado camino.

sidharta

había descendido la montaña donde habitaba bajo los majestuosos verdes de la selva. la noche anterior una lluvia de plumas aladas descifró el mensaje anunciado en sueños. sobrevino la hora de despojarme de los hábitos. me bañé en el frágil río y miré el rostro en las aguas saltarinas.

tomé algunas semillas para el viaje arribé a la ciudad ensombrecida. creía no poder sobrellevar los primeros pasos. fueron muchos los años. ya no recordaba cómo manejarme entre las tumultuosas calles envilecidas. noté con extrañeza que las gentes vestían raramente. vagué entre semáforos y mercados ambulantes. tuve que robar algo de comida para poder sostenerme. seguí́ andando por la periferia de una plaza en donde erigían inmensas carpas quemadas por el sol. entraban y salían siluetas blancas. intenté preguntar a una mujer dónde me encontraba. hizo un ademán indiferente alejándose de mí como si fuera una fiera.

mis ojos se despojaron de la placidez sentida durante mi estancia en lo alto. volvieron borrosas vacuas y vacías mis vidas anteriores. seguí́ caminando hasta llegar al centro de la ciudad. parlantes vociferaban la llegada del apocalipsis. algunos de rodillas suplicaban benevolencia. otros se entregaban al placer.

las campanas de la iglesia sonaron y desde un balcón muy en alto se escucharon estruendos amenazantes. un enano reía haciendo sonar platillos dorados mientras la multitud sedienta se aproximaba en círculo para poder oír mejor el decreto.

salió entonces disfrazado de medallas un fantoche. vociferó palabras altisonantes de clara decadencia. aferrando la espada con su mano izquierda blandía amenazas cuando tomó de los cabellos al reo asentándole la lama en el cuello.

la totalidad fue sustraída por una quietud punzante. solo se escuchó un gemido débil de una pequeña acuclillada en el recodo.

el crepúsculo cayó en estampida.

trazos en fuga

mientras todo dormía se apoderó de ella un extraño desvelo. fueron los primeros bostezos luego del sosiego. entre las ramas aparecieron: hurtados palpitantes limpios. efímera geometría de sucesivas ausencias. jadean justo antes de la incipiente luz. el sueño te obliga a abrir los ojos. escuchaba raras palpitaciones que abrían rutas insospechadas. en un momento de gracia advirtió cierto sollozo. intentó traducir la vida naciente. la del otro. echó mano a símbolos para descifrar el instante conjugado. alucinando en lo impropio. confundida en la insondable soledad yacente.

reconoció haber llegado. entendió que debía soltar. abandonar. respirar hondo. dejarse acunar entre los trazos en fuga. pendular en el contorno. como rayos paralelos vagando en el afuera. el adentro. el no lugar.

testigo silente

una mañana desde el jardín del vecino oí tronar gritos entre un hombre y una mujer. pensé en un pleito de esos inevitables cuando se entumecen los sentidos y no hay espacio alguno para la cordura. mientras la entonación se hacía más desquiciada y las lenguas se retorcían secas entre los dientes temí por la vida de ambos. intenté reanudar la faena de casa pero fue imposible. me reduje en ovillo debajo del perfil de la ventana. sostuve mi cabeza intentando apartar otras memorias. me asaltaron arcadas. espumas de odio. no supe cuánto tiempo estuvieron en ello ni cuánto permanecí abrazando mis rodillas. un sonido seco directo y certero quebró finalmente las voces. hubo entonces un espacio a la deriva. una suerte de signos silentes embargando la espina dorsal. quise moverme e intentar detener lo ya inaplazable. escuché a lo lejos alterados golpes desdoblados en confuso aturdimiento. miré de soslayo a la pared. el pánico trasfiguró los sentidos. la turbación me expulsó a otro mundo. al poco tiempo me despertó un agudo alboroto de sirenas.