
Esa frontera donde la palabra se disuelve:
Una aproximación a La nada vigilante, de Armando Rojas Guardia
Por Adalber Salas Hernández
I
Una nada
fuimos, somos, seremos
siempre, floreciendo:
rosa de nada,
de Nadie rosa.
Paul Celan, Salmo
(Traducción de José Luis Reina Palazón)
Hay un silencio que acaba con todos los otros. Un silencio que no se dibuja en ninguna boca que calla, que no se entretiene entre los dedos de la mano que no escribe. Un silencio que nada que nada perdona, que nada excusa, que nada aguarda. Ése que sostiene la blancura de todas las páginas del mundo. Cuando acontece, no hace su casa en la garganta, ni en esa forma menor de prestidigitación que llamamos alfabeto; cuando llega, se instala en el cuerpo, vaciándolo, operando en él la deserción de todos los signos.
Pero es justamente esa mudez acuciante, terca, lo que obliga a persistir en el lenguaje. Pues trae consigo una suerte de designio, un ardor que exige saciarse en el tejer y destejer de la palabra –aunque que esto jamás sea posible. Así, sorprendemos el movimiento de nuestros propios labios, que sin pedirnos permiso murmuran el desamparo de algunos versos:
El poema imposible
me desgasta de antemano.
Deletreo sus sílabas sin saberlas,
dispuesto sólo a un aire diáfano
moviéndose en mi boca para nadie.
Versos que sólo dicen su propia imposibilidad, y en esa tarea se agotan. Versos que pertenecen al poema II de La nada vigilante, libro de Armando Rojas Guardia que insiste en otear esa frontera en donde la lengua se disuelve, revocada por un silencio total, ubicuo. En ese límite huidizo intenta erigir el poema imposible, el que da cuenta de ese mismo silencio que lo anula. Por mucho tiempo perteneció esta tarea a otra suerte de textos, religiosos por naturaleza, pero no menos repletos de dicción poética si aceptamos leerlos con una mirada oblicua. Uno de los más importantes, sin duda, fue la Teología Mística de Pseudo-Dionisio Areopagita, quien en el siglo VI de la era cristiana dejaba ya constancia de este silencio arrollador bajo el signo del misterio divino: misterios que estaban “ocultos bajo las tinieblas más que luminosas del silencio que revela los secretos”[1], como dice en el primer capítulo del texto. Quien se hundiera en esas tinieblas encandilantes se vería reducido a la mudez “de palabra y pensamiento”. En otros términos: quien se atreviera a ese silencio –pero, ¿basta acaso con atreverse? ¿o el silencio sólo adviene, sin más?– se vería abatido por la negrura fulgurante del misterio, y privado por ello de todo lenguaje –vale decir, de justamente aquello que lo constituye como un sujeto, pues ¿qué es de aquél que no tiene lengua para decirse a sí mismo?
La lucidez desierta
no accede a la palabra.
Pernocto nadie
en su tuétano mudo.
Una vez que han sido borrados los vocablos del sujeto, exiliados a no se sabe qué comarca ignorada, él queda reducido al vago status de nadie. Se ha ejecutado un desierto en él, un desierto lúcido, cuyo centro no se encuentra en ninguna parte. En estos versos del poema III, Rojas Guardia da cuenta de un sujeto que ha devenido borradura; un sujeto que, como aquel poema imposible del que hablaba antes, se encuentra en la situación paradójica de ser su propia desaparición.
A caballo entre los siglos XIII y XIV, volvemos a hallar en los textos de otro teólogo el enmudecer del sujeto que se acerca al silencio divino: se trata, en este caso, del maestro Eckhart, en cuyos sermones nos topamos una y otra vez con la figura del hombre que se ha despojado de todo en su fervor: no sólo de sí mismo, sino hasta del propio Dios. El silencio se aposenta en el devoto, quien ha devenido disolución en su contacto con lo divino. En uno de los mencionados sermones, al referirse a los profetas veterotestamentarios, enumera las razones por las que algunos de ellos cerraron definitivamente sus bocas. Eventualmente, enuncia: “La tercera razón por la que enmudecieron es porque miraron en la verdad oculta y encontraron en Dios el secreto inefable.”[2]
Es muy distinto este Dios que porta el pulcro vacío cognitivo y verbal, de aquel que demanda ofrendas, o se deja complacer con misas y promesas. El Dios de Eckhart es un ser sin atributos ni modos, y por ende una nada. Y cuando ocurre en el hombre, su silencio es un discurso autista, del cual no podemos aspirar a participar –justo como aquel poema que no puede ser ejecutado, ése que desgasta de antemano: “Dios es un Verbo que se habla a sí mismo. […] Cuanto más cerca estoy de Dios, tanto más Dios se dice en mí.” El texto poético, el contingente, el que fue escrito con el sudor de las palabras de cada día, ése no puede sino dibujar la silueta de ese silencio, de ese Verbo replegado sobre sí mismo, más acá de la lengua –y del pensamiento que no existe sin ella.
De pronto el poema enronquecido
se sabe innecesario pero aguarda
llenarse a sí mismo como a un vaso
colmado por la pacífica añoranza
del silencio de Dios bajo su peso.
Eckhart pide al hombre que se anule, pues ese fondo sin fondo que lo habita bajo el cúmulo de imágenes de su vida, es el fondo sin fondo que habita a Dios bajo Dios mismo. La anulación, entonces, conduce al sujeto a dejar suceder la nada divina dentro de sí. Escribió en otro de sus sermones: “A un hombre le pareció una vez en un sueño –era un sueño de vigilia– que estaba preñado de la nada, como una mujer lo está de un niño, y en esa nada había nacido Dios; él era el fruto de la nada.” El poema, que nada dice excepto su insuficiencia, se aplana para recibir el silencio de Dios, contener su vacío nítido, su hálito iconoclasta. Rojas Guardia sabe en este poema, el titulado sencillamente XVI, que la nada y el silencio divino son, o al menos han sido lo mismo. Han sido, diría preferiblemente, pues en una obra poética cruzada de principio a fin por una indagación en torno a la religiosidad cristiana, La nada vigilante representa una especie de hiato, siendo quizás el único texto genuinamente ateo del autor. La primera y última mención que se hace de Dios en el libro se halla en el poema citado, y la palabra produce un eco extraño al caer, como si hubiera un espacio vacío en torno a ella; la atisbamos como si viéramos a lo lejos los restos de un naufragio. Y aún así, sólo aparece bajo la forma de su silencio: no Dios, sino su reverso.
Este Dios impracticable, esta nada surgida en la entraña del ser humano, volvería a aparecer en siglos posteriores, siempre trazando su figura sin figura de manera breve y fulgurante. En el siglo XVI, Jakob Böhme escribía en De signatura rerum: “Dios hizo todas las cosas de la nada, y esta nada es Dios mismo.” Y apenas un siglo después, Miguel de Molinos consignaba en su Guía espiritual frases que, como la de Böhme, pudieron haber sido escritas por Eckhart: “El alma que está dentro de nada guarda silencio interno, vive transformada en el sumo bien, no apetece nada de lo criado, vive en Dios sumergida.” Pero, si bien La nada vigilante es heredera –quizás sin desearlo o sin saberlo– de la teología apofática de Pseudo-Dionisio, de ontología negativa de Eckhart y Böhme y quizás incluso del quietismo de Miguel de Molinos, su silencio ha sido vaciado de divinidad. La nada que puebla este poemario, que lo sostiene, no es Dios, sino su ausencia total, su desaparición –que aún humedece las manos que escriben, las palabras que se pronuncian. Ha ocurrido en el hablante poético, advenido sin porqué –como diría Angelus Silesius–, pero no da cuenta del ser incondicionado; antes bien, esta nada es la constatación radical de la ausencia de una realidad impermeable a la entropía. Esta nada es la frontera que circunda toda existencia humana.
Como el Dios de Böhme, que es nada y crea con la nada, el hablante de estos poemas se confiesa vacío, y da cuenta de su propósito: acumular oquedades. Dice el poema VI:
Risible, me distraigo
con el secreto de ser nada,
atesorando huecos
que relucen, precisos,
en lo blanco.
Sin divinidad a la cual acudir, sólo el autor es nada y nada sus creaciones, los poemas. Aquel poema imposible podría poner fin a la nada, pero no nos ha sido dado escribir tal texto. Se trata de decir, entonces, no ya la realidad sustancial, sino el tenso vacío que la sostiene, la nada que vela sobre las cosas, sobre el texto: la página deshabitada. Estos poemas buscan su envés: fueron escritos sólo para desear la blancura límpida, inhóspita, que se halla a sus espaldas. Los versos se canibalizan: no dicen sino la ausencia que les muerde la piel.
La ausencia de Dios no es casual: pertenece también al linaje que precede a La nada vigilante. Y es que eventualmente la nada pasó a estar en manos de los poetas: se convirtió en su potestad, o más bien en su virtud intransitable. Una nada que se mantuvo bajo el signo de lo divino de manera titubeante en un primer momento, pero que no tardó en despojarse de tal marca. “In somma, il principio delle cose, e di Dio stesso, è il nulla.”[3], escribía Leopardi en su Zibaldone di pensieri el 18 de julio de 1821. Ya no es un místico quien habla, sino un poeta, y poeta que quizás no podía entender lo divino como algo más que un fracaso. Poco después, en mayo de 1867, será Mallarmé quien escriba, esta vez en una carta a su amigo Henri Cazalis, lo que sigue: “Ma Pensée s’est pensée, et est arrivée à une Conception pure […] J’avoue du reste, mais à toi seul, que j’ai encore besoin, tant ont été grandes les avanies de mon triomphe, de me regarder dans cette glace pour penser et que si elle n’était pas devant la table où je t’écris cette lettre, je redeviendrais le Néant.”[4]
La nada se ha vuelto de golpe el autor mismo: un vacío que se ejecuta en el seno de ese pensamiento que se ha pensado, tan parecido y a un tiempo tan lejano de aquel verbo que se habla a sí mismo del cual nos contaba Eckhart. No obstante, ahí donde Mallarmé celebra la nada como un triunfo, más allá del precio que haya pagado por tal victoria, otros poetas, posteriores, no podrán sino padecer. Un claro ejemplo sería Paul Celan: basta pensar tan sólo en el poema Salmo, algunos de cuyos versos encabezan estas líneas. Otro, sin duda, sería Rojas Guardia: La nada vigilante da cuenta, de manera oblicua, de un encuentro con la disolución. Quien escribió sus versos no buscaba el límpido ateísmo del vacío, ni su afasia medular, para decir la ausencia del poema, como está escrito en el poema IV.
Este decir la nada acuciante del poema que no puede ser escrito, no requiere ya una mística apofática, sino una poesía apofática: aquella que desviste al poema de sí mismo, para que testimonie la posibilidad de otro, inasible, no cumplido. Todo este lenguaje y toda la escritura que lo talla estaría, entonces, sometido a ese texto desierto, a la oquedad axial que ha dejado su ausencia. Esta labor se lleva a cabo una y otra vez, sin esperanza, sin atisbo de éxito, pues así como la mística tiene sus revelaciones, la poesía apofática tiene la experiencia inversa: la lucidez de sus fracasos. Como dice el poema XV:
Me digo que es inútil, que no puedo
escribir lo imposible, la secuencia
del poema innombrable, la mentira
de apalabrar la ausencia del deseo
deletreando la nada entre mis sienes,
su oquedad tan carente de palabras.
II
…reconcentra su silencio blanco
en la orilla letal de la palabra
y en la inminencia misma de la sangre.
José Gorostiza, Muerte sin fin
La nada sobreviene, anegando en ella todo verbo –y toda la actividad cognitiva que él hace posible. Pero ¿en dónde sucede? Paradójicamente, esta nada puede ser localizada: su región, su lugar sin lugar, es el cuerpo. Ya lo era desde los sermones de Eckhart: baste sólo pensar en aquel hombre –quizás el mismo Eckhart, colado en alguno de sus sermones gracias al contrabando del anonimato– que soñó estar preñado de la nada como una mujer lo está de un niño. El vacío se entraña en el sujeto, haciendo de su cuerpo el anclaje de ese silencio irreversible. También Mallarmé lo experimentó así: el reflejo de su rostro era lo único que le impedía volver a la nada –el reflejo, no el rostro; éste ya se debía por entero a la desaparición. Se trata de aquel cuerpo no verbal, intransitivo, cuya imagen cierra el poema XII de La nada vigilante. Un cuerpo sin destino, sumergido en la mudez y, por ello mismo, vuelto ininteligible –un cuerpo en el que la imposibilidad del poema deja sentir su presencia de sismo:
Espero al poema adviniéndome,
pulsándome desde el vacío mental,
demorándose bajo la red de mis nervios
inmóviles como la página blanca
que me arde en los labios.
La nada rapta al cuerpo de todo discurso que lo articule como parte de un sentido que lo supere –mas no con el objeto de salvarlo, ni de restaurarlo, ni de entregarle lo que le sea debido. No hay redención posible por el camino de la nada: el cuerpo en el que ésta acontece termina por amalgamarse con el silencio, por volverse él mismo la nada. En la estrofa que está unas pocas líneas más arriba, perteneciente al poema I de nuestro libro, se hace evidente. El poema imposible, el poema del nunca, se demora bajo los nervios, y la página en blanco arde en los labios. Todo en el cuerpo es espera más acá de la palabra: ha sido tornado en una paciencia sin dirección, sin conclusión posible.
En esa colección sinuosa de fragmentos que es L’écriture du désastre, de Maurice Blanchot, podemos leer: “Le corps est sans appartenance, mortel immortel, irréel, imaginaire, fragmentaire. La patience du corps, c’est déjà et encore la pensée.”[5] Este pensamiento que es el aguardar del cuerpo es pensamiento sin objeto, pues en la carne sólo hay paciencia cuando ha sido habitada por el vacío. Espero el poema adviniéndome, dice Rojas Guardia, y en ese gerundio cabe su espera interminable. El poema no termina de llegar, nunca lo hará. Y aguardándolo el cuerpo se piensa vacío, se torna verbo monocorde y reflejo, se torna concepción pura. Bajo el yugo de la nada, la carne se repliega sobre sí, deviene región límite de lo humano, forma brutal de lo ajeno, espacio que no conoce pertenencias.
La exploración de esa zona limítrofe de la existencia que es entonces el cuerpo, a la intemperie de cualquier discurso que lo cobije y le otorgue sentido, se revela indagación en la propia muerte:
Tanteándome roto de palabras,
voy dejando que crezca en mi costado
un florecimiento de mudez
donde rebrille la atención inmóvil.
Está hueca la voz
como un nombre de cadáver
pudriéndose en el centro de la página.
La mudez brota del costado de quien aquí habla, en el segundo texto del libro, como si se tratara de una vegetación mortuoria, plantas que crecen fertilizadas por el abono de un cuerpo en descomposición. Se trata de un silencio que se sitúa fuera de la antinomia vida/muerte, descubriendo otra comarca, una que participa sólo a medias de la lógica de aquella oposición en torno a la cual edificamos nuestro transcurrir.
La voz, vertida fuera de sí, se deja seguir como un cauce seco, por el que el agua ya no sabe cómo correr. En ella se deja escuchar el eco que produce el lenguaje en el que ha anidado el vacío: las palabras van y vienen sin terminar de asir su significado: sólo se repiten, como si la lengua fuera una enorme cueva deshabitada. No es casual, pues, que la página, esa nada cotidiana que en otro poema hacía arder su vacuidad en los labios, ahora sea la sepultura del poder para hablar, para significar –poder sin el cual solamente resta la muerte. “Por ser el sujeto lenguaje (habla), completamente, el silencio último de la palabra interior no puede encontrarse, buscarse, evocarse, sino en una zona límite de la experiencia humana, allí donde el sujeto juega con su muerte (como sujeto)”[6] registra Barthes en sus notas para el seminario que tituló Lo neutro. Internarse en el silencio que es el eje secreto del sujeto implica librarse del fárrago verbal que le sirve de cubierta, y que constituye aquello que le permite existir en interacción con los otros, con el mundo. Este radical despojamiento es, de un modo dolorosamente real, una renuncia obligada del propio rostro, que a partir de entonces sólo puede existir en el espejo, como significante hueco:
El cerebro cuaja hielo entre sus pliegues
y en el rostro se ahonda una galaxia
de tristeza mineral. Rostro clavado.
El verdadero rostro permanece clavado, vuelto un espacio desvestido de toda humanidad –¿y esta galaxia de tristeza mineral no es aquel sitio inhumano al que Mallarmé intentaba no volver a un tiempo que lo celebraba? Estos tres versos del poema VII nos abren a una comprensión del cuerpo arrancado al lenguaje, y por ello vuelto terra incognita. Y es que no puede ser conocido aquello que no contempla un clivaje, una división entre lo mismo y lo otro. El rostro clavado es una mónada, un guijarro abandonado, un objeto denso –espeso en su completo vacío. Dictando su onceavo seminario, Lacan dirá a sus alumnos, según se nos cuenta, que “somos seres mirados en el espectáculo del mundo. Lo que nos hace consciencia nos instituye al mismo tiempo como speculum mundi”.[7] Vale decir: aquello que nos construye como seres conscientes es la mirada ajena, el percatarnos de la presencia de un (O)tro. Y esa misma mirada nos hace reflejo, nos obliga a reflejar al que nos observa –éste es el secreto del espejo mallarmeano.
Pero cuando adviene la nada, la relación con el (O)tro es abolida. Y en La nada vigilante no hay azogue redentor. Toda posibilidad de reflejar, de comerciar con lo externo, se ve truncada por este hervor del lenguaje, que gira obsesionado en torno a su centro invisible, al poema que no es capaz de tocar:
Entresuenan las letras su delirio
vacuo y sensorial como el de un loco
que necesita hablar pero no puede
sino decir la noche de la mente,
los ruidos de su cuerpo, el movimiento
de la nada polar en la que clama:
la inocencia verbal sobre el abismo.
El delirio verbal sirve entonces de punto al cual referirse, pues el discurso de la locura es alcanzado por autismo que lo hace iterativo, circular. Lo que hay por decir en tal discurso, consigna Rojas Guardia, es el existir del cuerpo a espaldas del lenguaje. Lo mismo que resta por ser hablado cuando se trata de dejar constancia de la nada que vigila dentro de la carne, esa inocencia verbal sobre el abismo. Pero no es posible: todo vocablo se confiesa aquí a-significante. Tal vez se trate de la lengua equivocada; puede que sólo en palabras total, rabiosamente ajenas sea posible decir el cuerpo sembrado de nada, con su terco callar intransitable. Hugo von Hofmannsthal, a través de su personaje Philipp Chandos, el hablante de esa famosa carta a sir Francis Bacon que imprimió un giro a la hermenéutica del cuerpo en la literatura, confiesa que la lengua que podría contener la experiencia de ser, sin más, su propio carne, sería una lengua nacida de lo inhumano: “…la lengua en la que quizá me fuera dado, no sólo escribir, sino también pensar, no es el latín ni el inglés ni el italiano o el español, sino una lengua de cuyas palabras ni siquiera una sola me es conocida; una lengua en la que las cosas mudas me hablan y en la que quizá un día en la tumba tendré que rendir cuentas a un juez desconocido.”[8]
El poema imposible, el propio cuerpo, la nada vigilante: todo ello se conjuga en un solo nudo semántico –o, más bien, a-semántico– que, más que ser escrito, ha sido vivido. Los textos que conforman este breve libro no son sino vestigios, rastros de una experiencia inhóspita, un vagar por un desierto sin duración, sin dirección, sin algo que no sea espera lúcida:
He vivido el poema. Lo de menos
fue borronearlo, como pude, en el papel.
Lo ha padecido antes mi atención
frente a todo eso árido, eso lívido
de mencionar siquiera lo decible
si no hay nada que expresar o describir
excepto la misma nada vigilante.
[1] Cito la traducción de Hipólito Cid Blanco. Pseudo-Dionisio Areopagita. Obras completas. Madrid: BAC, 2023.
[2] Cito la traducción de Amador Vega. Maestro Eckhart. El fruto de la nada. Madrid: Siruela, 2014.
[3] “En suma, el principio de todas las cosas y de Dios mismo es la nada.” A menos que indique lo contrario, se trata de traducción mía.
Giacomo Leopardi. Zibaldone di pensieri. Milán: Feltrinelli, 2019.
[4] “Mi Pensamiento se pensó y alcanzó una Concepción pura […] Confieso, además, pero sólo a ti, que todavía preciso, tan grandes han sido las vejaciones de mi triunfo, de observarme en este espejo para pensar y, si no se encontrara frente a la mesa donde te escribo esta carta, yo mismo me volvería la Nada.”
Stéphane Mallarmé. Correspondence. 1854-1898. París: Gallimard, 2019.
[5] “El cuerpo no conoce pertenencia, mortal inmortal, irreal, imaginario, fragmentario. La paciencia del cuerpo es desde ya, y todavía, el pensamiento.”
Maurice Blanchot. L’écriture du désastre. París: Gallimard, 1980.
[6] Cito la traducción de Patricia Willson. Roland Barthes. Lo Neutro. México: Siglo XXI, 2004.
[7] Cito la traducción de Juan Luis Delmont. Jacques Lacan. Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.Barcelona: Paidós, 1987.
[8] Cito la traducción de José Muñoz Millanes. Hugo von Hofmannsthal. Una carta (de Lord Philipp Chandos a Sir Francis Bacon). Valencia: Pre-Textos, 2008.

Adalber Salas HernándezAutor de los libros de poesía Salvoconducto (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita; Pre-Textos, 2015), La ciencia de las despedidas (Pre-Textos, 2018), Nuevas cartas náuticas (Pre-Textos, 2022) y Las fuerzas débiles (Vaso Roto, 2024; escrito junto con Elisa Díaz Castelo), así como los volúmenes de ensayo Clarice Lispector: el lugar de la poesía (Ril Editores, 2019), Palabras sin dueño. Variaciones sobre la traducción literaria (UNAM, 2019), Isolario (Pre-Textos, 2023), Retrato del traductor con cabeza de perro (Libros de la resistencia, 2023) y Crania (Letra Muerta, 2023). Ha traducido obras de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Pascal Quignard, Mark Strand, Lorna Goodison, Yusef Komunyakaa, Anne Boyer, Roger Robinson, Li-Young Lee, Jamaica Kincaid, Safiya Sinclair, Patrick Chamoiseau, Édouard Glissant y Frankétienne.