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Cinco poemas de Gorka Lasa

Gorka Lasa (Panamá, 1972) es poeta, escritor y artista visual. Ha publicado nueve libros de poesía y un libro de narrativa. Entre sus obras más recientes se encuentran: Himnos liminales para caminantes nocturnos, The Ancient Immensity of the Wound, El espasmo y la quietud, Aldebarán y El equilibrio de los hemisferios, entre otros.

Gladys Mendía 2 semanas ago 24
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Gorka Lasa (Panamá, 1972) es poeta, escritor y artista visual. Ha publicado nueve libros de poesía y un libro de narrativa. Entre sus obras más recientes se encuentran: Himnos liminales para caminantes nocturnos, The Ancient Immensity of the Wound, El espasmo y la quietud, Aldebarán y El equilibrio de los hemisferios, entre otros. Su obra explora las relaciones entre conciencia, trascendencia, memoria y símbolo desde una perspectiva mitopoética, visionaria y metafísica. Ha realizado estudios de Humanidades, Creación y Teoría Literaria y Simbología. Su poesía ha sido publicada en antologías y revistas de América Latina, Europa y Asia, y traducida a más de una docena de idiomas. Ha participado en numerosos festivales, encuentros y congresos internacionales de literatura. Más información: www.gorkalasa.com.

Remanentes

¿Dónde están las noches de aquella visión centellante que en el líquido fluir de un metal antiguo se agriaron en su óxido doliente? ¿Dónde están los espacios sagrados, aquellos que evitamos para no escuchar el murmullo de la tierra, su lamento salino, su herida, su demanda? ¿Dónde nacerán los nuevos sueños, ahora que las ballenas, encalladas en las costas del pensamiento, reclaman su injusta muerte, su asfixia terrible en el atardecer del mundo? Arden hoy en la garganta de la vida nuevas formas que agitarán el futuro, heréticos sueños lúbricos para intentar inútilmente trocarnos en la luz que nos creó. Esta es la tragedia de un mundo calcinado, el desierto antiguo donde todo aguarda y comenzará de nuevo. Negro cubo habitado por la esquirla maldita de un viaje ilusorio que, tocando a su fin, supura delirios de eternidad en su lejano hemisferio en decadencia. ¿Somos solo remanentes de un orgasmo creador? ¿Pruebas ineficaces de un fraguador de galaxias de artificio? ¿Somos silencios arrojados a la periferia sin luz, inservibles máquinas espirituales? Somos ideas en desuso de un dios que se extinguió.

Árboles

Estáticos peregrinos de edades agotadas, habitantes sin tiempo de los bosques del vacío, centinelas adormecidos en una elíptica ciega, mudos testigos de mis tormentas oníricas, altivos hierofantes de mis estaciones heridas. Siempre deshojando sus rituales de sed en los otoños del silencio, añorando en secreto el invierno final, la gélida y estéril luz del abismo y el olvido. Árboles durmientes, melancólicos vigías de los bosques infinitos del alma, donde erran perdidos mis poemas inconclusos, poemas del atardecer, poemas de las cosas extraviadas en los naufragios del dolor. Poemas atávicos emanados del hielo de mil crepúsculos heridos, donde un himno roto se quedó conmigo mirando hacia el origen de los tiempos, acompañando el rodar de mis vidas con un diapasón trágico y arcano. Árboles mudos, solo presienten desde su costra coagulada de intentos, lacerada corteza que el fuego y la guerra dejaron en sus cuerpos erguidos. Fue por culpa de lo imaginado, del delirio de lo perdido, el terco empeño de soñar el canto profundo de la eternidad, lo que forzó a los árboles estelares al solitario derrumbe de su sabia belleza. Árboles, testigos de mis atisbos, espectros condenados a la eterna sed de la búsqueda, ellos nunca lograrán cruzar el espeso mar de la tristeza y, como tantos otros seres de mis sueños, esperarán por siempre en la desolación la larga disolución de sus memorias, sedientos y abandonados, testigos del ocaso en el distante cenit de las edades perdidas de mi ser.

¿Qué haremos?

Ahora que los halcones vuelan heridos hacia el vacío.
¿Qué haremos?
Ahora que el abismo se abre ante nosotros, íntimo y desolador
cual amarga fruta que se pudre en el árbol de la oscuridad
¿qué haremos?

¿A dónde llevaremos el dolor que hemos cargado por edades?
El sufrimiento que ha curtido nuestros incontables cuerpos
secando nuestros campos, dejando a incontables mundos
abandonados en el cementerio de los soles dormidos.

¿Dónde están los espacios regeneradores
periplos antiguos, lejanos mundos habitables?
¿Qué equinoccios imposibles velaron los ojos del espíritu
obligando a la sombra a erigir civilizaciones grises y equívocas?

Bruma sobre el alma
densa neblina del misterio
exhalación de deidades olvidadas
suspiro flamígero de mi último dragón.

Altair, el águila de los mil años

En este cúmulo fue arrojada mi semilla,
en los abismos de espacios nebulares,
en los reservorios de lejanos astros,
en los yermos castillos del tiempo,
en los tormos de esferas ateridas.

Somos luz pensada,
náufragos de la mente,
plasmas en ávida espera.

Somos creación,
húmeda reserva,
sueños huidos de la nada.

Y otra vez,
y otra vez.

La ronda de vidas y sus ciegos dioses imposibles,
los albores iniciales, los crepúsculos crueles,
la gestación en el negro cenote embrionario,
el rutilante drama del alma en lo profundo.
Caí, cometa errante, raudo,
oráculo de mundos marginales,
viajante elíptico de la estrella negra,
pendí fulgurante de un cielo perdido,
vientos solares azotaron mi espíritu,
por mil edades sin nombre,
vagué girando en el umbral.

Dolor y sangre me clavaron al frío,
agua y fuego atraparon mi viaje.

Así fue traída hasta aquí,
mi semilla.

Yo sabré esperar

Después de tantos caminos,
el maestro de la noche se tornó en lluvia,
transmutó su verbo en agonía de luz pura
y se marchó a una tierra lejana y primitiva.

El advenimiento apresurado de las horas
gestó su capullo de eternidad,
doblando incandescente sobre la sangre
las aguas de la risa, el llanto inmemorial.

Las eras y un sol perdido
lloraron en la soledad de lo inhabitado,
galácticas colisiones de estrellas,
vasto horizonte estelar.

Ya no soy esclavo de la ilusoria cadena.
Lo infinito es la piel de mi alma.
Viajero de un Kosmos violento e inasible,
testigo de un vacío innombrable.

Aún sobre las olas del mundo
se agita el castigo de los vientos.
En el vientre de la noche cósmica
se gesta eternamente el nuevo día.

Yo sabré esperar.

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