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EÏRÏC R. DURÄNDAL STORMCROW: POESÍA ACTUAL DE PUERTO RICO

Eïrïc R. Durändal StormCrow nace en San Juan, Puerto Rico en 1980. Es escritor y artista plástico. Como escritor, ha publicado los poemarios Bestiario en nomenclatura binomial, Empírea: Saga de

Gladys Mendía 4 años ago 88
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Eïrïc R. Durändal StormCrow nace en San Juan, Puerto Rico en 1980. Es escritor y artista plástico. Como escritor, ha publicado los poemarios Bestiario en nomenclatura binomial, Empírea: Saga de la Nueva Ciudad, Pie forzado, Terrarium y Hustler Rave XXX: Poetry of the Eternal Survivor (junto a Charlie Vázquez); las novelas el Oneronauta e Historias para pasar el fin del mundo; los libros de cuentos Desongberd, Las formas del diablo y Cielos negros; la memoria de sexo Diario de una puta humilde; el libro de viajes Crónicas del esmog, y las antologías Los otros cuerpos: antología de literatura gay, lésbica y queer desde Puerto Rico y su diáspora (junto a Moisés Agosto-Rosario y Luis Negrón) y Felina: antología para gatos (junto a Cindy Jiménez Vera).

Es que el idiota del espejo también abandona

No flota este cuerpo.

No me mezo como en una cuna.

Más bien soy azotado de lado a lado

por una fuerza invisible

bajo la mugre de mis pies.

Seis punto seis en alguna escala no Richter,

fuerza que sigo invocando

aun tras terminado el peligro inmediato.

Por eso instalo péndulos en cada cuarto,

lo suficientemente pesados como para negar la brisa que entra por los balcones,

péndulo para confirmar mi estado negativo de demencia,

para reafirmar que la tierra calla,

que por el momento, no ruge.

No flota este cuerpo.

No me mezo como en la quinta nube.

No tengo la culpa de ser del norte

y que mi casa no haya caído de sus soportes.

Yo no fui quien construyó un pueblo entero sobre la arena.

No fui yo quien se fue a vivir a orillas de una tectónica falla.

No fui quien cedió al miedo y se fue a dormir

a los parques y las plazas.

Más bien, me azota el recuerdo de un 7 de enero a las 4:24

de una madrugada fría,

cuando despierto por la violencia de un apartamento

en un piso 13, que se violenta de lado a lado.

Despierto desnudo, asustado, erecto,

desorientado, con el mareo de no saber

si llegaré a tiempo al espacio negativo

bajo la mesa, porque soy de los que no tiene fe

en el triángulo de la vida.

¿Terminará alguna réplica

por derribar mi edificio con mi marido y mis gatos,

mi suegra y sus gatas,

y todos mis vecinos adentro?

No sé si superaré la angustia

de dejar a mi familia en casa, sin mí,

mientras me voy a trabajar

frente a la playa de El Escambrón,

a la vez que en secreto ruego

que la tierra se asiente

y mi país pueda dormir en paz.

No flota este cuerpo.

No se mece de lado a lado

como en los brazos de un padre presente

o una niñez en espacio seguro.

Es la violencia de la memoria

la que ahora me ahorca con sus manos

y me sacude de lado a lado.

Son los posibles tsunamis,

la pesadilla de ser isla,

o peor, el martirio de la dejadez en la colonia

y la ignorada erosión de las costas.

Es un Código de Construcción,

que no toma en cuenta el terremoto de San Fermín de 1918.

Es que nuestras estructuras aguantan

solo hasta un seis punto cinco

y nos tocó un seis punto seis.

Es eso y todo el odio acumulado

entre generaciones, desde las trincheras

de las identidades particulares de cada cual,

que defendemos con conducta antisocial

en su modalidad de pasividad agresiva,

y esperamos que la otredad

reciba nuestro mensaje por clarividencia o telepatía.

O tal vez sacralizamos nuestros movimientos

con narrativas de empoderamiento que,

tal como las “versiones oficiales” que ofrece el gobierno,

con constituyen verdades.

No me siento solo.

Es que estoy solo,

porque el cielo y el viento nos afeitaron

el pubis de la isla en el 2017

y la tierra se nos abrió bajo los pies en el 2020.

No flota este cuerpo.

Tampoco me mezo en los brazos

de una madre que protege a su hijo

de pedófilos y depredadores sexuales,

sacralizados y, por ende, protegidos

por toda una congregación cristiana.

No.

Es que los amigos abandonan.

Es que la sangre abandona.

Es que el país abandona.

Es que el idiota del espejo también abandona.

Y así, la tierra siempre temblará bajo nuestros pies.