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SOBRE EL BESO DEL ARCÁNGEL Y LA FIESTA DE LOS NÁUFRAGOS DE ANA MARÍA HURTADO. POR GABRIELA KIZER

Sobre El beso del arcángel y La fiesta de los náufragos Por Gabriela Kizer No es fácil presentar un libro de poemas, y es menos fácil cuando uno está entre

Gladys Mendía 1 año ago 51
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Sobre El beso del arcángel y La fiesta de los náufragos
Por Gabriela Kizer

No es fácil presentar un libro de poemas, y es menos fácil cuando uno está entre el Pórtico de Armando Rojas Guardia, la lectura de Ana María Hurtado y la música de Víctor Cuica. Creo que una de las formas más entrañables de hacer amigos es heredarlos de personas que amamos; en este caso, yo no he podido leer estos poemas sin que medie el amor y la admiración de Armando hacia su autora, como psiquiatra, psicoterapeuta, como amiga y poeta.

Quisiera comenzar con una imagen del primer poemario que publicó Ana María Hurtado, titulado: La fiesta de los náufragos. Si, como bien dice Edgar Vidaurre en el prólogo, la atmósfera de un naufragio es una atmósfera de turbulencias –las tormentas de lo inconsciente—, de desolación e intemperie, ¿cómo imaginar una fiesta de náufragos? Quien naufraga, en este poemario, es una mujer que sale a flote rota en pedazos: ha tragado peces, toda la sal, y llega a la orilla llorosa, compasiva, lacerada, febril, desmemoriada y rodeada de sus pérdidas. Pero como la imagen poética junta y reconcilia significados contrarios, esa náufraga también es una mujer gozosa, enamorada, ofrecida, desnuda, bautizada por y preñada de la heredad marina; una mujer que de pronto se ve rodeada de seres misteriosos, dioses impúdicos que se embriagan, cantan, bailan, deliran… La situación de naufragio lo va impregnando todo, hasta el mundo y las estrellas, pero la náufraga esencial, creo, lo vemos al final, es la palabra: incompleta, destejida, hecha de sílabas mojadas. A la luz de la mirada de Armando Rojas Guardia, me parece encontrar aquí eso que él llama: una progresiva purificación interior: la voz ha descendido, se ha quebrado y despojado hasta de sí misma, y ha llegado a “otra orilla”. Probablemente, en esta otra orilla la palabra náufraga construye La dulce brevedad de los gemidos.

Pero antes de seguir, permítanme dos líneas sobre la conformación del libro. No sé si podemos tomar El beso del arcángel como un libro escrito a dos manos o como dos poemarios que comparten espacio; siguiendo el consejo de Rojas Guardia en el Pórtico —“poco importa el anecdotario íntimo que está detrás de estos textos (…) lo crucial es el hecho intrínsecamente estético de estos poemas considerados en sí mismos”—, he preferido verlos como espejeándose, reflejándose uno en el otro, y seguir el juego a los autores.

La paloma y el olivo, de Leonardo Torres, compone un prolongado interrogante… una serie de preguntas que se van desplegando y subordinando a partir de la conjunción condicional “si”. Tomaré dos para que sientan el tono:

si tu lengua embistiese mi lengua
si mi lengua resistiese
si se quedaran a solas en las bocas
librándose batalla
¿a dónde irían los cuerpos?
a qué cielos?
¿el tiempo por dónde pasaría?


*

si me hurtaras las palabras
como hurgo en el sentido de las tuyas
como hurgo en ti
si viceversa
¿quién escribiría lo que falta?
¿las incógnitas?

Ante estas preguntas —condicionales posibles, improbables, imaginarios— La dulce brevedad de los gemidos, de Ana María Hurtado, no constituye una respuesta, más bien, el poema final pareciera devolver vertiginosamente todas las preguntas al punto de partida. Traigo solo un verso:

¿Cuál vida tengo y qué palpita?
allá donde no sé quién soy

Pero no nos adelantemos. El tono del libro, me parece, es un tono aplomado, menos frontal, muy sutil. Como en La fiesta de los náufragos, las imágenes se enriquecen por las contradicciones que conforman, por los significados dispares que reúnen: por un lado, está la observación de una naturaleza mágica, amorosamente, transformada —pienso en Chagall (“La luna cae como una enredadera” / “tus ojos gotean en mi jardín”), se trata además de una voz cálida, humilde, asombrada, libre ante la imaginación amorosa, ante la experiencia erótica —pienso en la atmósfera de sensaciones del haikú—. Ciertamente, a lo largo del poemario se van enlazando una serie de instantes sentidos o intuidos profundamente, la voz poética casi se hace una con el amado y con la naturaleza. He dicho “casi”, porque así como se borran momentáneamente las fronteras y nos sumergimos en la unicidad de la sensación, quien observa sigue a la par un camino inverso – hacia sí misma. A lo largo del poemario se sostiene esta observadora, ella está siempre detrás de una hendija, de pleno en la sensación, pero a la vez, delicadamente separada de lo que ve, oye y siente; es ella la que lanza las preguntas finales buscándose a sí misma, naufragando también en la experiencia amorosa, y es en esa tensión, creo, que está la fuerza de su lirismo: una poesía objetiva que no deja de ser subjetiva, una poesía de la sensación que no deja de ser espiritual. La autora sabe de estas tensiones. En una entrevista concedida a Mariela Cordero (publicada el 3 de octubre de 2018) en ocasión de la publicación de este libro, ante la pregunta por la poesía, Ana María Hurtado respondió:

Para mí es un misterio, y si digo misterio estoy haciendo referencia a lo sagrado. Cualquier intento de definición me parece insuficiente. (…) El poeta es un hacedor, pero ¿hacedor de qué? Me atrevo a decir que hacedor de cauces para que el misterio se adentre en él, fluya y lo recorra. Se ahueca, consciente o inconscientemente, para recibir el misterio, asombrarse ante él y compartir esta perplejidad. Ese carácter de comunión me resulta esencial. La poesía mira por una parte hacia lo indecible, y por otro lado, mira hacia la palabra y la hace ofrenda, de tal manera que se desenvuelve en una paradoja permanente. Cabalga entre dos mundos, por ello es tan propiamente humana, porque todos participamos de esa paradoja.

Y su poesía se mueve y conforma, reitero, paradójicamente. Si los poemas de Leonardo Torres concentran, cierran, buscan límites, refugio, hacen formas y son una constante pregunta por la forma (“la forma de mi canto” o “¿qué forma tomaría la vía láctea?”), los poemas de Ana María Hurtado más bien tienden a mostrar sutilmente movimientos contrarios. Si el poema ciñe una imagen, la abre, derrama, expande al final:

Miré el reflejo
en mi sexo anidaba tu boca

Luna abierta

Y por esa Luna abierta se va la imagen en fuga. O si el poema comienza invocando, ensanchando un afuera, es para ceñirlo:

Redonda la noche
tu lengua se derrama

Un círculo en mi boca

Creo que, en ese vaivén, que es solo uno de los movimientos que se dan en este libro, se refleja también el carácter paradójico del placer, y como lo ha visto Armando Rojas Guardia en su Pórtico, la manera en que la experiencia erótica se convierte en experiencia de la interioridad humana, pasaje a otra orilla y conexión con el misterio, con lo sagrado. Quisiera terminar con un fragmento de Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano que viene al punto: “la palabra placer abarca realidades contradictorias, comporta a la vez las nociones de tibieza, dulzura, intimidad de los cuerpos, y las de violencia, agonía y grito. (…) Aquí la lógica humana se queda corta, como en las revelaciones de los Misterios. Y no se ha engañado la tradición popular que siempre vio en el amor una forma de iniciación, uno de los puntos de contacto de lo secreto y lo sagrado”.

Gabriela Kizer
Febrero 2020


Gabriela Kizer (Caracas, Venezuela en 1964). Poeta y biógrafa venezolana. Es Licenciada en Letras de la Universidad Central de Venezuela desde 1986. Magíster en Literatura Latinoamericana Contemporánea de la Universidad Simón Bolívar en 1993. Desde 1993 es profesora de la Escuela de Artes y de la Maestría en Literatura Comparada de la Universidad Central de Venezuela, en el área de literatura. Ha publicado: Amagos. Caracas: Monte Ávila Editores, 2000 (este libro fue escogido en el concurso para la selección de obras de autores inéditos de Monte Ávila Editores, 1999); Guayabo. Bogotá: Ediciones Arte Dos Gráfico/Ediciones Esta Tierra de Gracia, 2002; Tribu. Caracas: Editorial La Cámara Escrita, 2011 (Premio VII Bienal de Literatura «Mariano Picón-Salas»); Pavesa. Caracas/Nueva York: Ediciones Letra Muerta, 2019.