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SOBRE LA OBRA COMPLETA, DE BELÉN OJEDA. POR DANIEL ARELLA

Belén Ojeda, un cuerpo de isla nos une a la plegaria.Del acmeísmo al suprematismo El desierto desconoce los caminosLejanoel resplandor nos conducey esta ribera nos guíaSe abre el deltay propicia

Gladys Mendía 4 años ago 73
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Belén Ojeda, un cuerpo de isla nos une a la plegaria.
Del acmeísmo al suprematismo

El desierto desconoce los caminos
Lejano
el resplandor nos conduce
y esta ribera nos guía
Se abre el delta
y propicia los encuentros
Fluyen las aguas
que liman la memoria
de estas piedras.
 Belén Ojeda. 

La primera vez que leí el nombre de la poeta y traductora Belén Ojeda (Caracas, 1961)  ocurrió gracias a  la revista de los 90, Pasturas. De los adelaños y Mérida, dirigida y editada por el poeta trinitario-venezolano, Stephen Marsh Planchart, a raíz de un dossier impecable dedicado a la célebre poeta rusa, Anna Ajmátova (Rusia, 1889 – 1966).  Belén Ojeda firmaba  las notas y la versión de una traducción brillante que canalizó en ese entonces mis tempranas búsquedas poéticas hacia la dimensión de los poetas esenciales europeos del. s. XX, entusiasmándome primero por la poesía rusa. Luego de conocer a la dama inmaculada de la tundra, no pude parar: Serguei Esenin, Vladimir Maiakovski,  Osip Mandelstahm, Vladimir Nabokov y Velimir Jlébnikov, entre otros.

La tercera vez que leí el nombre de la poeta de Belén Ojeda fue precisamente en esta instancia con la presente edición de sus obras completas. Primero, sorprende la magnitud de la lucidez de su poética, porque sin duda, cada poema es rodeado por el mar de la infinitud -, sin olvidar que es precisamente ese “cuerpo de isla” – la poesía- la que “nos une con la plegaria”. Nos permite flotar, alzarnos sobre las olas y demarcar un espacio en el centro de la infinitud donde somos residencia, casa de la intemperie. Además, por la extensión mínima de la mayoría de sus poemas, aforismos en versos de ígnea intensidad, no puedo dejar de pensar en su obra completa como un gran archipiélago de 420 páginas que contiene reunidas por primera vez en LP5 Editora, disponible en Amazon.

Belén Ojeda relata en la entrevista con la poeta y editora Gladys Mendía lo siguiente: “Comencé a escribir Días de solsticio cuando regresé a Venezuela, después de haber vivido durante ocho años en Moscú. Hubo, entonces, un reencuentro con el paisaje y con el idioma. Los textos breves tal vez concentran esa experiencia del redescubrimiento de ambos con herramientas limitadas. Creo que esa búsqueda continuó en los libros En el ojo de la cabra y Territorios. En este último, paisaje y lenguaje son una unidad. En Graffiti y otros textos establecí diálogo con algunos autores y obras usando géneros que se han  perdido y por los uales siento nostalgia, como las cartas y los diarios”. Belén Ojeda vivió 8 años en Moscú estudiando canto lírico en el Conservatorio Tchaikovsky. Durante su larga estadía en Rusia no sólo aprendió la lengua sino alcanzó a conocer grandes poetas de la literatura universal del pueblo ruso, como fueron Marina Tsvietáieva, Boris Pasternak, Ossip Mandelshtam y Anna Ajmátova, que comenzó a traducir a su llegada a Venezuela, como nos relata en la entrevista. Me sorprenden los puntos en común entre los poetas que pertenecieron a lo que se ha denominado la edad de plata de la poesía rusa, el denominado grupo acmeísta, a donde pertenecieron Ossip Mandelshtam y Anna Ajmátova, La importancia del acmeísmo para la lírica rusa del s. XX se corresponde con la justicia que logró en el equilibrio de la percepción de la realidad por parte del lenguaje poético. Anulando por completo la ambigüedad polisémica de la corriente simbolista precedente, sus giros estilistas efectistas, sus filtros retóricos, artilugios y ripios, que fueron criticados duramente por este Gremio de poetas apasionados por el rigor de las comprensiones estéticas precisas sobre la literatura del escritor francés, Gustave Flaubert. Los escritores rusos reunidos en torno al grupo acmeísta, cultivaban la franqueza, la transparencia, la lógica, la sobriedad de la estructura, el valor a la exposición diáfana de los elementos que componen el poema y la obra, en favor de una mirada objetiva de los fenómenos, razón por las que muchos de ellos padecieron desolación, persecución, encierro y muerte debido al régimen estalinista de esa época. Ahora leamos esta poesía ausente de enunciados sociales, de resonancia esencia:

En la caída del agua
lo innombrable
Todo tiempo de creación
apunta a disolvernos

(p. 173)

Belén Ojeda  lleva el acmeísmo hasta sus últimas consecuencias, a una especie Cuadro negro sobre fondo blanco de la poesía, como es la obra de la cristalización última del abstraccionismo, cuando  el pintor ruso de origen polaco, Kazimir Málevich, logra alcanzar las fronteras de lo que se llamó el suprematismo, superando las corrientes plásticas precedentes. El suprematismo consistió en una corriente vanguardista de las artes plásticas creada en Rusia a principios del s. XX por el artista Kazimir Málevich, que proponía una regreso radical a las formas geométricas elementales como el cuadrado y el círculo, siendo su obra Cuadro negro sobre fondo blanco la más significativa, el lenguaje alcanza su cima abstracta que había sido iniciado por  Wassily Kandinsky.

La poesía de Belén Ojeda, me atrevería a decir, es una poesía suprematista debido a su retorno elemental a las formas de la línea y el círculo que son empleadas con frecuencia a lo largo de sus poemas. Incluso podríamos hablar que el despliegue imaginario en su obra  se convierte en alguna manera, en figuras geométricas que permiten fijar el recorrido esencial de la mirada del poeta, entre ellos podemos nombrar el fuego, el agua, el árbol, desierto, memoria, luz. No es casual su relación casi epidérmica con la obra de varios artistas plásticos célebres como Armando Reverón, entre otros. El suprematismo proponía un arte ausente de enunciados sociales.

La conexión entre la pintura y la poesía en su obra es relevante y de vital importancia para los procedimientos de su poética, tanto por su reflexión de la pintura de Armando Reverón  y la escultura y pintora abstracta, Elsa Gramcko, hermana de una de sus maestras de poesía más cercanas, la reconocida poeta, autora de Juan sin miedo, Ida Gramcko. Veamos unos de tantos ejemplos en la poesía de Belén Ojeda en donde el círculo asume el centro del movimiento esencial de su poesía.

Este círculo
nos habita y se prolonga
Concéntrica
su resonancia de abrazo
El eco traduce formas
de lo innombrable
y un balbuceo tiembla
entre las costas
Sólo el temor separa las orillas

(p. 172) 

Hace eco su poesía esencial a esa estirpe de poetas venezolanos plenamente pensantes, en la búsqueda rítmica de la sonoridad del ser, como son Elizabeth Schön con su libro es Oír la vertiente, Legajo de sombras de Rowena Hill y Quintetos del círculo del poeta, ensayista y traductor venezolano, Alfredo Silva Estrada, quien de la misma manera que Belén Ojeda con la poesía rusa de principios del S. XX, traduce a los poetas francés primordiales de la lírica contemporánea: Fracis Bacon,  René Char, Eugéne Guillevic, André Chedid,  Pierre Reverdy, Vahe Godel, Eugéne Guillevic, André Chedid, Fernand Verhesen, Pierre Reverdy, entre otros. Casualmente en estos dos traductores de grandes poetas europeos, tanto del ruso, como del francés, encuentra en su propia poesía puntos álgidos de entrecruzamientos de acuerdo a la génesis del movimiento del poema, dirigida hacia el develamiento del ser. Así nos acercamos a la poesía de Ojeda:

Alguna vez
habitamos el territorio del temblor
Estremecidos por la palabra
avanzamos
hacia su resonancia
Todo crepúsculo abraza el universo

(p. 159)

Ojeda nos indica su estirpe como poeta del umbral. El horizonte en el límite de la forma recuperando las esencias flotantes en un devenir vidente. Con razón la denomina Belmonte en el prólogo del libro una poesía visionaria, pero no en el sentido de ampliar la visión más allá del tiempo o de la forma, como sería la poesía simbólica de George Trackl o la poesía alegórica de William Blake, cuyo hermetismo figurante estaba codificado en la resonancia de un universo interior. En el caso de Belén Ojeda y de su acmetismo esencial que rechaza los giros retóricos que filtran la realidad, la videncia es un devenir perceptivo que capta la unidad del instante, hacia un supremetismo de la poesía en consonancia con poetas esenciales del ser en la poesía venezolana: Alfredo Silva Estrada, Elizabeth Schön, Hanni Ossott y Rowena Hill para nombrar algunos.

La tierra oculta el perfil de la esfinge
El laberinto reclina sus muros
hacia el ojo que busca
y espera

(p. 160)

Belén Ojeda, como último representante clásico, digamos de una poesía pura suprematista, por su absoluta sobriedad, cuyo poema casi termina desapareciendo en el fondo de la realidad para convertirse en el mismo poema que trasluce. El blancor, núcleo de las obsesiones del poeta francés Stéphane Mallarmé, sonido hueco del abismo que tuvo sus ecos cristalinos en un pensador como Maurice Blanchot, pero alcanzó la recepción rigurosa y afortunada del ensayista y poeta venezolano, Alfredo Silva Estrada, dueño de una obra de traducción de poetas franceses imprescindibles, conectado a esa estirpe de los poetas presocráticos contemporáneos en lengua española como son Antonio Machado, Antonio Porquia y Roberto Juarróz, poesía de peso ontológico, fundamento de la alétheia, en su propio universo de imágenes y ritmo. Como es propio de los poetas pensantes, categoría que designa Heidegger para un poeta como Friedrich Hölderlin en su célebre ensayo, Hölderlin y la esencia de la poesía, a quien denomina el poeta de los poetas, haciendo referencia a su tendencia a asumir el oficio poético no como un testimonio cualquiera, sino como esa mirada que hereda lo sagrado y es devuelto a los hombres con su naturaleza reconciliada. Sensación que hallamos al terminar de leer sus poemas:

Tantas migraciones
desplazando el centro hacia la luz
Una roca florece su antigüedad
en lo albo
de la planicie

(p. 176)

La poesía esencial de Belén Ojeda capta la eternidad de lo fugaz, la inaprensible huella del venir que toca apenas las cosas con un resplandor sutil. El lenguaje aprehende en el poema con intensa brevedad apenas lo que nombra, su autonomía depende del paisaje de donde surge, por lo menos en sus primeros poemarios. La temporalidad rigurosa de sus poemas destaca por el despliegue de una certeza de revelación que termina siendo aquello que se ve. Aquello que es nombrado es lo que se ve en sí mismo, desde la sencilla emancipación de un movimiento y un reconocimiento. Poesía que palpa la realidad en el límite de ser un testigo y una ausencia. A veces no parece decir nada, sino que señala un rastro, el cumplimiento de la bella transición en la naturaleza, contornos de la forma, ese resultado arriesgado del oficio poético. El empleo del poema breve de sustento aforismo delatando el cándido testigo de cristalizar sospechas y luego certezas que parecen desvanecerse con el destello breve de un lenguaje sobrio que calcula esa temporalidad propia de la visión directa, de la percepción sin filtros inventivos, alegóricos y ficcionales, pero que nos deja un sabor recóndito de vivencia. Correspondencias primigenias que afloran con sencillez en cada verso que brota de experiencias elementales de la infancia:

La infancia cabe en cualquier patio
Lo que somos
va en un costado.

(p. 331)

En cambio en el poema “Tanto ser mar”, el lamento de pertenecer a una tensión ilimitada que se extiende en su nombrar, que se aúna al movimiento perpetuo de la physis, integrando sus extremos de lo lejano y lo desconocido en la trama resonante de su desaparición:

Tanto ser mar
para que la voz se derrame
en la espesura de cobre
y la piel se prolongue
en la humedad de salitre
Tanto ser mar
recibir lo desconocido y lo lejano
volverse viento
arena
alcanzar otras orillas
Tanto ser mar
unir las islas  de este archipiélago
mientras el fuego
continúa dispersándolas.

(p. 335) 

La narración justa de un entramado esencial que pertenece al ser, que desdice en el círculo que cierra la mirada con la promesa inexorable de no inventar lo que es. Esto es importante. La apuesta es una fidelidad radical al esencial balbuceo del ser, sacrificando la imaginería poética. Pasadizos de una sabiduría fragmentada que se dispone en cerrar y abrir el silencio de las significaciones. De los recovecos de la mirada, como los mapas que se revelan en la disposición de una brevedad que es la justa manera de mirar:

Entre lunas y aullidos primigenios
los rituales de fuego
convocan a los que se han ido
y ahora habitan
en cada chispa
en cada estrella.

(p. 322)

La poesía como nos dice la autora es “El lugar donde se revela/ lo inefable”. (p.  288). Cada poema son tramos de certidumbre, sentidos de un vector inexorable que alumbra lo  desconocido.

Busco en lo entrañable

el fuego primigenio.

(p.223)

Tránsito del peregrino en la fecundación de un hogar que se sostiene en el vértigo de la mirada, una mirada serena que se nutre de los “puentes”, de la “roca que sustenta la memoria”. La intemperie es la madre de la poesía de Belén Ojeda,  carencia que se convierte en unidad comprensiva.

Daniel Arella
Parroquia Montalbán, Mérida, 12 de noviembre del 2020.