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SOBRE EL BESO DEL ARCÁNGEL, DE LEONARDO TORRES Y ANA MARÍA HURTADO. POR ARMANDO ROJAS GUARDIA

Pórtico al poemario El beso del arcángel (Oscar Todtmann Editores, 2018) de Leonardo Torres y Ana María Hurtado Este poemario nos depara una maravillosa sorpresa, un hallazgo inaudito: se trata

Gladys Mendía 1 año ago 55
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Pórtico al poemario El beso del arcángel (Oscar Todtmann Editores, 2018) de Leonardo Torres y Ana María Hurtado

Este poemario nos depara una maravillosa sorpresa, un hallazgo inaudito: se trata de una poesía amorosa que situándose más allá, infinitamente más allá de los ripios, la metafórica convencional y las trilladas modalidades que el asunto erótico-afectivo ha acumulado a lo largo de la historia de la lírica logra estremecerlo a uno hasta las lágrimas, como si el tema hubiera sido abordado por primera vez. Son versos que asombran, enternecen, erizan, duelen, tonifican: llegan al alma.

Ya Rilke advirtió alguna vez que la tópica amorosa era la más difícil de asumir para un poeta, precisamente porque la asedian y acosan estereotipos innumerables. Pero Leonardo y Ana María, los autores de este libro, superan la casi sobrehumana dificultad que representa  una apuesta estética de esa índole con una maestría y una destreza admirables. Yo diría que el secreto de tales maestría y destreza estriba en la autenticidad, en la sinceridad existencial que las dicta: no hay en estos poemas ni el más mínimo artificio, ni la más remota impostación de la voz: ellos fluyen con la transparencia vibrátil de un manantial de montaña. Esta poesía desarrolla una suerte de mística erótica. Dentro de ella la unión carnal, la cópula, se convierte en imagen simbólica de un vínculo cósmico con el Amor mismo. Es sabido que en la tradición bíblica y, más en concreto, cristiana, el contacto erótico se constituye en metáfora privilegiada de la unión amorosa del Absoluto con el ser humano. Por eso la erótica, y también la mística, cristianas son nupciales. Y esa es la misma atmósfera que se respira en este poemario: en él el Amado y la Amada se celebran y se cantan, polifónicamente, de manera recíproca, festejando al unísono su entrega carnal. Lo destacable es que en el corazón de esta apuesta lírica no se evapora, ni se pierde, ni se disuelve la presencia viva de lo corporal, lo instintivo, lo sexual. Se los trasciende, sí, pero sin obviarlos ni obliterarlos.

Dos imágenes, una explícita y otra implícita, gobiernan desde adentro la mecánica y la dinámica verbales de este conjunto de poemas: el arcángel y el animal. Con respecto a la primera, sabemos que desde Rilke la terribilidad inherente a la epifanía de la belleza se asocia a esas jerarquías angélicas que nos sobrepasan: una unión erótico-afectiva cuyo símbolo es el arcángel excede a los mismos amantes, los transforma en recipientes de un lazo que los atraviesa trascendiéndolos. Y en lo referente al animal, nunca me permito olvidar el heptasílabo y el endecasílabo del  “Cántico Espiritual”: “Nuestro lecho florido /  de cuevas de leones enlazado”:  Juan de la Cruz alude en esos versos a la animalidad que está presente en el acto amoroso y que solo el erotismo humano convierte en animalidad sagrada. Así, pues, este libro de Leonardo y Ana María hace del vínculo erótico una epifanía antropológica: un objeto de revelación.

Poco importa el anecdotario íntimo que está detrás de estos textos. Resulta intrascendente enterarse si la relación entre estos dos amantes se consolidó o fracasó. Después de todo, Neruda dedicó buena parte de su mejor poesía amorosa (y el poemario que hoy prologo está –no me cabe duda de ello- a la misma altura de esa lírica nerudiana) a mujeres distintas a Matilde, su compañera  final y cabal (todos recordamos el verso de uno de sus últimos poemas: “…Matilde, ¡fue tan hermoso vivir cuando vivías…!”) Lo crucial es el hecho intrínsecamente estético de estos poemas considerados en sí mismos. Solo por alcanzar ese logro, la madurez verbal de esta poesía, ellos merecen ser conocidos y compartidos.

Armando Rojas Guardia

PD: Texto cedido por la co autora del poemario, Ana María Hurtado.