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EL DIOS DE LA MEMORIA Y SU TROMPE-L’OEIL

FLORIANO MARTINS (Brasil, 1957). Poeta, editor, dramaturgo, ensayista, artista visual y traductor. En 1999 creó Agulha Revista de Cultura. Coordinó (2005-2010) la colección “Ponte Velha” de autores portugueses en Escritos Editora (São Paulo).

Gladys Mendía 4 meses ago 37
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FLORIANO MARTINS (Brasil, 1957). Poeta, editor, dramaturgo, ensayista, artista visual y traductor. En 1999 creó Agulha Revista de Cultura. Coordinó (2005-2010) la colección “Ponte Velha” de autores portugueses en Escritos Editora (São Paulo). Curador del proyecto “Atlas Lírico de Hispanoamérica”, de la revista Acrobata. Estuvo presente en festivales de poesía realizados en países como Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Ecuador, España, México, Nicaragua, Panamá, Portugal y Venezuela. Curador de la Bienal Internacional del Libro de Ceará (Brasil, 2008), y miembro del jurado del Premio Casa das Américas (Cuba, 2009), fue profesor invitado en la Universidad de Cincinnati (Ohio, Estados Unidos, 2010). Traductor de libros de César Moro, Federico García Lorca, Guillermo Cabrera Infante, Vicente Huidobro, Hans Arp, Juan Calzadilla, Enrique Molina, Jorge Luis Borges, Aldo Pellegrini y Pablo Antonio Cuadra. Entre sus libros más recientes se encuentran Un poco más de surrealismo no hará ningún daño a la realidad (ensayo, México, 2015), El Iluminismo es una ballena (teatro, Brasil, en colaboración con Zuca Sardan, 2016), Antes de que se cierre el árbol (poesía completa, Brasil, 2020), Naufragios del tiempo (novela, con Berta Lucía Estrada, 2020), Las mujeres desaparecidas (poesía, Chile, 2022), y Sombras en el jardín (poesía, Brasil, 2023).

Cuando pienso en escribir algo tengo que hacerlo muy rápido antes de que se me olvide. Después de todo, la memoria es nuestro último intento de crear una segunda caja de Pandora. Aunque el olvido ha sido un fiel compañero en los últimos años, es mejor no darle la responsabilidad de todo. He pensado en tomar notas, pero siempre olvido dónde las guardo. A lo largo de los años he ido hurgando en innumerables cajones a mi alrededor, debe haber mil maneras de decir lo mismo y estos cajones son la prueba de que hay signos indescifrables en nuestras vidas. Los señores del tiempo quieren programar un mundo en el que todo transcurra al borde del olvido. Pero siempre me pregunto: ¿qué olvidaremos al final de todo? Nuestros actos más pequeños, doblar la sábana al despertar, cerrar los ojos en la ducha para distinguir los colores de lo que haremos, día tras día, como quien deja fluir el deseo por su cuerpo y deja la casa atrás, abandonada a la suerte de sus puertas y ventanas, sin pensar en volver tan pronto.

Es cierto que la memoria nos alimenta con sus lámparas entremezcladas de sombras y visiones. Cuando nos dedicamos a convertir el futuro en el fruto de todo lo que recordamos, acabamos despojándonos de las herramientas mágicas del azar. La memoria es un depredador silencioso. Su refinamiento está en hacernos demostrar que sólo ella existe. Olvidamos los trucos de las perspectivas, el ungüento inodoro de los espejismos, los disfraces promiscuos de la razón. Nadie mejor que la memoria para engañar tan bien a los sentidos. Como el sonido emitido desde un lugar que no conocemos. La inusual bandeja de sabores inexistentes. Quien pasa por los viscosos trucos de los cálculos amputa las derivaciones de su propio ser. Es mejor cometer algunos errores al evaluar la verosimilitud de las tradiciones y la edad de los océanos. ¿Cuántos secretos hemos destruido en nombre de la gravedad de las confesiones? O las ruinas de las profecías erigidas en yeso imitando hábitos impostores, los ilustres dogmas a los que debemos confiar nuestra vida, y escribir sobre ellos sólo lo que nos dicen.

Las sillas vacías cambian de lugar en la habitación, exponiendo la realidad a un nuevo aluvión de sospechas. La fina ocupación de la duda teje un edredón de explicaciones definitivas para confundir a todos con sus residuos que desafían al tejido a elegir entre un color y otro, una forma y otra, un recuerdo y otro. Como la memoria siempre miente, nuestras elecciones acaban siendo utilizadas en nuestra desventura. ¿Sólo levitamos cuando estamos poseídos por un demonio? ¿Cuál es el origen de los cadáveres humanos alados que el tiempo ha atrofiado en nuestra mente? La memoria es el mayor temor de las religiones. Y cada vez que nos vemos obligados a elegir entre dos símbolos, las formas esenciales desaparecen y ni siquiera millones de peregrinos consiguen recuperarlas. No existe un equilibrio exacto entre lo que recordamos y lo que deseamos. Los milagros son la pátina improvisada de todo lo que todavía tenemos que decir. La ilusión de las distancias y las declaraciones de indiferencia. ¿Por qué seguimos aquí jugando con platos voladores? La imaginación cultiva sus fábulas.

Aquellos que eligieron la vigilia nunca estarán seguros donde están. Quienes eligen los sueños observan desde lejos la absurda estructura del mundo. La más fabulosa de todas las experiencias incomprensibles es aquella que se desintegra tan pronto como se experimenta. ¿Son los mejores y más confiables en los que no nos reconocemos? Cuando empecemos a viajar en el tiempo, ya nada nos resultará familiar, una cadena voraz de imágenes nos permitirá describir la eternidad como un cuerpo que habita el vacío. ¿Sólo el olvido nos hace aceptar la muerte? ¿Dónde guardamos los tesoros robados de nuestras creencias blasfemas? ¿Somos nuestros únicos dioses o hemos sido abandonados por un secreto más peligroso? Salgamos de aquí lo más rápido posible. De lo contrario, no nos quedará nada que olvidar.

Floriano Martins
Octubre de 2023

O DEUS DA MEMÓRIA E SEU TROMPE-L’OEIL

Quando penso em escrever algo tenho que fazê-lo bem rápido antes que me esqueça. Afinal a memória é a nossa última tentativa de criar uma segunda caixa de Pandora. Mesmo que o esquecimento tenha sido um fiel companheiro nos últimos anos, é melhor não lhe dar a responsabilidade por tudo. Já pensei em fazer anotações, mas sempre me esqueço do lugar onde as guardo. Ao longo dos anos fui cavando incontáveis gavetas à minha volta, deve haver mil maneiras de dizer a mesma coisa e essas gavetas são a prova de que há sinais indecifráveis em nossa vida. Os senhores do tempo querem programar um mundo em que tudo se passe no limite do esquecimento. Mas sempre me pergunto: o que vamos esquecer ao final de tudo? Os nossos atos mínimos, dobrar o lençol ao acordar, fechar os olhos no chuveiro para distinguir as cores do que faremos, dia a dia, como alguém que deixasse o desejo escorrer pelo corpo e ao deixar a casa para trás, entregue à própria sorte de suas portas e janelas, não pensasse em voltar tão cedo.

É verdade que a memória nos alimenta com suas lâmpadas entrecortadas de sombras e visagens. Quando nos dedicamos a converter o futuro em fruto de tudo aquilo que lembramos, acabamos nos desfazendo dos utensílios mágicos do acaso. A memória é uma silenciosa predadora. Seu requinte está em nos fazer provar que apenas ela existe. Esquecemos os truques de perspectivas, o unguento inodoro das miragens, os disfarces promíscuos da razão. Ninguém melhor do que a memória para enganar tão bem os sentidos. Como o som emitido de um lugar que desconhecemos. A bandeja inusitada de sabores inexistentes. Quem trafega pelas artimanhas viscosas dos cálculos, amputa as derivações de seu próprio ser. É melhor comer alguns erros na avaliação das verossimilhanças das tradições e a idade dos oceanos. Quantos segredos não destruímos em nome da gravidade das confissões. Ou a ruínas das profecias erguidas em gesso imitando hábitos impostores, os dogmas ilustres aos quais devemos confiar a nossa vida, e sobre eles escrever apenas o que nos for dito. 

As cadeiras vazias mudam de lugar na sala expondo a realidade a um novo bombardeio de suspeitas. A fina ocupação da dúvida tece uma colcha de explicações definitivas para confundir a todos com seus resíduos que desafiam o tecido a escolher entre uma cor e outra, uma forma e outra, uma lembrança e outra. Como a memória sempre mente, as nossas escolhas acabam sendo utilizadas em nossa desventura. Somente levitamos quando possuídos por um demônio? Qual a origem dos cadáveres humanos alados que o tempo atrofiou em nossa mente? A memória é o maior dos pavores das religiões. E sempre que nos vemos forçados a escolher entre dois símbolos as formas essenciais desaparecem e nem mesmo milhões de peregrinos conseguem reavê-las. Não há um equilíbrio exato entre o que lembramos e o que desejamos. Os milagres são a pátina improvisada de tudo quanto temos ainda por dizer. A ilusão das distâncias e as declarações da indiferença. Por que ainda estamos aqui e brincamos com pratos voadores? A imaginação cultiva suas fábulas.

Aqueles que escolheram a vigília, jamais estarão seguros do lugar onde se encontram. Os que escolheram os sonhos, observam de longe a estrutura absurda do mundo. A mais fabulosa de todas as experiências incompreensíveis é aquela que se desintegra tão logo vivida. Os melhores mais confiáveis são aqueles nos quais não nos reconhecemos? Quando começarmos a viajar no tempo nada mais nos parecerá familiar, uma cadeia voraz de imagens nos permitirá descrever a eternidade como um corpo habitando o vácuo. Somente o esquecimento nos faz aceitar a morte? Onde guardamos os tesouros roubados de nossas crenças blasfemas? Somos nossos únicos deuses ou fomos abandonados por um segredo mais perigoso? Vamos sair daqui o mais rápido possível. Do contrário, não teremos mais o que esquecer.