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CARMEN MARTIN: Prosa poética Actual de Chile

CARMEN MARTIN (Chile, 1982). Es docente e investigadora en Colorado State University y PhD en Literatura y Crítica Latinoamericana por la Universidad de Purdue en Indiana, Estados Unidos. Ha publicado

Gladys Mendía 5 años ago 52
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CARMEN MARTIN (Chile, 1982). Es docente e investigadora en Colorado State University y PhD en Literatura y Crítica Latinoamericana por la Universidad de Purdue en Indiana, Estados Unidos. Ha publicado el libro de poesía Trinaje (Cuneta, 2013) así como también diversos artículos de investigación centrados en el tema de la memoria, el trauma ocasionado por la dictadura militar en Chile y su posible recuperación en base a las reelaboraciones, revisiones y reinterpretaciones del lenguaje en la narrativa chilena contemporánea en la obra de autoras como Andrea Jeftanovic, Nona Fernández, Alia Trabucco Zerán y María José Ferrada. Actualmente, su investigación se centra en la relación entre historia, identidad y arte textil, en específico, en la manera en que la noción de trama, tanto textil como textual, puede emplearse al momento de examinar las conexiones entre discurso literario, representación visual, expresión social y política en la literatura, el arte y la moda.

 

 

Carta de amor a Virgilio Piñera

 

1

Debería comenzar hablando de su interior. Porque tenía un interior profundo, un poco viscoso, con el color que tiene la carne cuando recién se descongela o cuando se corta en dos mitades perfectas sobre una mesa de cocina. Su carne se abría, entregándose. Su materia era el ofrecimiento.

Dentro de ese cuerpo había espacios vacíos y no vacíos. Los no vacíos eran siempre excesivos, mientras los vacíos exigían ser llenados cada tanto. La saturación era su estado natural, el exceso era el requisito primario para la subsistencia de ese espacio interior tan simétrico y tan sencillo. Había que saber leer esa carne, entrar en ella no por medio del lenguaje sino a través la acción.

El movimiento en dirección a ese cuerpo siempre resultaba en una apertura en dos mitades perfectas y un poco viscosas que se cerraban herméticas en torno a lo que fuera que entrase en el espacio vacío, atrapándolo, succionando como una gran ventosa.

 

2

Sucedía que a veces yo me detenía frente a ese cuerpo. Me fascinaba. A veces le cantaba para ver su reacción. Lo que ocurría con el cuerpo al chocar con la onda de mi voz era parecido a lo que les sucede a los caracoles en contacto con la sal. Se retorcía. Hacía, también, un extraño sonido, que en un primer momento interpreté como de dolor. El cuerpo en dos mitades perfectas secretaba una sustancia parecida a la saliva pero más espesa, que era lo que le confería su viscosidad. Este líquido salía de la carne como el sudor sale del cuerpo, desde muchos puntos que no pueden ser vistos por el ojo desnudo.

La distancia que mediaba entre nuestras carnes y sus respectivos interiores fue haciéndose cada vez más estrecha. Yo lo sentía estremecerse cada vez que me era dado entrar en él. Cuando digo entrar, me refiero al espacio que lo contenía y desde donde yo, agazapada, articulaba el canto que era como una caricia. Porque en su interior yo nunca estuve, al menos totalmente.

 

3

El cuerpo era suave, viscoso y simétrico, vibrando como una abeja mientras yo cantaba cada vez más cerca de él. Así, una vez logré pegar mi boca a su superficie, que inmediatamente se volvió una ventosa que me succionó con una fuerza inusitada. Hube de liberarme de ella valiéndome de mi mano izquierda, que por poco fue succionada también. Descubrí, entonces, que el cuerpo sólo podía generar una ventosa a la vez.

Viéndome en posesión de su secreto y contra mi voluntad, comprendí que ya no tenía ninguna excusa para seguir postergando lo impostergable.

Fue un domingo por la mañana.

 

4

Entré a la cocina y esta vez me mantuve en total silencio. Sentí su estremecimiento y su expectación. Me acerqué y, en un movimiento rápido, pegue mi boca a su piel. La ventosa no tardó en aparecer y comenzar la succión. Vi cómo mi carne era absorbida lenta pero irreversiblemente por aquel cuerpo abierto en dos mitades perfectas. A medida que mi cuerpo original iba dando forma a una nueva masa, fui perdiendo la noción del tiempo. Por esto, no sabría decir exactamente cuánto duró el proceso de inversión. Porque ese fue el efecto de la interacción final de nuestras carnes. Mi cuerpo se dio vuelta como un guante, dejando al descubierto una red de pequeñas venas azules y rojas, entrelazadas como las ramas de un magnífico nido. El misterio de mis vísceras se reveló sin aspavientos, ordinariamente: marchitas bolsas anónimas, NN, colgando como frutos imposibles, vacíos y estériles.

Tantas horas dedicadas a imaginar mis pulmones, mi estómago, mi hígado. Su materialidad concreta, digo. Porque los órganos son tan misteriosos. Se sabe la existencia de ciertas glándulas, de estructuras óseas en el interior de uno mismo. Pero cuando el cuerpo se invierte, cuando lo profundamente privado se revela, es otra cosa.

Me sentía profundamente estafada, burlada por la tosquedad, por la vulgaridad de mis órganos. Yo que los había imaginado gloriosos y arcanos, llenos de matices, piezas maravillosas, los veía ahora como lo que eran, sólo como lo que eran, bolsas de carne de distintos tamaños y formas, insípidos pedazos de mi cuerpo.

Me senté y me dediqué a observarme. Internamente. Inventarié lo que podía ver: 1) piel lisa y viscosa; 2) bolsa de carne azul con forma de u (estómago); 3) bolsa áspera y doble de color impreciso (pulmones, creo); 4) entramado de venas, número indeterminable; 5) intestinos bellísimos, barrocos; 6) útero, TF, ovarios, músculos vaginales, etc.; 7) Corazón: misteriosa bolsa de carne fibrosa e irrigada, del tamaño de mi puño cerrado. Era lo único que presentaba un movimiento constante, leve pero constante. Pensé en un reloj. Pensé en un metrónomo. Pensé en una bomba. En una mina antipersonal enterrada en mi centro y ahora sacada a la luz, llena de raíces y de tierra. Allí estaba, mi corazón.