
El haiku y su parentesco indígena
El lenguaje poético
tiene varias misiones en la historia,
una es mostrarnos que la alegría de estar vivos
está realizada en un solo respiro.
Un solo respiro
es el tesoro más puro de la vida.
Así de sagrada es la vida.
14 de agosto, 2026. Tsukuba, Japón.
Tengo 8 años viviendo en Japón y dedicándome al estudio de la poesía japonesa, preguntándome por el sentido ecológico y espiritual del haiku desde una concepción indígena y ancestral. Quisiera presentar en este espacio una reflexión actualizada sobre la ecopoética del haiku en dos partes que son como los dos carriles de un mismo puente. La primera es un extracto de la introducción de mi libro Ecopoéticas del Haiku, publicado el año pasado por la editorial Sabi-shiori en España. La segunda es un extracto de una plática que di para el coloquio “Literatura Japonesa: Haikus de Matsuo Bashō” en el Colegio de San Ildefonso en México.
Esta reflexión indaga en la concepción animista del haiku, reflexiona sobre su pragmatismo ecológico y es también una invitación provocativa para trascender dos tendencias interpretativas aún comunes en el ámbito hispánico: el supuesto objetivismo del haiku y el apego a una interpretación Bashō-céntrica del género.
Como este texto también está vivo, aparece con algunas ventanas poéticas de mi propia contemplación.
- El haiku y la identidad ecológica

Trifolio blanco (shirotsumekusa)
Principio de humus.
Que el libro de la Tierra
sea de tierra.
20 de junio, 2020. Tsukuba.
Comienzo leyendo el libro de Mitchel Thomashow llamado Identidad ecológica (1996). Allí se señala que el concepto de “identidad ecológica” se refiere a las diversas formas en que las personas construyen sus identidades en relación con la tierra, la naturaleza o el medio ambiente. Es decir, de qué manera nuestra personalidad, nuestros valores, nuestras acciones y nuestro sentido de integridad ética se construyen en relación con otros seres. Thomashow parte del principio psicológico y filosófico según el cual las personas y los pueblos construyen un sentido de sí mismos a partir de su relación con el entorno, una noción que también compartía Tetsurō Watsuji, quien concebía que el ser siempre acontece en un espacio. En todo espacio, las personas se identifican con diversas relaciones con el ambiente: criar animales, separar la basura o caminar. La identidad ecológica importa porque, según Thomashow, nos lleva a actuar.
El autor, profesor y activista del MIT, ha trabajado a partir de este concepto para crear “trabajos de identidad ecológica”, es decir, trabajos reflexivos que permiten sentar las bases de una educación con orientación ecológica que ayuda a las personas a desarrollar una conciencia y un compromiso con el cuidado del medio ambiente. Desde una perspectiva educativa ambiental, sus trabajos nos permiten conocer: cómo las personas aprenden sobre ecología, cómo se perciben a sí mismas en sus relaciones con el ecosistema, de qué manera una comprensión de la ecología cambia las maneras de conocernos a nosotros mismos, y cómo una visión ecológica integral puede promover el cambio personal.
Leyendo el libro, me percato que la propuesta va más o menos encaminada a resolver la cuestión de cómo conectar una visión ecológica que se percibe como necesaria con la identidad personal, el universo de nuestros gustos, afectos, sueños y aspiraciones. Es decir, de qué maneras puede incorporarse el aprendizaje ecológico en la vida personal y comunitaria de las sociedades modernas. En un sentido, propuestas como la suya buscan guiar una transición, una reestructuración de la identidad que conduzca a una nueva manera de mirarse a sí mismo en el mundo.
El haiku también puede ser una vía para trabajar la identidad ecológica de las personas y los grupos. Me parece que la escritura y promoción del haiku en el Japón contemporáneo también conciben este género como capaz de forjar una identidad “ecológica”. Esto se observa en los concursos infantiles y juveniles de las escuelas, en los clubes de composición, en los programas de televisión y en los escritos religiosos. El haiku es un género que nos liga, desde el corazón, al mundo que nos rodea. Actualmente ocurre algo similar en el mundo hispanoamericano e indoamericano donde el haiku comienza a ser promovido en diversas actividades con orientación ecológica. En una antología poética publicada en México, titulada El ambiente en la literatura, se incluyen poemas de origen mexicano y extranjero, seleccionados por su carácter pedagógico ecológico. Sobresale que la primera sección está especialmente dedicada al haiku. Se incluyen en dicha antología parte de un ensayo de Chantal Maillard, haikus de Santōka Taneda y de Shiki Masaoka. Allí se cita lo siguiente:
Pueden parecer los haikus frases banales y anodinas. Y lo son, por cuanto que lo que expresan es efectivamente algo usual, algo normal y cotidiano. Pero el hecho de que el poeta se fije en un detalle aparentemente insignificante nos invita a sospechar la inmensa extrañeza de lo usual, su carácter sagrado: sólo una mirada inocente es capaz de admirarse y contemplar las cosas cotidianas como si las viera por primera vez y, viceversa, sólo un corazón cansado, un oído deteriorado, un ojo oscurecido pueden pasar de largo sin admirarse a cada paso. (Beltrán Pedroza et al., 2005)
Tal como en este ejemplo, el haiku se incorpora a los procesos de aprendizaje en el entorno natural y a la conciencia ecológica a nivel mundial. Sin embargo, ¿cómo entiende el haiku la conciencia ecológica? ¿Y qué aporta el haiku? Estas son las dos preguntas que he explorado en los últimos años. A mí me gusta pensar que lo que en El ambiente en la literatura llaman admiración y contemplación es tan solo la punta del iceberg; si comenzamos a bucear por debajo, a concebir el haiku con una mirada desnuda del mecanicismo moderno, este nos revelará que lo que en la superficie parecía solo un mundo lleno de ecosistemas, animales, objetos y personas, en la profundidad es un mundo que nos contempla.
Brevemente, yo concibo que la conciencia ecológica implica tanto una comprensión de la interconexión e interdependencia tal como la entiende la ecología científica, como una noción indígena del mundo que implica que dicha conexión no se limita solo al nivel de la energía y la materia, sino que también abarca el sentido y la palabra. Esto es lo que el poeta e investigador de la Amazonía, Pedro Favaron, llama una cosmosemiótica: el reconocimiento de que todos los seres poseen espíritu, conciencia, lenguaje y agencia y participan del mismo flujo de sentido. Esta concepción indígena del universo en Japón se conoce como cosmología animista (animizumu アニミズム). Se trata de una conciencia ancestral, bastante marginada en el occidente moderno, que implica, por necesidad ontológica, que el ser humano participe en un flujo de comunicación y diálogo que existe entre todos los seres, es decir, que se conciba a sí mismo en un mundo lleno de espíritu y desde el marco de una diplomacia cósmica.
Podríamos decir que el haiku, desde esa perspectiva, capta la existencia de un mundo lleno de conciencia, intenciones, deseos, demandas y expresiones poéticas. En su sentido cosmopoético, el haiku nos recuerda lo que Ki no Tsuyakuki había manifestado sobre la mirada del poema japonés tradicional, el waka: “no hay ser en el mundo que no componga poesía”. Este fenómeno, el del panlingüísmo poético del waka, está íntimamente ligado al aprendizaje ecológico posible a partir del haiku. El haiku nos recuerda que el mundo no es inerte ni mecánico, que la atención poética nos lleva a percatarnos de un flujo de poesía que recorre distintas complejidades de vida, materia y espíritu; entonces lo usual no es que el hombre componga poemas, sino que el cosmos los componga. Por eso, el poeta sabio sigue la preceptiva que nos sugiere Tsurayuki y, siglos después, Bashō: la identificación de su corazón con la naturaleza; esta es la fuente de la sinceridad poética del sentimiento, de un corazón sintonizado con el cosmos.
La extrañeza que esto suscita entre los poetas modernos debe llevarnos a pensar en el deterioro de las facultades perceptivas, de la atención y de las poéticas actuales. El haiku contribuye a una recuperación epistémica, ontológica y espiritual para fundamentar una nueva conciencia ambiental, pero, sobre todo, un lugar del espíritu. Este es el ideal ecológico y cosmopoético de mi recorrido. De allí, parte de su vocación por aprender. No se trata de una vocación solitaria, sino de una aproximación al haiku que actualmente se investiga y reflexiona en Japón como complemento de la insuficiencia epistémica del método científico para dar cuenta de todo lo que implica el pensamiento ecológico.
Necesitamos el haiku para escuchar, para conocer y, en última instancia, para conversar con la naturaleza, como los antiguos. Si reconocemos de corazón que no estamos solos en la conciencia, la inteligencia y el lenguaje, será más fácil tomar decisiones informadas sobre cómo vivir en la tierra y corregir nuestros excesos. Sin embargo, ¿quién escuchará esta sabiduría ecológica del haiku, además de los japoneses? He encontrado en mi camino un puente del sentir entre Japón y las sabidurías indígenas americanas. Este sentir compartido de un mundo animado y lleno de espíritu es una ruta alternativa que marca una nueva aventura en el trasplante de este género entre los escritores en lenguas indígenas y abre nuevas bifurcaciones en la tradición del haiku en español. La adopción del haiku japonés por parte del corazón indígena le vuelve a dar vitalidad a la poesía y profundiza nuestra comprensión sobre el haiku japonés, su relación con los insectos, las flores, las urbes y la vida rural.
En estos trabajos he querido aproximarme al haiku desde la lente ecológica y poética, es decir, desde la ecopoética, que incorpora lectura, traducción y reflexión a partir de la experiencia de vivir entre Japón y América. Me emociona pensar que en el siglo veintiuno la poesía tiene la fuerza para traernos la memoria de una ecología primitiva y radical, de cuando la poesía no se había separado de la naturaleza para convertirse en asunto de los seres humanos. Reconociendo la ontología del mundo parlante y abrevando en esa raíz, el haiku nos está enseñando una ruta de escucha del corazón, un oído firme ante la confusión que impera en nuestras ciudades, inundadas de voces de consumo y delirios de grandeza. La ecopoética, como una ruta de reflexión y práctica creativa, llama a un nuevo aprendizaje del habla poética en tiempos de crisis ecológicas y de desastres.
- La ecopoética del haiku

Pájaros mukudori afuera de mi casa
Entre los cables
Se posó la parvada.
Pasan las nubes
4 de agosto, 2026. Tsukuba
R.H. Blyth, uno de los introductores fundamentales del haiku en Occidente, sostiene en la primera página de su prefacio a Haiku, que la historia del espíritu humano se compone de dos movimientos: una huida de este mundo hacia otro y un retorno a él. Según Blyth, el pueblo japonés se concentró artísticamente en desarrollar un retorno a la naturaleza y este impulso ancestral persiste en lo que él denomina un “animismo salvaje”, que se fue mezclando con el budismo, el confucianismo y el taoísmo. En este retorno al mundo, la cultura japonesa desarrolló la noción del mono no aware, frecuentemente traducida al español como empatía o compasión. El mono no aware es un sentimiento profundo de la propia existencia ante la conciencia de la naturaleza efímera y transitoria de todas las cosas. El mono no aware está en la raíz de la estética japonesa que destaca la simplicidad de la naturaleza en oposición a la grandiosidad. En cuanto al haiku, podemos vincular este sentimiento con los kigo, palabras preceptivas como nombres de animales, plantas o eventos meteorológicos que identifican una estación particular del año, que aparecen en estos poemas. Al respecto, la escritora y traductora Cristina Rascón señala que dichas palabras clave dentro del haiku tradicional nos sitúan dentro de la cadena cósmica. Como dice Rascón, la eternidad entendida en el Japón antiguo es una repetición cíclica y los kigo son palabras que nos recuerdan que el instante capturado por el haiku es un eslabón en la eternidad.
Yo pienso que, además, el mono no aware nos habla de una visión del mundo donde las cosas del universo no son inanimadas o carentes de subjetividad. El mono no surge ni se desarrolla dentro de una explicación mecánica de la realidad. Por el contrario, este sentimiento se cultiva dentro de una comprensión del mundo dotado de espíritu y agencia en el que todos los seres se expresan poéticamente. Por ello, sostengo que hay que despojar al haiku de cualquier noción de objetividad, porque el haiku no mira un mundo objetivamente; ese es un malentendido occidental y es el malentendido de una lectura materialista e impersonal del haiku. El haiku mira el mundo subjetivamente, pero sin necesidad de creer en un liricismo al estilo occidental. Podría decirse que el haiku expone un exceso lírico en el mundo, porque todo lo que acontece en el mundo: desde una flor empapada por la lluvia hasta un pisapapeles que todos los días está sobre la misma mesa de la tienda, es un sujeto lírico que enuncia el mundo desde su persona. Podríamos decir que la dialéctica entre liricismo y objetivismo es una muestra de cómo el canon de Occidente ha ido despojando a los seres no humanos de su subjetividad, pero la tradición japonesa comprende que el mundo nos contempla y que cada ser sabe componer poéticamente su existencia. Como afirmaba Ki no Tsurayuki en el prólogo del Kokin Wakashū, no existe ser en el mundo que no componga poesía.
El haiku cultiva una ontología ancestral que es la ontología de la subjetividad poética universal o cósmica. Esta ontología tiene en el mundo actual un valor pragmático: es valiosa para construir las identidades ecológicas modernas. Siguiendo a Mitchell Thomashow, quien introduce el término identidad ecológica, los seres humanos construimos nuestra identidad en relación con el territorio y el entorno donde vivimos y trabajamos. Esta idea también resuena con la filosofía de Tetsurō Watsuji, para quien el ser siempre acontece en un espacio determinado. Además, el haiku como heredero de la poesía tradicional waka, es un canto y una recitación. En el pensamiento japonés ancestral, la poesía aún posee una fuerza de transformación del mundo, una agencia performativa porque posee los rastros del kotodama o el espíritu de la palabra. En Japón todavía se considera que la poesía influye en el rumbo de la sociedad y la civilización y de ninguna manera podría reducirse a un ornamento del lenguaje. Quizá por ello, en el Japón del siglo veintiuno el haiku y otras formas de poesía se conciben como transformadores ecológicos de la sociedad en concursos infantiles, en programas de televisión y en el pensamiento intelectual, sin necesidad de abrazar la ideología ambientalista, simplemente desde la base de que el haiku nos liga, desde el corazón, a una imagen más completa del mundo que nos rodea.
Se suele decir que el haiku provoca o cultiva en nosotros la admiración y contemplación de los seres no humanos. Esto es cierto, pero apenas la punta del iceberg, porque al bucear por debajo de esta atención y sorpresa, se revela que lo que parecía en la superficie un mundo “mecánico” lleno de ecosistemas, animales, plantas, bacterias y materia inerte es un mundo que nos contempla, tiene un alma y del cual nosotros también formamos parte. Esto es lo que el poeta Pedro Favaron llama la “red sagrada de la existencia”. Es decir, el haiku nos da otra visión de la interconexión e interdependencia ecológica, no solo como la entiende la ciencia, sino desde una mirada similar a las indígenas americanas, que nos dicen que esa interconexión e interdependencia no se limita solo al nivel de la energía y la materia, sino que abarca también la palabra y la construcción de sentido en el mundo. Este es el vínculo ancestral entre la noción indígena de las Américas y Japón, donde esa concepción del mundo se entiende como animizumu.
El animizumu es una reflexión etnográfica japonesa y también es la expresión de un sustrato popular ancestral que aflora en el arte, la poesía e incluso en la estética del Studio Ghibli. Además, dentro del animizumu se reconoce que vivimos dentro de un flujo de poesía y lenguaje, es decir, un panlingüismo. Desde este punto de vista, el poeta sabio no “inventa” poemas, sino que identifica su corazón con la naturaleza para alcanzar el makoto o sinceridad poética: un corazón sintonizado con el lenguaje poético del cosmos. Esta ruta de aprendizaje ecopoético nos enseña a despertar el oído que está adentro del corazón, permitiéndonos escuchar más allá del egocentrismo desmedido de la modernidad.
Finalmente, me gustaría contrastar la figura de Matsuo Bashō con la de Kobayashi Issa. En el Japón de la época Edo —que guardaba similitudes con el sistema de castas del México colonial— Bashō creció en una familia samurái de bajo rango y se interesó en el budismo Zen. Bashō se consolidó como un maestro de haiku reconocido en la capital, Edo, y siguiendo nuestro símil colonial, su situación sería similar a la de un poeta de familia criolla que logra prestigio intelectual en la capital. En contraste, Issa nació y murió campesino en las montañas de Shinano (actual prefectura de Nagano). Al igual que Bashō, fue a Edo a probar fortuna, pero después de muchas andanzas y trabajos terminó por volver al campo. Issa también se interesó en la práctica budista y abrazó el budismo de la Tierra Pura, una fe popular basada en la compasión y la salvación de Buda Amida. Siguiendo nuestro símil, Issa sería comparable a un poeta de la montaña de Guerrero que se vuelve devoto de la Virgen de Guadalupe.
Para Bashō, su mono no aware es la identificación con la naturaleza; somos parte de lo mismo; para Issa también, pero con otro sesgo: somos lo mismo y sentimos por igual una necesidad de compasión. Para Bashō, la cigarra, la rana, el cuervo revelan la trama espiritual del mundo; para Issa también, pero a la vez revelan que cada ser vivo ama, sufre, baila de alegría e incluso recibe instantes de iluminación. Una gran diferencia entre ambos está en que Issa habla sobre más animales, más plantas y más insectos que Bashō. Según los investigadores Han y Watanuki de la Universidad de Tsukuba, Issa compuso 1,695 haikus sobre insectos abarcando 49 especies (incluyendo 299 sobre mariposas, 246 sobre luciérnagas, además de mosquitos, grillos, pulgas, moscas, tábanos, mantis, libélulas y hormigas), mientras que Bashō solo compuso 31.
Quizá Bashō sea el poeta más representativo del haiku japonés en el mundo, pero Issa es el que más profundamente resuena en la conciencia popular japonesa. Ambos complementan el pensamiento ecopoético y ancestral del haiku japonés.
Ojalá estas reflexiones incentiven el debate sobre las múltiples facetas que aún quedan por explorar en el mundo del haiku.

Yaxkin Melchy Ramos-Yupari (Ciudad de México, 1985) es poeta, investigador en ecopoesía, traductor de literatura japonesa y editor. Es doctor en Humanidades por la Universidad de Tsukuba con especialidad en literatura. Ha escrito sobre la visión ecológica del poeta caminante y activista ecológico Nanao Sakaki y del poeta campesino Sansei Yamao. Escribió la columna “Ecopoéticas del haiku” para la revista en línea El Rincón del Haiku (2020) y el libro Ecopoéticas del haiku: voces, exploraciones y bifurcaciones ecológicas (Sabi-shiori, 2025). Ha publicado las antologías de poesía japonesa Mandalas: poesía japonesa de Shiki a nuestros días y Mandalas II: Poesía japonesa del Manyōshū a Issa Kobayashi (También el caracol, 2022 y 2025) y ha editado junto con Mónica Nepote la antología ecopoética mexicana: Semillas de nuestra tierra (Cactus del viento, 2023). Sus poemas han sido traducidos a múltiples idiomas; actualmente vive, trabaja y camina a la sombra del Monte
Tsukuba.