
Ramón Peralta (México). Fotógrafo, poeta y artista sonoro. @monraperalta
Día 4.
En ningún otro sitio el soldado perdió la empuñadura. En ningún otro cuerpo el pelaje, la espuma ignorada, el derrumbe de la naturaleza en la orquídea vencida. En la marcha de los átomos, en sus hojas, en sus ojos, en el óxido, en el llanto, en el miedo, en lo más hondo del pecho donde reposa el amor y el combate. Esa es la intención del frío, del revólver, de la palabra: descansar en el vértice de una columna, dormir como un potro remoto, respirar ante el suicidio, habitar por momentos la sombra de un ídolo que habla despacio y al oído. Como un zorro que persigue a sus hermanas en el delirio. Como un hombre que avecina un juego de manos entre nubes. Entonces, es lanzado desde el mito la caída del granizo que brilla, ese canto que flota entre el arpa y el musgo, y toca las colas de los pájaros como un milagro. Entonces, no antes ni después. Entonces, digo y me repito, desde el incendio de los ojos a los brazos: abanderando la quietud, aquí comienza la enfermedad.
Día 9.
Hay un reno, brilla en la puerta como el granizo. Hay un temblor en el agua, es el principio de todo río. Repito, hay calor entre los renos heridos. Es el final de la conquista, y termina en un grito como un nacimiento. Como un mono solitario ante una lámpara de hospital inmensa. Un corazón solitario, soberano y cobre, preparado para caminar, en la tierra, ajeno y victorioso, ante la ola de muertos y desaparecidos, que aúllan en una cuerda entre lo púrpura y el miedo.
Eran lagos, repito, colosales murallas adormecidas. La rana y las piedras detenidas en al aire. Mi destino, una cascada, el bostezo de un policía. El trayecto de un cazador en la nieve. El cruce inesperado con la presa. Una estatua griega. Una mano sostiene el triunfo en una carta. La familia del oro, la tormenta. Sigue.
Día 15.
Siguen los árboles santos, las vasijas del vino, el misterio santo de las aguas profundas, sus peces ciegos y por ello, santos. Sigue el canto del granizo y alguien que siente peligro al cruzar la calle santa. Sigue la mano ante la fiebre. Sigue como el deseo. Atenta al fin y la causa del deseo. Expulsando, exhalando las puntas de un San Pedro venido en humo, como el gesto de un animal terrible, para abrirme el pecho cubierto de anguilas empujando una cascada, dos cascadas, tres cascadas salvajes. En la marcha, le sigue el néctar sobre una lanza, el rocío sobre un higo y lo bendigo ante la muerte. Pero no quiere y dice que brincará desde un toro, pero apenas se mueve para volverse a bañar en ese aire o banco de humo que sucede. Todavía con el milagro en la mano, su rostro dice: ha venido de nuevo. Ahora, pertenece al escape, al destello, a la caída. Somos hermanos, le digo a la cascada y al ciruelo. Sigue todo lo que es todo en el todo que sucede en el aire.
—¡Hola, buenos días!