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MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ: POESÍA ACTUAL ESPAÑOLA

Fotografía por José Antonio Rosales María Ángeles Pérez López (Valladolid, España, 1967). Poeta y profesora titular de la Universidad de Salamanca, donde trabaja sobre poesía contemporánea en español. Ha publicado

Gladys Mendía 1 año ago 57
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María Ángeles Pérez López (Valladolid, España, 1967). Poeta y profesora titular de la Universidad de Salamanca, donde trabaja sobre poesía contemporánea en español.

Ha publicado varios libros, entre los que destaca Incendio mineral (Vaso Roto, 2021), recientemente galardonado con el Premio Nacional de la Crítica. Antologías de su obra han sido editadas en Venezuela, México, Ecuador, Estados Unidos, Colombia y Perú. También, de modo bilingüe, en Italia y Portugal. Su libro Carnalidad del frío ha sido editado bilingüe en Brasil y Estados Unidos.

Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, honoraria de la Academia Nicaragüense de la Lengua, miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros e hija adoptiva del pueblo natal de san Juan de la Cruz.

Forma parte de la Asociación «Genialogías», volcada en reconocer el legado de las poetas. Ha sido jurado de varios premios literarios, entre otros el Premio Cervantes.


Selección de Gladys Mendía

*

caen las hojas con un fragor indescriptible
escucho cómo tiemblan contra el suelo
golpean las aceras
salpican entre el barro de las calles

escucho cómo conspiran en las ramas
su estrategia de caída sus modos disciplinados de caer
pueden rozar el agua y suspirarla
pero se imponen nuevos métodos
hermanas compañeras hijas del mismo aire que respiro

escucho el ruido de los nervios exaltados
excitación ante el combate
las consignas reclamos ¡¡oh modos tan exactos de caer!!
mirada de arcángeles soberbios
el gesto de un ángel turbador
desnuda su belleza
y rescatada

(de Tratado sobre la geografía del desastre, México, UAM, 1997)

*

Podría ahora,
mientras un hombre duerme aquí a mi orilla,
remontarme por el río de la sangre
hasta la piedra primera de mi especie,
hasta el vértigo inicial de una mujer ceñida
por los signos, apenas descifrables,
que fueron roturados en su cuerpo.
Mi madre, y la suya, y la suya de la suya,
se agachan despacio y miran en silencio,
se acuclillan despacio.
La mujer que es primera de mi genealogía
calienta en su entraña aquello que rezumo:
la tintura más roja de la sangre,
el ocre de la piel sobre sí vuelta
hasta alargar las manos y el deseo,
ese blanco sin adjetivos de las lágrimas
o la leche que nace por sí sola.
La palabra es una excrecencia más tardía,
no nos ha sido dada por igual,
ni siquiera en mi origen más cercano
se encuentra el don de hablar y conjurar la muerte.

Por eso estoy condenada a nombrarlas a todas.

(de Tratado sobre la geografía del desastre, México, UAM, 1997)

*

A veces sé que soy como reina del mundo
porque tengo el don del agua en exclusiva
y puedo borrar del suelo de mi casa
la huella de los rostros que ni intuyo,
la sombra de los sitios que ignoro,
todo aquello que nunca será mío
en ningún caso,
bajo ninguna condición.

En la casa que habito, y también en mi cuerpo,
derramo a borbotones el agua más amarga,
cuyo canto oscurece las voces escondidas
en las jícaras, cántaros y botellas de luces.
También por el pasillo analizo en detalle
los lugares con trampa
donde puedan quedar las voces que no escucho,
las que atesoran su eco, su sonoridad.

Esto siempre me ocurre cuando ando de limpieza,
cuando el agua, insistente, revela su figura,
cuando suena en estruendo
y corre contra el tiempo,
contra las escaleras,
cuando sale deprisa del caño que la guarda,
cuando arrastra la sal que se fue acumulando
sobre aquellas antiguas marcas del origen.

(de La sola materia, Premio Tardor, Alicante, Aguaclara, 1998)

*

La sombra de la tierra,
la inicial, la ennegrecida,
fermentada por el humus feliz
del nacimiento,
ocupa la dilatada posesión
del tiempo en que no somos,
en que andamos, rumiados,
en la imprecisa coordenada del deseo
de ser y estar que son nuestra condena,
los dos al mismo tiempo, necesarios
hermanos cada día, inaguantables
en su riña, en su celo, su avaricia.

La misma negra tierra que atesora la lágrima,
que atesora con prisa el suspiro,
oleaje,
que especula la justa proporción
de sales minerales, de tesoro
nutriente como el aire, como el beso.

La misma que remonta del invierno,
del tiempo de la infamia, el de la dicha,
la misma que remonta del manantial oculto
con su carga preciosísima de líquido,
la que nace del padre, su batalla
al inicio del amor y de la historia.

(de La sola materia, Premio Tardor, Alicante, Aguaclara, 1998)

*

El pájaro que viaja bajo el cielo
y viene a golpearse contra el coche
como quien cae rendido y se levanta,
arrastra sus cartílagos, su sombra,
su corazón caliente y separado
en cuatro habitaciones para el aire.
En ellas se resguardan los alisios
y el frío desconsuelo del invierno
cuando la sangre mueve lentamente
su río enrojecido, su caudal,
su modo de morir y levantarse
para picotear migas de sol.
El pájaro que viene contra el coche
es uno e indiviso, inconfundible,
y si distingue el eco de la especie
y atina a acompasar su corazón,
en el golpe está solo y yo con él,
seguidos por los dogos de la sombra.
Por eso, y aunque apura con violencia
la gota venenosa de la prisa,
su cuerpo diminuto y trashumante
no puede separarse de su sombra,
esa zona de umbría y de frontera
con que el sol nos recuerda el parentesco
insoportable, estrecho de la muerte.
La sombra lo acompaña, me acompaña,
le otorga la tiniebla, desazón
con que encender el día y sus volutas,
la masa medular y oscurecida
en que el tiempo nos brinda sus oficios
y escribe la desdicha a contraluz.

(de La ausente, Cáceres, El Brocense, 2004)

*

El corazón que llueve desatado
y pierde su armazón, su compostura,
su normativa estricta de compuerta
o dique, retentiva y contención,
sorprende en su violencia y se desata
mientras una muchacha incendia una cabina
y grita su dolor humedecido;
así crecen las hojas de los árboles
en la humedad primera del dolor
y el barro ennegrecido de la tierra
que trae su compasión y desamparo
se ayunta al llanto oscuro en cada gota
para hacer vertical la geología.
Llueve también sobre mi corazón dormido
como si no pensase concluir
el tiempo en que los nombres se hacen de agua,
y cada gota tiene su porción
alícuota de hierro y de pesar.
Por eso cuando llueve los mamíferos,
los lóbregos mamíferos contamos
despacio y varias veces nuestros huesos,
las piedras de cristal de cada hueso
y su sermón de luz resplandeciente
para llorar de pronto con escarnio,
visibles, necesarios y maduros
ante el día que juzga y nos ampara.

(de La ausente, Cáceres, El Brocense, 2004)

*

Hasta el poema llegan, como islotes
de óxido y de plancton celular,
los restos silenciosos del naufragio
en que quedan los barcos y los hombres
tras el amor intenso, el oleaje
que levanta su proa y la sumerge
al fondo de la mar y sus caballos.
Las caracolas guardan su rumor,
la lentitud sombría en que los peces
desnudos se acomodan a morir
y vuelven cristalina su belleza
de fósil, su armadura transparente,
su vertical caída hasta el silencio
en que el fondo del mar guarda la espuma
que levantó el deseo y las mareas.
En su abisal distancia deslenguada,
amor y mar comparten varias letras
y la raíz mojada por la sal
empapa cada signo tras su empeño
por la coloración y el frenesí.
La boca humedecida, la entretela
del cuerpo y sus humores ablandados,
las veintisiete letras rezumadas
por la líquida masa del amor
después se vuelven piedra quebradiza,
astilla y fósil blanco en su rescoldo,
su agalla enrojecida en el vivir.

(de La ausente, Cáceres, El Brocense, 2004)

*

La mujer espera la llegada de los ciervos.
Se sienta en la cuneta y se descalza.
Con la uña más pequeña de su pie
rasca la tierra blanda y enmohecida
hasta arrancar un árbol de raíz.
Con un dedo invisible en su estatura,
remoto soberano primordial
empuja los nogales, los gomeros,
las hayas y los robles, los manzanos.
Después, bajo la lluvia, se arrepiente
mientras le late el pánico en la ropa.
El dedo mutilado es como el odio
del árbol mutilado, en la mujer
que se pinta en los labios treinta y dos
piezas dentales blancas, esmaltadas
con las que no morderse los pezones
ni llorar por los árboles caídos
y que suben despacio, en sus alveolos,
como subió cada árbol a su copa.
Del tronco descuajado, vuelto torre
gemela de otras torres neoyorquinas
caen los pájaros muertos, las personas
como estorninos muertos, el ramaje
como chicharra muerta, los tablones
como féretros muertos para Irak.
La mujer entretanto se avergüenza,
guarda el dedo y su uña, sus dolores,
el esponjoso hueco de la encía
en que ató cada diente su raíz
y levantó una torre mineral.
A su lado, los árboles reposan
su tiempo de madera, griterío
de perros y de niños clausurados,
los brazos y las piernas como ramas
taladas con dolor contra la tierra.
Los animales huyen espantados.
Los ciervos se disculpan y no vienen.

(de Atavío y puñal, Zaragoza, Olifante, 2012)

*

Como los elefantes, la mujer
se inquieta ante los huesos de su especie,
mueve nerviosamente la cabeza,
se extravía y tropieza en su dolor.
Los esqueletos largos, mascarones
que arrojaron el mar y el pleistoceno
para dormir, lavados por el agua
hasta volverse láminas de luz,
son una herida abierta y silenciosa
que los grandes mamíferos levantan
con tal delicadeza, con colmillos
en su arabesco y su melancolía.
Porque los elefantes, la mujer,
elevan la osamenta de los suyos
y los acunan con sus grandes dientes,
los mecen con pasión y con trastorno.
Como los elefantes, la mujer
cubre su piel de arena y de termitas,
arroja a sus costillas, su espaldar
la tierra de sus muertos, se recubre
de su aspereza seca, ventolera
o ráfaga de tiempo calcinado
y canta lentamente una canción
que en su baja frecuencia, solo escuchan
congéneres lejanos, primordiales.
Cuando pinta sus dientes de marfil,
dentina opaca y blanca, romboidal
que prestigia su boca y su alegría,
la mujer talla en ellos la aflicción
preciosa, endurecida como laja
que atraviesa la luz y la somete.

(de Atavío y puñal, Zaragoza, Olifante, 2012)

*

La mujer se pinta el cuerpo de azafrán
tras la maceración de los dolores.
El tiempo ha liberado su tanino,
la piedra y la madera se volvieron
espuma microscópica y febril
que subió como hiedra por los arcos
con que la plaza inventa las alturas
y se abre con vehemencia a la ventisca.
También en la mujer penetra el viento
por todas las esquinas, medallones
que se colgó con rabia en la solapa
mientras pintaba en ella y sus maletas
de pronto coloreadas de marrón
o de rojo sombrío por las tardes,
el brandy que dormita en las barricas
y suelta sus antojos y su edad.
Sobre los muslos altos y dorsales
de arenisca soñando en remolinos,
la mujer traza un mapa de isobaras
con que vienen la luz y los naufragios,
el día y sus clausuras, su cantera,
los troncos que el Pacífico retorna
con un amor furioso e impaciente.
También los otros mares depositan
en ella y en su vientre mineral
como una plaza grande y porticada
el corazón mismísimo del tiempo
por su estigma de brote, insensatez
de azafrán o de especias amarillas
con que inventar el júbilo y el sol.

(de Atavío y puñal, Zaragoza, Olifante, 2012)

*

Con un rotulador de punta verde
que derrama su menta y su espesura
bajo la estricta ley de los fluidos
(la presión hidrostática, el coraje),
la mujer pinta un prado y saltamontes
sobre su calva blanca y aterida.
Escribe insectos grandes, cariñosos
y hormigas diminutas que se duermen
en hojas encendidas de verdor
como si fueran formas de metal
que brillan en silencio en la madera.
Sobre su cráneo blanco y aterido
escribe la canción de las termitas
cuando mascan el tiempo y los tablones,
una constelación de escarabajos
que inventaron el cuerpo mineral,
orugas luminosas y valientes
que rompen la crisálida y no lloran,
esta suerte de nuevo nacimiento
en las briznas minúsculas de hierba
que arrasan la ceniza y su matriz.
En su cabeza blanca y aterida
que perdió los cabellos, los aplomos,
las hojas más oscuras de los pastos,
la mujer atenúa los venenos
y pinta una pradera accidentada
en la que hay hormigueros, piedrecitas
y un cubo de cemento y de ladrillo
que produce energía nuclear.
Contra ella se han escrito los insectos.
La tinta florecida en color verde
empobrece el uranio y su dolor.

(de Atavío y puñal, Zaragoza, Olifante, 2012)

*

Lanzar contra la luz todos los peces
y evitar que las redes los atrapen,
que los muerda el anzuelo con su boca
curvada en la violencia de morir.
Desanudar la asfixia, trabazón,
bocanada de anhídrido y espinas
en que se hunden la angustia y los tacones
cuando el jueves se cierra, abochornado,
sobre su propia lista de imposibles.

Lanzarlos como quien avienta lana,
como quien suelta el trigo tras la trilla
o la harina blanquísima en el pan,
para que permanezcan en su vuelo
igual que permanece en la memoria
del agua cada fibra de la luz.
Para que se detenga su caída
contra el asfalto sucio, contra el miedo
metálico que exudan los arpones.
Para que permanezca en cada letra
el copo diminuto de almidón
como quietud de aquello que se mueve,
pez que se escurre raudo entre las manos
y nada en la canción de las agallas.

con Eugenio Montejo

(de Fiebre y compasión de los metales, Madrid, Vaso Roto, 2016)