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ROWENA HILL: POESÍA ACTUAL DE VENEZUELA

ROWENA HILL (Cardiff, Gales, 1938). Poeta y traductora venezolana de origen británico, radicada en Venezuela desde 1975. Desempeñó por largo tiempo la cátedra de Literatura Inglesa en la Universidad de

Gladys Mendía 4 años ago 69
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ROWENA HILL (Cardiff, Gales, 1938). Poeta y traductora venezolana de origen británico, radicada en Venezuela desde 1975. Desempeñó por largo tiempo la cátedra de Literatura Inglesa en la Universidad de Los Andes, en Mérida, hasta jubilarse en 1998. Ha publicado los poemarios Celebraciones (1981), Ida y vuelta (1987), Legado de sombras (1997), Desmembramiento (2002), Últimos ritos (2006), Planta baja del cerebro (2011), No es tarde para alabar (2012), Marea tardía (2019) y El matrimonio de Lobo y Nave (El Taller Blanco Ediciones, 2019). Entre sus traducciones al inglés destacan Perfiles de la noche/Profiles of Night (2006), una muestra de la poesía de mujeres en Venezuela, Selected Poems/Poemas selectos, de Rafael Cadenas (2009), y Blind Plain, de Igor Barreto (2018).

Un poema de El matrimonio de Lobo y Nave:

LOS HIJOS

Llegan a su término desconocido,
la perra primero, el cachorro sale fácilmente
de pelo liso como ella
con los ojos de medianoche de Lobo.
Para Nave es dolor puro
mientras los huesos tanto tiempo comprimidos
en la máquina de volar se esfuerzan
para abrirle paso a su hijo.
Grita cuando sale precipitado
y pierde conciencia.
La perra se asegura que el niño
respira libremente y atiende a Nave
temiendo perderla
empujándola suavemente hacia la vida
y lentamente vuelve en sí
voltea la cabeza hacia el niño
criatura nueva y singular
peluda y fuerte
con manos y pies humanos
y la cara de sabueso sabio.
La mira y sonríe.

La perra tiene leche para dos,
nunca faltan ratones y hojas.
Los niños crecen demasiado rápidamente
para las madres contentas,
retozando y peleando entre
la barrera de robots y la cueva.
Pronto descubren su propio lenguaje
y sus juegos se convierten en tácticas,
se adentran más lejos en la jungla
de maquinas descompuestas,
traen de vuelta piezas y construyen castillos
vehículos maniquíes,
estudian cómo hacerles moverse
hablar y recordar.
Con muchas inquietudes Nave
les muestra todo lo que sabe.

Una de las cajas de los chicos
comienza a transmitir noticias
de lo que sucede en el mundo fuera
de su recinto remoto:

dos canales, uno de anuncios
a voz en grito para el pueblo:
“escasez de raciones
necesario comer menos
el trabajo debe seguir”

  • “el trabajo sin sentido,” dice Nave,
    “construyendo máquinas no viables
    para que se queden quietos” –

“se está buscando una solución
la obediencia es el camino”.

El otro canal es animado,
voces que murmuran se regodean
a veces tiemblan ansiosas
todos entorno al mismo tema:

“Las naves están casi listas
una reparación menor a un cohete
y estaremos idos
más allá de la galaxia;”

“el gas espera
en puntos estratégicos,
no dejaremos testigos”.

Finalmente las órdenes:
“oigan ciudadanos
mañana será un nuevo comienzo
quédense quietos en sus casas
les será llevado el alimento”.

“¿No hay nada que podamos hacer?”
preguntan los niños y Nave contesta
“Nada, ahora nada.
Sólo esperemos nos proteja la distancia.”

El ruido les alcanza,
un estruendo y un relampagueo alto
desde la ciudad de Nave, la más cercana.
Tres rayas ardientes cruzan el cielo
ascendiendo raudas por la atmósfera.

“Usaron los propulsores de los cohetes
para encender el gas,” dice Nave
y siente nauseas imaginando
el holocausto en sus calles.
“Esto es el fin.”

“No es el fin. ¿Para qué estamos nosotros?”
protesta su hijo.

“¿Para qué están?”
Que él mismo lo diga.

“Para asegurar que la vida siga
y la luz vuelva a habitarla,
para que la tierra sea de nuevo su hogar.
Los tiranos se han ido,
las ciudades muertas se están purgando
pero hay gente fuera de aquí
otros como nosotros
otros oasis.
Tenemos que prepararnos para encontrarlos.”

Ahora no están jugando los cachorros.
Juntos ordenan sus conocimientos
de códigos y estructuras cibernéticas,
luego olvidan las máquinas.
Sus estudios se enfocan en ellos mismos.

Tienen sentidos sin trabas,
ojos que ven la más mínima mota
de polvo o brote de hoja,
además de las distancias
del espacio donde los cohetes defectuosos
pierden las escamas y se desintegran
y del tiempo, penetrando su propio nacimiento
y los úteros carnosos
hasta el despertar de sus ancestros.
Desde la esfera del padre
irrumpe una corriente de luz
primordial, la acogen
estremecidos.

“Su padre pensó que iban a volar,”
dice Nave expectante.

“Por supuesto que sí,” contestan.
“Tenemos que reanimar un planeta.
No nos puede faltar velocidad.”

Aprenden a usar la respiración
para levitar, mandar calor
para incubar los brotes de alas.

Algún día lo lograrán.
Algún día un muchacho y su perro
por tierra o por el aire dejarán
el cementerio de propósitos desgastados
y encararán su destino.