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CONVERSACIÓN CON JESÚS MONTOYA

JESÚS MONTOYA (Mérida, Venezuela, 1993). Licenciado en Letras mención Lengua y Literatura Hispanoamericana y Venezolana por la Universidad de Los Andes. Ha publicado Las noches de mis años (Monte Ávila

Gladys Mendía 4 años ago 84
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JESÚS MONTOYA (Mérida, Venezuela, 1993). Licenciado en Letras mención Lengua y Literatura Hispanoamericana y Venezolana por la Universidad de Los Andes. Ha publicado Las noches de mis años (Monte Ávila Editores, 2016, Premio de Obras para Autores Inéditos), y Hay un sitio detrás de los incendios (Valparaíso Ediciones, 2017, I Premio Hispanoamericano de Poesía “Francisco Ruiz Udiel”). Su libro Rua São Paulo fue merecedor del II Premio Franco-Venezolano a la Joven Vocación Literaria. Actualmente cursa una maestría en Estudios Literarios en la Universidad Federal de São Carlos en Brasil.

Por Gladys Mendía
enero 2020

GM: Jesús, recuerdo el año 2013, cuando por recomendación de Héctor Hernández me preguntaste la posibilidad de publicar en Chile. Conversamos y te propuse la plaquette. Terminé haciendo la colección de plaquettes de Poesía Naciente Venezolana, en sus tres vertientes: Ojos de Videotape, Anhedonia y Al final de este viaje, donde están varios de tus contemporáneos gracias al enlace que realizaste. Cuéntanos de esa época, de tu escritura. Incluso tenías en ese momento varios premios literarios.

JM: Para mí fue de suma importancia esta publicación y estoy seguro que también lo fue para los primeros que salimos en tus plaquettes. Antes de que esto aconteciera había tenido en mis manos dos antologías que fueron editadas por LP5, las cuales aún atesoro. Recuerdo mi emoción al ver la idea del proyecto, que consistía en la posibilidad de imprimir desde cualquier parte los plaquettes ya maquetados. Específicamente los nuestros, Ojos de videotape, comprendían los nombres de Oriana Echávez, Fernando Vanegas, Josué Calderón, Daniel Arella y mi persona. Ese año, Fernando y yo imprimimos varios de estos plaquettes y los llevamos al segundo Festival de Poesía de Maracaibo, los repartimos gratis y durante esos días Miguel Marcotrigiano escribió un texto al respecto que presentó en el Festival. Fueron impresiones en papel simple, hechas en casa; a los textos, como cierre, les anexamos un pequeño dibujo de Miguel Devia, un artista visual de Mérida. A la gente le gustó mucho. Creo que esa autogestión y de alguna manera legitimación que se presentaba foránea y cercana (Chile – Venezuela), en un soporte que llegaba a ser una muestra nada pretenciosa de una parte de nuestros trabajos, era importante para todos nosotros, que no habíamos publicado nada en físico. La verdad, ese fue el embrión de mi primer libro, Las noches de mis años, que luego publicaría Monte Ávila en el año 2016. Esta colección de Poesía Naciente Venezolana de LP5 tuvo nombres como Oriette D’Angelo y José Manuel López –o como Cristina Gutiérrez Leal, más recientemente–, quienes publicaron también sus primeros libros luego de aparecer en Ojos de Videotape o en Anhedonia, así que considero que es un trabajo de archivo de voces que estaban siendo completamente iniciales dentro de la poesía venezolana. De hecho, el texto que integra El loco de Ejido de Daniel Arella es, a mi modo de ver, una poética de experiencia de lo que desarrolla como proyecto en su libro Anatomía del grito, que fue premiado en Colombia, un par de años después.   

GM: Sí, recuerdo el feliz encuentro con sus poéticas, hacer la selección, y cuando me contaste sobre la presentación de las plaquettes en el Festival de Poesía de Maracaibo, me causó muchísima alegría. La emoción de ustedes al poder visibilizar su trabajo, cuántos momentos inolvidables. Todos y todas con inmenso talento y tan jóvenes. Sigamos con la conversa, profundizando en tu escritura, allí encontramos intensidad de sentimientos, están la familia, los amigos, los lugares de la infancia. Háblanos de tu búsqueda en la poesía.

JM: De hace algún tiempo me he preguntado sobre ciertas reiteraciones que funcionan como un marco de referencialidad específico en mi trabajo. En un principio, fue una manera de crear una materialidad con algo que veía desaparecer, y que ya venía desde San Cristóbal, Mérida y mi infancia, un lar andino, acaso, que fue desfigurado. Podría decir que La infancia no es el nombre, libro que escribí en 2015 y que será publicado este año por la editorial Urutau en Brasil, contiene parte de ese río, ese autobús en el que el viaje, el tránsito y el movimiento desembocan en la imagen del padre, la ciudad, la montaña, las avenidas, como si la secuencia de la nominación rindiera cuentas a un ejercicio biográfico que está cortado, a su vez, por la imaginación. No sabría definir muy bien tal cosa. Lo que sí creo, es que este libro abre un lugar en mi escritura que va unido con Hay un sitio detrás de los incendios, y que se termina de dislocar con las imposibilidades de habla de una lengua-língua en Rua São Paulo. Pero en todo ese espacio, donde la infancia, la adolescencia y el fin de una frontera abren una lengua, estoy viendo cada día desaparecer más el yo, como si el cambio de registro verbal potenciara la absolución de mí mismo para entrar solo en el lenguaje.  

GM: Sí, es muy intersante todo tu proceso, el tránsito físico y mental abre nuevas formas de expresión en tu poética, además de la inclusión de la lengua portuguesa en tu día a día. Hace un tiempo vives en Brasil. ¿Cómo tomaste la decisión?, ¿cómo te sientes allí? 

JM: En un mes cumpliré dos años de haber llegado a Brasil. Vine a cursar la maestría en Estudios Literarios de la Universidad Federal de São Carlos, en el interior de São Paulo. São Carlos es una ciudad estudiantil, por lo que desde un principio me trajo grandes reminiscencias con Mérida. Fue un proceso de adaptación llegar. Cuando me vine de Venezuela crucé el país por carretera desde San Cristóbal hasta Santa Elena de Uairén​, un recorrido de punta a punta, en el cual vi muchas cosas y me pasaron otras tantas que no merecen la pena ser recordadas. Carreteras sin nadie, alcabalas atracadoras, ciudades vaciándose, pero también la inmensidad de un paisaje que acaso me recordaba que la luz ha de volver a donde siempre ha estado. Al llegar, mi mayor dificultad fue la lengua. No sabía decir nada en portugués, y entrar directamente a las clases de la maestría representó un inmenso reto que luego fue aligerándose. Aquí en Brasil he pasado una época de mi vida que jamás olvidaré. He conocido personas extraordinarias, de todo tipo, que me han llenado de perspectivas completamente desconocidas para mí sobre la vida, la lejanía y la esperanza.

GM: Brasil es otro planeta, de lo amplio y vasto, tanto en territorio como en cultura; increíble que ya tengas dos años allá, además tiene una tradición literaria grandiosa. ¿Puedes hablarnos de tus afinidades poéticas brasileñas?

JM: Tuve dos cursos con los que aprendí muchísimo, además de lo que por mi cuenta he podido leer e investigar. El primero fue con el profesor Julio Bastoni, sobre literatura brasileña y clases populares, donde pude conocer obras por las que pasaban los sujetos subalternos dentro de la historia de la literatura brasileña. Atesoré conocer textos como los de João Antônio, Carolina Maria de Jesus, o Ferréz, quien en su propuesta mezcla literatura con rap. El segundo curso fue sobre poesía brasileña contemporánea, dictado por el profesor Julio Mendonça, allí me marcaron las lecturas de poetas como Ricardo Aleixo y Josely Vianna Baptista. En lo personal, me interesan poetas actuales como Angélica Freitas y Marília Garcia. También podría anexar la poesía de Roberto Piva, Wilson Alves-Bezerra, Wilson Bueno y Douglas Diegues, estos tres últimos por sus experimentos con el portuñol. Y, bueno, claro que hay una tradición que viene desde antes donde incluiría nombres como Drummond de Andrade, cuya sonoridad me sorprende más cada día, Cecília Meireles, los hermanos Campos, en fin… Lo interesante, para mí, es observar las posibilidades del poema. Verlo vacilar en los recovecos de una lengua como el portugués me ha dado otras ideas, y ellas están relacionadas con la traducción, a la cual cada día me acerco más como una transparencia creativa.

GM: Inagotable tradición literaria brasileña, mucha agua de la que beber. En cuanto a tus proyectos editoriales, hace unos años iniciaste junto a otres compañeres la revista Insilio. Cuéntanos de ese proyecto.

JM: A decir verdad, la revista fue idea de Paola Nava. Fue su trabajo especial de grado para formarse como periodista en la Universidad Rafael Urdaneta en Maracaibo. Claro que, como en ese tiempo yo viajaba mucho para allá, tuvimos algunos diálogos al respecto, y luego de ese primer número, pensamos que sería interesante darle continuidad al proyecto, por lo que yo me sumé como editor en el segundo número. Igualmente, creo que Insilio fue un trabajo colectivo de amigos, y no solo lo digo en el ámbito literario, sino también en la identidad visual, pienso en los aportes de Pedro Medina, de Raily Yance, de Juan Pablo Garza, de José Miguel del Pozo, personas con las que fuimos creando lazos entre los Andes y Maracaibo. Inicialmente, pensábamos en mostrar esa literatura que aún estaba escondida en el interior del país. El primer número, que de alguna manera busca generar una semejanza con un lago marabino en una suerte de orden matemático, tenía ensayos, cuentos y poesía, en tanto que el segundo, que funge como una cuadrícula para ser descifrada, la cual otorga un carácter más objetual a los textos, fue solo de poesía. La revista, en sí misma, siempre fue imaginada por Paola en esa orientación: crear un objeto de articulaciones diversas. En ese segundo número decidimos presentar un pequeño archivo de ciertas voces de la poesía venezolana algo desaparecidas que fueran atravesadas por otras más jóvenes, como también por poetas contemporáneos. Nos gustaba quebrar una posible jerarquización, dando un plano de tiempos desdoblados. En lo personal, puedo decir que Insilio como proyecto –al menos en este segundo número y en el tercero que aún está por publicarse en Chile– le debe mucho a revistas como El Salmón y Poesía. Hay autores incluidos en estas páginas como Carolina Lozada, Rafael José Muñoz, Paola Valencia, Freddy Yance, Víctor Manuel Pinto, entre otros. Nuestro proyecto es de naturaleza plural, en su interior contenido y forma representan algo, enuncian desde una hebra particular. Aquello que en el 2017, por ejemplo, estando dentro del país observábamos, se hacía parte de esas cuadrículas con valores aparentemente recónditos. El número no era, ni es, solo un signo. El nombre que instaura la propuesta, me parece, genera mucha tela para cortar, puesto que el concepto de insilio puede ser manejado desde distintos puntos de vista. Creo que al final ambos números presentan una narrativa secreta en sus textos conjugada con esparcimientos visuales, y que allí, justamente, es donde puede intentar esclarecerse un poco el significado de esta palabra.     

GM: Muchas gracias Jesús por tu tiempo, que sé, es escaso debido a tus estudios. Y que siga la poesía.


Puedes leer aquí Las noches de mis años de Jesús Montoya, plaquette publicada hace siete años por LP5 Editora:

https://lp5editora.blogspot.com/2013/09/version-para-blog-las-noches-de-mis.html