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MARCEL KEMADJOU: Poesía Actual de Camerún

  MARCEL KEMADJOU (1970, Douala, Camerún). Es mercero de profesión;  Coordinador de la asociación Libro Abierto y del festival Internacional de Poesía 3V, desde 2007 reúne anualmente a poetas, artistas

Gladys Mendía 5 años ago 40
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MARCEL KEMADJOU (1970, Douala, Camerún). Es mercero de profesión;  Coordinador de la asociación Libro Abierto y del festival Internacional de Poesía 3V, desde 2007 reúne anualmente a poetas, artistas visuales y músicos sobre un mismo escenario de encuentros e intercambios. Habla y escribe el Medumba, el francés, el inglés y el español. Igualmente ejerce como traductor literario. Publicó varios libros de poesía, tanto individualmente como en antologías. También es cronista y participó en numerosos festivales en África y América Latina.

Traducción al castellano por el autor

 

Diez palabras para cantar los orígenes

1

He aquí lo que decía el padre, el padre del padre, el padre del padre del padre… He aquí lo que cantaba la madre: Antepasado, Antepasado, Supremo, ¡oh!  Supremo. Supremo Antepasado que respira del otro lado como la fuente que alimenta el arroyo… Supremo Antepasado, soy el final de la bola de hilo que tú tienes en la mano y que la espuma del destino desenrolla a través de los mundos. Soy esa gota de agua extraviada en la arena pero que nunca se separará de la inmensidad. Camino adelante y mis pasos describen una rueda que  se tornará hasta ti, oh Supremo Antepasado ya que eres tú quien vendrás a besarme, abrasarme y absorberme cuando los vientos de las reflexiones dejarán de agitar el mar de mis saludos consagrados, cuando tu sal habrá terminado de corroer el peso de mis naufragios, cuando la gota de luz que tú me dejaste en herencia será feliz de apagarse en ti.

 

 

2

He aquí lo que recita la boca de la eternidad, he aquí la palabra que los oídos del tiempo transmitieron hasta el poeta; hasta su corazón lleno de esperas: el gran árbol detiene el viento, las nubes se alzan sobre la copa de la montaña, la flor invita al sol en su corte delicado, la llama de la noche mordisquea la oscuridad, la estrella le repite a la noche las melodías que acarician a la luz… el hombre solo camina con la cabeza caída, él solo amarra sus ojos a las hojas muertas que ensucian el suelo de la fraternidad, él solo tiene miedo de reconocerse en la mirada del próximo… en vez de eso trabaja, gana su vida y olvida el escuchar la voz amiga que arrulla con el viento, se desmaya en el brote bienaventurado del origen antes de ser llevado por el río que moja los pies del poeta.

 

 

3

He aquí el momento de aceptar la ofrenda de la fuente. Es feliz de brotar al canto de la codorniz. La hierba muerta acepta la inmovilización de los pasos en un susurro monótono. Las ramas del árbol están cargadas de agua que baja para regar los rostros del rocío.

Y el poeta llega en el centro del bosque sagrado. Hay un árbol. Un árbol que el cielo pide prestado para descender sobre la tierra; un árbol del que la tierra se sirve para lanzarse sobre la cama del cielo. El poeta ofrece el aceite que lubrica a los mundos y les permite bailar, él ofrece el vino que abre los ojos que se encuentran detrás la cabeza y se entera de que la fuente es la puerta que se vincula entre los dos mundos.

La mañana abre el ojo congelado por los ritos. Una puerta se abrió por donde el sol se ofrecía a la tierra y el poeta no puede impedirse el ofrecer a su vez su primera sonrisa a cambio del rayo de alegría que su corazón acaba de aclamar.

Queda recorrer el valle de dioses, el jugar donde las mariposas robaron a las flores los secretos de su belleza para empapar sus alas. El agua desciende de la montaña con murmullos graciosos. La fuente es la mensajera de los silencios que se hacen palabra, la mensajera de las palabras mudas que se hacen canto.

 

 

4

 

Como un alumno que levanta el dedo para pedir la palabra al maestro, también el mar lanzó una ola hacia las alturas para indicar que desea tomar la palabra. Y por ello dice: soy este instrumento de música sin forma solamente como la luna, la madre de los meses del año, que juega a su conveniencia. El día me calentó para concederme… El que yo también tengo mis amores.

La marea es la portadora del correo que deposita en el buzón de la playa todas mis cartas de amor. La misma marea me informa de los cumplidos de la playa… Las impresiones de los caminantes y nadadores, los cantos de los pescadores que reparan sus redes, las desesperaciones de los corazones que vienen a confiar sus miserias al horizonte, los cansancios de las piedras que riego, los rostros felices de los mal encarados, las ofrendas de las manos que frotan las puertas del más allá, son tantas las frases de gratitud que no estaré nunca cansado de leer.

 

 

5

 

La nube se sienta sobre la montaña; el trono de la montaña es el valle…

El  hombre está sentado dentro de la casa… El poeta, está parado; sus nalgas descansan en la nube y su cabeza indaga los lejanos fuegos. Aprendió a escribir con sus pies, a decir con su corazón y siempre se ha ido a la conquista de esa belleza envuelta en el polvo milenario que lo llama por el  nombre que la Palabra sopló en el seno de su madre mucho tiempo antes de su nacimiento. Lo que dice el poeta no se aprende calentando las nalgas sobre los bancos de escuela, lo que sabe no pertenece a ningún libro ya que cada cosa habla de sus sueños y vienen a él pasando  por los caminos de su mirada. Él no nació el día de su nacimiento. Ha nacido el día en que supo que la vida es el canto de las diferencias que bailan juntas en la plaza de los encuentros.

El aquí, el que se va siempre, valeroso poeta. Se va como el arroyo que podemos desviar pero que nada puede detenerlo… Viene antes del tiempo y todo es para él un pretexto para parir la belleza. Cada pelotilla de caca lanzada sobre su cara por los intestinos de la prueba y la calumnia son abonos para su pensamiento y semilla para su corazón fértil. Está siempre de pie; aunque duerma  permanecerá de pie más allá de la tumba, como la montaña que acoge a la nube.

 

 

6

 

“He aquí mi saludo”, afirma el poeta. Y he aquí el canto del gallo que lo acompaña. He aquí el himno del pájaro que lo tiene guardado en lo más profundo del pecho… El himno que lo lleva aun más lejos, sobre las alas de las cuatro direcciones.

En la estación, el poeta está sentado sobre el bolso que contiene lo necesario para poder cruzar la vida sin el tumulto de la preocupación. Saluda a todos los que pasan y que como él tienen la forma de una botella llena que se desplaza. Los dedos de su mano izquierda son demasiado numerosos para decir el número de personas que responden a su  saludo. Quizás el poeta no es más que una escultura colocada allí para dar alegría a las paredes poco atractivas de la estación. Una de esas botellas humanas se detiene repentinamente cerca de él. Contento se dice  que  lo confundieron con un mendigo (lo que podría considerarse un honor). ¡Pero qué decepción! Esa botella humana observa el afiche publicitario que está sobre la cabeza del poeta y se desmaya como el gas de una flatulencia.

 

 

7

 

Acabamos de decir que la muerte salió de un pozo sin agua para entrar en la casa. ¡Goddy! ¡Goddy Leye!  Hemos recordado que a la muerte también le gustan las bellas flores y que eligió arrancarle a la amistad uno de sus elementos más preciosos, su corazón grande como la tierra. ¡Goddy! ¡Goddy Leye!

Es con las lágrimas que se describen estos dolores de parto por lo que acabo de escuchar. Es con los gritos silenciosos que destrozan mi pecho vomitando estas palabras sobre una hoja blanca como la túnica con que visten a los muertos. ¿Si el amigo había sido una montaña habría podido cerrar la vía a esa cosa? ¿Si había sido polvo habría podido tapar esa cosa?’ ¿Si había sido cuerda habría podido colgar esa cosa… lo que él llama muerte y que ha venido a la casa para robarle la mano de la amistad?

“Un día mataré a la muerte”, decía el niño que creía que la muerte vivía en la gran sabana y que bastaba con ser un debutante cazador para ir a su encuentro. Acabamos de dar la fecha del día en que los comedores de cadáveres irán a depositar el cuerpo en la herrería del tiempo.

El amigo está sordo del dolor. “¿Cómo morimos?” “pedía el mismo niño.” “¿Cómo el mes que muere en este momento, vuelve de nuevo el año siguiente?” “¿Qué voy a decirte, niño?” ¡Ven! Alejémonos de esta noche atormentada por el dolor y las preguntas. Vayamos a visitar al sol que acaba de salir de la noche ya que la muerte, al igual que todas las fuentes, es una puerta.

 

 

8

 

Esperaba desde el día anterior al que no vino…

El poeta igualmente estaba en la plaza del barrio y también esperó en vano. Un gran pedazo de pena hizo caer su corazón hasta sus pies, su cuerpo impedido por esa carga se arrastró hasta su casa. Olvidando los cantos, los rezos, las danzas que avivaron a la asamblea transportaron las miradas más allá de las palabras y sueños.

El poeta está sentado delante de su casilla y no oye todos esos ruidos de la noche que le recuerda a los muertos que no están solos y cuenta a los vivos la historia de los mundos. La luna era tan grande y tan majestuosa que parecía flotar entre mis ojos y el cielo carente de estrellas. Los perros que ladraban parecían hacerle confidencias, el viento pesado y lento se deslizaba sobre la piel en pasos. Aquella a la que el poeta y la asamblea esperaban nunca llegó.

Y de súbito…

El poeta había abandonado su cuerpo sobre una silla y, con sus ojos fijos, se dejaba ir al olvido de todo.

Y  de súbito…

El pecho del poeta se abrió como una casa sacerdotal que debe acoger huéspedes de marca. Y aquel que todo el mundo esperaba entró. No tenía cuerpo, él era de fuego ardiente que disipa la noche, él era el canto que alimenta la vida, él era silencio intraducible.

 

 

9

 

Una puerta se abrió y el poeta no vio nada. ¿Una vieja puerta? Quizás… El poeta la oyó resonar al fondo de la noche; en alguna parte en medio de la noche; en el granero o en el techo… quizá incluso más allá de las cortinas que separan lo que los ojos pueden atrapar y lo que ni siquiera logran sospechar…

El poeta oyó el ruido de una llama encendida sin la ayuda de una mano. Esta llama había venido a abrirle los ojos para que vea; para que distinga los colores del aire que inspira y expira, para que oiga los cantos de las palabras que corren hacia él descifrando los símbolos y comprendiendo que la frase enérgica está lista.

Parece que es la puerta del tiempo… el tiempo, ese viejo amigo fiel y eterno del poeta; ese amigo que lo acompaña por todas partes y que él muestra cómo mantiene la pipa de todas las meditaciones en la esquina de los labios, cómo se hunde en su brasa bienaventurada, cómo pasea su atención en el valle de las edades y en los bordes de la montaña un momento antes de abrir la boca para decir con felicidad que los cantos nunca fueron entendidos antes de esta hora.

 

 

10

 

El niño llora, el poeta rehace las cunas.

El pájaro se posa, la palabra se dibuja sobre la arena caliente de dolores masticados desde hace muchos años. Es necesario quitar este suelo árido para ir a donde la alegría florece y se cosechan abundantes frutas llenas de los olores del maravilloso paraíso.

El pájaro vuela, el niño mira delante de él, el poeta duerme con los ojos abiertos.

El día dice, repite a las nubes que traten de robarle a la tierra sus etéreos placeres que… que la belleza es la madre de la palabra y el avenir de los cantos guisados en los sillones del dolor.

He aquí el pájaro. Se convirtió en un punto negro que baila en el lejano campo de mi mirada y que comparte con el horizonte la ligereza de las palabras que desvanecen la respiración y que ahora son las llamas del poeta que cocina la vida en el fuego del amor y la da a las manos siempre entusiastas del niño que no deja de jugar los juegos que lo divierten de día y de noche.