
Sobre El azul de las cosas de Diana Daza
Por Alejandro Cortés González
Entre cuadros de colores y días grises, entre notas de hombres perdidos y cartas a mujeres asombrosas, o, como lo dice la autora, entre la niebla y el abismo; allí es donde se mueve El azul de las cosas de Diana Carolina Daza, un libro de pluralidad poética que establece la sonoridad unívoca de su voz. Este azul, abarca la corriente habitual de la poeta, como la madre y los amigos idos, se extiende por los cuadros de El Bosco, Pollock, Van Gogh, y alcanza a llegar a una serie de poemas epistolares en prosa dirigidos a Diane Arbus, Edith Piaf, Alejandra Pizarnik, entre otras. El azul de las cosas teje un tenue entramado a través de diferentes estancias de la palabra, donde Diana Carolina Daza, con un lenguaje depurado y certero, expone un recorrido de iluminaciones a través de la pintura, el diario vivir y el homenaje epistolar, mostrándonos esta gran galería con tres salas distintas, en las que sobresalen las múltiples gamas de azules que los días y la memoria, ponen en cada una de las imágenes. Gustave Flaubert dijo alguna vez que su mayor intención con Madame Bovary era representar el color amarillo. Uno de los libros más importantes del modernismo hispanoamericano también está marcado por un color: Azul de Rubén Darío, el cual comienza con un epígrafe de Víctor Hugo “El arte es el azul”. Rojo y negro de Stendhal representa las contradicciones sociales de la época postnapoleónica, donde el pueblo se debatía entre el rojo (uniforme del ejército) y el negro (vestidura de los sacerdotes). Diana Carolina Daza, como traductora de la plasticidad de la palabra y en la palabra, ha seguido esta cadena cromática literaria y ahora nos expone la coloración de las cosas, que no se quieren olvidar.
Alejandro Cortés González
Frente a un cuadro de Pollock
Vivimos con rabia
apretando los puños y los dientes
esperando la llamada que nos salve
del disparo en el espejo
el abrazo
que soporte una cabeza a punto de explotar.
Compramos libros
vamos al cine
visitamos museos, restaurantes
ciudades y cuerpos
buscando que algo bello nos sorprenda.
Vivimos entre la niebla y el abismo
vemos pasar navidades, cumpleaños
temblores y conciertos.
Gritamos
porque estamos cansados
pero seguimos
comprando sombreros y máscaras
emborrachándonos hasta perder el control.
Regresamos del naufragio
para intentar terminar un cuadro
que al final,
quedará colgado junto a Modigliani y el Bosco
en la memoria de quienes nos amaron.
Si frente a ese cuadro
algo les conmueve
entonces valió la pena
cerrar los ojos
y saltar.
En la cama con Van Gogh
A León F.
Cuando Van Gogh está en mi cama
el ruido de las luces
se hace tan pequeño
que entra en una cajita de música
que solo se vuelve a abrir al despedirnos
El humo de su pipa
dibuja ventanas en mi cuerpo
veo salir de ellas
esquilas de soles muertos
y viejos relojes detenidos en la culpa.
Su escarcha de girasol
santifica las mañanas
yo la mastico
hasta volverla palabra
y así poder dar a luz
en un poema de amor
un agujero blanco
que se trague el dolor
de todos los amantes del mundo.
Revelaciones al cerrar la puerta
Ahora que los dibujos de los niños
son cometas que abrazan
pienso en el peso de la noche,
si estuvieras aquí
esperándome
con tu pijama de superhéroe
para hablar de cosas imposibles.
Si al dormirte
me robara tu olor a aserrín de lápiz
y jabón de almendra.
Si excavaras mi mochila buscando dulces
si cantáramos en la ducha
si al cruzar la plaza Bolívar
me preguntaras por la enfermedad de las palomas
y por qué el niño del noticiero
se quedó dormido en la orilla del mar.
No sé si tendré respuestas,
si cargaré tu risa
calmaré tu rabia
o simplemente
nos encontremos en un sueño
para jugar a las escondidas
donde nunca me encuentres
y yo te olvide.
Inventario de la infancia
A Jennifer Guzmán Daza
Recojamos las risas olvidadas en el tendedero
esquivemos los murciélagos y la misa del domingo
mientras vemos crecer tus hijos
y buscamos los míos
entre las frutas mordidas por los pájaros.
Rompe la casa de las muñecas
vigila mi primer beso
encendamos el radio del kiosco
y bailemos hasta que mueran las chicharras.
Soldadita de plomo bañada en orquídeas,
hermana mía
si mi nombre tropieza con la eternidad
antes que el tuyo
despliega estás páginas
y ahí estaré,
con la mano extendida
esperándote a la salida del colegio
para atravesar el pueblo
hasta llegar a salvo a casa.
Avistamiento
Los rostros que aquí ríen en esta foto amarilla
con un fondo de olas borroso y una roca borrosa
¿A dónde están riendo ahora – Si todavía se ríen?
Ernesto Cardenal
He encontrado a mi madre entre una bandada
de pájaros azules.
Las heridas del último agosto se hicieron terciopelo.
Volaba en círculos sobre la casa
festejando el amanecer infinito de fulgor y trigo
rumor de una nueva vida.
Ahora habita el azul de las cosas:
los lirios de agua
la armadura de los peces
las lanas que trenzan las olas del mar
el fuego que enciendo en las mañanas
mientras saludo una fotografía
donde sonreímos
condenadas a la felicidad en un abrazo.
Rilke
Tenías razón, para el amor y la poesía siempre seremos jóvenes. Los amantes aún son esa ola que golpea, moja y sacude para después lanzarnos a la orilla como un zapato que pierde su par en el viaje.
La soledad es la misma, lo dijo Julio: −somos Islas, estamos solos−; lo dijo Paba: −tu casa será la soledad, allí aprenderás a amar−; lo dice el tiempo, lo dice la casa de los abuelos.
Somos hijos del abandono, abrazamos cuerpos para luego abrazar la nada. Volvemos a los amantes como a los libros, buscando un poco de libertad o infierno. Amor y poesía, jaula y conjuro, esa pregunta que nos invita a saltar siempre al vacío.
Diane Arbus
He venido a hablarte de la admiración que sentí al entrar en el cuarto oscuro donde revelaste la belleza de los desterrados del sol, y termino entregándote el retrato de una mujer mutilada por su propia mano. No me lo estás preguntando, nadie lo pregunta, pero este estado de infertilidad en las palabras es miserable.
Sin que mis páginas florezcan, insisto en escribir, pero solo una pesada capa de musgo, que cambia de verde a gris, de gris a negro, se extiende sobre ellas. Mis palabras no han alcanzado a ser más que leña verde, fetos de pájaros y tigres y cometas sumergidos en frascos con formol, puestos sobre la repisa de los intentos fallidos.
Alejandra
El hastío por un padre, una madre y una hermana, condenados a los buenos modales. Sartre y las anfetaminas. Sasha, Flora, Buma, Blumita o Blímile, o todas juntas desangrándose en las páginas. Una cajetilla tras otra consumida a escondidas. Olga, Liz, Julio y Bretón. El reposo en un pecho de cuarenta, el deseo ausente en una boca de veinte, el amor como náufrago, la soledad como gobierno.
Alejandra, tu nombre ensordece, puedes estar tranquila, dejaste de ser esa pregunta tartamuda, rebotando en un abismo.
Dacia Maraini
Tus noches de fin de año llegaron como el verbo que conjugaba el tiempo en el que viajábamos en casa. Fue difícil escapar de ese cuadro que pintabas con tus palabras. Ese espacio blanco cubierto de agua rota y cuellos torcidos.
Llegaste con tus noches de fin de año y tu dragón de oro, para recordarnos que estos últimos días han sido un largo y sostenido gemido de dolor. La música de mi madre y su cáncer, con su colección de cajas de hidromorfona y dextrosa. Ella que ya no habla, no se mueve, no mira con amor.
Mi madre, esa herida en la que todos hemos ido cayendo.