
Ngodjo Abata Laroche es un joven camerunés, apasionado de poesía. Sus poemas han sido publicados en revistas culturales tales como Writers Space Africa, Dmeilleurs “nouveaux” poètes africains 2023, Lepan Poetry, Lp5. Está cursando estudios de Máster en Traducción (ASTI) en la Universidad de Buea.
En una aldea pequeña, llena de plantas y árboles de todo tipo, vive un pueblo. En esta aldea, la mayor actividad es la agricultura, sin olvidar la pesca y la ganadería. Mane bola, así se llama este pueblo de la región del centro de Camerún.
Las chozas allí no son alejadas, son cercanas para reforzar los lazos de fraternidad. Sobre su silla, el abuelo contempla la naturaleza, ve esta mezcla de colores, los sonidos de las aves que se entrecruzan para cubrir el pueblo de belleza. Los niños están jugando en el patio, saltando y moviendo el polvo asustando así a los gallitos que buscan algo de comer.
El viejo Peyo con su sabiduría domina la cultura del pueblo. Es un viudo que tiene solo un niñito, en quien ha puesto toda su esperanza. Él le ha enseñado el arte de la agricultura. Ya viejito, solo observa y aconseja a su hijo Belinga.
Después de tantos años mezclando escuela y tareas del campo, Belinga acaba de aprobar su bachillerato. En la aldeita no hay universidades, solo escuelas primarias y secundarias. Tras la alegría, Peyo piensa como enviar a su hijo a la ciudad para proseguir con sus estudios.
Son las vacaciones, es el periodo de cosecha y limpieza de las fincas. Cada mañana, Belinga se va a la finca con su machete bien afilado, trabaja con pausa afín de descansar. Él tiene que limpiar toda la finca y echar los productos sobre las hojas de cacao para combatir los insectos que destruyen la verdura de las hojas. Al acabar con esta tarea, él pone unas trampas para animales y regresa a casa.
Una tarde, su amiguito Cesar le comenta que hay cosecha de cacahuetes en el campo de Ma’a Pauline. En el pueblo, hay una fuerte solidaridad entre los miembros de Mane bola, esta solidaridad puede verse ayudando su vecino en sus tareas campestres a cambio del agradecimiento (puede ser el reparto de su cosecha con los ayudantes). Se llama esta ayuda en tuki, una lengua del pueblo del Mbam- Et- Kim, el Dumusi.
El día está tímido y recibe unos rayitos del sol para alegrarlo.
–Buenos días, César.
–Muy buenos días, Belinga, ¿Te cazaron en tu casa?
–No.
–Son ya las ocho de la mañana y sigues durmiendo. ¿A qué hora iremos para la cosecha de cacahuetes?
–Dame unos minutos, lavo mis dientes y me pongo el vestido de campo, César habla con los ojos nublados.
Tras unos minutos, ya están en el campo de Ma’a Pauline. Hay muchos ruidos, las voces de los campesinos se mezclan a la de las aves. Como suele ocurrir en el Dumusi , hay comida y bebida para todos. El trabajo ya había empezado. Entre risas y bebida de chapalo (vino de palma), la gente trabaja rápidamente.
–César, no has empezado a trabajar, ¿por qué estás sudando?
–No hay árboles aquí para protegerse del sol, él está matándome.
–No puedes culpar al sol. Todo esto es por nuestra culpa. Nuestros antepasados vivían con este sol teniendo árboles por todas partes para protegerles. Con el paso del tiempo, hemos cortado los árboles, causando el cambio climático.
–Tienes razón. Tenemos que cambiar este comportamiento, plantando más árboles.
Ma’a Pauline queriendo que su trabajo se acaba cuanto antes, interrumpió la charla de los amigos, diciéndoles que hay cacahuetes que cosechar, es mejor hablar trabajando.
Al cabo de unas horas, el trabajo estaba terminado. Ma’a Pauline tenía treinta bolsas de cacahuetes. Repartió una bolsa a todo el mundo y el Dumusi acabó con la comida de un plato tradicional, el kpem (hojas de yuca preparadas con pasta de cacahuetes) con cuscús. La alegría se leía en los labios de todos.
Un nuevo día se abre en Mane bola. Después del canto del gallo, el pueblo se vacía porque cada persona se va a su campo. Hay una buena relación entre el hombre y la naturaleza allí; cada campesino cuida las plantas de su finca. Los rayos del sol lucían en la cara del día, las mariposas abundaban en el pueblo. Se dice en este pueblo que las mariposas anuncian la visita de un extranjero. A las doce, este presagio se confirmó en el palacio real. El rey acababa de recibir una noticia, él tenía que enviar un representante del pueblo para competir en la carrera de la esperanza del Monte Camerún.
El rey organiza una reunión en el palacio real con sus consejeros. Todo el mundo coincide en enviar a Belinga para representar el pueblo, como es el mejor deportista de la comarca.
Tras meses de preparación, estamos en febrero y Belinga tiene que ir a representar el pueblo en la carrera de la esperanza.
–Yo, el rey de Mane bola, con los poderes de nuestros antepasados, te bendigo. Esperamos el primer premio para honrar a nuestro pueblo.
–¡Gracias, su majestad! Me esforzaré para conseguirlo.
Belinga deja su pueblo para ir a Buea. Siempre silencioso, sentado dentro del autobús rumbo a Buea, él observa. Generalmente, hay vendedores que entran para hacer la promoción de sus productos y venderlos a bajo precio según ellos. Como ya estamos yendo a Buea, una ciudad del Suroeste de Camerún donde se habla inglés, lo mismo pasa en el Noroeste. El vendedor habla en pidgin.
–I salut my people, my name na Ashu. I di came with very good things them for wuna. I di sell fertilizer, very cheap. With this fertilizer, only the smell di do all job. There thi sellam for ten thousand, but I go leavam for one thousand for wuna. Who wantam?
Unas personas lo compraron y él se fue con sus bolsillos repletos.
A lo largo del viaje, Belinga leía los carteles. Sobre los carteles se prentaban los nombres de las ciudades que atravesaban, Mbankomo, Édea, Douala, Tiko, Likumba, Muntengene, Miles 16, por citar solo algunos. Llegado en Buea, se nota un cambio de clima, el frío envuelve la ciudad. El autobús deja los pasajeros en Miles 17, cada uno toma el taxi para ir en el lugar reservado por el comité organizador.
El día abre sus pétalos en Buea, todos los deportistas están listos para correr, una ida y vuelta sobre el Monte Camerún. Antes del inicio de la carrera de la esperanza, se invita a un rey de la región del Suroeste para dar las reglas que respetar en este monte sagrado para el pueblo Bakweri.
–Buenos días a todos y bienvenidos en Buea, tierra de hospitalidad. Antes de emprender la carrera sobre este Monte o carro de los dioses, os tengo que contar las historias que nuestro pueblo mantiene con este Monte. Empiezo por Ephasa Moto, el rey de la montaña, medio humano y medio tierra. Antes de cada evento de la carrera de la esperanza del Monte Camerún, hacemos unos sacrificios a nuestros dioses para que todo salga bien (en el pasado, se lo hacía con Albinos, pero no es el caso hoy). Ephasa Moto nos protege de todo. Nadie tiene que volver con las frutas del Monte, la persona que se atreviera no podrá acordarse del camino de regreso y se perderá. ¡Feliz suerte a todos!
Todos los deportistas aplaudieron para el rey.
Cada febrero nos alegramos al celebrar la carrera de la esperanza. Con esto, se ve la buena relación que mantiene el hombre bakweri con su entorno. Al cabo de la carrera, el vencedor fue el mismo del año anterior, un digno camerunés oriundo del Suroeste. Belinga no alcanzó su objetivo, pero tuvo la tercera posición. Él regresó en su pueblo teniendo en la mente incentivar a sus compatriotas reforzar sus lazos con la naturaleza, como lo hacen los Bakweri con el Monte Camerún y su dios Ephasa Moto.
En Mane bola, Belinga fue acogido con alegría a pesar de que no fue el ganador. Fue su primera participación y el pueblo no fue demasiado exigente con él. Tras contar su estancia en Buea, aprovechó la ocasión para incentivar a los pueblerinos a proteger la naturaleza, no dañarla, sino cuidar nuestra Madre naturaleza. Con todo esto, cambió la idea del jefe de dar la tierra a los extranjeros para explotar abusivamente los bosques y crear una empresa allí a cambio de mucho dinero para el jefe.
Baobab
Recto y difundiendo sabiduría
En el centro del pueblo
Así estaba
Cobijando años de sabiduría
Descansaban sobre sus ramitas
Unos ingenieros de la música
Tejiendo cada día
Estos cantos que alegran
Lamentamos sobre su tronco hoy
La ida de este baobab de la sabiduría
Llevado en el más allá por el hombre
Se fue toda una biblioteca
Dejando un vacío en el pueblo
Pájaro
Cada día cantaba
Se alegraba el día de su canto
Se complacían las verdes hierbas
Acogiéndolo con placer en el África en miniatura
Llevaba el viento esta magia sinfónica
Esparciendo su perfume
Dando vida al mundo
Hoy se escribe su ausencia
El día pierde su brillantez
Se esfumó la canción
Apagado por el hombre
Solo recordamos los ecos de su sinfonía
Terremoto
Quería escuchar a esta ave
Quería escuchar a esta naturaleza
Quería escuchar a este hombre naturaleza
Sentado frente a ellos
Para oír su llanto
Para oír su grito asesino
Están mudos
No puedo escuchar la música de su voz
Lo quemó todo
El calor humano
Quemó la Madre naturaleza
Haciendo bailar con sonrisa el incendio
Arde el planeta hoy
Quién lo apagará
Vuela a otro nido la fauna
Tiembla la tierra
Matando a los ancestros
Tambaleando el equilibrio del mundo
Siembra el caos
El hombre naturaleza
Urge actuar
Actuar con otra historia
Para poblar de nuevo el planeta