
Cristina Gálvez Martos (Caracas, Venezuela, 1987). Licenciada en Letras por la UCV. Realizó estudios en gestión cultural en Fundación Itaú (Montevideo, Uruguay). En 2017 obtuvo una mención honorífica en el Concurso Internacional de Poesía Castello di Duino. Ha publicado: Psicopompa (Monte Ávila Editores, 2015; Premio para Autores Inéditos año 2013); Bicorne (Casa de las Letras Andrés Bello, 2016); Fauna de Cal (Casa de los Escritores del Uruguay, 2020; premio de poesía Saúl Ibargoyén), Diario del Eclipse (plaquette digital, Petalurgia, 2022), El corazón del mar se iba tras de mí (Ediciones Dospájaros, 2023), Hermana amarga (LP5, 2024), Animal más oscuro (Fundarte, 2025). Su poemario Padre, tengo miedo y espero el alba (Fundación Editorial Tuqueue) está próximo a publicarse.
Cuatro fragmentos de la memoria natural
Joseph
Joseph, vamos adonde los árboles oscuros. Hace poco anocheció, aún queda un rastro de la tarde en el cielo. Poco a poco irán saliendo las aves blancas, silenciosas al principio, de alas largas. Irán planeando, dibujando círculos, espirales, mandalas sobre nosotros. Comenzará su silbido casi cruel, una aguja sutil que coserá mi memoria; su murmullo de fantasmas, su letanía. Soy pequeña, miro hacia arriba sentada sobre tus hombros, sobre tu figura larga. Las alas blancas pasan rozando mi pelo. Hay un equilibrio delicado, fácil de romper, en este ritual mágico. La risa tintinea, metálica, junto al silbido de las aves, entre el sigilo de las estrellas.
Diluvio
Abrías los ojos y no encontrabas el usual resplandor, sino una mañana gris, mucho más silenciosa, sin sonidos de pájaros o gente. Todos estarían resguardados. Entonces, los ruidos y hasta el olor de la casa tenían mayor presencia. Mi abuela preparaba café dulce y pan tostado con queso de untar, y una nube de aromas nos atraía hacia ella, aún somnolientos. Los primos desayunábamos callados y afuera se caía el mundo, entre una cortina de agua, rayos y relámpagos que se volcaban sobre el mar.
A veces el estruendo era tanto que mi abuela, fóbica de las tormentas, se metía en un closet y solo entreabría la puerta para pedir que le pasáramos un vaso de agua con azúcar.
La mayor aventura era lograr salir de casa, llegar a la playa, transfigurada por la tormenta y, dejando resbalar los miles de consejos de los adultos, meterse al mar. Entregarse al agua que te mecía y al agua que caía del cielo.
No se entendía el peligro ante algo tan maravilloso. Renacidos de la furia natural, éramos puros.
El reino vegetal
En la época en que florecen los flamboyanes, la placita se alfombraba de rojo intenso por los pétalos caídos. En uno de los bancos —creo que era color turquesa—, dos niñas jugaban a “la guerra”. Las armas eran las más delicadas. Aquellos capullos verdes que caían sin haber abierto, guardaban en su interior una serie de pistilos, cada uno con su correspondiente grano de polen. Cada niña tomaba una de estas varitas vegetales: los granos de polen se enganchaban entre sí y tirábamos suavemente, hasta “descabezar” al pistilo adversario. Perdía la primera en quedarse sin armas.
Luego estaban esas otras mínimas flores rojas. Antes de abrir eran un botón cerrado y, al apretarlas cerca de la oreja, el aire comprimido generaba una pequeña explosión.
Y las trompetas anaranjadas. Sacábamos con cuidado la parte de atrás, que se llevaba consigo el delgado pistilo central de la flor. Por ahí succionábamos el néctar dulcísimo, alimento del pájaro o el insecto.
Los arbustos de guanábana guardaban los frutos escondidos entre sus hojas. La cuestión era esperar a que crecieran lo suficiente; pero, casi siempre, alguien se adelantaba a tomar la fruta y encontrabas aquel nicho ya vacío.
Las cayenas, abiertas a más no poder. Las intensas trinitarias moradas del muro que llevaba a la casa de Pablo, y solo de verlas me daba nervios. Las otras trinitarias, color vino. El reino vegetal, el más dulce y silencioso. Cada planta o árbol se inscribió en mí como un pensamiento.
El Abuelo
No es una flor temblorosa
Soy yo
Soy una criatura de hace 50.000 años
Soy el espíritu llamado el Dios Iguana
(Kazuko Shiraishi)
Fui a buscar al Abuelo Iguana, de buche caído, piel escamada y largos dedos terminados en garras; al que muchas veces vi, durante mi infancia, inmóvil sobre un árbol; o navegando en la profundidad de las aguas.
Allí, hacia el lado donde están las hojas de palmeras, por el suelo, se encuentran sus hijos y nietos. Apresurados, salen de sus escondites y escapan, subiendo por los troncos de los árboles, mientras balancean sus cuerpos delgados y verdes en exceso.
Piso con cuidado por el terreno baldío. Nada se oye al principio. Luego, algo se desliza entre las hojas secas: es él. Está disgustado conmigo y con mi especie, me mira severamente, con su cresta intimidante y su enorme papada que cuelga.
Contempló el nacimiento del Nuevo Mundo. Sabe de dolores y ternuras, de la interminable cadena de partos. De nuestros éxodos y lazos perdidos.
En el vértice de su ojo hay una galaxia madre; rotaciones, traslaciones, a la vez quietud. Adentro de mí hay un nido tierno, mamífero.
Parece un fósil antiguo, es más fuerte que yo, tiene el poder de no conmoverse. Durante un rato, mantenemos fija la mirada. Él continúa con parsimonia su camino, sigue de largo y me deja atrás.