
Me porté como el ajo = Me porté bien + me relajo.
Gótico tropical
de Maria Dayana Fraile.
Por Maori Pérez.
El diagnóstico de neurodivergencia es, casi siempre, la manera en que nuestros padres nos recuerdan que ellos también esperarían ser servidos y perdonados.
Con mi madre como testigo, tocaya de la autora, la presente crítica utilizará el método de una novela ajena al crítico y a la criticada. Es de pésimo gusto hablar de otro texto, para partir hablando aquí de este compilado de cuentos de Maria Dayana, y ante todo parto por disculparme. Es de pésimo gusto, pero antes hay que partir por reconocer que lo que ha hecho ella es un muy buen libro, envidiable de bueno, y que, por ende, el autor de su crítica reconoce inmediatamente que se le escapa completamente cómo se hace para escribir un libro tan bueno, y, por lo tanto, escribe, y suscribe, como el mal escritor que es, el que tendría mal gusto, entre otras aberraciones, pese a ello, siendo el lugar desde el que admira la obra de Dayana. El texto por donde debo partir a describir mi experiencia de lectura, y acercarme con la suficiente modestia a Gótico tropical, pertenece a Alejandro Zambra, y su aproximación al fenómeno creativo consiste, brevemente, en narrar las circunstancias que provocaron la escritura de Bonsai. A continuación, narraré las circunstancias que me llevaron a escribir esta crítica.
Como he mencionado Bonsai, nada más resumiré mi biografía al respecto. A Alejandro Zambra lo conozco casi tanto como se conoce a cualquier persona: en su ficción, y en su realidad, con los fragmentos o regalos que el azar ha decidido darme. Casi del mismo modo en que Bonsai fue creada, podría decirse. Una anécdota breve (la del amor, según él), donde al final ella muere, y eso era todo; quizás, me atrevo a sugerir, lo opuesto de Gótico tropical. En ambos casos, sin embargo, ficción y realidad se entre-mezclan, a una distancia, y resulta tentador hacer lo mismo. Sin dar mayores respuestas, pues Zambra meramente ha reconocido haber estudiado el arte y la ciencia del bonsai, en sus entrevistas, y cómo sufrió muchas críticas negativas, luego se enoja por tener que explicar: ¿qué voy a hacer? ¿Decir que no, que la novela era buena? Otra vez, de alguna manera, lo opuesto de esta lectura, que fue ir de más a menos, con agradecimiento profundo, como quien aprende a esforzarse y luego a descansar. Aunque puedan parecer lo mismo.
Cabría agregar, vuelvo a decirlo, «en pequeño», mi resumen de la biblioteca de Dayana. ¿La hemeroteca?
Este es el primero de los libros de Maria Dayana Fraile que leo. Me fue recomendado, con algunas señas bibliográficas, en parte de la autora (menciona a Guattari, ¿a Houellebecq?), y biográficas, de quien me mandó a leerla. En principio dudé, ya que se me la planteaba como víctima, perdida en la descripción, y si era un libro que iba a odiar, no buscaba en lo más mínimo fingir que era una cosa maravillosa; no porque no fuera un esfuerzo válido, que en mi caso los ha habido, sino porque simplemente me parecía más incómodo de lo que estoy dispuesto a tolerar en tanto el umbral de dolor que acostumbro hoy en día. Cabría agradecer, nuevamente, la introducción de ese modo, porque, efectivamente, es un libro que parte por resultar incómodo (aterrador, diría), de la forma más poderosa y delirante, para luego dejarnos donde merecemos, ya que lo intentamos y logramos. Luego tuve que buscar el resto de su obra, pero eso es el final, y no hablaremos de eso todavía.
Desearía mencionar que, aparte del método dispuesto al comienzo de este paseo, no he ambicionado trabajar lo que escribo, y que suscribo, más allá de la ducha fría que me di antes de depositarlo aquí. Cuando me di esa ducha, el texto terminó, y aunque no tenía idea, o mayor idea, o idea anticipable, de cómo iba a salir, una vez que me lavé los dientes, el plan detrás del paseo había terminado, y a partir de entonces lo que comenzaba a plantearse, era escribir. Lo ofrezco a los ojos del lector, en vista de que el libro es muy bueno, y me habría encantado ser tan bueno y planear muchísimo esta crítica, pero también en consonancia con la aspiración, humilde, de darme el gusto de escribirla, y escribirla sólo hasta entonces. Tampoco se debe confundir lo excelente con lo perfecto: lo perfecto, a partir del final, aburre, mientras la excelencia puede obsesionar. Ejemplo, definido originalmente por Cortázar, donde se unen Zambra y Fraile: ambos elijen dejar ir, y yo quedaría solo. Decido no estarlo, si bien el trío nos parecería extraño a los tres, tradicionales en tantos ámbitos.
El primer cuento, cuyo título he decidido omitir, abre pues, con soberana rabia. Esa es mi lectura, y me tomo ese derecho, aunque otras lecturas y críticos puedan señalar, objetivamente, que de rabia no tiene nada. Veo allí una bestia, atemorizada y atemorizante, frágil y destructiva, que ha decidido presentar su estructura entera, hasta el límite en que ya no vale seguirse repitiendo. Durante la experiencia de él, me ha parecido que el cuento iba a transformarse en una novela, cuestión de la que el relato reniega con sabiduría, e inspiración. Ya que es breve, aprovecha de decirlo todo. Si escribir esto fuera un trabajo (trabajoso), diría que en esta primera instancia vemos un despliegue del temario de lo que albergará el conjunto: la locura, internarse, la amistad. El amor. Decido no hacerlo, y describir meramente que yo no haré spoilers. Todavía.
Aunque también puedo terminar eligiendo, consciente o inconscientemente, que cualquier gesto de biología, ya sea el autor de esta crítica, nacido, ya sea las páginas escritas, por alguien, son perfectos como lo que ha escrito Maria Dayana Fraile, y así saltarme soberanamente lo que iba a hacer. Ayudado por la destreza escritural de ella, y excusado, ya que la mía es nula. Pero perfectos, claro. La excelencia como forma de compasión.
¿Es dios parte de ese temario? Sin duda. Con una aproximación propia de quien, además de lector ha sido enfermado, y así describe su deambular sociopolítico. En un momento del compilado la narradora recibe un consejo de su psiquiatra, «haz todo menos unirte a los cientologistas», poco después de señalar, cuantas veces fuera necesario, durante el primer cuento, que una secta es una secta y no otra cosa. Extraterrestres, uno importante. El amor de casados, el lesbianismo erótico-tanático. Se discute, ¿cierto?, la teleserie de los políticos de Venezuela y Estados Unidos, en un momento álgido de esa coyuntura, cinco de Enero de dos mil veintiséis, con Maduro a la cabeza (raptada); pero también en uno y varios instantes de Dayana, quien no parece temer a los límites de la cordura, y, sin embargo, nos ofrece la realidad de la que es capaz la literatura y la poesía sobre todo. Inmortales, todos ellos. Y, esperamos, Maria también.

Maori Pérez nació el 21 de Diciembre de 1986 en Santiago de Chile. Ha publicado libros de cuentos, novelas y poesía, entre los que destacan Diagonales, y Química y Nicotina (en co-autoría con María José Viera-Gallo), ha sido antologado en Argentina y México, y fue premiado el 2003 en el premio de cuento y poesía Enrique Lihn de UDP. Además de escritor es profesor de inglés de UMCE, traductor inglés-español, músico, dibujante, copero-aseador y evaluador de proyectos.