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Conversa con Isabel Teresa García

La entrevista que sigue se inscribe en este cruce: el de la poeta que traduce y de la traductora que no renuncia a su voz propia. A propósito de Un rastro de luz (LP5 Editora, 2025), conversamos sobre el azar y el arrobamiento que presiden el encuentro con una autora, sobre la frontera —si la hay— entre escribir y reescribir, sobre la experiencia de los premios y residencias que han marcado su trayectoria, y sobre la dimensión curatorial que entraña seleccionar y ordenar una antología para nuevxs lectorxs. En diálogo con la tradición venezolana y desde Suiza, Isabel Teresa García piensa la traducción como una práctica de escucha radical y como un modo de poner en relación orillas literarias que rara vez se tocan.

Gladys Mendía 11 meses ago 66
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La entrevista que sigue se inscribe en este cruce: el de la poeta que traduce y de la traductora que no renuncia a su voz propia. A propósito de Un rastro de luz (LP5 Editora, 2025), conversamos sobre el azar y el arrobamiento que presiden el encuentro con una autora, sobre la frontera —si la hay— entre escribir y reescribir, sobre la experiencia de los premios y residencias que han marcado su trayectoria, y sobre la dimensión curatorial que entraña seleccionar y ordenar una antología para nuevxs lectorxs. En diálogo con la tradición venezolana y desde Suiza, Isabel Teresa García piensa la traducción como una práctica de escucha radical y como un modo de poner en relación orillas literarias que rara vez se tocan.

ENTREVISTA A ISABEL TERESA GARCÍA
Por Gladys Mendía

  1. GM Tu trayectoria como traductora abarca autores tan diversos como Saint-Exupéry, Guglielminetti y Donata Berra. ¿Qué tipo de afinidad buscas —o reconoces— cuando decides traducir una obra poética? ¿Qué te condujo, en particular, hacia la voz de Donata Berra?

Tantas veces no soy yo quien busca a los autores, sino que son ellos los que me buscan a mí. Y hay mucho de azar en esos encuentros. En el caso de Saint-Exupéry, fue el editor y escritor Rodrigo Blanco quien me encargó la traducción de Tierra de los hombres, pero el autor francés fue siempre una figura recurrente en las conversaciones sobre literatura que tenía con mis padres.
A Guglielminetti la descubrí investigando sobre otras autoras italianas de principios del siglo XX y me pareció un hallazgo increíble, puesto que no había sido traducida al español y, además, escondía en la aparente simplicidad de las cosas cotidianas los grandes conflictos internos del ser humano, como hicieron James Joyce y Virginia Woolf por esos mismos años (en algunos casos, después de Guglielminetti).
Donata Berra llegó a mí como un regalo, porque uno de los poemas que había que traducir en el Premio de Traducción «M’illumino d’immenso» del año 2022 era de ella. Recuerdo que «Di notte, nel bosco» me impresionó por su ritmo, sus imágenes, su tono, su léxico exquisito. Ya antes de ganar el premio, me había enamorado de la poesía de Donata y había empezado a gestar el proyecto de traducirla. Según el teórico T. R. Steiner, «la traducción empieza con el arrobamiento» y me parece que describe exactamente lo que ocurre en el alma del traductor cuando decide apostar —porque el azar no termina en ese primer encuentro— por un autor extranjero.
Si hay alguna afinidad entre los autores que he decidido traducir, es la calidad literaria de su obra y su capacidad de inducirme a la perplejidad. Donata Berra, definitivamente, supera estas expectativas.

  1. GM En tu comentario a Un rastro de luz mencionas que para ti la traducción fue un ejercicio musical, casi más auditivo que semántico. ¿Cómo se afina ese oído traductor? ¿Qué lugar tiene la oralidad en tu forma de leer y trasladar un poema de una lengua a otra?

Entramos en un tema de debate porque hay quien no cree en ese oído traductor. Yo, sí. Es el mismo oído escritor y ambos se desarrollan leyendo, leyendo mucho en la propia lengua y en lenguas extranjeras si se tiene esa posibilidad. Además, la lectura en voz alta —cercana, si se quiere, al canto— es necesaria. Esto es clave al trasladar un poema de una lengua a otra, porque es en la voz donde notamos muy claramente la cadencia, la entonación, y la combinación y la disposición de los sonidos de las palabras.
La metodología y la técnica son importantes, pero no sirven de nada si no se tiene esa sensibilidad especial que está más relacionada con el arte que con otra cosa. ¿Qué distingue a Jesús Soto, por ejemplo? ¿Que sabía de técnicas o que hacía arte? ¿Y qué distingue a Sánchez Peláez? ¿Qué conocía bien su lengua madre o que hacía poesía? ¿Qué distingue a un buen traductor?
Y me atrevo a decir que no hay que limitarse a la experiencia lectora en sí, el traductor —y el escritor— debe dejarse tocar por las otras artes: la música, la pintura, la escultura, la arquitectura, el cine, la danza… Tales acercamientos crean resonancias en nosotros, toda forma creativa nos ayuda a afinar la sensibilidad y, por ende, el oído traductor.
Finalmente, también es necesario traducir mucho, claro. En ese sentido, me parece esencial participar en talleres y concursos de traducción literaria. Más allá de ofrecer oportunidades de publicación o de ganar premios, son excelentes medios para practicar, aprender de otros colegas y darle visibilidad al oficio.

  1. GM En tu experiencia como poeta y como traductora, ¿dónde crees que se sitúa la frontera —si es que existe— entre escribir poesía propia y reescribir poesía ajena? ¿La traducción ha transformado tu voz poética?

La traducción es (re)escritura y un traductor es un autor —y viceversa—, pero la tarea de cada uno difiere, fundamentalmente, en el origen de la obra. Un escritor —ya lo decía Octavio Paz— interpreta la realidad que le rodea y la convierte en palabras; o sea, la traduce a su lengua madre. Un traductor traslada ese texto a otra lengua. Ambos interpretan, ambos requieren de creatividad, ambos escriben; pero el primero parte de la realidad y el segundo parte de un texto escrito.
Sabemos bien que todo lo que lee un autor influye, de algún modo, en su escritura. Como la traducción es, también, una forma de lectura muy profunda, seguramente, ritmos, sonidos, imaginarios y vocablos extranjeros han teñido mi voz poética. Me sucede, por ejemplo, que descubro palabras en español porque las leí primero en otro idioma. Luego, me sorprendo escribiéndolas en mis poemas. No lo hago adrede; las palabras me encuentran a mí, como en el caso de los autores que traduzco. Es probable que lo mismo ocurra con otros elementos, pero no me he puesto a estudiar este fenómeno en mi escritura.

  1. GM Has sido reconocida por importantes premios internacionales de traducción y has vivido experiencias como la residencia en la Casa de Traductores Looren. ¿Qué has descubierto en esos espacios de inmersión colectiva? ¿Cómo dialogan tu identidad venezolana y tu residencia suiza con tu práctica traductora y literaria?

Los premios de traducción «M’illumino d’immenso» (Ciudad de México), Aquelarre Ediciones (Veracruz) y Le mille e una lingua (Basilea) me han dado la oportunidad de conocer colegas, de participar en eventos nacionales e internacionales relacionados con la traducción literaria, de desarrollar proyectos y de promover mi trabajo. Más allá de intentar ganar un reconocimiento, concursar en esos premios es fundamental como ejercicio individual y como medio para darle visibilidad al oficio del traductor literario. Detrás de esos concursos están personas que de verdad creen en la importancia de la traducción y que se esfuerzan mucho para difundir y defender el trabajo del gremio.
Puedo decir lo mismo de la residencia en la Casa de Traductores Looren, donde conocí en persona a Donata Berra, por cierto. Fue un espacio de intercambio de visiones y de aprendizaje en un contexto ideal para un traductor: entre culturas, entre lenguas, entre libros, en espacios adecuados para el trabajo intelectual. Esa estancia se proyectó luego en forma de amistades, colaboraciones, talleres experimentales, recitales… Ha devenido en una red muy sustanciosa.
Para una venezolana que vive en Suiza, esas expansiones han sido clave; sobre todo, porque, a diferencia de otros colegas, yo no pertenezco ninguna institución académica que respalde mis actividades o las propicie. Suiza es un país plurilingüe, pero mi lengua madre no se habla aquí; por lo tanto, no se traduce al español. Sin embargo, gracias a las secciones dedicadas a América Latina de la Casa de Traductores Looren y Pro Helvetia Swiss Arts Council (una fundación suiza que financia propuestas creativas), he podido conjugar mi país de residencia con mi profesión y mi lengua. Es una fortuna dentro de una situación que parece poco favorable para un hispanohablante.
También, las redes sociales y la internet ayudan mucho. Mantengo contacto con traductores —y sus asociaciones—, editores y escritores en España, México, Colombia, Argentina, Venezuela, Chile e, incluso, en Brasil. De ahí salen proyectos que tienen que ver con la literatura o la traducción literaria en mi lengua madre.
Por otro lado, poco a poco, se ha ido abriendo para mí la posibilidad de escribir y traducir en italiano, mi segunda lengua y uno de los idiomas oficiales suizos.

  1. GM En tu labor con la obra de Donata Berra hay una evidente búsqueda de fidelidad rítmica, pero también un gesto interpretativo, casi curatorial, al seleccionar y ordenar los poemas de la antología. ¿Cómo concebiste esa estructura de lectura para Un rastro de luz? ¿Qué poética del recorrido quisiste construir para los lectores en español?

Cuando se trata de poesía, no creo en fórmulas o métodos rígidos, sino que me dejo llevar mucho por mi intuición. Tanto al seleccionar los textos para el libro como al ordenarlos, asumí una postura creativa.
Para lo primero, me pregunté qué imágenes, a mi parecer, se acercaban al bagaje literario y cultural venezolano. (Claro que esa es una pregunta ideal y que la reflexión que provocó estuvo sujeta a mi experiencia individual como lectora venezolana). Entonces, seleccioné los poemas que hablaban del mar, del río, de la ciudad, de la memoria y la nostalgia, de la flora, del amor en sus distintas formas. En los versos de Donata descubrí, también, un sentido del humor un tanto burlesco que no está lejos de una cierta actitud muy venezolana.
En cuanto al orden, me aparté de la cronología y quise tratar el poemario como una obra nueva con sus momentos de tensión y distensión bien hilados, con una continuidad perceptible entre un título y otro. Entonces, pensé en las muñecas rusas o las cajas chinas —una técnica milenaria y muy conocida— y, por eso, en Un rastro de luz, un poema descubre al siguiente a través de sus imágenes.

Con esta publicación en LP5, la poesía de Berra se incorpora a un entramado más amplio de relaciones entre lenguas y territorios: Italia, Suiza, Venezuela y América Latina dialogan aquí a través de la escucha paciente de una traductora que entiende la página como espacio de tránsito. La entrevista quiere dejar constancia de ese gesto: el de una poeta que, al traducir, ensancha también los límites de su propia escritura y nos recuerda que todo poema —propio o ajeno— es siempre, en última instancia, una forma de hospitalidad.