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Un ensayo de Claudia Sierich: Esplendor del exceso. Un protocolo a la deriva

Traducción y poesía obedecen a impulsos cercanos: la atención y el reconocimiento de lo Otro, su minucioso y amante registro, la reflexión que ello origina y genera, el traslado perenne de huellas, el seguir resonando, en correspondencia.

Gladys Mendía 1 año ago 215
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Esplendor del exceso. Un protocolo a la deriva

infini-limité, est-ce toi?
Blanchot, L´écriture du desastre

¿Qué es una teoría?
Un escenario iluminado.
Un espectáculo. Pura poesía.

por las voces, su caricia

Quizá comience por ahí. Soy toda oído: murmullos, alguna esquina locuaz poblada de idiomas desconocidos, el rumor del silencio que precede a un concierto: todo parece decir(me) algo. Intento aproximarme a este íntimo viaje que ahora toca compartir. Un viaje singular entre lenguas quiero ofrecer, y el regocijo secreto hallado en la in/finita travesía; las migraciones que preceden y suceden a la vida en el ‘paraíso’ de una identidad cultural alcanzada, de Heimat empalabrada; hablar también de la expulsión de tal lugar-refugio íntimamente pertinente, de la alteración procurada por lo Otro y de que esta errancia cierta comienza por el sonido. Intento aproximarme de forma fragmentaria y tal vez impertinente. Lo haré sin linde ni senda determinantes para abordar algo tal vez inabarcable, inabarcable de forma definitiva, como son inagotables la lengua, la memoria y el sueño.


¿Quién escucha el callado hablar que ondula entre lenguas? ¿Quién dice y qué? τι εςτι es la milenaria pregunta que indetenible circula en Occidente: ¿qué es? Necesitamos entender. Y esto no es otra cosa que: necesitamos crear y compartir.


Los viajes trasatlánticos, por vez primera a los siete años cuando viajé sola para visitar a mi abuela materna en el Bosque de Odín, me sacaron de Caracas, mi ciudad natal, mi ciudad umbral, a otro mundo. Jugaron un papel importante, tal como la circunstancia de crecer expuesta a dos idiomas y culturas al mismo tiempo, que a la vez rozan y contienen varios idiomas y culturas más, entre las que no he dejado de oscilar desde entonces. A partir de aquellas primeras vacaciones de verano de ultramar llevaba diarios. Fue cuando me di cuenta, que siempre estaba de ultramar, del lado que fuere. Conservo el primero de hacia 1970: mi padre nos proveía de pequeñas libretas de tapa dura y papel biblia con canto dorado; allí la niña anotaba asuntos de gran importancia, así parece, con tinta china que se traspasaba al otro lado del papel, con grandes letras, muchas veces invertidas, por ser zurda. Escribir diarios y cartas, para así atraer una suerte de eternidad y compartirla. Los asuntos observados reclamaban ser cuidados y admirados: exigían su traducción, ser transportados en palabras que a veces requerían ser combinadas de forma extraña, descomunal, atenta, en una u otra lengua, o mezclándolas ‒no a falta de vocabulario‒, para ajustarse a lo aprehendido y así preservarlos de algún modo en el tiempo, aunque fuera trastocados en anotaciones ilegibles. Traducía –descifraba, intentaba comprender procesando sensorial y verbalmente– antes de saber a ciencia cierta lo que hacía.


Traducción y poesía obedecen a impulsos cercanos: la atención y el reconocimiento de lo Otro, su minucioso y amante registro, la reflexión que ello origina y genera, el traslado perenne de huellas, el seguir resonando, en correspondencia.


Recuerdo mi primer contacto con un ‘verdadero’ poema. Se dio en alemán y asociado a música. Aun no iba a la escuela. Fue escuchando Lieder eines fahrenden Gesellen de Gustav Mahler cantados por Dietrich Fischer-Dieskau. Mi madre había inundado toda Sebucán con aquella música, yo venía subiendo del jardín. Acurrucada tras un sillón de la sala, entre espantada y hechizada, deseé que aquello no cesara y recuerdo las palabras, la impecable dicción y la voz del cantante, recuerdo vívidamente la conmoción que me produjo el evento. Inmóvil hasta que no terminara de cantar Ich hab ein glühend Messer y Wenn mein Schatz Hochzeit macht, se juntaron bajo el tajo del ardiente cuchillo y el amor aplazado una debilidad intrínseca por las voces, por lo que dicen o no terminan de decir, la caricia de lo delicado, el golpe de lo inapresable: entré en contacto con el antiguo sueño del conjuro del amor y la belleza. Poco tiempo después leería “Cuentos grotescos” de J.R. Pocaterra que, por contraste, dejó igualmente huella indeleble. Entretanto había comenzado a explorar flora y fauna del caraqueño Parque Los Chorros (su biblioteca húmeda y cerrada), distinguir el canto del cristofué, de la paraulata, la guacharaca y el gavilán que visitaban el jardín de Sebucán; caminado el río Salmerón y atravesado el país hacia el Táchira de la mano de mi padre; y de la mano de mi abuela, cucuruteado el centroeuropeo bosque Odenwald o paseado algunas calles de Hamburgo y sus acentos. Confluían en mi fuero interior paisajes, sonidos, olores, palabras, formas de expresión y de sentir tan divergentes como indispensables para estarme, pertenecer. Las hojas de las palmeras de Oricao suenan al viento y bajo la lluvia ¡tan distinto! a las de un bosque de hayas sobre las colinas del río Neckar. Las distingo perfectamente, solo de oídas. ¿Cómo explicar lo que esto significa en el devenir de un alma empalabrada, de una vida divergente a la vez que de particularísima coherencia? En todo caso, tomó rumbo a la interpretación, la traducción, al crear poético, destinada a prestar atención como estaba, a entregarse a la resonancia con lo Otro, a la correspondencia con el Otro. Una vida que también obró bastante sobre lo efímero, perfecta diseminación, pues el viento y el tiempo se llevan los montones de palabras entretanto interpretadas en un ir y venir cultural y político, cuando no calan en el momento y corazón justo para resistir y multiplicar los sentidos trasvasados en las conferencias y posteriormente en la escritura. El interés por las lenguas y los lenguajes y, por tanto, por el ejercicio de la traducción, brota y se hace lugar mucho antes de que decidiera ejercer el oficio; ha brindado, desde un preciso ‘imposible de lugar’, un rico lugar de difícil ubicación o fijación: este interés radical, esta necesidad, dicha y angustia por querer (dar a) entender, evidentemente atizadas por el vaivén de lenguas también me ha colocado en un modo poético bien antes de acercarme más formalmente a la poesía.


Abundan el casi, el como si, el quizá y el mientras. Tierra de ángeles y bestias arrojan preguntas: son ricas las zonas fronterizas, y promisiorias. En la escritura y el viaje, en la traducción e interpretación de conferencias, en el poema, desplazo y soy desplazada, de/formo y soy de/formada, mudo y me mudo. Mirar de lejos o de cerca desde una lengua, cultura o geografía hacia otra, cruzar fronteras, tratar de llegar, altera. Fronteras que se corren como las cortinas en la brisa que se cuela por la ventana abierta en la que ahora mismo veo y no veo el viejo castaño de mi extrañamiento berlinés. Y entonces tal vez vuelva a pensarlo todo.


Los idiomas, sus gramáticas, nos dictan determinadas visiones del mundo. Implican aprender a movernos en terrenos inestables marcados por ausencias de sentido. ¿Existen el silencio absoluto, la identidad perfecta? La incompletitud escancia vino a la intuición y al raciocinio, como un presente. Me muevo en lo Otro, lo Otro me con/mueve. ¿Quiero cruzar, hacer puente? Sí. Aparecen Hermes, regente de las fronteras y del tráfico, sus trucos, y Eros, dios de la seducción, el amor y sus batallas. ¡He allí la e/moción! La puesta en movimiento de lo sentido, del sentido.


‘Presente’ es una palabra que brinda al idioma alemán la idea de que es ahora y es ofrenda – en amorosa atención como conjunto inseparable. Sammlung es una palabra que brinda al castellano la idea de colección y templanza ‒ juntas, un gran tesoro. Vorfreude dice que en alemán sabemos de dichas anticipadas y hace claro contrapunto con la expresión venezolana ‘como va viniendo vamos viendo’ – toda otra cosa. ¿Cómo comprendemos el tiempo, de la mano de cada idioma? ¿Y cómo transmitimos el saber atesorado por nuestras lenguas?


El poema como cuerpo sonoro, descomunal y significante, es también el Otro. Alguna vez anoté mientras leía:
Cómo me demoro / ante semejante desconocido / poema intento /morar tu lengua / tu decir
¿Cómo puede ser algo semejante, desconocido? Es interesante la disyunctiva. Sirve también para pensar la noción de identidad. ¿Acaso existe la identidad? ¿No estamos siempre en búsqueda ardua, de paso, para arraigarnos y en duda sobre cómo y dónde y dentro de qué lindes? En castellano, el término ‘semejante’ tiene varias acepciones de las que interesan la de ‘igual a’ y la del adjetivo con carácter demostrativo. Ambas funcionan, sitiadas, en los versos citados. Se me presenta el poema como alteridad ante la que me demoro. Se muestra como una lengua otra que produce deseo y que deseo incorporar, habitar: el poema que leemos (o escuchamos a viva voz, o traducimos) vuelve, retorna, seduciéndo a morar en él.


¡Pero qué es la lengua! ¿Qué nos hace y qué hacemos con ella, cómo nos baila su gramática, nos afirma su sintaxis, cómo influye en nuestra forma de pensar? Por lo pronto, constituye una fuente infinita de alegría y alteración. La lengua se encuentra en permanente emergencia. En un indetenible movimiento alojado en el cuerpo, su sobreabundancia produce vida. La lengua es una entidad abierta que recibe a foráneos: las palabras inmigrantes esperan palpitando en sus móviles linderos para irrumpir, mientras que las ‘locales’ también viven de mudanza. Las lenguas (y las identidades que fundan y funden) nos confrontan y atraviesan, traviesas, como un extraño sueño que nos habla de algo que sabemos sin saberlo, sin saberlo del todo, o de algo que pareciera hemos olvidado. Trabajar en varios idiomas con su variedad de lenguajes sirve para adquirir consciencia creciente de aquello que anhelamos aprehender, y que no terminamos de tener sino en el fulgor de la deriva ‒ aquello que permanece en buena parte ignoto como tierra baldía por labrar, quizá con el fin último de tornarla en un buen lugar para estarnos, respondiendo al desideratum del poeta R. Juarroz: pero también nos define que podemos crear un lugar: un lugar habitable, perdurable en la gran conver(sa)ción a través de siglos y siglos.


Nos preguntan en qué idioma soñamos. El sueño es un lugar difícilmente asible. Es estimulante explorarlo, al igual que a la inestable memoria, o la psique y el inconsciente como regiones proto verbales, en el fondo indeterminadas, desde donde comienzan a desplegarse nociones, nacen palabras como personajes y germinan posibles sentidos. En estos teatros otros, preconscientes, nace el pensar en tanto reflejar y en tanto transformar, crear, inventar. Cuando sueño no suelo ‘obtener’ letras ni conversaciones recuperables, pese a que como intérprete de conferencia y traductora constituyan una cotidianidad permanente. El sueño genera una vivencia. Para ser comentada y convertirse en experiencia compartida, será verbalizada en algún momento, necesariamente, aunque primero pase por momentos no verbales, tal como sucede al escuchar la Suite Sinfónica “Santa Cruz de Pacarigua” de Evencio Castellanos, por ejemplo, o mirar un óleo como “Mi casa” de Luisa Richter, o al presenciar una coreografía muda de un ensayo de ballet. O como memorizar un sueño. Estas vivencias se cuelan por el verbo si la deseamos procesar. Cuando documentamos sueños en un cuaderno o los relatamos, la operación constituye ya de por sí un acto de traducción de un medio o soporte a otro. Sin duda, comporta una intervención de cuya precisión no podemos estar del todo seguros y que, en todo caso, genera un más. En todo esto, se muestra la relación privada (en toda la extensión del sentido de la palabra) que sostenemos con la lengua y nuestra siempre latente o patente extranjería. Iluminar esta relación puede significar dar pasos hacia una mayor soberanía que, a su vez, constituiría identidades enriquecidas: nos tomamos la libertad… Establecer protocolos de nuestra íntima experiencia con las lenguas ‒y los poemas‒ y traducir/los rinde en primer lugar, el insight que no dominamos al idioma, sino que el idioma, su caos y cosmos, nos domina o que, en todo caso, se establece una relación bidireccional, porque nos impone formas que podemos atender o transgredir. Estas operaciones de protocolizar experiencias = pensar = traducir, nos muestran cómo la lengua obra sobre nosotros y amplían la consciencia acerca de lo Otro. Presupone guardar distancia: alejarnos para poder ad/mirar, alargar tentáculos para que aparezcan sorpresa y asombro, aparezcan herencia y legado, su milagro, ese del que no nos percataríamos si tomamos la lengua como un inamovible hecho natural o esencial: como idéntica a sí misma. Cada idioma marca pauta con su carisma, sus dones y favores gratuitos. Compromete nuestro pulso ético y estético. Nos obliga. En castellano podemos ser y podemos estar. Ser tristes, estar felices. En alemán no tenemos esta maravillosa distinción. Solo hay: Wir sind. ¿Somos o estamos? Wir sind (überhaupt) traurig. Wir sind (gerade) glücklich.


La plusvalía donada por las lenguas, la sensibilidad hacia ellas y su traducción propician asimismo un fértil acceso a la memoria itinerante, a la que de otro modo no se podría acceder. Aumentan los contenidos y su desplazamiento es potente y exponencial. Crece la hibridez de las culturas. Se podría decir que se comienzan a re/conocer por contagio. Tal cual, aumenta una hibridez dada entre las obras literarias. Al entrar en estos tratos y pactos verbales, copulan y se acoplan. Aprenden las lenguas (¡y sus gentes!) en ocasiones a decir lo que tal vez no sabían decir antes. Este interesado forcejeo deja sus huellas con recuperaciones, despojos, invenciones y hasta francos errores que también hacen historia. En mi libro titulado “Sombra de Paraíso” expongo:
Una inmensa nota al pie se independiza. Hibridez creciente se acumula en las bibliotecas. No solo rota el contenido de los libros. Los idiomas implicados, de vuelta, tuercen su sintaxis, logran dar pasos distintos a los que han dado en un pasado, adquieren nuevos gestos, adquiere nuevo aliento su literatura. La traducción talla y labra la lengua destino. Son voraces las lenguas, y generosos los signos.


El acto de traducir y el de la escritura creativa inevitablemente confluyen. Ambos levantan vuelo desde un escenario enigmático. Ambos terminan por lanzar luz sobre su tratado, errando y buscando atinar, como aquí a partir de una extraña palabra-injerto:
En esta lengua territorio, Augenblick hace mirada de ojos / lo mismo pero no igual a ojos en mirada / (cascos de guayaba en almíbar) / otra cosa pero un instante / medido por dos ojos / (también bajo párpados cerrados flamean) / o relumbre / hecho de momento.


Este poema que extraigo de mi poemario “Imposible de lugar” para la deriva ensayística, experimenta espontáneas formas de traducción y religamiento entre alemán y español venezolano como resultado de un volcánico entre/tenimiento. Inserta una amantísima palabra alemana para rodearla, parodiarla, por necesidad de a/cercarla. Cualquier comprensión exige de antemano alguna forma de traducción como acto intuitivo de un libre juego, un juego a tomar en serio. La comprensión intentada pasa por el secreto regocijo entre esto y lo otro. Se da el incremento implícito en la busca, en la travesía acometida: entramos en resonancia con la lengua otra. Sitiados por las bellas palabras extranjeras que son como escalas –parafraseo a Cortázar en su novela “Rayuela” ̶ , un poema translingual da un paso allende del simple injerto y extrema el juego:
Un beso que yo mundo / es como mundar, o amundarse / : el sustantivo averba y es que se piensa / un mundo de beso. Besar amundando / es saborear y quien atravesó alemán / sabe que Mund es boca y munden gustar / , gustar mucho, bocadillo. Por las bocas, ónfalo / : hablar, sexear, cielos, y paladear.


Lo translingual va más allá de injertar en un texto una palabra foránea que, cual bola o búmerang, retorna en elipse. El poema translingual va camino a una suerte de gozosa y desigual fusión. La translingualidad insiste en la excepción que se ofrece; en el caso de este poema-beso, respondiendo a resonancias fonéticas o forzando en la cópula, la gramática. Sustantivos se convierten en verbos, adjetivos podrían derivar en sustantivos. Comparto estos ejemplos para mostrar el posible itinerario en el escenario oculto y bullicioso, intermedio, que se tiende en nuestro fuero interior multilingüe mientras atajamos sentidos y estallan sus horizontes. En esto, somos llevados de la mano por lo ya sabido o saboreado a consciencia o no, mientras nos abrimos espacio con alucinada lucidez. El placer –y el pensar que genera– justifica la transgresión. Las fronteras idiomáticas se disuelven e invitan a resolver de nuevo desde los márgenes de la experiencia verbal. Comenzamos a delirar. De/lirar como salir del surco de la tierra que se está labrando. Como salirse de la norma e in/tentarse hacia otra parte diciente, fabulosa. Una traducción de este poema-beso (diríase que intraducible) brinda sus divinos bocados:
Ein Kuß den ich munde / heißt so was wie sich eine ganze Welt schaffen, selbst Mundus werden / : zum Substantiv wandelt das Verb und es ist / wie wenn von der Welt geküßt. Eine ganze Welt sich zu erküssen / heißt so verkosten und wer mal Spanisch bereist hat / weiß, dass mundo Welt heißt, ganz nah bei munden liegt und schmeckt / , sehr schmeckt, mein Häppchen. Mit dem Mund, Omphalos / : sagen, kopulieren – Himmel, oh Gaumen! – und auf der Zunge zergehen lassen.


La experiencia de la interculturalidad sin duda abre universos: más bien, multiversos en los que lo sentido y el sentido confluyen y se cumplen en el exceso de su esplendor. No es vana esta constatación, pese a que parezca nacer de un insensato, impertinente juego. La palabra migrante y de dócil identidad significa siempre, mientras pierde y produce lo que se nos escapa, lo que atajamos y lo que en tan singular errancia recibimos como dádiva. En “Sombra de Paraíso” esta dichosa rebelión también sabe amainar al entregarse a un obrar paciente:
Vielleicht ein verschwenderisches, ver/rücktes Hinüberbringen, ein fortgesetztes Herübertragen von kostbarem Gut – ein Bild: die balancierende Wasserträgerin in der schwankenden, fordernden Wort-Wüste. Tal vez un traslado dispendioso, tras/tocado, la carga itinerante de una preciosa encomienda. Un permanente colocar más allá, un cambiar de sitio –aparece esta imagen: la paciente portadora de agua se balancea en el desierto ondulante, exigente, de la palabra.


Quiero dejar abierto este ejercicio fragmentado con un poema que traduje del idioma alemán. Originalmente fue escrito en inglés por la poeta y científica búlgara Tsveta Sofronieva mientras se encontraba exiliada en Canadá. Entre ¡tanto! es berlinesa. Las calles que recorrió como palabra extranjera, las recorro yo ahora, desbocada, por mi mundo que mundo en un gran beso, desde tan lejos y tan de cerca.


Palabra en una lengua desconocida / Sé que tiene sentido, / que significa algo. / Tal vez no sea importante. / Tal vez sea una conjunción. / Tal vez un nombre. / Puede que suene familiar o extraña. / Aprendo diversas palabras. / Atenta escucho el río de cada lengua. / Busco la palabra en las líneas que dibujan hombros / y lomas, de las quebradas y los puentes. / Sigo las nubes de las vocales que me alcanzan / desde los labios de cercanos y ajenos. / Busco una lengua en la que yo sea una palabra. / La conozco. Es ajena. / No comprendo su morfología, su sintaxis. / He aprendido de memoria su gramática, / pero no encuentro el lugar que me corresponde en la oración. / Palabra extranjera también en mi lengua, / en las calles de Caracas y las cartas de mi madre.


Luego… expulsada de una pertenencia ganada, corro peligro de quedar sin lengua. Será entonces volver a la obra en el asombro vocálico para dar (en) la palabra. El esplendor del exceso de lo incompleto impedirá que algo enmudezca. Nun suche er zur Sprache sich ein Land. ¡Búsquese ahora para esta lengua una Tierra! Exhorta el poeta Reiner Kunze en su poemario “Ein Tag auf dieser Erde”. Una desolación me recorrerá. Una vastedad, la temeridad de volver a comenzar. Habrá mínimos amaneceres. Y parece es asegurado un porvenir.

¿Qué queda sino jugar?

Claudia Sierich (Caracas, 1963). Vive entre Berlín y Caracas. Su trabajo se centra en la exploración de las lenguas y su poder de liberar, crear y preservar posibles sentidos. Publicó Imposible de lugar (Monte Ávila Editores, Caracas 2008), dicha la dádiva (Equinoccio, Caracas 2012) y Sombra de Paraíso (ot editores, Caracas 2015). Su poesía fue premiada en Venezuela. Muestras: En-Obra (Saraceni, Equinoccio, Caracas 2008); Poetas Venezolanos Contemporáneos (Salas, Sebastiani, Común Presencia Ed., Bogotá 2014); Cantos de fortaleza… poetas venezolanas (Kalathos Ed., Madrid 2016); Nubes. Poesía hispanoamericana (Armas, Pre-Textos, Madrid 2019); El puente es la palabra… poetas venezolanos en la diáspora (Caritas, 2019); En la desnudez de la luz (Mendía, lp5 ed. 2023); www.la majadesnuda.com. Su festival traficantesdepalabras (Caracas, 2012 en adelante) exploró radicalmente el hecho de la traducción; su serie lenguas en poesía celebró por vez primera en Venezuela lecturas multilingües por poetas-traductores venezolanos, en ocho idiomas.