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Un ensayo de Adalber Salas Hernández, Kiskadee: Traducir en Alice Yard

Para traducir hay que dejarse moldear por la música, aceptar el imperio de lo sonoro –como dice otro de los poemas de Ramlochan, apropiadamente llamado Kiskadee Bride, que leí en aquellos días: Each cry is its own tyrant. Cada grito es su propio tirano: suspendido en viento, el llamado del pájaro tiene fuerza de edicto, como en el texto lo que resuena tiene forma de ley. Seguirla nos permite salvar el estrecho que separa una lengua de otra, traducir. Esta migración acústica, este ir y venir del eco, recuerda a los cristofué que van y vuelven entre Venezuela y Trinidad: las palabras atraviesan el mismo aire, la misma agua.

Gladys Mendía 1 año ago 60
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Kiskadee:
Traducir en Alice Yard

Dedicado a Nicholas Laughlin

Era un anexo tipo estudio cuyas paredes –salvo una– estaban pintadas de blanco. Escritorio, cama, cocina y baño: todo lo que necesitaba. Se sentía muy amplio; a través de las ventanas entraba una claridad generosa, espesa, melaza que se pegaba a los libros y los papeles en los que yo trabajaba. Me gustaba cómo el blanco de las páginas brillaba, como contagiado por el resplandor, hasta que me resultaba difícil distinguir las palabras que leía o escribía. También dejar la mano quieta bajo la luz, abrazada por ella.


Había llegado al apartamento que hay en el patio trasero de la casa que ocupa el número 80 de Roberts Street, en Port of Spain, la tarde anterior. Había estado en el Bocas Literature Festival y ahora me aguardaba una residencia de cinco días en Alice Yard, en ese lugar múltiple donde convergían artistas visuales, músicos, diseñadores, escritores, investigadores, toda suerte de gente trabajando siempre en algo, buscando siempre algo, trayéndose algo entre manos. El espacio central –al que daba la puerta del apartamento y que estaba rodeado por un pequeño estudio musical, una breve sala de exhibiciones y un depósito– bullía siempre de actividad; los sonidos venían a toda hora a metérseme entre los libros, a bañarse en el café o el ron que bebía mientras trabajaba, a colarse en las palabras que escribía. Estas visitas me alegraban. Era el mundo exterior metiendo los dedos en mi trabajo, metiendo la lengua. Eran prueba de que, entre mi labor y el mundo, había un vínculo, de que yo también participaba del hervor que era Alice Yard. Hasta entonces no se me había ocurrido que el patio de una casa también podía ser una encrucijada.


Ese es, creo, uno de los grandes aciertos de Sean Leonard, Christopher Cozier y Nicholas Laughlin, los directores de este espacio. Sagazmente, han conseguido hacerlo un área de encuentro, una zona para el vaivén y el tránsito. Entre las muchas actividades cotidianas y el programa de residencias, aseguran una circulación permanente de ideas y prácticas, una sensación de cuerpo vivo y andante. En otras palabras, han logrado que un sitio, un punto estático, se transforme en un vehículo, se mueva. Milagros de la locomoción.


Durante mi estancia, pasé las mañanas y las madrugadas traduciendo. Fue allí donde hice mis primeras traducciones de Lorna Goodison, de Jacques Roumain, donde leí a Shivanee Ramlochan por primera vez. Las paredes de Alice Yard estaban cubiertas por retazos de exposiciones previas, de eventos que se habían apropiado de ellas y las habían modificado. Capas sobre parciales capas, suerte de collage geológico, crónica fragmentaria de lo allí ocurrido. Entre los jirones, había trozos del poema Duenne Lilith de Ramlochan, cuyo libro había adquirido recientemente. Escritos a mano, en letra blanca sobre el muro negro, parecía que alguien hubiera intentado arrancar el texto y llevárselo, pero sólo hubiera conseguido arrastrar consigo una parte. Quedaban algunos versos enteros y otros tantos incompletos, que daban la impresión de ser, más que una ruina del pasado, un mensaje del futuro.


Nicholas y yo nos reuníamos para almorzar y trabajar en un proyecto cuyas primeras bases empezábamos a sentar. Luego, pasábamos la tarde asistiendo a algún evento o paseando. Fue en una de esas caminatas que escuché el llamado de un pájaro que me detuvo en seco. Levanté la mirada. No podía precisar en cuál rama estaba posado, de dónde venía el canto. Insistía. Tres notas que descendían en la escala melódica con naturalidad. Unos pasos más adelante, Nicholas se detuvo y se volteó a mirarme, intrigado. Señalé hacia arriba, como quien señala la brisa que pasa sobre su cabeza. Debo haber estado sonriendo; no lo sé. That bird, what’s it called? ¿Cómo se llama ese pájaro?


Kiskadee, respondió. Me quedé quieto. Repetí la palabra lentamente. Kiskadee. E inmediatamente después, imitando la entonación del pájaro, el modo que tenían las notas de derramarse unas sobre otras en cascada. In Venezuela we call it cristofué, le dije: en Venezuela lo llamamos cristofué.
Kiskadee. Benteveo. Bichofué. Bem-te-vi. Pitogüé. Cristofué.


Siempre me había gustado el nombre onomatopéyico de este pájaro, pero nunca me había detenido a pensar en él. Todos sus otros nombres también imitan su canto, como si fueran una respuesta a él, como si intentaran replicar a los tres notas en sus propios términos, con tres sílabas humanas. O quizás como si se tratara de una traducción rudimentaria. Un intento de transvasar una frase del lenguaje de las aves al lenguaje humano, de nombrar a través del sonido que producen los seres del mundo, aunque las palabras restantes no hagan sentido. Un gesto traductor cercano al galimatías o la xenoglosia.


“Certo fu notabile provvedimento della natura l’assegnare a un medesimo genere di animali il canto e il volo”, escribe Leopardi en su Elogio degli uccelli. Ciertamente fue una decisión notable de la naturaleza el otorgarle el canto y el vuelo al mismo tipo de animal. Entre uno y otro hay cierta complicidad. Y ambos requieren de un mismo medio: el aire. Puede que, al imitar el canto del cristofué con su nombre, pretendamos prestar a nuestro lenguaje algo de su vuelo, hacer que el viento ahueque los huesos de los vocablos, haciéndolos más leves, más proclives a dispersarse con un soplido. Pero intuyo que ha sido al revés, que el cristofué se ha encargado de dejar en nuestra lengua algo de su canto, un grano, una migaja de una lengua enteramente ajena, no humana. En cierto modo, no sorprende que pertenezca a la familia Tyrannidæ: encantándonos con el canto, embargándonos con el revoloteo, en cierto modo ha conseguido dominarnos. Es la tiranía del sonido.


Creo que esa misma tarde visitamos la casa familiar de Vahni Capildeo. Hablamos largo rato con ella y su madre. Recuerdo estar tan fascinado con su conversación como ya lo había estado con su poesía. En cierto momento, no sé cómo, llegó a la mesa un ejemplar de los Poèmes choisis de Jacques Prévert. Cae en mis manos abierto en la página donde se lee el conocido poema Être ange c’est étrange:
Être Ange
C’est Étrange
Dit l’Ange
Être Âne
C’est étrâne
Dit l’Âne
Cela ne veut rien dire
Dit l’Ange en haussant les ailes
Pourtant
Si étrange veut dire quelque chose
étrâne est plus étrange qu’étrange
dit l’Âne
Étrange est!
Dit l’Ange en tapant du pied
Étranger vous-même
Dit l’Âne
Et il s’envole.

Étrâne: me pregunté por esta palabra. Pero apenas la dije en voz alta, entendí el juego. Necesitaba del sonido. Antes había mencionado mis traducciones de Mário de Andrade. Alguien me pregunta: ¿cómo sería este poema en portugués? Empecé a ensayar una respuesta torpemente: ser um anjo é estranho… Pero no fue sino hasta esa noche, al volver a Alice Yard, que me senté a intentar una traducción completa:
ser um anjo
é estranho
diz o anjo
ser um asno
é etrasno
diz o asno
isso não quer dizer nada não
diz o anjo as asas alçando
entretanto
se estranho quer dizer alguma coisa
etrasno é mais estranho qu’estranho
diz o asno
estranho é!
diz o anjo
batendo o pé
estrangeiro também você
diz o asno
e vai-se embora voando

La materia sonora se dejó traspasar lúdicamente, con algo parecido a la docilidad. Era extrañamente maleable, como si lo genuinamente alado del poema no fueran el ángel o el asno, sino el sonido mismo. Entre étrâne y etrasno hay un parentesco que se debe sólo a la resonancia. La traducción replica el llamado entre uno y otro vocablo como si fueran dos aves. En el fondo, el gesto no es distinto al que halla el nombre de un pájaro en su canto. No en vano muchos han querido encontrar en el lenguaje de las aves el origen del habla humana. Un poco como ese versículo de Vénus Khoury-Ghata en Les Mots: Le langage en ce temps-là était une ligne droite réservée aux oiseaux. El lenguaje, en tiempos pretéritos, era una línea recta reservada a los pájaros.


Línea exacta, pasaje directo, trayecto que va de una lengua humana a otra, pasando por una tercera que nuestras bocas no podrían dominar. Entre étrâne y etrasno, entre los poemas que traduje esos días y sus versiones en español, ese mediador inesperado, la tonada del cristofué. Para traducir hay que dejarse moldear por la música, aceptar el imperio de lo sonoro –como dice otro de los poemas de Ramlochan, apropiadamente llamado Kiskadee Bride, que leí en aquellos días: Each cry is its own tyrant. Cada grito es su propio tirano: suspendido en viento, el llamado del pájaro tiene fuerza de edicto, como en el texto lo que resuena tiene forma de ley. Seguirla nos permite salvar el estrecho que separa una lengua de otra, traducir. Esta migración acústica, este ir y venir del eco, recuerda a los cristofué que van y vuelven entre Venezuela y Trinidad: las palabras atraviesan el mismo aire, la misma agua. Sonoridad que subvierte las fronteras tristemente malversadas que dividen ambos países; que migra, sin permisos ni visas, de un lado al otro del estrecho. Kiskadee, pájaro que nada en el cielo; cristofué, pájaro que vuela en el mar.

Adalber Salas Hernández

Entre otros, autor de los libros de poesía Salvoconducto (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita; Pre-Textos, 2015), La ciencia de las despedidas (Pre-Textos, 2018), [a love supreme] (Letra Muerta, 2018), Nuevas cartas náuticas (Pre-Textos, 2022), Crania (Letra Muerta, 2023) y Las fuerzas débiles (Vaso Roto, 2024; escrito junto con Elisa Díaz Castelo), así como los volúmenes de ensayo Clarice Lispector: el lugar de la poesía (Ril Editores, 2019), Palabras sin dueño. Variaciones sobre la traducción literaria (UNAM, 2019), Isolario (Pre-Textos, 2023), Retrato del traductor con cabeza de perro (Libros de la resistencia, 2023). Ha traducido obras de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Pascal Quignard, Mark Strand, Lorna Goodison, Yusef Komunyakaa, Anne Boyer, Roger Robinson, Kendel Hippolyte, Shara McCallum, Nicholas Laughlin, Li-Young Lee, Jamaica Kincaid, Safiya Sinclair, Patrick Chamoiseau, Édouard Glissant, Edwidge Danticat, Suzanne Césaire, Kamau Brathwaite y Frankétienne.