
Entrevista a Stefani Di Leo
Por Gladys Mendía
G.M.: Querida Stefania, es un verdadero placer conversar contigo. Eres conocida como poeta, traductora y docente, y has recibido numerosos premios, entre ellos el Premio Sarmiento en Valladolid y el Premio Peñaranda de Bracamonte en Salamanca. Para iniciar, ¿de qué forma crees que la docencia y la traducción nutren tu quehacer poético?
S.D.L.: Querida Gladys, el placer es mío; agradezco profundamente este espacio de diálogo y reflexión. La docencia y la traducción son para mí dos fuentes fundamentales que enriquecen mi escritura poética de manera constante. La docencia me obliga a permanecer en un estado de escucha activa y de apertura hacia nuevas miradas, lo cual me mantiene en contacto con la frescura del pensamiento joven y con la evolución del lenguaje. Es un intercambio vital que renueva mi percepción del mundo y, por ende, se traduce en una poesía más viva y receptiva.
La traducción, por su parte, me permite habitar otras voces, desentrañar ritmos ajenos y sumergirme en estructuras poéticas que amplían mi sensibilidad y mi técnica. Traducir es, en cierta forma, un acto de amor y de humildad: me coloca al servicio de otra alma poética, y en ese ejercicio también me descubro a mí misma. Ambas prácticas, entonces, nutren mi obra como raíces subterráneas que, sin mostrarse, sostienen y dan fuerza al árbol visible de la poesía.
G.M.: Hablando de puentes, has colaborado con revistas culturales e internacionales como Crear en Salamanca, Oresteia, Papeles El martes y Altazor, e impartido conferencias sobre autores tan diversos como Federico García Lorca, María Zambrano, Isabel Allende y Ernesto Cardenal. ¿Qué representa para ti abordar a estos autores desde tu mirada italiana y, a la vez, cosmopolita?
S.D.L.: Agradezco la pregunta, porque toca una fibra muy íntima de mi vocación intelectual y poética. Abordar a estos autores —tan distintos en sus estilos, contextos y trayectorias— desde mi mirada italiana y al mismo tiempo cosmopolita, representa para mí un acto de profundo respeto, curiosidad y comunión.
Mi herencia cultural italiana me ha dado una sensibilidad particular hacia la belleza del lenguaje, el peso de la tradición y el valor de la palabra como portadora de memoria y revelación. Al acercarme a autores hispanoamericanos o españoles como Lorca, Zambrano, Allende o Cardenal, no puedo sino sentir una afinidad espiritual que va más allá de la geografía: es una conexión que se manifiesta en la búsqueda de lo esencial, en el compromiso ético con la palabra, en la musicalidad del pensamiento.
Mi mirada cosmopolita me permite, además, tender puentes entre mundos que a veces se perciben como lejanos, pero que en realidad se tocan en lo más profundo del alma humana. Es en ese espacio de cruce, de traducción no solo lingüística sino también cultural y emocional, donde siento que florece una comprensión más plena del otro. Y ese otro, paradójicamente, también me revela aspectos inéditos de mí misma.
G.M.: Tu obra poética abarca títulos como Sus rosas azules sobre fragante tomillo (Valladolid, 2011), Donde tuve tus labios (Miami, 2020), Uma só solidão (Brasil, 2020) y otros en los que alternas distintos idiomas y colaboraciones. ¿Cómo influye tu experiencia multicultural en la concepción y estructura de tus poemarios?
S.D.L.: Agradezco sinceramente la pregunta, pues toca una fibra muy íntima de mi vocación tanto intelectual como poética. Abordar a estos autores —tan diversos en sus estilos, contextos y trayectorias— desde mi mirada italiana y, a la vez, profundamente cosmopolita, representa para mí un acto de respeto, de curiosidad sincera y de honda comunión.
Mi herencia cultural italiana me ha dotado de una sensibilidad particular hacia la belleza del lenguaje, el peso de la tradición y el valor de la palabra como depósito de memoria y revelación. Al acercarme a figuras como García Lorca, María Zambrano, Isabel Allende o Ernesto Cardenal, experimento una afinidad espiritual que trasciende la geografía: una conexión que se manifiesta en la búsqueda de lo esencial, en el compromiso ético con la palabra y en la musicalidad del pensamiento.
Esa mirada cosmopolita que me habita me permite tender puentes entre universos que a menudo se perciben como distantes, pero que en realidad se tocan en las profundidades del alma humana. Es precisamente en ese territorio de cruce —de traducción no solo lingüística, sino también cultural, simbólica y emocional— donde siento que florece una comprensión más plena del otro. Y ese otro, en su diferencia, me devuelve siempre una imagen renovada de mí misma.
G.M.: Mencionas el Mediterráneo como un puente de culturas. Has sido galardonada con reconocimientos importantes, incluyendo el Premio Internacional para la Paz y la Difusión Cultural en Nápoles (2023), y tu poesía es calificada como “La poesía de la justicia”, publicada en la Universidad Federico II de Nápoles en 2021. ¿Podrías compartirnos tu visión acerca de la responsabilidad social y ética de la poesía?
S.D.L.: El Mediterráneo, con su historia milenaria de encuentros, conflictos y mestizajes, representa para mí no solo un lugar geográfico, sino también un espacio simbólico de resonancia cultural y espiritual. Desde esa perspectiva, entiendo la poesía no como un mero ejercicio estético, sino como una forma de responsabilidad frente al mundo.
La poesía, cuando es auténtica, no puede mantenerse indiferente al sufrimiento humano ni al clamor de la injusticia. Tiene el deber —silencioso pero ineludible— de dar voz a quienes no la tienen, de nombrar lo que a menudo se oculta, y de preservar la dignidad incluso en medio del caos. Por eso me honra profundamente que se haya definido mi obra como una “poesía de la justicia”. Asumo ese título no como una meta alcanzada, sino como un compromiso que me interpela cada día.
Creo que la poesía es, en esencia, un acto de escucha y de revelación. Nos exige mirar más allá de lo evidente y hacernos cargo de lo que duele, no solo en lo individual, sino también en lo colectivo. En un mundo marcado por la fragmentación y la indiferencia, el poeta tiene la tarea de mantener viva la llama de la compasión, del pensamiento crítico y del diálogo. La palabra poética, si es honesta, se convierte en puente, en resistencia y, a veces, en consuelo. En ese sentido, escribir es también una forma de cuidar el alma del otro y de sembrar, en lo posible, una semilla de esperanza.
G.M.: Me gustaría hablar de Ventanas a la luz (LP5 Editora, 2024), libro que has coescrito con Juan Antonio Massone, escritor y académico chileno. En el texto de contraportada, entre otras cosas, digo que este libro es “un diálogo íntimo entre la poesía y el arte” y una invitación a un “viaje sensorial” a través de pinturas y esculturas. ¿Qué aporta la dimensión visual al acto poético en este proyecto?
S.D.L.: Ventanas a la luz ha sido una experiencia profundamente reveladora, no solo por el privilegio de compartirla con el maestro Juan Antonio Massone —cuyo pensamiento y sensibilidad admiro profundamente—, sino también por la riqueza que ofrece el entrelazamiento de lenguajes. La dimensión visual en este proyecto no es un simple acompañamiento ilustrativo, sino una forma de resonancia, de eco silencioso que amplifica la voz poética.
El arte visual —ya sea a través de la pintura, la escultura o cualquier otra manifestación plástica— nos invita a detenernos, a mirar con otros ojos y a establecer una relación directa con la materia, con la luz, con el símbolo. En Ventanas a la luz, la imagen se convierte en umbral: no solo ilustra, sino que también interpela, despierta sentidos y abre significados que quizá la palabra por sí sola no alcanza a contener.
El diálogo entre palabra e imagen en este libro no se impone, sino que se entreteje con delicadeza, como un tejido que respira. Cada poema nace del asombro ante una obra visual, pero a su vez la trasciende, la reinterpreta, la convierte en experiencia interior. Es, como bien señalas en el texto de contraportada, un viaje sensorial y también espiritual, donde el lector está llamado a mirar, leer y sentir, todo a la vez.
Creo firmemente que cuando el arte y la poesía se encuentran en un espacio de respeto mutuo, de libertad y de escucha, se produce una alquimia silenciosa que toca lo más hondo del ser. Y Ventanas a la luz ha sido, para mí, precisamente eso: un acto de contemplación compartida, una invitación a la belleza como forma de resistencia y de revelación.
G.M.: En este libro también estás presente como traductora al italiano, has querido tender puentes artísticos que enriquecen y amplían las resonancias de la palabra poética. ¿Qué desafíos y satisfacciones encuentras al traducir la poesía de este libro para lectores italianos?
S.D.L.: Traducir poesía es, sin duda, uno de los actos más delicados y exigentes dentro del ámbito literario. En Ventanas a la luz, esta labor ha tenido para mí un significado especialmente íntimo y comprometido, pues no se trataba solo de trasladar palabras de una lengua a otra, sino de preservar su aliento, su música, su verdad más honda. Traducir los poemas de este libro ha sido como volver a escribirlos desde otra orilla, con la humildad y el cuidado que requiere tocar lo sagrado.
El desafío principal radica precisamente en esa tensión constante entre fidelidad y libertad. Hay que ser fiel a la intención del autor original —en este caso, a la voz luminosa y sabia de Juan Antonio Massone—, pero también libre para encontrar en el italiano una forma que no traicione la esencia, que conserve la emoción, la cadencia, el ritmo interior del verso. Es un proceso de escucha profunda, casi de respiración conjunta.
La mayor satisfacción, sin duda, ha sido la posibilidad de abrir estas ventanas poéticas también para los lectores italianos, ofreciéndoles la posibilidad de habitar un paisaje literario que, aunque nacido en otra lengua y cultura, resuena con una universalidad que conmueve. Me emociona pensar que cada lector italiano pueda descubrir, a través de esta traducción, no solo la belleza del texto, sino también esa conexión invisible que une sensibilidades más allá de las fronteras.
En este sentido, la traducción se convierte en un puente vivo, en un gesto de amor hacia la palabra y hacia el otro. Y es precisamente ahí donde encuentro su mayor dignidad: en su capacidad de crear comunidad a través de la diferencia, de invitar al diálogo, de expandir la experiencia poética más allá de sus límites naturales.
G.M.: Vives en Nápoles, una ciudad con una fuerte tradición literaria y artística, mientras tu obra ha encontrado eco en distintos rincones del mundo, desde México hasta Brasil. ¿De qué manera influye la atmósfera napolitana en tu poesía y en tu visión cosmopolita?
S.D.L.: Vivir en Nápoles es habitar una ciudad que respira arte, historia y contradicción en cada rincón. Su atmósfera única —vibrante, dramática, profundamente humana— es una fuente inagotable de inspiración. Aquí, la belleza y la herida coexisten en una tensión casi mística, y eso, inevitablemente, se filtra en mi poesía. Nápoles me ha enseñado a mirar lo invisible, a escuchar lo que no se dice, a reconocer la grandeza en lo frágil y en lo cotidiano.
La ciudad tiene un pulso antiguo, pero nunca dormido. Hay en sus calles una teatralidad espontánea, una densidad emocional que desafía cualquier indiferencia. Esa intensidad vital, tan característica del alma napolitana, ha afinado mi percepción poética, llevándome a escribir con una mirada más compasiva, más atenta a los matices del alma humana.
A la vez, la visión cosmopolita que nutre mi obra no está en contradicción con este arraigo, sino que se enriquece con él. Desde Nápoles —puerto histórico, punto de cruce de civilizaciones— siento que mi voz se proyecta con naturalidad hacia otros horizontes. Es una ciudad que me recuerda constantemente que lo local y lo universal no son opuestos, sino reflejos mutuos. Por eso no me sorprende que mi poesía haya encontrado eco en lugares como México, Brasil o España: en el fondo, las emociones que nos unen son más poderosas que las distancias que nos separan.
En definitiva, Nápoles es para mí una escuela de vida y de poesía. Aquí aprendí que escribir es también una forma de resistir al olvido, de celebrar la luz aun en medio de la sombra, y de mantener abierta la puerta al otro, como quien extiende una mano sin pedir nada a cambio.
G.M.: Has trabajado y compartido espacios con poetas como Álvaro Alves de Faria y Nuno Judice, quien prologa uno de tus libros. ¿Qué aporta el diálogo con otros creadores a tu evolución como poeta y traductora?
S.D.L.: El encuentro con otros poetas es, para mí, una de las experiencias más fecundas y necesarias en el camino de la creación. Compartir palabra y pensamiento con autores como Álvaro Alves de Faria o Nuno Júdice ha sido un privilegio que ha dejado huellas profundas en mi manera de entender la poesía, la traducción y, en última instancia, la vida.
Álvaro, con su voz apasionada y combativa, me ha recordado que la poesía puede —y debe— ser un instrumento de conciencia, de denuncia, de dignidad. Nuno, en cambio, con su mirada serena y filosófica, me ha enseñado la delicadeza del silencio, la fuerza de lo sugerido, el poder de la contemplación. Ambos, desde universos distintos, me han ofrecido claves que enriquecen y desafían mi propia escritura.
El diálogo con otros creadores no solo amplía horizontes estéticos, sino que también desestabiliza —en el mejor sentido— nuestras certezas. Nos obliga a revisar nuestras propias estructuras, a confrontar nuestras búsquedas, a escuchar lenguajes distintos sin perder la propia voz. En ese intercambio, se produce algo muy valioso: una alquimia de miradas que nos transforma, que nos eleva, que nos devuelve a la página en blanco con una conciencia más lúcida y humilde.
Como traductora, además, estos encuentros me permiten entrar en la intimidad del otro de una forma más profunda y ética. La traducción, cuando se da desde una relación viva con el autor, se convierte en una forma de diálogo permanente, en un acto de cuidado mutuo, en un puente que no solo transporta palabras, sino también sensibilidad y visión del mundo.
En definitiva, el diálogo con otros poetas es para mí una fuente de renovación constante. Me recuerda que la poesía no nace del aislamiento, sino del encuentro: con el otro, con lo distinto, con lo humano en todas sus formas.
G.M.: Eres también conferencista y has hablado en el Instituto Cervantes de Nápoles y en Radio México. ¿Cómo percibes la recepción de tu mensaje poético en contextos tan distintos?
S.D.L.: Cada contexto en el que he tenido la oportunidad de compartir mi palabra poética —ya sea en el Instituto Cervantes de Nápoles, con su atmósfera académica y plural, o en espacios como Radio México, de alcance más amplio y directo— representa para mí una experiencia única y profundamente enriquecedora.
Lo que más me conmueve, en estos escenarios tan diversos, es constatar cómo la poesía, cuando nace de una verdad interior, trasciende las barreras lingüísticas, culturales o geográficas. En Nápoles, siento el eco inmediato de una tradición humanista que acoge la palabra como forma de pensamiento y diálogo; en México, percibo una sensibilidad vibrante, cálida, donde la poesía es también un acto popular, casi ritual, profundamente ligado a la memoria y al sentir colectivo.
La recepción cambia, por supuesto, en matices y formas, pero en el fondo hay algo que permanece constante: el deseo de conexión. Allí donde la poesía logra tocar lo esencial —el dolor, la belleza, la esperanza, la dignidad—, se establece una comunión silenciosa con el oyente o lector, más allá de cualquier frontera. Eso, para mí, es lo más valioso.
Ser conferencista me permite no solo compartir ideas, sino también escuchar las resonancias que mi palabra provoca en los otros. Cada diálogo, cada pregunta, cada mirada que se ilumina me recuerda que el sentido profundo de la poesía no está únicamente en lo que se dice, sino en lo que se despierta en quien la recibe.
En definitiva, percibo estos espacios no como vitrinas, sino como puentes vivos, donde la palabra poética no se exhibe, sino que se ofrece, se entrega, con humildad y con la esperanza de tocar una fibra íntima y universal.
G.M.: Finalmente, Stefania, ¿qué consejo darías a quienes deseen embarcarse en el arduo pero apasionante camino de la poesía y la traducción literaria?
S.D.L.: A quienes sientan el llamado de la poesía y de la traducción literaria, les diría, ante todo, que se acerquen a estas sendas con reverencia, con paciencia y con una disposición absoluta al asombro. No son caminos fáciles ni rápidos; requieren entrega, constancia y una escucha profunda, tanto del mundo exterior como de la propia interioridad.
La poesía no se escribe con prisa ni desde la superficialidad. Es un arte que exige silencio, contemplación y una sensibilidad aguda para percibir lo que suele pasar desapercibido. Aconsejaría leer mucho, leer con pasión y sin prejuicios, dejarse nutrir por diversas voces y culturas. Pero también, y quizás sobre todo, aconsejaría vivir con intensidad, pues es en la experiencia —en el amor, en la pérdida, en el viaje, en la espera— donde se forja la verdadera voz poética.
En cuanto a la traducción literaria, diría que es una forma elevada de humildad. El traductor no impone, acompaña; no sustituye, revela. Es un puente, no un protagonista. Por eso es tan importante respetar la musicalidad del original, su respiración, su ritmo íntimo. Traducir poesía es, en cierto modo, escuchar con el alma y reescribir con devoción.
Y, por último, les diría que no se dejen desalentar por la dificultad. La poesía y la traducción, cuando se practican con honestidad y amor, ofrecen recompensas que van más allá del reconocimiento externo. Nos transforman por dentro, nos conectan con lo esencial y nos permiten, aunque sea por un instante, tocar el misterio. Y eso, en estos tiempos inciertos, es ya un acto de resistencia luminosa.
G.M.: Ha sido muy enriquecedor conocerte en Valladolid en el marco de las Jornadas de Poesía de Valladolid del año 2022 y seguir esta amistad creativa a través de los años. Muchas gracias por tu tiempo y por compartir con nosotros tu visión y tu experiencia. ¿Te gustaría añadir algo más antes de despedirnos?
S.D.L.: Querida Gladys, ha sido para mí un verdadero honor participar en este diálogo tan generoso y profundo. Agradezco de corazón tus preguntas, tan finamente elaboradas, que no solo invitan a la reflexión, sino que también iluminan con delicadeza el camino recorrido.
Las Jornadas de Poesía de Valladolid en 2022 fueron, sin duda, un momento inolvidable: un cruce de almas, lenguas y sensibilidades que siguen resonando en mí. La poesía tiene ese don: el de sembrar vínculos que no se disuelven con el tiempo, sino que maduran, se enriquecen y dan frutos inesperados. Esta amistad creativa que compartimos es uno de esos frutos preciosos.
Si me permites añadir algo más antes de despedirnos, diría simplemente esto: que sigamos creyendo en la fuerza transformadora de la palabra, incluso —y sobre todo— cuando el mundo parece inclinarse hacia el ruido y la desmemoria. La poesía no tiene respuestas absolutas, pero sí sabe formular preguntas que despiertan el alma. Que nunca dejemos de hacernos esas preguntas. Y que, en ese ejercicio compartido de búsqueda, sigamos encontrándonos.
Gracias, una vez más, por este espacio de luz.