Verónica Aranda (Madrid, 1982). Es Máster en Filología Hispánica, poeta, traductora y fadista. Ha recibido los premios de poesía Antonio Oliver Belmás, Miguel Hernández, Ciudad de Salamanca, Leonor, Ciudad de Pamplona y el accésit del Adonáis, entre otros. Entre la docena de poemarios que ha publicado, destacan: Tatuaje (Hiperión, 2005), Café Hafa (El sastre de Apollinaire, 2015), Épica de raíles (Devenir, 2016), Dibujar una isla (Reino de Cordelia, 2017) y Cobalto oscuro (Cénlit, 2020). En la actualidad dirige una colección de poesía latinoamericana actual (“Toda la noche se oyeron”) en la editorial Polibea de Madrid.
Judith decapitando a Holofernes
(Artemisia Gentileschi), 1612-1613
A veces el pincel es una espada.
La pintora se encarna en bíblica heroína
que salva a un pueblo entero.
Hay un gesto de goce en su venganza,
y la criada luce
la serena expresión de quien cumple un deber
aunque sea turbio.
Finos hilos de sangre ralentizan
la decapitación.
El general asirio,
es ahora un paisajista, un violador
que humilla doblemente.
La terrible violencia
conforma un claroscuro
donde venga Artemisia a cada víctima
de manadas brutales.
Su honra se repliega
en sábanas barrocas.
In my studio
(Lotte Laserstein), 1928
La desnudez frontal no esconde nada.
La modelo sestea
bajo la luz de otoño que entra por el estudio.
En un barrio tranquilo de Berlín,
su cuerpo blanco, andrógino,
no hace concesiones,
no se tapa con tules.
La diagonal de la figura
acaba en la paleta de la artista.
Con pocas pinceladas,
Lotte Larstein anula
la jerarquía del deseo.
No hay rastro de odaliscas.
Bodegón de los ajos
(Isabel Quintanilla), 2004
¿Cómo hacer una sopa
para una cena solitaria en mayo?
Sobre el mantel blanquísimo
los ajos son destellos
de una espera sin fecha,
la coliflor es limbo.
El vacío se hace
íntimo en la pintura,
en las hojas del apio.
La vajilla heredada
hoy perfila presencias.
Por encima de todo,
la voluntad estética.
Por encima de todo,
la introspección,
la rosa contra el lino.
(De Cobalto oscuro, Cénlit ediciones, Navarra, 2020)
Caballos de otro siglo
Junto al humo del té,
respiración
acompasada en tinta,
elipsis encarnadas
en signos
incompletos.
Cartas
bajo una luz de carrusel.
En la tarde lluviosa
pasan caballos de otro siglo.
No mastican manzanas,
mas sus crines me nombran.
Tatuaje
Pienso qué minotauro
me tatuaré en la espalda,
qué dibujo incompleto
o geometría sagrada de la almendra,
la nada está en la almendra,
ya lo dijo Paul Celan.
Llega un humo lejano,
como si alguien
quemara cartas de navegación
o pronunciara
la palabra Alepo.
Lanzo
sedal de pesca
a los estanques.
Cuarto creciente
Al regresar del viaje,
el silencio en la casa
no trazaba siluetas de animales apócrifos.
Ordené la alacena,
tiré intactas las latas de conservas
y las bolsas de té
de ese largo verano que fue nuestro.
Cené sola y libre
bajo el cuarto creciente.
Viajera
Hoy me aferro a la vida
como esa muchacha sigilosa
que escancia
un té cargado
frente a un palacio de cristal.
Tiene en su pasaporte
algunos sellos de países
que cambiaron de nombre,
más de una tachadura.
Despertar
Al despertar estaba rodeada de agua,
y era pisar el agua como un don.
(De Humo de té, Diputación Soria, 2021)
La lengua asciende
La lengua asciende hacia el confín, la savia,
se articula como una floración
clandestina de almendros;
no hay testigos. Llevamos
en la garganta lo premonitorio.
Casa adentro no hay mapas,
se desdibuja el amarillo siena.
La palabra es contagio
La palabra es contagio;
cruza fosos, avanza
hacia las fortalezas,
busca nuevos sentidos
entre los crisantemos,
las tormentas de nieve.
Olvida que nombró
las multitudes.
Inéditos
© Verónica Aranda

Me parecen maravillosos. Verónica Aranda es una inmensa poeta.