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SOBRE LA SEÑORA VARSOVIA, DE RAQUEL ABEND VAN DALEN. POR ILEANA ARTEAGA

                                                                   “Quien no acepta este mundono construye casa en él.”Henry Michaux                                                                                                                                                                                                    La señora Varsovia existe en la exactitud de una eternidad que dura seis meses. Queda

Gladys Mendía 4 años ago 62
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                                                                   “Quien no acepta este mundo
no construye casa en él.”
Henry Michaux
                                   

                                                                  

                                                                                           

La señora Varsovia existe en la exactitud de una eternidad que dura seis meses. Queda la duda de si es un lugar fuera de la angustia y la espera, por ahora está allí, al filo de una llamada, porque un teléfono puede ser también un cuchillo, como saben bien los que esperan. En esa notoriedad, la entendemos sin réplica.

Ella, habita un libro -no cualquiera-, donde lo secreto es la única posesión cierta, la cosa pública que comparten quienes habitan ese territorio -a veces hipotético-, ubicado en cualquier parte o en todas partes y que ocupamos también como lectores.

Al inicio, nos detenemos frente al umbral, para leer: “Este es un libro-casa”; avanzamos a la expectativa de todo lo que una casa puede albergar, que asombra, pero entendemos más de lo quisiéramos.

Ninguna de las personas que habitan esta casa pedirá permiso o perdón, simplemente porque la vida tampoco lo hace. Que otros libros malgasten sus páginas en ello.

Aquí, lo secreto es lo real, donde somos hermosos con nuestras sombras, lejos de lo ético y lo moralmente aceptado, donde vivimos lo más intensamente que podemos. Aquí, ninguna versión niega o desmiente las otras; he allí la riqueza de cada relato y sus voces.

Más que el “cuándo” y el “porqué”, se impone el “cómo”, y las finalidades, que hagan su mejor papel, sobrando. Así, Abend van Dalen, abre las puertas para defender la vivencia sin importar lo demás, para que vivamos perfectamente imperfectos y sin decoraciones.

Por un momento, dudamos si acaso no es Raquel Abend van Dalen, el personaje ficticio, y los que habitan el libro, quienes le dan existencia.

Ella vive los jueves, pero un día no basta para convertir todo en poesía. En lo que noviembre se hace abril, esto es, veinticuatro páginas, acontece ese todo subterráneo que sin implicar desplazamiento o movimiento asemeja una lanza atravesando nuestro cuerpo.  Y así, abril se convierte en su versión de los hechos, de lo no hecho, de lo que estaba por nacer pero envejeció antes de existir.

El estilo de Raquel Abend van Dalen, nos obliga a procesar cada historia con todos los sentidos, trascendiendo el misterioso personaje que da nombre al libro y a su primera historia. No bien termina y ya nos apresuramos para asomarnos en la siguiente. El lector se convierte en fisgón, cómplice y participe.

En Los mocasines, es la duda, como ejercicio de fe y locura de origen impreciso. Cada pregunta construye la historia, la mentira es la espiral que hace dudar inclusive a quién miente.

En Villa Agatha, por un lado, está el lector, en legítima defensa, pulseando su derecho a vivir la historia sin intermediario, y por otro lado, el traductor, como obstáculo, contaminando, contando su versión. Si bien el enfrentamiento inicialmente pareciera hipotético, al final, el traductor está más cerca, no sólo como erotización.

Al leer Caledonia, nos preguntamos, ¿quién es? ¿Acaso, la huésped qué aparece y desaparece sin más?… y más relevante aún, ¿quién la acorrala o ahuyenta?

La Habitación 6, más que un lugar, es una estampida donde amarse y aceptarse sin porqués. En Payasa, encontramos el anhelo jugando con su realización.

Bajo el cielo de hulemi favorita-, dibuja un viaje frenético, desde el recuerdo, camino a la obsesión, la escena infantil creciendo hasta alcanzar lo neurótico, la locura en primera persona y quizá una crítica a la modernidad, a la ciudad y sus perseguidos. Y, por último, El pañuelo, convertido en detonante, símbolo y síntoma del final menos pensado.

Pero, más allá de lo que cuenta cada historia por separado o como un todo, ¿cómo negar la poesía colándose en las páginas? ¿Cómo no agradecerla? 

Cuando Varsovia suspira en voz alta: “Se puede vivir así. Deseando todos los días. Amando, uno solo. Llorar antes y después de eso. Cada hora es horrible. Sale de la nada, de un tiempo que se multiplica incomprensible. Que brota desde la hora anterior para volver a brotar”. Cuando el lector acusa: “Usted, me está mirando desde lo dicho. Y ya no puedo leer sola”. Cuando en una habitación -al mejor estilo de Yourcenar-, alguien reconoce: “No estaba acostumbrada a lidiar con discursos mudos. Todos los cuerpos con los que establecía comunicación solían ser ruidosos, ansiosos, y mantenían una actitud común al pensar que yo existía para escucharlos”. Cuando en la trinchera de la cordura, se examina: “La muerte siempre está atenta, especialmente ante los animales, ellos son más lentos que el lenguaje”.

Lo fatal está presente también -“Lo fatal tiene un pedigrí que ni las bendiciones logran iluminarnos”- convertido en afirmación de lo vital, en empuje y aceptación para que los finales se bifurquen, al igual que los personajes y quien los crea, que no pasa desapercibida, se queda latiendo varias páginas después del fin.

Yo, me quedo gustosamente en los recovecos del descubrimiento, de la casa y sus moradores, desde aquí los invito, desde aquí escribo, “desde un país más cercano”.

                                                                       Ileana C. Arteaga Ortega


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