Menu

EDUARDO SERRANO VELÁZQUEZ: POESÍA ACTUAL DE CHILE

EDUARDO SERRANO VELÁZQUEZ (Santiago de Chile, 1984) Escritor y Profesor. Su campo de estudio se enfoca en los espacios reales y oníricos de la ciudad, publicando ensayos en diversos medios.

Gladys Mendía 4 años ago 75
Compartir:

EDUARDO SERRANO VELÁZQUEZ (Santiago de Chile, 1984) Escritor y Profesor. Su campo de estudio se enfoca en los espacios reales y oníricos de la ciudad, publicando ensayos en diversos medios. El 2010 obtuvo una mención honrosa en el concurso de poesía “Stella Corvalán”, apareciendo en la publicación del concurso. En el 2015 publica el libro Mapa de guerra por Das Kapital Ediciones. En el 2017 obtiene el Fondo del libro en la línea de creación literaria con el proyecto Aeronáutica. Y más recientemente en el 2019, ha obtenido una Mención de Reconocimiento en el concurso de poesía “Aristóteles España” con el libro Profundidad de campo.

Selección por Gladys Mendía de Aeronáutica

Aeronáutica

Remolcar entonces

toda la costa del pacífico

del hoyo de nuestras retinas,

como fragmentos

de maquinaria destruida

y dejar en su lugar

solo el holograma

de las más feroces pesadillas.

nos parecía, en este caso,

el mejor plan de asalto

para recuperar un poco

de ese líquido amniótico

del paisaje que nos envolvía.

Ese era el mejor plan

que podíamos imaginar

para remolcar la noche

de nuestros párpados

y arrastrarla como

un simple pedazo de chatarra

desde nuestra nave acústica,

vibrando a 270 nudos por segundo.

Porque el truco estaba sin duda,

en la posición y en la forma de las alas,

en la manera en que el viento

entraba y quemaba los átomos de los motores

mientras nuestras barbas crecían

descomunalmente hasta confundirse

con el océano y sus corrientes.

El truco estaba en dejarse caer en picada

 a través de los acantilados

y arrecifes de la memoria,

evitando a los cazas

y bombarderos enemigos,

dejando un mapa de nubes

como rastro para nuestras

identidades secretas.

Y si entonces o después de eso

remolcar la costa, la noche y la ciudad

del subterráneo de nuestras bocas

se vuelve una artimaña de la posguerra,

el mapa se convertirá simplemente

en el holograma más temible y feroz

de nuestras propias pesadillas.

Cabaret “La Posguerra”

Las ciudades-templos que agolpaban nuestros ojos

 eran solo otro enjambre de luces

para los aeronautas perdidos

que observaban desde el aire

el teatro nocturno de la posguerra.

Lo sabían nuestras pupilas estáticas

 como catedrales bajo la luna,

 mapas de antiguos temores

que miraban hacia dentro

de la verdadera carnicería

de nuestra memorias.

Lo sabían nuestras retinas

 extendidas como pieles de leopardo

 adheridas a la ciudad

entre acantilados

y desiertos nocturnos.

Lo sabían porque

era el único modo

de repetir las rutas aeronáuticas

que habíamos heredado

 y grabado como tatuajes

 en nuestros brazos

para no olvidarlas.

Se trataba sobre todo de la piel

rayada de nuestra memoria

semejante a un cabaret de terciopelo negro

 donde aterrizábamos nuestras naves

como aves metálicas

fuera de sus órbitas.

Parecía toda una constelación de océanos

tapizada en las paredes de una capilla

 semejante a un escenario de neón

al medio de la ciudad

y cuerpos revolcándose

sobre el cuero sintético del suelo.

Parecía una plataforma

de luces estroboscópicas

donde los cuerpos,

se doblaban hacia atrás

y se quebraban con un estallido.

Entonces los acantilados

que llevaban nuestros ojos

eran como ciudades de terciopelo

 vistas desde el aire

que no aguantaban más de temores,

 estáticas como catedrales bajo la luna.

Samsara

Una vez alcanzada la altura indicada

solo había que dejarse caer

como pájaros metálicos

o pilotos kamikazes

en una gélida mañana de agosto,

 cercenando y decapitando cuerpos

 con las alas de katana

tal como se muestra en la insignia

 de nuestro escuadrón,

al costado de las chaquetas

de cuero negro gastado.

Una vez alcanzada la altura

solo había que soltar las amarras

para desfigurarle el rostro a la noche,

 como aves cayendo en picada

desgarrando el atlas de nubes alrededor,

porque las curvas en el cielo

son más anchas que la memoria

y la piel de la infancia

ya no aguanta como antes

la combustión que devora el fuselaje.

Y entonces a medida que nos acercábamos

 al estruendo y al fogonazo,

justo antes de que colapsaran los motores,

 la ciudad por un instante

parecía un holograma vacío

como una de las estaciones del samsara

 donde la devastación se repite

como un diálogo eterno hasta la madrugada,

donde los transeúntes padecen

infinitas torturas

y dolores sin revelarse,

encerrados en automóviles

o mirando estáticos por las ventanas

de algunos edificios.