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CARLOS BARBARITO: Poesía Actual de Argentina

Foto por Sergio Cavazza CARLOS BARBARITO (Argentina,  1955). Su obra publicada hasta el presente incluye libros de poesía y sobre artes plásticas. En poesía editó: Poesía quebrada (Mano de Obra, Buenos Aires,

Gladys Mendía 6 años ago 15
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Foto por Sergio Cavazza

CARLOS BARBARITO (Argentina,  1955). Su obra publicada hasta el presente incluye libros de poesía y sobre artes plásticas. En poesía editó: Poesía quebrada (Mano de Obra, Buenos Aires, 1984); Teatro de lirios (Fundación Alejandro González Gattone, Pergamino, 1985); Éxodos y trenes(Último Reino, Buenos Aires, 1987); Páginas del poeta flaco (Filofalsía, Buenos Aires, 1988); Caballos y otros poemas (Hojas de Sudestada, La Plata, 1990); Parte de entrañas (Arché, Buenos Aires, 1991); Bestiario de amor (El primer siglo, Centro de Publicaciones de la Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 1992); Viga bajo el agua (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1992); Meninas/Desnudo y la máscara (Poesía. Ganadores del Concurso Nacional de Poesía Enrique Pezzoni 1992. Centro de Estudiantes Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Último Reino, Buenos Aires, 1992); El peso de los días (Ediciones Electrónicas Altamira, Buenos Aires, 1995); La luz y alguna cosa (Último Reino, Buenos Aires, 1998); Desnuda materia(Ediciones del Árbol, Buenos Aires, 1999); Puntos de fuga (Colectivo ZonAlta, Toluca, 2002); La orilla desierta (Andrómeda, San José de Costa Rica, 2003); Piedra encerrada en piedra(Hespérides, La Plata, 2005); Les minutes qui passent (Poietes, Foetz, 2005); Figuras de ojo y sombras (Bermingham Edit., Donostia, 2006); Música humana y de paramecio (Colección Manija, San José de Costa Rica, 2008); Un fuego bajo un cielo que huye (Baile del Sol, Tenerife, 2009); Cenizas del mediodía (Praxis, México D.F., 2010); Feu sous un ciel en fuite; traducción de Patrick Cintas (Le Chasseur Abstrait Éditeur, 2010); Paracelso (Barcelona: Excodra, 2014). En cuanto a sus publicaciones referidas a las artes plásticas: Acerca de las vanguardias, Arte argentino siglo XX, Comisión de Homenaje a Jorge Feinsilber, Buenos Aires, 1990; Roberto Aizenberg. Diálogos con Carlos Barbarito, Fundación Federico Jorge Klemm Editora, Buenos Aires, 2001.

 

Selección por Gladys Mendía de Radiación de fondo (aBrace editora, 2018)

 

Invierno: la vida se reduce…

 

Invierno: la vida se reduce

a unas ramas delgadas a punto de quebrarse,

unas presencias dispersas que sólo anhelan llegar a casa

y encender, con algunas maderas, un fuego duradero.

Algo, sin embargo, permanece igual,

no importa la estación, si las hojas brillan en los árboles

o son arrastradas por el viento a lo más lejos y en desorden:

en el papel, luego de cuidados y correcciones,

la errata, obstinada y todopoderosa,

ocupa el lugar del poema.

 

 

 

No hay sino esto…

 

No hay sino esto, concentrado en un punto ciego.

Algo, inefable pero evidente, quedó,

en el barro y no en la alhaja.

Y allí, ninguna curación para el dolor en la espalda,

la peste, que fuera sagrada y ahora

es sólo peste, el agua servida

desde las casas en las que nadie tiene perro

y se teme al silencio, a las tormentas.

Lo que se extraña es aquello que alguna vez

fuera obviado o escarnecido: la saliva

tornando ácido el aire, la continua batalla

entre el salmo y la serpiente,

la voz que pregunta detrás de la voz en trance:

¿dónde la médula, el útero, el ofertorio?

 

 

Hoy, en una hora que sucedió…

 

Hoy, en una hora que sucedió hace mucho,

en un momento del que nada ni nadie se apiada,

mientras llueve una lluvia sin virtud, sin dominio;

un vaso se vuelca, derrama un líquido invaluable,

se corta justo a la mitad cuanto liga a la vida

con lo que colma el plato, desde ahora para siempre perdido.

Nada basta, en adelante. Nada sacia

el apetito del muslo, los astros.

Y el silencio se curva, el sonido se expande

más allá de lo que alcanza el diapasón,

cuerpo sobre cuerpo en la áspera madrugada:

¿qué se amputa cuando no hay remedio?

¿Qué se hunde cuando las agujas dejan de tejer?

¿Qué se esconde debajo del grito último,

el apresurado remiendo, cuando ya no sirve la palabra?

 

 

Porque no hubo aviso…

 

Porque no hubo aviso, ni sospecha.

Porque la calma entre tormenta y tormenta no alcanzó.

Porque fue mínimo el espacio y el tiempo, breve.

Porque no hubo después para la hoja mustia.

Porque no hubo antes para el pájaro por el cable sostenido.

Porque no hubo a la vista algo al que evocar.

Porque lo evocado se apagó sin dejar rastro.

Porque se presentó como fantasma lo que de carne fuera.

Porque devino indiferente el último viento entre las ramas.

Porque se hizo indescifrable hasta la silla.

Porque todo fue inmediato, limpio y frío.

 

 

Negada la música…

 

A Guillermo Pilía

 

Negada la música, el mar se vacía

y un cometa se precipita; el muslo ajeno

queda muy lejos y más lejos todavía, el propio muslo.

¿Qué círculo no se niega al compás?

Una luz, supuestamente divina o de magnesio,

ilumina por iluminar el rincón

donde se guarece de la lluvia un animal desnudo y lento.

¿Qué sólido rueda por un plano inclinado?

El dos más dos en la pizarra ya no significa;

a la leche que se derrama acude sólo uno

y ese uno se extravía antes de llegar.

Negada la música, el alma de la madera,

la figura en escorzo, la nutricia telegrafía,

queda un constante deambular de peces por el aire;

el agua convertida en aire, un desmayo

un instante antes de la desbandada de las luciérnagas.

 

 

Lengua para hablar…

 

Lengua para hablar, y al hablar la llamo.

Pero no acude, como si en su actual condición

tuviese otro nombre. Tal vez

lo que cambió fue mi lengua,

se volvió a sus oídos irreconocible.

Callo. Para no caer, trazo, con tiza,

signos sin sentido alguno en una pizarra;

abrazo una fe a la que hasta una rata rechazaría

y bebo de un vaso vacío, a pequeños sorbos,

en la hora en que el alba es una hipótesis.

 

 

No hay marca de su aliento…

 

No hay marca de su aliento en el vidrio.

No hay mariposa alguna más allá del vidrio.

Porque no pudo andar hacia la ventana.

Porque no fue suyo el aire

y del aire, sólo del aire, nacen las mariposas.

Nunca fui niña, ni siquiera pez, pájaro mosca –dice.

Hay una música agria y descompasada.

Hay un lento animal con la boca abierta.

¿Qué interpreta al mundo hoy, ahora mismo?

Qué plieguen las cortinas y cierren de una vez todos los libros.

Qué naufrague el pensamiento

y mi poema se vuelva incierto, inauténtico.

Qué desaparezcan de una vez las mariposas.

Qué sólo haya una bestia mínima,

bajo un cielo sin nubes, con la boca abierta.

 

 

No saber, no saber…

 

A Julio Silva

 

No saber, no saber y es medianoche.

De la eterna ubre, una leche indiferente, agrisada.

Si voy hacia la estrella, algo me cierra el paso.

¿De qué triste fuente mi debilidad?

No saber si es sangre o saliva el líquido en mi boca. Lo que me urge es esto que oscila, pulsa a medias, carga con su hambre y su sarna,

halla luz sólo en los ojos de los roedores,

profesa una religión con un dios delgado y escamoso. El mar no puede ser sondeado –me dicen.

¿Y si entrego parte de mi carne?

¿Y si entrego toda mi carne?

¿Y si entregadas entraña y médula

la noche persiste en fijar en el hueso su burdel,

en el nervio su ley bifurcada en oquedad y espectro?

 

 

Envejece la piedra…

 

A Alberto Nigro

 

 Envejece la piedra, cubierta

de musgo y solitaria; el tiempo se curva

y ocupa todo el cielo, de horizonte a horizonte;

debajo, el suelo que generaciones de mínimas criaturas, al depositar sus heces, tornaron negro.

Aflojada la cuerda, la música se vuelve casi inaudible; con la llovizna caen rostro y nombre

y quien acude o llama se encuentra

con un desnudo que cree leer

mientras sostiene ante sus ojos un papel en blanco. Delgado tronco que la evidencia tuerce

hasta tocar la tierra: a la idea la sostiene desde atrás

un grosero metal que no aparece en la fotografía.

 

 

Hasta aquí el poema…

 

Hasta aquí -verso tras verso- el poema,

A partir de aquí una torpe metáfora del silencio,

del blanco sobre blanco:

un polvo que se acumula sobre la mesa.

¿Y ahora, qué rumbo?

¿Cómo reconstituir la escena,

que la conclusión otra vez dispersa:

huecos donde hubo árboles,

agujeros donde hubo piedras?

A la intemperie, en la vereda opuesta,

un hombre desnudo,

abandonado por todo dios

y todo semejante. ¿Quién puede decir,

ahora, que no es de cada uno

la única imagen en el espejo?