Menu

GRISELDA GARCÍA(Buenos Aires, Argentina 1979) Narrativa Argentina Actual

GRISELDA GARCÍA (Buenos Aires, Argentina 1979) es escritora y editora. Estudio Diseño de Imagen y Sonido y Letras (UBA). Publicó los siguientes libros: Alucinaciones en la alfalfa (2000), El arte

Gladys Mendía 6 años ago 18
Compartir:

GRISELDA GARCÍA (Buenos Aires, Argentina 1979) es escritora y editora. Estudio Diseño de Imagen y Sonido y Letras (UBA). Publicó los siguientes libros: Alucinaciones en la alfalfa (2000), El arte de caer (2001), La ruta de las arañas (2005), El ojo del que mira (2009), Hallucinations in the Alfalfa and other poems (traductor: Hugh Hazelton, Wolsak y Wynn, Canadá, 2010), La madre del universo, (relatos, 2012), Mi pequeño acto privado (2015), Ahora (2016) y Bouquet Garní + SPAM (2017). Se dedica al dictado de talleres de escritura creativa y al seguimiento de obras literarias en progreso. Se desempeñó como editora en La carta de Oliver y Ediciones Del Dock y en la actualidad dirige su sello, Griselda García Editora.

 

Hablan los damnificados

 

Bajé del colectivo cantando a los gritos. El del puesto de flores me miró pero yo seguí. Era el fin de una semana demasiado dura. En la oficina me habían hecho transportar cajas hasta el tercer piso y estaba destruida.

El sol caía con suavidad y crucé la avenida sin ansiedad ni deseos de saber. En casa, Silvio leía y tomaba ginebra. Cuando dije: “Buenas tardes”, me respondió con un movimiento de cabeza.

El comedor oscuro contrastaba con el estado anterior, de calma ancha y breve felicidad solar. Me metí en la cama y lloré mientras miraba la pared blanca. Él no escuchó o no le importó. Era de esa clase de hombres que cuando escuchan llorar a una mujer se retraen. En lugar de contener, atacan. Yo había aprendido a llorar en silencio.

Hacía días que sentía un nudo en la garganta. Cuando estaba mejor era porque el nudo se había desplazado al estómago. Tenía cuarenta y cinco años y estaba flaquísima. La cara podría tenerla destruida, pero la flacura era algo que las yeguas de la oficina envidiaban. Me preguntaban: “¿Cómo hacés para tener ese cuerpo?”. “Es genética, mi amor”, respondía y se reían. Pero en realidad si me apuraban un poquito les habría dicho: “¿Querés saber el secreto? Pasate veinte años con un infeliz que no te coge hace diez y vas a ver cómo bajás”. Un instituto de dietas, me podría haber puesto yo. Millonaria, me hacía.

Si encuentro algo mejor me voy, pensaba siempre. Pero cuando aparecía alguna opción, eran todos lugares muy feos. En pensiones ya había vivido y sabía que no iba a volver. A los veinte años pasé un tiempo en un hotel de paraguayos. En los pasillos había un olor constante a comida. Los fines de semana se juntaban a las cinco de la tarde y comían con las manos. Ahí aumentó mi resistencia al alcohol. Daba miedo lo que tomaban esos paraguayos. Les encantaba dejarme afuera de sus charlas. Mezclaban el guaraní con el español y cada tanto, yo me daba cuenta, se referían a mí. Decían, por ejemplo: “Porá, añamembuí, la blanquita, rojaijú ipacaraí” La blanquita, me decían. “Te farreamos pero te queremos”, me decían. Y yo sabía que era así. Fue por eso que me quedé más de la cuenta. Pero después hubo un allanamiento y la cosa cambió para peor.

Así que cuando me sentía muy pobre recordaba esa época y enseguida trataba de pensar en las cosas positivas que tenía Silvio, pero la verdad es que estaba harta. Por la fuerza del hábito, sí, me había acostumbrado a que fuera parte de mi vida. Pero había perdido la perspectiva: ¿era una parte chica o grande?

Una vez había hecho un cuestionario que vi en una revista. Se titulaba: cómo renovar tu pareja. Iba más o menos bien hasta que me topé con la pregunta: “¿Qué cosas de él te hicieron enamorar?” Ahí me tranqué. No se me ocurría nada. Estábamos casados hacía demasiado tiempo. Recordé los aniversarios hasta el año número 16. Después me olvidé y él no me lo reprochó. No volvimos a festejarlos.

Esa noche estábamos invitados a un casamiento. Nos vestimos sin hablar ni mirarnos, como dos viejos monjes. Se casaba un compañero suyo de trabajo. Fuimos en uno de esos remises destartalados que circulan por provincia. Lo habíamos pedido el día anterior. Del asiento del conductor colgaba una tarjetita de color rosa que decía cortesía lavadero full wash. El remisero nos dejó en la puerta de la iglesia. Cuando hizo algunos metros notamos que tenía una goma pinchada. Se bajó a cambiarla.

—Si no tenía traje lo ayudaba, maestro —le dijo Silvio.

—No digo una palabrota porque estoy en la iglesia.

Los dejé charlando sobre el cricket y el árbol de levas. Fui a saludar a una mujer que me hacía señas. Llevaba una flor de tela negra sobre el pecho y cuando nos saludamos dijo:

—No sé si te acordás de mí. Una amiga de tu suegro.

Me la habían presentado en una comida familiar. En ese momento el padre de Silvio todavía estaba vivo. Iba a morir algunos meses después en una clínica del centro de la ciudad. En esa clínica hablé durante doce tardes con el ascensorista: “¿Cómo está afuera?”, me preguntaba y yo le contaba. Una vez compartí el breve trayecto con un cuerpo todo tapado. “¿No te molesta?”, me preguntó el camillero. Hice un chiste para descomprimir y me tiraron con munición gruesa de humor negro. Quedé como paralizada. “Terapia”, anunció el ascensorista, “baja una señorita, siguen dos viejos y un fiambre”. Se reían mientras plegaban las puertas tijera. Cuando entré, el padre de Silvio estaba muerto y las hermanas lloraban sobre el cadáver. Una de ellas gritaba: “Era mi amigo, él era mi amigo, por qué te fuiste”.

Recordaba muy poco a la mujer que me hablaba, así que disimulé una cara de no entender y entré a la iglesia. Nos ubicamos en las últimas filas.

El vestido de la novia era de color crema. Se le hacían algunas arrugas al moverse y eso le daba un aspecto extraño. Hice algunos comentarios para pasar el rato. Silvio primero se rió un poco y después me dijo que me callara, que no le hiciera pasar vergüenza.

El cura decía: “En la montaña hay una casa, pero esa casa no es nada sin la sal y el agua, ¿saben? Y la sal y el agua son el amor de Dios padre, ¿eh…? Y hoy estamos aquí para que su bendición caiga sobre Mara y Manolo, sus hijos fieles, ¿eh…? que han decidido consagrar su unión ante Dios, mhmmm…”

Los parientes subieron a un estrado a hacer peticiones a las que debíamos responder: “¡Escúchanos, Señor!”.

“Que sepan apoyarse en los buenos y malos momentos”,

“¡Escúchanos, Señor!”,

“Que sigan creciendo en la fe cristiana”,

“¡Escúchanos, Señor!”

 

En el atrio me presentaron a varias chicas con el pelo planchado y vestidos brillosos. Me imaginé la plancha encendida toda la tarde para que caliente, mientras ellas fumaban y soñaban.

Todas las mujeres llevaban vestidos largos. Yo me había hecho un peinado batido que saqué de una revista y le había pedido prestado un vestido a una compañera del trabajo. Cuando me lo probé parecía amatambrada. Como era tarde y los negocios estaban cerrados, lo solucioné cubriéndome con un chal negro. Al verme, Silvio dijo: “Zas, la llorona del velorio”. Cuando vi a las demás, el contraste fue demoledor. Para arreglarla, suavizó: “Alonso, usted está bárbara. ¿Desde cuándo preocupándose por esas cosas?”. Odiaba cuando me llamaba por el apellido.

Quedé junto a una petisita en traje de lentejuelas. Los demás estaban haciendo planes para distribuirse en los autos que nos llevarían al salón. Silvio se me acercó. Quería controlar que no hiciera papelones.

—¿Vamos caminando? —pregunté—. Es cerca.

—Querida, no podés caminar con esos tacos.

—Pero sí.

—Vos andá con las mujeres.

El viaje fue incómodo porque las calles eran empedradas y el auto muy chiquito. La petisita me clavó el codo en las costillas y se disculpó. La fiesta era en un club deportivo que habían alquilado. Se entraba por un sendero de grava que desembocaba en el salón principal, emplazado sobre una barranca con vista al río.

Al principio me gustaba ir con Silvio al río. Teníamos nuestro lugar sobre un tronco que la marea había acomodado contra un montículo de tierra. Yo me dedicaba a explorar. La costa estaba llena de desechos. Buscaba pedazos de azulejos, hebillas gastadas, vidrios antiguos y otras basuras curiosas. Él tiraba piedras y las miraba mientras rodaban hacia abajo.

La humedad se mezclaba con el humo de la parrilla que salía desde adentro del salón. Se veía todo como detrás de una cortina. Una chica grandota me preguntó:

—¿Vos también trabajás en la justicia?

Empezamos una charla animada. Sus tetas gigantes me distraían. Supuse que estaría acostumbrada. Si no quería que se las miraran tenía que decir cosas muy inteligentes, pensé. Qué agotador. Me la imaginé en la cama con el novio. Él estaba atrás hablando con otros hombres que se burlaban por su traje holgado.

Encaré al mozo que llevaba empanadas:

—¿De qué son?

—De verdura, señorita, ¿gusta?

—Gracias, más tarde.

La grandota hablaba con un señor muy alto, así que me alejé hacia la baranda que daba al río. El agua estaba quieta. A lo lejos centelleaban algunas luces y la luna hacía su juego habitual. El humo insistía en el ambiente. Lo sentía en el pelo y en la ropa. Empecé a aburrirme. Antes de tomar una decisión repentina conté hasta diez, como me había dicho Silvio que tenía que hacer. Traté de localizarlo. Estaba tomando vino detrás de un arbusto. Me presentó a sus compañeros; uno dijo las típicas cortesías acerca del vestuario y como mintió bien, no me molestó.

—Se los robo un momentito —les dije tomándolo a Silvio del codo.

—¿Ahora qué pasa?

—Quiero irme a coger.

Se rió nervioso.

—¿Con quién? —preguntó haciendo una tosecita.

Tendría que haberme reído. Tendría que haberme dado cuenta de que era una broma. Fue como haberme caído al agua helada. Como esos concursos en donde los participantes caen a un estanque de vómito.

Una vez en la mesa la charla giró en torno a los novios. A él le decían Homero, por Simpson. Cuando la familia se sacó la foto grupal, alguien por lo bajo tarareó la cancioncita de apertura de la serie. Todos se rieron menos yo. Cómo me vas a preguntar con quién quiero irme, querido. Vos estás mal, pensaba yo. Cada vez me sentía peor. No tenía hambre. Algo andaba mal. Empezaron a desfilar las fuentes pero yo no quise agarrar ni un chorizo, con lo que me gustaban. Comí un pedazo de pan untado con queso. Todos se tiraron sobre las achuras y eso los aquietó. Para los inmigrantes la comida tiene el don de tranquilizar. En la conversación circularon los siguientes datos:

El Gordo fuma dos atados por día.

No tiene para comer pero hizo una fiesta para 150 personas.

Se van de luna de miel a un hotel sindical en Córdoba.

La novia parece una heladera.

El vacío está duro.

Después de una hora y media de ver comer a los otros, no soportaba más. Comenzaron a apartar un poco las sillas para dar lugar a la expansión estomacal. Cayó otra tanda de invitados, entre ellos un abogado a quien ya conocía. Su apodo era algo así como “Pili” o “Goli”. Parecía gracioso porque arrugaba mucho la frente. Al saludarme hizo una pequeña presión en mi hombro que me reconfortó. Hay una mano que puede calmarme ahí afuera, pensé. En algún lugar tiene que estar.

Ni bien empezó a sonar el vals ubiqué la puerta más cercana. Algunos se pusieron de pie para aplaudir a Homero, que había sacado a bailar a su esposa.

Empezaba a levantarse viento, que disipaba el humo en oleadas. El parque tenía muchos senderos que se entrecruzaban y no podía ubicar la salida. Los carteles indicadores decían recreo, baños, buffet. Volví decidida a preguntarle a alguien y vi a Silvio que me estaba buscando. Al verme estalló:

—Pero vos estás loca, ¿cómo te vas sin avisar?

—Bueno, no es para tanto.

Entramos en una discusión y me vi inmersa en el torbellino de tener que explicar qué quiero hacer y por qué, pedir disculpas. No funcionó y él se puso más nervioso.

—Tenés que tolerar más ciertas situaciones.

—Me aburro.

—Vos te aburrís de todo.

—Por favor. Te veo en casa.

—Cuando yo te acompaño a algún lado me puedo quedar cuatro horas aunque no me interese.

Se sucedieron algunos reclamos que devolví con otros. Ahí estábamos, batallando bajo la humedad que pulverizaba el río, a la vista de una pareja que pasó junto a nosotros pensando: “Discuten, pobres”. Las parejas siempre tienen eso de alegrarse por estar bien mientras otros se matan. Saben que la próxima pueden ser ellos y se muestran compasivos.

Esa miradita me enfureció y terminé la discusión largándole una puteada. Él levantó la mano como para pegarme un cachetazo. Nunca voy a olvidar la mezcla de cobardía y enojo en su mirada.

—¿Ni para eso servís? —grité al alejarme.

Me devolvió la puteada, pero no entendí qué dijo.

Al llegar a casa lloré en silencio. La costumbre. Después fui al baño a sacarme el maquillaje. En el espejo vi mi cara fea. La vida te pasó por encima, querida, pensé. Si no te movés te tapa el agua. Todavía te quedan algunos años, todavía podés. 

Me fui a dormir al sillón. Conté igual cantidad de noches ahí que en la cama grande. Era de día cuando escuché las llaves. Me tapé hasta la cabeza. Silvio se tropezó con la mesita de la entrada. Encendió la luz, miró y chistó. Cuando estaba borracho parecía de 200 años, se llevaba cosas por delante, se le iban los vasos de las manos. Escuché también algo similar a un rezo que me dio miedo. Después se acostó.

Soñé que me llevaban a la comisaría, acusada de haber comenzado una pelea en un bazar. Me obligaban a quedarme hasta el momento de la declaración. Pasaba horas yendo de ventanilla en ventanilla tratando de averiguar si podía volver otro día. Una mujer policía me decía que de no asistir, interpretarían que gané tiempo para preparar mi declaración y podrían considerarla falsa.

Abrí los ojos. Sentía como si un rodillo gigante me hubiera pasado por encima, como en los dibujos animados. No quise hacer ruido para no despertarlo. Busqué un bolso, metí mi ropa y mis cremas. Acá no vuelvo nunca más, decía en un murmullo. Escuché la puerta de la habitación y lo vi aparecer, medio dormido y con su pijama de ositos. Parecía un chico.

—¿Qué hace con eso, Alonso?

No contesté.

—Largue ese bolso. Largue ese bolso.

—Volvé a dormir. Después hablamos.

—¿A dónde cree que va? —preguntó y vino a mi lado.

—Me dejás, por favor.

Yo seguía metiendo ropa. De repente me arrancó el bolso de las manos. Casi más le doy una piña. Otras veces nos habíamos dado algunos manotazos y pecheadas bravuconas, pero juramos no volver a irnos a las manos. A él le daba más culpa que a mí. En una pareja uno trata de sobrevivir como puede. Ese era sólo otro modo posible.

—Venga, Alonso —dijo y me abrazó.

Mi espalda crujió. Me sentí mejor. Me levantó en el aire y nos empezamos a reír.

—Usted no se va a ninguna parte.