
Entre la voz y el silencio: El desierto que cruzamos, de Victoria Benarroch
Por Carmen Virginia Carrillo
Querer escribir el amor es afrontar el embrollo del
lenguaje: esa región de enloquecimiento donde el
lenguaje es a la vez demasiado y demasiado poco,
excesivo (por la expansión ilimitada del yo, por la
sumersión emotiva) y pobre (por los códigos
sobre los que el amor los doblega y lo aplana)
Roland Barthes
LP5 Editora publicó el año pasado El desierto que cruzamos, de Victoria Benaroch, un libro de poemas, en su mayoría muy breves, que giran en torno al sentimiento amoroso, a la fugacidad del deseo, al anhelo de recuperar la ilusión que se diluye en el olvido. Escritos con particular economía de lenguaje y condensación de sentido, sus versos nos hablan del dolor, de la herida y de la tristeza que atraviesa un yo lírico y su deseo de crear un mundo nuevo en el que sea posible el reencuentro:
Cada silencio procura el vacío
el regreso
reconstruye
el amor que dejamos en la puerta (25)
El poemario está dividido en cuatro partes cuyos títulos aluden a vacíos, extensiones áridas, dimensiones siderales: “El murmullo blanco de su rastro”, “El encuentro fortuito de las estrellas”, “Llenarme de tu silencio” y “El desierto que cruzamos”, este último, que da título al poemario, nos remite al éxodo del pueblo judío por el desierto, pero también al exilio, la migración y el trauma compartido, no solo por los ancestros, sino también por las nuevas generaciones. Ese lugar de prueba y purificación pero también de transformación, se traslada a los versos de Benarroch.
El poemario cierra con un atisbo de esperanza:
En mis senos me entregas
tu agua
la libertad de tatuar
un mundo
en la tempestad del desierto (4)
La palabra, sobre la página en blanco, dialoga con las ausencias, con los ecos del pasado. De ese vínculo inseparable entre la voz y el silencio renace el aliento. Deseo y escritura conforman un binomio que intenta resguardar lo transitorio, nombrar lo indecible, redimir el sentimiento.
La palabra poética hace hablar al amor, delinea la emoción y descifra el deseo. El hablante poemático busca “cobijarse del dolor del tiempo” (32) y recuperar al amado:
Cuando mis versos derriben
tu muro
cuando tu muro sea un silencio que no duela
nos encontraremos de nuevo (51)
En el horizonte de sentidos en el que se instala la desgarradura del amor, las sinestesias, los oxímoros y las paradojas, esas figuras que permiten decir lo imposible, articulan la tensión entre ocultar y mostrar, hablar o hacer silencio. El lector siente el poema, percibe la complejidad de la existencia, la inestabilidad de los sentimientos, la tensión entre recuerdo y olvido.
En el primer poema encontramos envolturas que ocultan la verdadera esencia, esa que solo puede percibirse como rastro olfativo, efímero, emocional. El velo, insuficiente, no logra ocultar o, tal vez, no revela lo suficiente. Los sentidos sugieren lo intangible.
Un desnudo viste su ropaje
no hay quien pueda ver
el suave aroma que deja al pasar
parece que el velo no fue suficiente.
En reiteradas ocasiones, las imágenes que remiten a la aridez, a la imposibilidad de alcanzar el consuelo:
Ni una gota de arena
nada apacigua
sola (14)
Deseo y poesía reflejan movimiento, tensión, espera; no se consumen, se expanden. Solo la palabra logra trascender la fugacidad de la existencia y vencer al olvido. La huella persiste y nos invita a atravesar el poema, a descifrar la letra:
…
intento en los vocablos
dibujar
esa línea indeleble
que nos une en el deseo (36)
La completitud de los dos cuerpos en el espacio íntimo del encuentro se traslada al texto poético y lo sensitivo se hace significativo. La complicidad renace en la posibilidad de la satisfacción del impulso amoroso. El “espacio silencioso del amor” (54) permite al yo lírico encontrar la propia voz y ser luz.
Los cuatro elementos constituyen el eje del universo simbólico de este discurso poético: tierra (grano de arena, desierto, piedras), agua (mar, olas, río, gota, lágrima), aire (cielo) y fuego, que pareciera consumirlo todo, pero que encuentra en el poema una forma de aliento:
Sobre la calma enciendo un poema
su llama
recoge el sonido de un muro
mi dolor reposa en un salmo (23)
Y es también encuentro:
Desborda la docilidad de tu fuego
en mi
procúrame adentro
repósalo en tu cuerpo
y me hallarás (46)
El amor amenazado, el porvenir cancelado, la soledad, la espera y el sufrimiento son transfigurados a través de la palabra, el deseo se torna lenguaje.
Casi al final del libro, un poema largo irrumpe en la dinámica de textos breves para hablarnos del kipur. Lo humano se conecta con lo sagrado volviéndose plegaria y testimonio. El yo da paso a un nosotros que habla del perdón:
Llueve de vejez llueve
…
sigue lloviendo y cantamos
alabamos a DS que hace las montañas
La lluvia persiste para mantener viva la voluntad, la esperanza se enraíza en la oración. El sonido del shofar despierta la conciencia y pide arrepentimiento. Testimonio de la pérdida y la catástrofe, la plegaria hecha poema nos habla de un renacer colectivo: “el mundo se transforma en vientre” (78). Espacio primigenio en que cobija y nos permite volver a ser tras el duelo, cargar “la herida del desarraigo” (83), atreverse a amar, porque el amor es el principio creador, es poiesis.
Las piedras, objetos silentes que “custodian nuestras nostalgias” (78), comparten con la palabra, la condición fundacional y ambas propician la invocación amorosa que busca la perpetuidad del sentimiento, ese que vive “en la herida del desarraigo” (83).
Leer El desierto que cruzamos es acompañar al yo lírico en su dolorosa travesía, dar la bienvenida a “la nostalgia” que “es la tristeza de la memoria” (55), para luego fundar “otro espacio entre la humedad/ para rescatar la flor/ y volver a ser” (81).
Que belleza de texto. Los poemas son bellísimos!