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Reynaldo Jiménez traduce a Jorge de Lima

Jorge de Lima nació el 23 de abril de 1893 en União (Alagoas). Cursó estudios de humanidades en Maceió y medicina en Salvador y en Río de Janeiro, donde ejerció la profesión. Fue profesor de literatura en la Universidad de Brasil y ocupó el cargo de concejal en el ayuntamiento del antiguo distrito federal. Autor representativo de las tendencias contemporáneas de la literatura brasileña, fue importante su contacto con el modernismo nacionalista de las décadas de 1920 y 1930, principalmente con el Grupo Regionalista de Recife, en el que figuraban Gilberto Freyre, Lins do Rêgo y Olívio Montenegro. Fundamentalmente lírico, con raíces en la propia afectividad, registra ritmos folclóricos, notas pintorescas y glosas de autores clásicos.

Gladys Mendía 1 año ago 91
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Jorge de Lima nació el 23 de abril de 1893 en União (Alagoas). Cursó estudios de humanidades en Maceió y medicina en Salvador y en Río de Janeiro, donde ejerció la profesión. Fue profesor de literatura en la Universidad de Brasil y ocupó el cargo de concejal en el ayuntamiento del antiguo distrito federal. Autor representativo de las tendencias contemporáneas de la literatura brasileña, fue importante su contacto con el modernismo nacionalista de las décadas de 1920 y 1930, principalmente con el Grupo Regionalista de Recife, en el que figuraban Gilberto Freyre, Lins do Rêgo y Olívio Montenegro. Fundamentalmente lírico, con raíces en la propia afectividad, registra ritmos folclóricos, notas pintorescas y glosas de autores clásicos. Inició su obra como autor de sonetos neoparnasianos. Recibió el título de ‘Príncipe de los poetas de Alagoas’ por sus XIV Alexandrinos, entre los cuales destaca “O acendedor de lampião”. Autor de 14 libros de poesía, escritos entre 1914 (XIV Alexandrinos) y 1952 (Castro Alves, Vidinha). Destacan Anunciação e Encontro de Mira-Coeli, así como los Poemas negros. En 1939, se publicó en Río de Janeiro una edición castellana de sus Poemas, y en 1949, en Argentina, Esa negra Fuló y otros poemas. Fue también autor de cinco novelas y siete ensayos. Entre las primeras deben citarse A mulher obscura y Calunga, y los ensayos A vida de São Francisco de Assis y la Vida de Santo Antônio. Dejó inéditos textos de teatro (A Filha da Mãe d’Água, Ulisses, As mãos) y un argumento cinematográfico (Os retirantes). Jorge de Lima falleció en Río de Janeiro el 15 de noviembre de 1953.

Jorge de Lima, del Canto Primero, “Fundación de la isla” del libro Invención de Orfeo (1952).

XXXI

Olvidados de los dueños, nos los bastos,
nos los complejos, nos los pioneros,
nos los devastadores y asesinos,
vamos ahora a fabricar al indio
con la tristeza de la mata y la fuga de
la maloca, con la alegría de cazar.

Vamos a darle paciencias de amansar
los bichos, de juntar las bellas plumas,
raíces, frutos; vamos a bambolear
con él el suelo de la maloca, batucando.
Esa tierra danzada, Don Manuel,
de punta a punta es toda de arboledos.

Es toda de arboledos y buen aire,
como el buen aire de Entre-Douro-y-Miño, y las aguas
son muchas, infinitas, todo dando,
dando el pez, lavando la carne nuda,
lamiendo los pies de la selva embarazosa,
la forma es ser parda, buenas narices.

Buenas vergüenzas nudas, buenas caras
y buenos Jeans de Lery contando las cosas.
Ausentamos recalcadas y pudores
y collares de dientes y de cuentas
para atraer a las musas y las madres-d’agua,
y adornos para los sexos merecidos.

Ninguna idea exacta poseímos
sobre orígenes de carnes y de sangres,
mas de muertes solamente, mismas caras
que vos, mismos deseos, nos indígenas,
vos indígenas, nos las maderas mismas,
decadentes, corroídas, no pacíficas.

Nuestro can doméstico aprendió
a latir. También nos sabemos cosas,
tatuamos indios para que los malos genios
de nos no se apoderen. Caníbales,
caníbales, upupiaras, canes y peces,
hombres fluviales, nos indios, curinqueás.

Goiasis, matuins, encantada India,
siempre India occidental, oriental India,
poblada de cardúmenes mitológicos,
mis proas cortando los tenebrosos
mares, de duendes lusos y otras nubes,
promontorios, gigantes y grandezas.

Y yo niño pequeño, todo penas,
con esas flechas sin leyes y esos collares
prefaciando viajes, aventuras,
narradores de patrañas europeas,
yo sin oros, con apenas maracas,
bondades naturales, recién nacidas.

Yo indio diferente, mal salvaje,
buen salvaje nacido para el humanismo,
ante la ley naturaleza me desnudo
con pilotos y epístolas, cabrales,
navegaciones y viajes y ramusios,
santas-cruces, vespucios, palos-brasiles.

Y yo palabreando con esos papagayos
completamente apócrifo en el mundo,
cosmogonía nuda, áspero clima
sin moneda y comercio, muy bien,
libertad social, perfectamente
con macanas hiriendo mas sin guerras.

Sobre todo yo esclavo del hombre blanco,
oh kuñas, inocencias y pobrezas,
curiosidades sobre mis amores,
visiones de misionarios, flor de pieles,
narrativas de naos y manuscritos,
maderas de Colombos y de Españas.

Vivo extraño en Lisboas babeladas
entre chinas y japones las callejuelas,
los dominios distantes ahogándome,
a los codazos el Rey de las esquinas,
rescatado con fardos y toneles,
descubierto de trajes y de galas.

O entonces en bororo llamándome:
—¡Que venga el pez ocogue! y el pez vino
y otros peces engendrados con ixegui.
Quiero dos palos para encender mi fuego,
la morada de las almas me llamó,
bororo fuerte, lenguaje de bororo.

Dentro de las genipas el ser grávido
subió al árbol, fruto, hermana menor,
para flechar morada de silbidos,
las aguas se alargaron, el anta vino,
entonces llegó la tierra y se embebió,
formó un valle, el valle se hendió.

Conozco plantas para engrudar memorias,
buenas enviras amarrando los cantos,
resinas, cáscaras para funerales,
para cacerías, cantos de pescar,
oh filas de antas, tacuarales, canastas,
ruidos tristes, desolados, desalados.

El fuego en la pelusa de la montaña,
el fuego sobre el río, sobre la mata,
en los límites de la mata, rodea a las onzas,
rugido en fuego de las onzas, onzas yendo
con la montaña de fuego, mata en fuego,
antas yendo con el fuego, y el fuego yendo.

Cortar camino, viendo con los dos pies,
sacar oro para que otros paguen diezmos,
zona de ipecacuana, de medicinas,
no me importa matar a los emboabas,
quiero posesión de obispos y caciques,
abolir el límite meridiano.

Tomar zarzaparrillas para la sangre.
Predominios de matas y de ríos,
suelos salinos, pastos suculentos,
eclesiásticos ambulantes, cuentas,
y el viaje para el Norte, sol a sol,
la frontera no ha parido legua.

Comer, no nos comemos a ningún obispo,
el blanco miente mucho, el corrompido,
embaraza esa vida, el blanco es así.
Comernos no comemos a ningún blanco,
ni fumamos mentiras, humo nuestro,
humo de paz o guerra, mas valiente.

Vistosos los adornos del hombre blanco
para bodas del Delfín con la Infanta España,
yo pida para pinturas y anarquías,
para trovadores, angos, leprosarios,
yo mico de Nassau, topinambou,
Zorobabel de insurrección, el desnudo.

Claveteado de premisas y mirares,
de reflectores y cines, he aquí tu indio,
engrudado de tucanes y de araras,
operario sin ley y sin Rousseau,
incluido en diccionario filosófico,
metáfora, grabado, ópera, símbolo.

Utopía de santo y de sin-Dios,
tu indio, tu abuelo, tu desheredado
Adán, perfecto Adán sin tus pudores
falsos, consciencias, dudas, recelos,
Emilio bronco, ¿padre de qué Rousseau?
¿De qué Montaigne? ¿De qué otra convivencia?

Indio que te contiene como moldura
guardando personajes obligados,
unos en redes, otros en gavetas,
en redomas de plata, unos vestidos,
otros desvestidos, unos tantos muertos,
retratos deslustrados, caras idas.

Calaveras en museos; Pedro Segundo
viendo estantes, ¡fantástico barbazas!
Y al lado las repisas con una fauna
de peces disecados, hermanos gemelos
de tu anfibio indio sumergido,
disuelto en los ríos y en las fiebres.

Y su muda habla con los de las aguas
que el rey jamás entiende, habla seca
conservada en los alcoholes o moquém
de sombra en las malocas devastadas
por los hijos del rey. Catalogados
unos hilachos, unas tangas, unos chocallos.

Le cubre el asfalto la marca de sus pasos
tan bebidos que ignora si murió,
sueño de indio cansado de estos siglos,
de esa malicia blanca, de esos opios.
Tuvo lecciones de infancia recordada:
¡Cómo tú dueles, Timbira, en estos cantos!

No obstante el transporte a otros menesteres,
transformado en pretéritos de lengua
general fosilizada, moquemada, urna
de trazas royendo muertos no llorados,
hoy encontrados secos, igazabas
como ampollas de tiempo latiendo.

¿Mas cómo fue ese indio? Todos saben.
Él mora en vuestro mirar ya verde,
en vuestra rubiedad, en vuestro paso,
en vuestra descendencia, partos simples
como fumar, hablar esas conversas
o decirse que no miente mintiéndose.

O en la risa cavada, en la denuncia,
en la carencia, en la flecha aún adornada,
en el papero de loza, en la moqueca,
en el cajú, en el cabello enjundiado,
de esas cosas ancianas quedó un poco
de todo, esos anzuelos pescando taras.

Quedó un tanto de dentro disfrazado
de abejas serviles y aves-muñecas
y cobras papa-huevos para las ratas.
Quedó el abrazo abierto para vos,
quedó el miedo de cosas caiporadas,
de estrellas correderas, de cometas.

Y ese gran Gonçalves, vuestro nieto
apartado a los cinco de la madre parda,
para ruiseñores, chopales, capas, mondegos;
y la colina coímbra y las travesías,
y el pan del exilio sin sabiás timbiras,
y Ana Amelia, mi Dios, tan imposible.

Vuestro vagabundaje por el mundo,
vuestras mataduras, vuestra vuelta a la patria
para morir en la playa, bajo un mástil,
bajo una quinta, viernes o sábado
en velero de proa carcomida,
sin que curioseéis siquiera.

Suerte vuestra, corneados, cómo duele,
en el silencio parado, paranado,
sin nunca sanaros, indio-miní,
embadurnado de ideas extranjeras,
paseado de hormigas jaquitaguas,
estrella de la mañana sin vos clarear.

No madrugado, siempre atardecido,
nuestros piares ya no llaman vientos;
vuestros enfados, vuestros cauchosos
alargando el silencio mararomado,
atracado en lo oscuro de estos tiempos,
sin palo-brasil, sin oros, sin espadas.

Capital de la República habitáis
con chinelas, pensiones, nombres de todo,
carapanás, estadios, urupemas,
pensamentando ideas, feriados,
batallas de confeti, constituyentes,
leyes de trabajo, luciérnagas, fords.

Pues luciérnagas, sí, relumbrando
vuestros caminos, cámaras, senados,
con vuestra protección paragrafeada,
habitaciones y luz de quien cedisteis
este cerrado bosque de brasiles
con dulces firmamentos y cruzeiros.

Vamos a consolarnos en los colectivos,
sentarnos juntos, beber nuestros orvallos,
ojear mansas cuchillas, rascarnos,
gozar playas amenas, filas, bondis,
nombrarnos jefes-de-sección,
conseguir sinecuras, nuestros indios.

Vuestros indios ocultos, ranchos de ellos,
tejiendo telas sobre vuestros ojos,
y en el pino del día el calorón,
la tristeza del sol durmiendo astuta,
todo largado ahí con nuestros indios,
con el pino del mediodía, con febrículas.

¿Quién os mandó inventar indios… Morus,
islas escritas, Morus, utopías,
Morus, revoluciones, Morus, oh Morus?
Los indios se escondieron en el hombre blanco,
en sus asombros, él invadiéndose
de ocasionados indios, de otros indios.

Y nos en esas salmueras o pelando
o comiendo mixiras, tracajás,
temporizando fuegos lentos, leñas,
pirones precipitados, mandiopubas;
y nuestros gurrumines sobresaltados
por los juruparis de importación.

Y en nos nuestros indios federando
sabidurías íntimas, voluntades,
caprichos devastados, confesiones
contenidas bajo los pelos arropados,
modorras de urucús, noches sudadas,
comezones de frieras y deseos.

Padres-maestres vigilando redes hondas,
jiraus estremeciendo, castidades
blandas, las cuñatás de sueño leve,
los pecados volando por lo oscuro,
mariposas paradas esperando,
por mariposas o por lagartijas.

Enhebra ras-a-ras de son pobrecito,
nos isleños atragantados con of-clides
olvidamos mandingas, pajelanzas,
con ese canto planeando en danzas
para Tupá y morenas entregarse.
Catimbó. Catimbó, en la noche inmensa.

Hay pirañas en racimos, hoy aéreas,
tiñendo los arreboles de sangre humana;
es mucho mejor babear ternuras que
violencias, escuchar cualquier cantiga
que tolerar a esos bichos, onzas pardas,
onzas pintadas, onzas disfrazadas.

Asuntamos los cismas anidados,
aprendiendo, imitando a los guazús jefes,
para de ellos burlarse (¡los afamados!).
Que las saudades arrullen. Nos de nuevo,
queremos secundarlas, flecharnos,
clarinarnos con cauim, durmiendo.

Moremos ese dulce papiri,
sin maliciar acciones, sin cancerar,
sin desear las tierras de los vecinos,
bañándonos en las lluvias de enero,
sin desgastes del juicio memorado,
sin preparados de flechas y perdigones.

Gracia de la vida, y marca de horas buenas,
camino alumbrado, arco de advientos,
carismas y otros dones mejor comprendidos,
diluvios de blanduras, indolencias,
perezas planificadas, gozos quietos,
¿queréis el mano a mano, queréis sofías?

Conocemos jesuitas, ¡si los conoceremos!
Con ellos andamos por los megaís,
por los jequitinhonhas, granos-mogoles;
la corcova del padre iba al frente,
la sotana en velamen, pies descalzos,
canto llano punteando esos mundones.

Criamos cascos, galopando, firmes.
Dromedarios de Cristo con esos montes
en las costas calvarinas, navegamos
entre jaguatiricas, sussuaranas,
enroscados de cobras como cuerdas,
cascabeles chocallando sonajas fúnebres.

Recalcando saudades caducadas
por el garrote de la vida mal-querida,
calcañares mordidos de saúva,
existimos, huyendo de anacondas.
Mas, olvidamos muchos dolores, muchos.
Haz-de-cuenta, Timbiras que olvidamos.

Tradición de indianada, todo eso.
Timbira ausente entrando por las testas
como buen remordimiento, saudade leve,
planto constante, siempre en los poemas.
Podéis flecharnos indios actuales,
asimismo detestarnos, devorarnos.

Ya no estáis, timbiras, ya no sois.
Es preciso andar sertones para encontraros,
verter íntimas sangres, correr matos,
braúnas, umbuzales para encontraros.
Ya no sois bellos como en Caminhas
y estáis enfermos y no tan desnudos.

Vivís presos, timbiras, en esas selvas
salvajes, de las memorias reprimidas,
reclusos en várices de libidos.
Nos lloramos, timbiras, nos cobardes,
nos comiéndonos para conocernos,
sufriendo nuestros dientes en nos mismos.

Moquém ruin, de carnes imbricadas,
corrompido de tierra y matanzas,
de aguardiente, viruelas, vicios blancos,
nos nacidos libertos, nos cautivos,
nos cedidos, cedidas nuestras ocas,
disueltos en las sangres de otras gentes.

Sí, guardamos memorias que se adensan,
les damos importancias afectadas
para que ellas nos asusten con fantasmas,
con boyunas sacadas de los ocho años
de los casimiros nuestros traducidos
en primaveras calientes y sollozos.

¡Qué sopranistas hablas de esos indios!
¿Ellos qué cenan? ¿Platos? ¿Pesadumbres?
En el momento que corre, deficiencias,
comidas decoradas, que consuelan
escorbutos de hambres escondidas,
todavía saudades y suspiros.

Perdemos nuestros rastros por los barros
encrucijados, llenos de almas frías
abandonadas en esas soledades,
rayados de cometas; cielos nos cubren
con las mortajas rasgadas por corujas.
En fin, nos figuramos en esas nubes.

Hemos sido Gargantúas bien inmensos;
hoy no somos ni comemos mucho.
Apenas unos gorjales casi bajos,
llevados de las palmeras a las sierras
casi colinas, a los miedos casi
sombras, a las memorias casi extintas.

Ahora finalmente somos listas,
registros y folklores, todo-el-mundo,
papagayos en círculos concéntricos
o círculos de Dantes orientales,
fábulas criamos alas, somos poemas,
otra vez papagayos, papagayos.

Fotografía por GABRIELA GIUSTI

Reynaldo Jiménez. Lima, Perú, 1959. Es poeta y traductor, afincado en Buenos Aires desde 1963. Fue editor del sello y la revista de poesía tsé-tsé. Publicó los libros de poemas Las miniaturas (1987), Ruido incidental / El té (1990), 600 puertas (1993), La indefensión (2001) y Musgo (2001), y los ensayos Por los pasillos (1989) y Reflexión esponja (2001), entre otros. La editorial española Libros de la Resistencia publicó recientemente el tercer tomo de su obra poética reunida bajo el título Ganga.