
Aria Aber (1991) es una poeta, editora y profesora de ascendencia afgana nacida en Alemania. Criada en persa y alemán, escribe en su tercer idioma, el inglés. Su primera colección de poemas, Hard Damage (2019), fue galardonada con el Prairie Schooner Book Prize y el Whiting Award. Es editora de poesía en la revista Amulet, colaboradora en The Yale Review y profesora asistente de Escritura Creativa en la Universidad de Vermont. Reside entre esa ciudad y Brooklyn, Nueva York. Su primera novela, Good Girl, se publicó el presente año, a través de las editoriales Hogarth (EE.UU.) y Bloomsbury (UK).
Primera nevada
Qué fácil para la nieve convertirse en hielo, para la nieve
desaparecer la luz del raído
marco de castaños alrededor del almacén
junto a los restos de achicoria silvestre, esculturas
raspadas, adelfilla sollozante. El hambre bordea
esta tierra, mientras la nieve convierte todo en inmigrantes,
la nieve sala el terraplén donde las tortugas se bañan,
cientos de ellas, literalmente, congeladas tiesas
como granadas de gas lacrimógeno arrojadas a través
de una reja de alambre púa. ¿Pero quién en su sano
juicio querría trepar esa reja
para vivir aquí, quién rezaría cada noche
buscando la gracia, para cruzar el velo oscurecido
de mierda, y atestiguar las chimeneas,
collejas blancas, centaureas? ¿Quién merodearía por arroyos
brillantes con petróleo, que nos democratizará a todos,
como la muerte, una vez
que se haya ido? Sobre sacos de papas en la bodega
nevada y abandonada, se sientan y apiñan
los refugiados embarrados, carentes, con ojos de ternero,
quitando mugre de sus cueros cabelludos, sus suelas peladas.
Entre ellos, muda, está mi madre,
y acurrucada en su regazo estoy yo, enamorada de la luz
de la primera nevada de mi vida, tan asombrada
y dudosa de la distancia que deseará recorrer
la helada, y la forma que tomará entonces—
Asilo
Hasta la pobreza puede ser glamorosa, si insistes.
El pipí oxidado en el suelo del ascensor, tan dorado que lo confundo con una baratija.
Madre refugia su rostro en mi pelo. Muerde mi cuero cabelludo buscando esperanza.
Tratamos de incorporarnos. Es un sueño tener lo suficiente para comprar un auto. Madre dice Algún día cruzaremos las palmas hasta las bencineras y compraremos almendras con sal y limón, es decir, Algún día tendremos una casa.
Nuestros fracasos hilan migajas de pan en rosarios.
Somos, por defecto, religiosos.
Antes de limpiar su rostro mojado, sigo siendo una niña. ¿Quién no se sentiría humillada con una pieza fría del tamaño de un ataúd? Los dientes se agrietaban con el hielo.
Pero de repente, con ella en mis brazos, ya no soy pequeña.
Sucia y hambrienta como un parásito.
Desearía poder llevar a mi madre, el verdadero amor de mi vida, hacia el espejo.
Como si su belleza de caravana pudiera consolarla.
Acurrucadas como amantes en la escarcha, veo hormigas marchar por su cuenca ocular inflamada, una procesión espectacular.
Dios. ¿Acaso nos falta un albergue por donde cruce lo frágil?
¿Te parece una vida este campo de refugiados?
En el papel, tengo un derecho de nacimiento. Es insignificante para la tristeza que enmarca los ojos de mi madre, pero me hace invencible en teoría.
En teoría, mi madre no es una lengua corriendo a lo largo del candado de monedas del
carrito del supermercado, buscando la promesa de algo más.
¿Pero cuándo me depositó la teoría? ¿Cuándo me compró la cena?
Ven hacia mí. Permíteme limpiar tu rostro.
La pobreza contiene, por necesidad, poesía.
Madre dice Que será, será, un paso tras otro.
Regresar al lugar de donde vinimos significaría lamentar, amarrar,
amanecer.
Arriba, la incertidumbre azul ondea sus nubes como banderas desplegadas.
Los trabajadores reparten teléfonos plegables, jugo de uva, sacos de dormir.
Aun así, permanecemos en silencio en los añicos fibrosos. Fieles a nuestros pies dorados.
En la noche, le canto una canción de cuna a Madre, meciéndola en mis brazos.
La alimento con una cucharada de vidrio. Por la mañana, será una ventana.
Leyendo a Rilke en el lago Mendota, Wisconsin
Renuncié a mi vergüenza
ahora que logré dominar lo que no vino
con mi nombre: tres idiomas, uno de ellos
muerto. Es difícil desamar
todo lo que no es tan absurdo como mi infancia
bífida—primera menstruación, un
estetoscopio, tener horas y horas
para maravillarme con palabras como madera a la deriva, tropo,
desamar. Extrañar mi vida en Kabul es lengüetear
peras embebidas de agujas. No tenía vida
en Kabul. ¿Cómo puedo confiar entonces en el largo pasillo de mi mente
y su anhelo por el pasado? Tengo una depresión leve
que contamina mi corazón, canta el lago. Que todo
tenga una música si la sintonizas
me devasta. Incluso trauma suena como Traum,
la palabra alemana para sueño. Incluso en el atrio
sucio, Lou esperaba, tiernamente, a Rilke: René,
así firmaba sus cartas, el tilde lleno de amor. Ah,
enamorada estuve siempre y providencial, pero lo que
quiero no viene del amor. Su caldo sin carne ni limen
me aburre. No quiero abrirme, ni por comida
ni por hombres. Para la soledad, beso
una piedra. Por la noche, mi completitud
no se arquea hacia el cuadrado negro
de la ausencia, sino hacia ti.
Hades
¿Adónde se fue? Pregunté.
¿Adónde se van los desaparecidos?
Imagina el silencio, el tirano, su espesor
creciente sobre el ataúd enterrado,
sin nada que repose sobre
el cuero salvo la agenda roja
y la polera de los Rolling Stones aún impregnada de un aroma
a pino y colonia barata, tabaco.
Toda una población hundida
al fondo del mar. Tenedores de plástico, cajas negras.
A diario, la luz filtrada brilla
en los dientes de oro de los desaparecidos. Hay una pila
de huesos sin nombre erosionando el suelo
bajo mil bocas hambrientas
de amapola azul del Himalaya. Y casquillos de bala
ensucian la tierra, brillan como monedas. Una tela
que, cargada con agua helada, cacheteó su cara
como lo haría una madre furiosa
y dolida. El día que sepultaron en la tierra
la cosa sin el cuerpo,
todas las flores de manzano, escuché, flotaron
de vuelta hacia los brazos demacrados de los árboles,
y los pétalos se curvaron
en brotes apretados como puños.
Operación ciclón, años después
Hasta donde sé, Dios podría
favorecer a un niño de montaña, después de todo,
moreno de polvo, con la frente
callosa por la memoria de hombres
que ha lapidado hasta la muerte y orinado
encima. Él es un estudiante.
Ha visto, así que se ha
arruinado; sus ojos se asombran
con lo que disparan
a través de la pupila: un cuerpo mutará, en otoño,
hacia su entorno: represa nivelada. Piedra
nivelada. Somos lo que nos han enseñado,
sí, pero también lo que
esperamos. Espero más que una guerra
que nos esculpa en camaleones
o en etiquetas de papel refrigeradas
que cuelgan del tobillo. Es evidente
dónde acabaremos, aunque arbitrarias
las palabras que determinan la trayectoria
de nuestros viajes; un nombre, también, es un gen
y puede florecer o impugnar
el cromosoma. Los estudiantes esperan
ser acunados por madres —esperan el almuerzo,
una hora para jugar a la pelota. Los estudiantes
se balancean hacia atrás y adelante, entibiados por el agua
de la profecía. Una mentira, si se repite
hasta la náusea, finalmente se convierte
en una oración. Y un ciclón no es un cíclope
aunque también tenga un ojo:
puede ver. Pero, ¿testificaría?
Si los mitos tienen razón, deduce el estudiante,
entonces la ciencia tiene razón, y la partícula de dios
no está, al final, destinada a ser
amable con nosotros. Aun así, el estudiante imagina a Dios
como un movimiento de formas coloridas. Tararea
antes de jalar el gatillo,
canta Soy un estudiante,
soy un estudiante, soy un estudiante
de Dios, y tiene razón, porque lo es,
y el campo podrido que hemos segado
en este país es su escuela.

Catalina Ponce Celedón (Santiago de Chile, 1996) traduce, investiga y dirige la editorial Cicada Editora.

Enrique Winter es uno de los poetas más relevantes de su generación, galardonado con el premio Anna Seghers 2025 por el conjunto de su obra. Ha publicado Atar las naves, Rascacielos, Guía de despacho, Lengua de señas y, junto con José Kozer, Variaciones de un día, las novelas Las bolsas de basura y Sobre nosotros callaremos, el ensayo Una poética por otros medios y el álbum Agua en polvo, repartidos en veintiséis volúmenes, doce países y cuatro idiomas. Traductor de libros de Dickinson, Chesterton, Larkin, Howe y Bernstein, ha recibido los premios Víctor Jara, Nacional de Poesía y Cuento Joven, Pablo de Rokha y Goodmorning Menagerie, entre otros, y las residencias de la Universidad de los Andes en Colombia y de la Sylt Foundation en Alemania. Abogado por la Universidad de Chile y magíster en Escritura Creativa por NYU, dirige el diplomado en la PUCV y enseña en la Volkshochschule.