
Yolanda Izard Anaya es natural de Béjar (Salamanca, España) y vive en Valladolid. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca donde también cursó estudios de Bellas Artes, y un posgrado en ELE. Ha publicado, entre otros libros, las novelas La jaula de los sueños (Eolas Ediciones, 2024), La hora del sosiego (Ed. Espuela de Plata, Renacimiento, 2021) Paisajes para evitar la noche (Premio Cáceres de Novela Corta, Diputación de Cáceres, 2003), La mirada atenta (Premio de Novela Carolina Coronado, Ed. Los libros del Oeste, 2003), el libro de relatos Solo triste de oboe (finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León 2023, Castilla Ediciones, 2022), el libro de microrrelatos Zambullidas (Espuela de Plata, Renacimiento, 2017), los libros de poemas Lumbre y ceniza (Premio Internacional Miguel Hernández – Comunidad Valenciana de Poesía 2019 y finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León 2020, ed. Devenir, 2019), Defunciones interiores (Institución Cultural El Brocense, Cáceres, 2003), El durmiente y la novia (Editorial Sinmar, Madrid, 1997), etc. Además de los citados premios, en 2013 recibió el Premio Andrés Quintanilla de Poesía y en 2014 fue finalista del Premio Herralde de novela.
Del libro de poemas Lumbre y ceniza
Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández – Comunidad Valenciana 2019
Ed. Devenir, 2019.
De la oscuridad vengo
De la oscuridad vengo yo, una mujer.
Del delirio de trenzas cortadas
y de los pechos que amamantan para el olvido.
De los duelos y de los cortocircuitos,
de las factorías de podredumbres,
de la extrañeza de un día de marzo en que todo sonríe,
de los economatos vacíos,
de las guerras no declaradas,
de un día de lluvia oyendo el llanto de los álamos,
de la respiración del viento que se cruza en tu camino.
De la oscuridad vengo yo, una mujer.
De la sutura permanente.
Del hijo que no deslumbra sino escuece,
del trabajo y la rabia y del impacto del miedo.
De la impavidez de los dioses. De su concierto con la tristeza.
De la depresión de cuerpo y alma.
De la incertidumbre y de la ofensa. De la risa y del lustre perdidos.
De la rendición y la desdicha y el desconcierto.
De la luminotecnia que ignora la desazón.
De la oscuridad vengo yo, una mujer.
Una mujer lúcida y pequeña.
Una mujer sostenida por octógonos tiznados de alquitrán.
Una mujer oscura y luminosa que siente la respiración del viento
y oye el llanto de los álamos.
Una mujer desguazada tras distintos siniestros que no dejan nunca de pasar.
Una mujer que escruta el horizonte como si en él se hallaran
la luz o la esperanza.
Que busca en los pozos su sombra.
Que trabaja de sol a sol su identidad magullada.
Que perece y resucita y perece.
De la oscuridad vengo yo, una mujer oscura y luminosa
que siente la respiración del viento
y oye el llanto de los álamos.