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Un cuento inédito de Fedosy Santaella

Fedosy Santaella (1970). Autor venezolano de libros de relatos y novelas. Ha recibido por su trabajo distintos reconocimientos tanto en su país como fuera. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España. En 2013 ganó, en su país, el prestigioso concurso de cuentos del diario El Nacional. Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del Premio Herralde con El dedo de David Lynch, novela publicada en 2015 por Pre-Textos. En 2016 ganó el Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro (España) con Los nombres. Fue becario del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa, y algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés, al chino, al esloveno, al turco y al japonés. Ha publicado el libro “Daemon” (LP5 Editora, 2022).

Gladys Mendía 4 meses ago 210
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Quédate en casa

El encierro de la pandemia les abrió la ventana de la cocina de la pareja vecina. Siempre estuvo allí, por supuesto, sólo que ahora, con las rutinas del claustro, comenzaron a fisgonear aquel recuadro de la vida de aquellos otros.
Lisa y Daniel notaron de inmediato que sus vecinos siempre estaban bien vestidos, como si fuesen a salir de casa, y que sus estancias en la cocina estaban regadas de un cierto aire de sofisticación y sensualidad. Aquellos dos eran jóvenes, quizás estaban recién casados y eso explicaba mucho de aquel comportamiento.
El muchacho, por ejemplo, cocinaba, y la chica, con frecuencia, llegaba desde atrás, lo rodeaba con sus brazos, lo besaba con suavidad y luego se apartaba para ayudarlo con los asuntos de la cocina. Sonreían los dos entonces, y se miraban amorosos mientras hacían los deberes.
Lisa y Daniel cargaban con dos décadas de matrimonio. Nunca tuvieron hijos, porque la verdad que se dedicaron a consentirse, pero los tiempos románticos y de fascinación se habían diluido con los años, dejándole lugar a un cansancio mutuo que por fortuna se maceraba en una tranquila convivencia.
No habían hablado entre ellos sobre la otra pareja, pero ambos, cada uno por su lado, habían estado fisgoneando. De ventana a ventana, de cocina a cocina. También ambos, al principio, habían sentido cierta ternura de gentes sabias por el cariño que se profesaban los jóvenes enamorados, pero luego, al cabo de un par de semanas su percepción hacia ellos había cambiado. Una mañana, luego de guardar el jamón y el queso en la nevera, Lisa reveló los aconteceres de su cabeza.
—Ay sí, aquellos dos hacen como si vivieran un vida increíble —declaró con la vista fija en la otra cocina.
Daniel se acercó y se plantó a su lado.
—Sí, se creen la gran cosa —dijo él también con los ojos en la otra ventana y las manos ocupadas en secar una taza.
Por primera vez miraban sin discreción a los otros. Se sentían libres de hacerlo, pues aquellos dos, así lo habían percibido sin llegar a comentarlo, se había propuesto ignorarlos olímpicamente. Sabían aquellos dos que sus vecinos ya maduros y menos guapos estaban ahí, claro que lo sabían, y jugar a sus vidas maravillosas haciendo como que ellos no estaban en la otra ventana era una forma eficaz de despreciarlos.
Con todo, a esas alturas, Lisa y Daniel tenían que aceptar que les habían hecho el juego. Desde hacía cuatro semanas habían dejado de andar en piyamas y ahora, cada mañana, se vestían y se arreglaban como si fuesen a salir. También invertían una buena cantidad de tiempo en la cocina, y Daniel hasta intentó, quizás por tercera o cuarta vez en su vida, cocinar alguna cosa sencilla. Así, una salsa de pasta le quedó salada, un arroz se le quemó, unos bistés se le sobrecocinaron hasta obtener la dureza de las rocas y una tortilla le salió desbaratada y demasiado picante por causa del exceso de pimienta negra. Sus fracasos con la candela lo llevaron, a regañadientes, al fluir constante del fregadero y al empeño sobre los trastes sucios. No trajo el cambio, la elegancia anhelada, pero sí le garantizada permanencia en la cocina.
En cambio, allá enfrente, el muchacho sí obraba arte sobre los fogones y las ollas, yendo de acá para allá con una estilo que era realmente de envidiar. Pero como si esto fuera poco, el muchacho también se afanaba en el lavado de la vajilla, y en dicha actividad también lucía armónico y trascendental.
Ante aquello, Daniel había decidido no dejarse amilanar. Él también podía hacerlo bien, con arte incluso. Él había sido un hombre que había logrado todo lo que se había propuesto, e incluso había tenido sus conquistas, una buena cantidad, de soltero y hasta de casado. Él sabía lo que era actuar, moverse, hablar para gustarle a las mujeres y al mundo entero. No era menos, había conocido mejores épocas y aún tenía mucho para dar. ¿Que jamás había cocinado? Eso podía remediarse, nunca era tarde para aprender recetas, lavar platos y darse besos con su mujer como si estuviera recién conociéndola.
Porque ahora Lisa y Daniel se daban besos; en la cocina, y sólo cuando la pareja joven estaba presente en la ventana, pero se los daban. Lo hacían, como los otros, con ternura, con deseo, o por lo menos intentándolo, y a pesar de que los jóvenes actuaban como si ellos no existieran, como si su mundo fuese tan especial y autosuficiente que los besos de la pareja madura no eran más que un evento minúsculo y repugnante de gente plebeya.
Lisa, por su parte, pensaba que la chica sería muy joven y lozana, pero no le cabía duda de que dentro de unos quince años no iba a lucir tan bien como ella ahora. Lisa había vivido su vida. Había viajado, había tenido sus noches de farra, gratas experiencias de amistad y amor, y el sexo lo había disfrutado a plenitud antes de su marido y con él (y no se hable de algún secretito que tenía por allí). Sí, era cierto que en los últimos tiempos la pasión se había esfumado y el cariño no era el mismo, pero ella sentía que ambos podían recuperar la emoción; aquellos besos en la cocina se le antojaban el inicio de una vuelta sobre un camino que alguna vez creyó perdido. Y bueno, Daniel era un hombre también guapo para su edad. Había engordado un poco y se le estaba cayendo el cabello, pero no podía considerarse que estaba calvo. De resto, su marido aún seguía siendo tan de buen ver como lo había sido hacía veinte años. Así que la vecinita de la ventana no hacía gran cosa presumiéndole a su joven esposo, que era atractivo, pero no tanto como para tenerlo como si fuese el Brad Pitt de aquella cuarentena.

Una mañana, la joven pareja no apareció. Lisa y Daniel no pararon de dar inquietas vueltas por la cocina, hasta que, alrededor de las once de la mañana, los chicos por fin estuvieron allí, en piyama, despeinados, más amorosos y felices que nunca. No sólo se veían sensuales en su abandono, sino que además era evidente que habían pasado una mañana placentera en algún otro sitio de la casa.
Lisa y Daniel se miraron indignados: en verdad que la provocación de los jóvenes rozaba ya los límites de la desfachatez. Aquellos dos no sólo querían demostrar que eran la pareja más atractiva, entregada y arrojada de las dos cocinas cercanas, sino también de todas las cocinas del edificio.
Voltearon de nuevo hacia la otra ventana. Allá los jóvenes vecinos se besaban y se acariciaban metidos a fondo en un arrebato creciente que además era muy cinematográfico; por lo estético y bien actuado de sus movimientos, y porque de modo muy conveniente se habían dispuesto en un ángulo tal que le permitía a sus vecinos ver todo lo que hacían. A poco, la chica bajó besando el pecho de su pareja, que ya tenía los botones de su piyama abierta; luego se detuvo un instante a lamer sus tetillas para entonces seguir bajando con su lengua hasta que ya no se le vio más, pues el nivel de la ventana daba justo hasta tórax del muchacho, que permanecía allí, de pie y de perfil, mirando hacia abajo, la boca abierta, el rostro extasiado, balanceándose, adelante, atrás, adelante, atrás…
Lisa y Daniel volvieron a mirarse, ¿se suponía que ellos también debían…? Daniel sintió que se endurecía y miró las nalgas de Lisa, carnosas, redondas aún. Una de sus manos rozó la nalga más cercana. Su mujer se apartó de golpe, lo miró entre la furia y la indignación y salió de la cocina a grandes pasos. Daniel volteó hacia la otra cocina, la pareja joven ya no estaba. Lo lamentó: la idea de quedarse solo viendo la escena erótica le había agradado. Sin más, salió cabizbajo por el pasillo hasta el estudio, donde se echó a ver televisión, cualquier cosa en Netflix. Mientras, en el cuarto, sobre la cama, Lisa leía o hacía como que leía un libro de Raymond Carver.
Al día siguiente, la persiana de la cocina de la pareja joven se mantuvo abajo. Lisa y Daniel anduvieron pesarosos, malhumorados. Iban a la cocina, pero tan sólo entraban y salían. No almorzaron, llegada la noche apenas comieron sobras de la nevera, cada uno por su lado. Primero él, de pie con el recalentado sobre el mueble del lavaplatos, mirando hacia la persiana que le vedaba el mundo de la pareja sexy. Luego ella, comiendo también de pie y sin ganas y con toda su atención en aquella ventana.
Al cabo de tres días, la visión a la cocina de la pareja joven continuaba siendo una patria prohibida. El mal humor se tragaba el ánimo de Lisa y Daniel. Evitaban cruzarse y cuando, por mala suerte, tropezaban, las dentelladas y los gritos iban y venían. Ya para el tercer día, definitivamente, no se hablaban. Al cuarto ya no cabían en la depresión. Nunca, en todos esos meses que llevaban de confinamiento se habían sentido tan perdidos.
Ahora sí que la existencia había sido despojada de todo sentido. Habían dejado de bañarse y de cambiarse de ropa. Lisa había hecho de la cama su trinchera, y Daniel no había tenido más remedio que vivir en el estudio y dormir en el sofácama. Ella cocinaba alguna cosa con hastío y dejaba las ollas y los sartenes sobre las hornillas. Luego, cuando no había moros en la costa, Daniel aparecía y comía lo que sobraba. Los trastes se fueron acumulando. La comida se acababa, pero, ya se ha dicho, la pareja no se hablaba, y ninguno de los dos había sopesado la posibilidad de salir a hacer alguna compra. Lisa no hacía más que pasar canales sin mirar nada o leer una y otra vez las mismas líneas del libro de Carver («abrió el cajón de una mesilla de noche, encontró un paquete medio vacío de cigarrillos, y se los metió en el bolsillo»). Daniel, por su parte, se masturbaba en los baños mirando videos cortos en Twitter de lesbianas, tríos o foursomes, que eran los que más le excitaban.

Una tarde, quién sabe cuánto tiempo después, Daniel estaba en el sofácama del estudio batiendo su puño con furia, cuando de golpe lo invadió un profundo desaliento. Se sintió patético, se sintió idiota. De un salto se puso de pie y salió a la sala. Abrió la puerta de un tirón y así como estaba, desmarañado, sucio, apenas con un bóxer deslavado y una franela blanca llena de manchas de semen, atravesó el pasillo hasta la puerta de los vecinos. Golpeó tres veces y aguardó. A su espalda escuchó a Lisa, que habló apresurada, nerviosa y casi en susurros:
—¡Pero ¿qué haces, estás loco?!
Él, recto ante la puerta, apenas volteó los ojos hacia ella, que ya estaba a su lado.
—Ya verán, nojoda —gruñó.
—¿Ya verán qué, Daniel? ¿De qué hablas? ¡Vamos!
—Todos estos meses. ¿Qué se creen?
—Daniel, vamos.
Lisa lo tomó por los brazos, y justo en ese instante la puerta comenzó a abrirse.
Se quedaron paralizados, viendo como del otro lado se iba armando el rostro y el cuerpo del hombre joven. No obstante, también fue como si la mente de ambos hubiera estallado con el sonido del pasador que iniciaba el movimiento de la lámina, pues la comprensión total del hombre sólo llegó cuando la puerta estuvo del todo separada de él. Ahí fue cuando la imagen del pasado se derrumbó para descubrir al del presente: apenas un despojo desmarañado, sucio, mal cubierto por una piyama manchada con algo que bien podría ser salsa de tomate.
En la expresión de Lisa y Daniel había extrañeza y cierta nausea; en la del chico, un aire obnubilado, una pesadez que flotaba, como una roca que hubiera superado la gravedad y flotara lentamente sobre una ciudad abandonada. Detrás de él apareció la chica, también desmarañada, también seca, apenas cubierta por una pantaleta y un sostén deslucido y de paliducho carne. Allí se quedó, al lado de su marido.
—Hola, son ustedes —dijo ella con un amago de sonrisa.
—Mira, saben de nosotros —observó Daniel, entre dientes.
—Pues sí, quién lo diría —masculló Lisa.
—¿Y por qué no habríamos de saber de ustedes? —respondió el muchacho y luego asomó una sonrisa cansada que intentaba ser amable.
Los cuatro se miraron durante unos segundos.
—¿Gustan pasar? —dijo entonces la chica, quizás tan sólo por educación.
—No no no… —respondieron al unísono Lisa y Daniel. Sonreían como buenos vecinos.
—Mejor quedarse en casa —agregó Lisa, ya afable.
—Sí, mejor cuando pase todo esto —convino la chica.
Sonrieron los cuatro. Una ligera sensación de camaradería se hizo corriente suave entre ellos.
—Bueno… lamento haberlos molestado —dijo Daniel, conclusivo.
—No hay problema —replicó el joven haciendo un gesto con la mano que le restaba importancia al asunto.
Callaron. El muchacho comenzó a cerrar la puerta, lo hizo con cuidado, como si la puerta fuese de un vidrio muy frágil. Lisa y Daniel se tomaron de la mano y no dejaban de sonreír.
Finalmente, la puerta se cerró con un chasquido tímido del pestillo. Lisa y Daniel separaron sus manos por un momento para darse la vuelta, luego volvieron a juntarlas y caminaron de vuelta a su apartamento. Daniel abrió y entraron. La puerta también se fue cerrado con delicadeza, como no queriendo despertar demonios.

***

Fedosy Santaella (1970). Autor venezolano de libros de relatos y novelas. Ha recibido por su trabajo distintos reconocimientos tanto en su país como fuera. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España. En 2013 ganó, en su país, el prestigioso concurso de cuentos del diario El Nacional. Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del Premio Herralde con El dedo de David Lynch, novela publicada en 2015 por Pre-Textos. En 2016 ganó el Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro (España) con Los nombres. Fue becario del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa, y algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés, al chino, al esloveno, al turco y al japonés. Ha publicado el libro que incluye varios géneros literarios “Daemon” (LP5 Editora, 2022).