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EDGAR AGUILAR: NARRATIVA ACTUAL MEXICANA

Edgar Aguilar (Xalapa, México, 1977) es poeta y narrador. Premio de Poesía Jorge Cuesta (2000). Ha publicado Ecos (poesía, 2007), La torta y otros relatos menos crueles (cuento, 2010), Trazos

Gladys Mendía 3 años ago 62
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Edgar Aguilar (Xalapa, México, 1977) es poeta y narrador. Premio de Poesía Jorge Cuesta (2000). Ha publicado Ecos (poesía, 2007), La torta y otros relatos menos crueles (cuento, 2010), Trazos fugaces. Juegos de luz y sombra (haikús, 2016), Poemas de un loco (poesía, 2016), El hombre de la casa de al lado (cuento, 2017), Manchas de tinta. Aforismos y breves dictados (aforismos, 2019) y Retrato del artista pigmeo (novela-memorias, 2021). Imparte talleres de escritura (cuento, haikú, memorias). Colaborador de algunos de los suplementos culturales y revistas literarias más importantes de México: Casa del Tiempo, La Palabra y el Hombre, El Puro Cuento, Pauta, Dosfilos, Periódico de Poesía, Este País, Deslinde, Laberinto, Siempre! y La Jornada Semanal, así como en publicaciones de Colombia (Literariedad), Cuba (Dialektika) y España (Revista Visor).

El nombre

A Erick nunca pude decirle por su nombre. ¿A qué se habría debido? Bueno, quizá alguna vez sí conseguí hacerlo. Aunque no lo recuerdo bien. Pero ¿de quién fue la culpa? ¿Suya o mía? Cualquiera diría, indudablemente, que la culpa era mía… más que mía. ¿Qué culpa iba a tener Erick de que yo lo llamara siempre con el nombre equivocado? Sé que el responsable soy yo… Pero, me pregunto, ¿no tendría de algún modo Erick algo que ver con que no lograra llamarle por su nombre…? ¡Yo sostengo también esta hipótesis! De otra manera, ¿cómo podría explicarse mi falta de tino para nombrar de forma correcta a Erick? El colmo de todo es que ciertas veces llegué a llamarle con los nombres de… si damos por descontado el hecho inconfesable de haberlo llamado ya con el nombre de…

            Erick era mi vecino. Un buen vecino, por lo demás. Yo vivía pacíficamente con mi mujer y mi hija. Siempre he tratado de llevar una vida apacible, lejos de complicaciones de cualquier tipo. Mi natural composición humana es la del hombre que vive más bien preocupado por resolver con el mínimo de esfuerzo las habituales dificultades que se le presentan a diario. Esto es lo que respecta a mi persona y lo único que hay que saber de mí, si en algo abona a mejor comprender mi reprobable conducta. Respecto de Erick… apenas y puedo decir algo: un hombre verdaderamente afortunado. Y lo digo en el mejor de los términos, sin pizca de envidia o de pensamientos malsanos, como pudiese creer un lector apresurado. Erick tenía dos simpáticos hijos y una joven y bella esposa; era un exitoso arquitecto y poseía una linda casita.

Quizá todo iniciara el día en que su hija empezó a frecuentar (tal vez un poco más de la cuenta) mi casa. Fabiolita, una chiquilla vivaracha y parlanchina de cabello rizado de la misma edad que mi hija (ésta era más bien seria y un tanto macilenta), se presentaba casi todas las tardes después de la escuela a jugar con ella. Comúnmente se quedaba a comer, y otras veces era mi hija la que iba a su casa a proseguir con el juego o a compartir los alimentos con su familia. Esto originaba un constante ir y venir de permisos y de “sí, pero pórtate bien” y de esa clase de menudas molestias que deben tomarse las madres: tanto la de Fabiolita como mi mujer. Pues bien, no sé realmente en dónde tenía yo la cabeza, pero hubo una ocasión en que, dirigiéndome a Erick a través de la pequeña verja que separaba nuestros respectivos jardines (aunque al mío no se le puede llamar propiamente jardín), le dije amistosamente: “Cómo te va, Fabiolita. Parece que nuestras hijas se llevan de maravilla”.

            No me percaté de mi equivocación hasta ver la sonrisa congelada y un poco turbada de Erick. ¿De dónde demonios me había salido la idea de llamar a Erick con el nombre de su hija? Fue algo meramente inconsciente, mas no deliberado, como advertí que quizá Erick en un principio lo habría entendido, como si le estuviese haciendo un velado reproche de que Fabiolita empezaba a pasar demasiado tiempo en mi casa. Pero no era sí, o no del todo, pues en realidad me gustaba que mi hija disfrutara de placenteros momentos en compañía de Fabiolita. Ruborizado, le pedí a Erick que me excusara, y éste lo tomó finalmente a broma. Erick, mi jovial y sonriente vecino, era un hombre práctico y amable que, desde luego, me di cuenta, no veía malas intenciones u oscuros trasfondos en mis palabras…

            El hijo de Erick se llamaba Julián, y era un poco más grande de edad que Fabiolita. Julián era un atlético muchacho muy parecido físicamente a su madre, el cual gustaba de practicar futbol americano. Su madre, una atractiva mujer de maneras desenvueltas, de ojos enormes, largas pestañas y sonrisa angelical, se llamaba Juliana. Resulta que cierto día en que Erick salía de su casa y yo llegaba a la mía, luego del consabido saludo informal y habitual, le solté, buscando de alguna manera congraciarme con él después de mi anterior exabrupto, nada menos que esta frase: “Por cierto, Julián, qué te pareció el partido de anoche…” Erick me miró extrañado y comprendí que había errado de nuevo. Esta vez sólo me despedí, abrí apresuradamente mi puerta y traté de no darle mayor importancia a este reciente e incómodo episodio en el cambio de nombre de mi vecino.

            Me propuse repetirme el nombre de Erick cada vez que entraba o salía de mi hogar. Por fortuna, no habíamos coincidido afuera de nuestras casas. A quien veía con feliz regularidad era a Juliana, con quien conversaba un rato animosamente. Juliana era una mujer bastante tratable que solía dar a su hermoso rostro una encantadora expresión de asombro a cada una de mis anécdotas, las cuales la hacían reír mucho. Pero también era una mujer sumamente ocupada entre su trabajo y su familia, de modo que rara vez se quedaba más de cinco minutos charlando conmigo. Por esas fechas nos habían hecho llegar la invitación para el próximo cumpleaños de Fabiolita. Me había olvidado por completo del asunto del nombre de Erick cuando lo encontré una mañana enfrente de su casa, arreglando no sé qué cosa en su pintoresco jardín. Erick me recordó que ya estaba muy cerca la fiesta de Fabiolita, quien deseaba ―me aseguró Erick― que por nada del mundo dejara de ir mi hija: “¡Pero si es la más entusiasmada! ¡Estaremos sin falta, querida Juliana!”, fue lo que respondí…

            No puedo definir el seco y casi inexpresivo gesto que reveló Erick. Simplemente dejó lo que estaba haciendo y se metió a su casa, sin dirigirme la palabra. Se me cae la cara de vergüenza cada vez que lo veo y lo saludo. Desde entonces no he podido decir por su nombre a Erick. A veces lo llamo Arturo (como mi odioso y gordinflón jefe), otras Tomasa (como mi engreída e impertinente suegra), y las más de las veces Alondra (como mi agradable y dulce compañera de la oficina), entre muchos otros nombres (Damián, Jorge, Norberto, Vanessa, Corintia… qué sé yo) que me vienen sin remedio a la cabeza y sin poder contenerlos cada vez que intento nombrarle. Mi hija y Fabiolita crecen rápidamente, aunque ya no se frecuentan como antes. Julián se ha convertido en un apuesto joven de bachillerato. Y Erick y Juliana (e incluso pienso que mi mujer), sencillamente creen que “el nombre” ya es algo consustancial a un singular modo de ser de su curioso y ―por mi parte― perplejo vecino.