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JUAN LEBRUN: POESÍA ACTUAL DE VENEZUELA

Juan Lebrun nació el 21 de marzo de 1997. Realizó el diplomado de Narrativas Contemporáneas a los dieciséis años. Participó en la restauración de la Cromointerferencia del color aditivo, presidido

Gladys Mendía 3 años ago 85
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Juan Lebrun nació el 21 de marzo de 1997. Realizó el diplomado de Narrativas Contemporáneas a los dieciséis años. Participó en la restauración de la Cromointerferencia del color aditivo, presidido por Francisco Camino, como fotógrafo y restaurador. Resultó en el séptimo puesto en el 1er concurso internacional de sonetos a los pueblos originarios, organizado por el Centro Cultural Kemkem de Catamarca, Argentina. Ganó el slam poético de la Universidad Católica Andrés Bello. Estudió en el Taller de jazz de Caracas hasta que clausuró. Tocó teclados y guitarra durante cuatro años en la banda de blues, Balason&son, con el artista plástico, Sigfredo Chacón. Ha sido publicado por la revista Letralia, Prodavinci, El Diario, Poesía y en la primera publicación de La Bestia Impura de Bolivia. Su traducción de las primeras dos estrofas de La Chanson de Roland y su traducción del poema Noël de Paul Verlain fueron publicadas en Buenos Aires Poetry. Es traductor de Le livre posthume, a salir en agosto, por Buenos Aires Poetry. Actualmente, está trabajando en un libro de conversaciones con Armando Rojas Guardia y estudia Letras en la Universidad Católica Andrés Bello.

IMPROVISACIÓN 8

La exigencia del deseo

A Sofía Mogollón

I

Hay un cantar que me exigen los cuervos.

Y yo cantar al unísono solo puedo.

Y yo cantar al único…

Ese que baja de las colinas.

Ese que en las escamas de un cielo nubloso se penumbra.

Ese

(tú lo conoces           lector).

Ese que entre muebles y paredes y persianas y ventanas…

Ese que en la guitarra se planta como toro derrotado.

Habrá entre las luces (esas            lejanas),

habrá entre risas de seres que no escucho,

habrá una espera que se pierde entre mi decir y mi escribir.

Porque improviso en letras de porvenir

esas que no se saben a sí mismas,           

ese callejón de la escritura.

Riesgo negro,

blanco mármol, negro, negro, solo

de un solo ser no nombrado

que busca nombre

en su bajeza.

Quisiera cantar esta noche sin ayer, sin futuro,

como solo, absorto en la realidad.

Quisiera cantar

los arreboles,

las mecedoras,

los suelos irrisorios del granito                frente a la grama.

No hay mayor respiración que la de un hijo

y no hay mayor castigo que el de un padre,

ese asfixiante,

y esa madre que huelga los caminos.

Canto a las riberas de una playa que una montaña me evita.

Unos cabellos cortos y unas piernas que se alargan.

Una mirada de mi amada que me tapa los ojos.

Unos besos hermosos del universo.

Hay en la pared un nombre que no descifro,

un cuadro que se eleva sobre ese nombre

un cuadro gráfico sobre esa guitarra

y unas voces silentes que imagino.

Hay una mirada directa entre los pelos cortos de mi amada

y unos zarcillos de oro resaltando su reflejo.

Unas letras en su franela,

unas piernas desnudas,

unos brazos acomodando en el teclado

y las patas de un escritorio            vacío.

Sí, vacío (Hace tiempo que no escribo.

Parecen años.

Años de polvo y desorden.

Años de historia.

No hay razón para verme en este canto,

menor de lo que pudiera otro pensarme).

No hay razón para cuanto pasa,

no hay razón para cuanto sucederá.

Solo hay sucedencia

como si entre el tacto y la visión

como si entre el amor y la razón

hubiera un río.

II

Contesto a toda pinza del demás

como cualquier individuo.

Tanto

para referirse a la cosa

y tantas cosas dentro de un libro

que no son él.

Pero uno se despierta con la luz

y ve cómo las cosas              desaprenden sus nombres.

Quiero esa lengua

como los dedos contra unas kongas

o las nubes bajo las suelas.

Esos dedos sobre otros no suenan,

solo se rozan.

El sonajero de mi tierra (lo juro)

me perdona.

Me revive de la Tierra y de los Aires.

Me canta en su silencio.

Me ríe en su llanto.

Despierto con la luz

y las cosas no son las cosas:

no me recuerdan al hábito ni a la repetición.

No me recuerdan     y yo tampoco a ellas.