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HOMERO CARVALHO OLIVA: Poesía Actual de Bolivia

Homero Carvalho Oliva, Bolivia, 1957, escritor y poeta, ha obtenido varios premios de cuento a nivel nacional e internacional como el Premio latinoamericano de cuento en México, 1981 y el

Gladys Mendía 5 años ago 43
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Homero Carvalho Oliva, Bolivia, 1957, escritor y poeta, ha obtenido varios premios de cuento a nivel nacional e internacional como el Premio latinoamericano de cuento en México, 1981 y el Latin American Writer’s de New York, 1998; dos veces el Premio Nacional de Novela con Memoria de los espejos (1995) y La maquinaria de los secretos (2008). Su obra literaria ha sido publicada en otros países, traducida a otros idiomas y figura en más de treinta antologías nacionales e internacionales como Antología del cuento boliviano contemporáneo e internacionales como El nuevo cuento latinoamericano, de Julio Ortega, México; Profundidad de la memoria de Monte Ávila, Venezuela; Antología del microrelato, España y Se habla español, México. En poesía está incluido en Nueva Poesía Hispanoamericana, España; Memoria del XX Festival Internacional de Poesía de Medellín y Festival de Poesía de Lima. Entre sus poemarios se destacan Las puertas, Diario de los caminos, Los Reinos Dorados, Quipus y Bautizar la ausencia. El año 2012 obtuvo el Premio Nacional de Poesía con Inventario Nocturno y es autor de la Antología de poesía del siglo XX en Bolivia, publicada por la prestigiosa editorial Visor de España. Premio Feria Internacional del Libro 2016 de Santa Cruz, Bolivia. En el 2017, Editorial El ángel, de Ecuador, publicó su poemario ¿De qué día es esta noche?, Antología de poesía boliviana contemporánea, publicada por Amargord editores, de España y Antología de la poesía amazónica de Bolivia, publicada por Ediciones Sur, de Cuba.

Selección por Gladys Mendía del libro Bautizar la ausencia

                                  El recuerdo debe ser poesía, nunca historia;                                                                porque la poesía es otro de los nombres del amor

Historia de un renacido

Nací desahuciado, una mañana del 24 de agosto de 1957, en Santa Ana del Yacuma, un pequeño pueblo amazónico de Bolivia. Antes de que yo naciera, muchos pensaron que mi madre y yo íbamos a morir (la alternativa era salvar a la madre), porque ya habían pasado más de cinco días de la fecha de parto y me resistía a salir al mundo. La vieja partera que la asistía no sabía qué más hacer para inducir el alumbramiento; cuentan que algunos de los familiares y amigos ya “cafeteaban”, como si fuera la víspera de un velorio; muchos presagiaban una larga noche genital con un fatal desenlace. Mi padre, no estaba presente porque venía de Cochabamba, en un avión que había contratado expresamente para traer el cuerpo inerte de su madre, mi abuela Raquel, fallecida la noche anterior a mi desesperado nacimiento.

Sobrevivimos los dos y cuando al fin me animé a ver la luz del sol, el desasosiego y la angustia aprisionaron la mirada de mi madre, al ver que su hijo había nacido con el pie derecho como un puño. La pesadilla de toda madre se había hecho realidad y la mañana se disipó en las cenizas del ocaso. Pasaron los días, el mal fue tomando mi pierna y, en el pueblo, en esos años, no existía un médico para curar la enfermedad que amenazaba con matarme. Hasta ese entonces, en el pueblo, no se tenían noticias de algún niño que haya sobrevivido a ese desconocido mal que atrofiaba el cuerpo de sus víctimas. Iba a morir, no había nada que hacer, excepto esperar el infortunado día.

La partera, intentando ayudar, trajo a la casa una chamana movima, quien le aconsejó a mi madre que yo tenía que nacer de nuevo. “¿Nacer de nuevo? ¡Eso es imposible!”, exclamó mi madre. La sabia anciana le dijo que muchas cosas parecían imposibles en este mundo, pero que siempre había una posibilidad más allá de la comprensión. Le aseguró que se podía, que tenía que meterme en el cálido vientre de una de las vacas que, a diario, sacrificaban en el matadero municipal. Le recordó el ciclo vida-muerte-vida. “Los animales son seres como nosotros, porque en este mundo y en el otro todos somos uno y uno de ellos nos prestará su cuerpo para que el niño vuelva a nacer y le dará la fuerza para sanar sus huesitos enfermos”, afirmó la anciana. Angustiados, más no abatidos, mi madre y mi padre, aceptaron la extraña (por no decir asombrosa) propuesta.

Me metieron en el vientre aún caliente de un pobre animal, me dejaron allí por unos instantes y luego, lenta y cariñosamente, me fueron sacando, como si estuviera naciendo de nuevo. ¿Nací yo o nació otro? ¿Soy el mismo o soy otro?

Cuentan, los que estuvieron allí, que la veterana hechicera me tomó entre sus fuertes brazos y, mientras decía unos conjuros en lengua movima, fue abriendo mi pie con su mano derecha; las articulaciones de mi pie, que estaban rígidas, se habían ablandado por el calor del vientre vacuno y se abrieron ante los incrédulos ojos de mis padres: Terminó de hacerlo, entablilló mi pie y lo envolvió en un cuero fresco de un sapo gigante, que ya traía en su bolso milagroso; al secarse el cuero hizo las veces de un yeso natural. En unas semanas, mi pie, mi pierna y yo mejoramos notablemente.

Años después, cuando mi madre me llevó a la ciudad de la Santísima Trinidad de Moxos, para ver a un médico especialista, supo que se trataba de un caso extremo de poliomielitis acaecido en el vientre materno; para entonces ya la enfermedad había sido espantada; sin embargo, volví a usar yeso, esta vez el genuino, solamente para asegurar que mi pie no me jugara un mal paso. Hoy, tengo un leve defecto en esa pierna y me duele cuando hace frío, quizá para recordarme que algo sobrenatural me salvó de la muerte. Los huesos de mi pierna derecha saben cuándo los vientos gélidos del sur están por llegar.

A veces, extranjero en mi propio cuerpo, tengo sueños en los que ingreso al vientre de un animal y naufrago en su sangre caliente, mientras la recorro, como si fuera Odiseo en su nave, creo escuchar la voz agua de la anciana indígena, como si fuera una sirena, lanzando invocaciones al viento, para que los árboles y el cielo escuchen su ruego; las palabras me suenan familiares y, sin embargo, no puedo recordarlas cuando despierto, es como si el huésped, que soy yo mismo, saliera al día desde su corazón y solamente escuchara el latido de su piel acariciando mis ojos. La veo en mis huesos, ella está allí, en la profunda melancolía de mi dolor primigenio. Esas palabras son un mantra cuando las necesito y acuden a mí en el sueño nocturno.

Álbum de familia

Una luna preñada ilumina el álbum,

sus huéspedes descansan.

A Tierra huele la ausencia

en las grises páginas,

en los retratos color sepia

hasta la luz es vieja.

El pasado ama el polvo, almas mías.

Las miradas de los huéspedes,

fantasmas de las palabras,

honran nuestro pasado;

en la orilla de mis ojos

la arena se humedece

con el mar de sus recuerdos

y las sirenas buscan un puerto.

Recuerdos propios, escuchados e inventados.

Imaginados tal vez, contados por los familiares.

A mi edad los recuerdos

ya muestran signos de cansancio

y escucho el silencio de mis ancestros.

Silencio acunado en el tiempo.

Aún queda espacio en las hojas,

me adelanto al presagio.

No son muchas las imágenes,

suficientes para creer en el amor,

para sospechar que el eco de sus miradas

se repite en nuestros hijos.

A contrasombra, una fotografía a colores,

descolorida y carcomida por la humedad,

muestra el busto de mi padre,

que no creía en esos homenajes,

su rostro de cemento fue canonizado

en una pequeña plaza de un barrio

de la ciudad que amaba.

Coquetas pasan las muchachas

moviendo sus nalgas y él sonríe.

En el ocaso les susurra poemas

a los enamorados que adivinan que fue poeta.

Los niños se preguntan quién es

y los viejos lo saludan por su nombre,

contándole que las estaciones también envejecen.

En noviembre volveré a abrir el álbum

y consagraré sus retratos.

Los abuelos

Los abuelos de mis abuelos
no imaginaron cómo era la patria,
porque la inventaban cada día.

En sus sueños

la patria era el hogar,
el techo que salvar de las lluvias de enero
y el árbol elegido para que se transforme

en la madera de la cama de los hijos.

No importaba si no conocían el país,
porque al despertar había que contar los sueños,

conjurando las pesadillas,

con salmos matinales

y tisanas de paja cedrón,
para que la esperanza

no sea enterrada con el hijo de los vecinos,

que murió de viruela y ningún santo pudo salvarlo.

Los abuelos de mis abuelos
no figuran en los libros de historia,
porque no fueron héroes ni villanos,
aunque muchos de ellos empuñaron la espada
cuando los hechos eran más urgentes que las palabras.

Los abuelos de mis abuelos

no despojaron a nadie de sus tierras,
su conquista fue la del territorio de sus amadas
y fueron guerreros de la alborada
alistando los machetes

para cortar el sol en pedacitos.

Hubo artesanos y costureras

entre los abuelos de mis abuelos
y alguno cantó a orilla de los ríos,

mientras otro escribía poemas.

También hubo ganaderos y herreros

y quién sabe qué otros de mil oficios

porque en el pasado los títulos los daba la vida.

Los abuelos de mis abuelos
fueron portugueses, indígenas y españoles,
¿acaso importa?
Importa el amor que nos legaron
y las palabras de este y del otro continente,

con las que narraban el asombro cotidiano.

En mi pueblo, Santa Ana del Yacuma,

la nación de los Movimas,
los nombres de Leónidas y Raquel,

mis abuelos paternos,
son pronunciados por niñas y niños

en las escuelas que ostentan sus nombres
y los de Nemesia y Humberto,

mis abuelos maternos,
son recordados en las cenas familiares.

En los abuelos, raíces mías,

semilla de muchas generaciones,

portadores de mi nostalgia

está el pueblo ausente.

Ellos, viejos sabios,

les contaban cuentos a sus nietos
en los que aparecían y desaparecían duendes y viuditas,
y sus rostros se transformaban en los monstruos de las leyendas.

Los abuelos de mis abuelos

creían en las aves agoreras
y en los cotidianos milagros de la Virgen.

Eran buena gente los abuelos de mis abuelos.
Y aunque no son los héroes de ninguna saga histórica,
la patria no habría existido sin los sueños de mis abuelos.

 

 

Mi bisabuela

Mi bisabuela Isabel nació cuando las bestias eran bestias, mucho antes de que se mimeticen en personas.

 

Mi abuela Raquel

Para Chunty y Ruber Carvalho Urey

No conocí a mi abuela Raquel

murió poco antes de que yo naciera

mi padre me habló tanto de ella

que cuando llegue la hora

de despedirme de mí mismo

para volver a la noche virgen

sabré cómo encontrarla.

Seguiré los sencillos versos

que él le escribió de niño

recordaré las antiguas canciones

que ella le cantaba al atardecer

para alejar a los monstruos

y las historias de los dioses griegos

que mi padre nos contaba

bajo la resolana de Moxos

sentado en su mecedora de mimbre

como si estuviera ocupando

el lugar de la abuela ausente.

 

(De Inventario nocturno)

 

 

La Luna

Nemesia, mi abuela materna, que descendía de los indígenas movimas de la Amazonía boliviana, afirmaba que la verdadera Luna no es la que está en el alto cielo nocturno, sino la que se estremece sobre las ligeras olas de la laguna.

 

 

Mi padre

En memoria de Antonio Carvalho Urey

y para todos mis hermanos

Mi padre murió en 1989

y hasta ayer no lo supe con certeza

su crepuscular ausencia llegó hasta mí

como la luz de esas estrellas

que se murieron hace miles de años.

Lo supe cuando uno de sus libros

me encontró desprevenido

y al leer su amorosa dedicatoria

recordé cuánto lo extrañaba.

Recordé esas épocas

en las que me asombraba

su romántico anarquismo

su terrenal sabiduría

y su especial poder de seducción

talento de ángel en celo

con el que apalabraba

a las más hermosas mujeres

y yo era una semilla que soñaba

ser como ese árbol gigante

poblado de quimeras amazónicas

épocas en las que el futuro

tenía el nombre de mi padre.

Cerré el libro y me dispuse

a engendrarlo en mi memoria

para hacerlo nacer en mis palabras.

(De Inventario nocturno)

Mi madre

 

Cuando mi madre estaba triste, cantaba mientras lavaba ropa, enjuagaba sus lágrimas con los versos de los boleros de Javier Solís y, luego, iba colgando las prendas en los alambres, que eran como bejucos que se desprendían de los árboles del patio. Llegaban los vientos de agosto y, al atardecer, convertían a los vestidos en fantasmas de lo cotidiano, y las camisas y los pantalones se volvían aves peregrinas.