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FREDDY YANCE lee La madre del poeta

  La madre del Poeta   a Yelitza Chiquinquirá, quien me dio las horas     Madre, eres negra, y eres mi hermana, y eres agosto, y eres el mar,

Gladys Mendía 6 años ago 6
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La madre del Poeta

 

a Yelitza Chiquinquirá, quien me dio las horas

 

 

Madre, eres negra, y eres mi hermana, y eres agosto, y eres el mar, y el atardecer infinito.

 

Y tu nombre te cubre como una casa.

 

Y eres blanca, madre, y aún no te conozco, y caigo en un viento de trinitarias cuando busco tus brazos.

 

Y las trinitarias son tu nombre y caigo en el viento, madre, y eres india, niña, y eres vieja, y tu sangre de tierra me sana lo abierto por el sueño.

 

Y me sanas del Zulia, y tu nombre te cubre, madre, india, color de cascada.

 

Tu nombre te cubre, madre, tu nombre es tu casa, y a ella regreso esta noche, después de los siglos.

 

Madre, blanca, ave del sábado, pitonisa, eres un río de pie sobre la hierba.

 

Y eres un cielo, y la tierra inmensa, y la educación que me impartiste me impide ser un esclavo.

 

Pero la enfermedad es continuar en el mundo.

 

Cáncer Maracaibo, a ti maldigo.

 

Madre, leoparda wayuunaiki, princesa del Zulia, caigo en el aroma de tu nombre desnudo, y recuerdo tu voz como un desierto completamente cubierto con matas inmensas de mango.

 

Y completamente cruzado por niños donde se duplican tus pupilas de lluvia o quebrada.

 

Y voy, india, madre negra, a través de tu nombre, y tropiezo tus edades, Zulia, amapola del Lago, tus círculos de juego y colores suaves como la pulpa amarilla de tu desierto.

 

La pulpa de tus mangos, santo árbol del mediodía, donde mis hermanos y yo hemos hallado sosiego, trinitaria encantada, a tus raíces cantamos.

 

 

Madre, invierno en Maracaibo, eres el sol de las tres de la tarde, y una lluvia de nombres cubre tu boca como la aurora va en aumento hasta que el día es perfecto.

 

Y eres el día, madre, y la noche sin fin, y tu cara cubierta de estrellas me inicia en el rito violento del poema, y como de tus mangos, sabor de nubes, y bebo de tu Lago, pureza imaginaria.

 

Y bebo de tu Lago, y regreso a tu casa, y busco en tu boca, álveo del relámpago, la cicatriz de mi padre y sus pupilas de oro brillantes como un mango en tu ardiente mediodía.

 

Madre, catecismo del sueño, tu religión es tranquilo marullo de palmeras y huellas de barco.

 

Madre, monumento de lirios, hoy regreso a tu nombre después de las horas, y te encuentro estampada en cada casa o calle donde una familia sobrevive con miedo.

 

Y sobreviven temblando, madre, y no alcanzo a tocarte.

 

Y sueño descalzo sobre tus dedos de plátano amarillo, y la intemperie parece una navaja, y se siente como un lugar de donde nos ordenan partir.

 

Madre, india, sacerdotisa del colibrí, tu nombre es tu casa, y a ella regreso en sueños robados a las nubes.

 

Madre, blanca, soy tu hijo poeta delincuente, protégeme del mundo.

 

Y eres negra, madre, y el atardecer infinito, y bebo de tu Lago, y no alcanzo a tocarte.

 

Muerdes los mamones, madre, te chupas las ramas, india, cabellera de agua, blanca, tu silencio cubre de flores la luna.

 

Todo lo suavizas, madre, todo lo ordenas, y eres el nombre del viento, negra, y la hermana gemela de todos tus hijos.

 

Llego a tu casa, infancia de luz, y tú lloras mi viaje a la montaña donde tu ausencia era mi libertad.

 

Y todo lo ensanchas, negra, y tejes las horas, y vuelvo a tu casa, después de la lluvia.

 

Y comienzo de nuevo, sin aire y aturdido, y respiro en tu aliento como envuelta marea.

 

Madre, eres negra, y eres mi hermana, y eres agosto, y eres el mar, y el atardecer infinito.

 

Madre, india, inmensidad de la tierra, a ti vuelvo esta mañana después del jazmín.

 

Después del jazmín, después de la aurora, entre rocíos de canto, y mariposas de luto.

 

Y a ti vuelvo, e invoco, heredera del sol, india, constelación de la serpiente y el fuego.

 

Y vuelvo, y no alcanzo tu luz, y te busco, negra, en el vacío de mi cuerpo, y no alcanzo tu Lago, y te toco y te diluyes, desprendida eres el alma de mis ojos errantes.

 

Y en mis ojos de luz, junto a ti convulsiono, y no estás, y todo lo envuelves, y tus mangos me nombran el infinito desierto, y regreso a tu infancia, y se borra el camino.

 

Y se borran las horas tejidas con palabras, y no es posible hallarte en medio de tu cuerpo, y no es posible subir de nuevo a tu memoria entre ráfagas de amor hinchadas por los años.

 

Y caigo en el viento zuliano de tu frente, y caigo en la luz de tu voz extendida.

 

Y se borran las calles con sus anillos de días, y no alcanzo a verte.

 

Y brillantes volúmenes de agua rodean la entrada a tu cuerpo, y estoy al otro lado, y todo es un ocaso, y todo es un vaivén azul en tu mirada.

 

Y no tienes origen, y todo has ofrendado a tus hijos menores, corazón de la playa, negra mamá blanca, color del aullido.

 

Y comienzo de nuevo, y estoy al otro lado, y eres la muchacha en el barco del sol, y vas a cada sitio, y no puedo seguirte, y te pierdo en el sueño, y te pierdo en las horas, madre del Catatumbo, ante ti me inclino.

 

Y no puedo inclinarme porque tú eres la tierra, y también el cielo, y el atardecer infinito.

 

Y a cuál de tus riveras podré emprender el viaje, en qué puerto salvaje podré hallar tu rostro.

 

En este instante todo es niebla, bruma de mundo insomne, y me pierdo en las calles de tu azul nacimiento.

 

Y esquivas el poema, y esquivas mi aurora, y tu cuerpo de ventanas al sueño se rompen en claveles de gritos ahorcados.

 

Madre, tormenta de muerte, estás sobre nosotros y no puedes vernos, no puedes tocarnos, y educarnos de nuevo, salvajes y rústicos, entre rocas y sangre de chivos sagrados.

 

Al norte del Zulia tu voz se desdobla, y no puedo asirte, rodillas de arcoíris, y de nuevo el reino y su espejo de ruinas.

 

En tu ausencia las cosas se mueren, india, naciste embarazada, y se borran los caminos de regreso a tu vientre, y tus estrellas no hablan, y mis vocales se asfixian.

 

Y me hundo en el sonido espiral de mi aliento, y recuerdo tus bosques inmensos de mango.

 

Y quisiera soñar contigo por siempre, y quisiera escribir tu latido en mi canto.

 

Y labrarte infinita como una mañana, como una montaña nacida en el cielo.

 

Y me ataja el día con dialectos de agua, y puedo caminar, pero no seguirte.

 

Y cada paso hacia el mundo me aleja de ti, e intento detenerme, y estoy atado a tu ombligo.

 

Y estoy anclado a tu lengua, cayena de trigo, lentísima cascada color de turquesa.

 

Madre, viniste con el rayo tenaz del Catatumbo, viniste con la lluvia, y el sabor de la caña.

 

Y estás en todos lados, y no puedo hallarte, y al cruzar el borde te llevo conmigo tan adentro, doncella, que no puedo alcanzarte.

 

Tú estás como hundida en un tesoro al fondo del Lago.

 

Y busco ese cofre, y lucho contra el agua, y penetro paredes de grasa y olvido, y solo hallo encendidas palabras que viven ahogadas en los pies cansados del Puente.

 

Y llegaste con los barcos, la sangre, y el idioma, pero puro en esta arena tu más puro ser presiento.

 

Madre, jardín de la sonrisa, algún día leerás mi carta como cantada en medio de un sueño, y de mis palabras escogerás el nombre con el cual me buscará la muerte.

 

Madre, india, chinchorro de isoras, a ti vuelvo este día después de los días, y piso tu sangre, y no puedo hallarte, y estás en todos lados, y no puedo verte.

 

 

 

FREDDY YANCE (Maracaibo, Venezuela 1996) Ha participado en recitales de poesía en Maracaibo y Mérida. Fue publicado en el primer número de la revista literaria Insilio. Ganador del tercer lugar en el 1 Festival de poesía del Zulia  Cuento con vos, Poesía. Ganador del segundo lugar en el 19 Concurso Nacional de Poesía Joven Lydda Franco Farías con El mar y la montaña. Fue publicado en la antología de joven poesía venezolana Amanecimos sobre la palabra. Autor de varios poemarios inéditos, entre ellos: Arcoiris de SonidoCalendario marino y Rayos de sol a medianoche.