Menu

Sobre Hay un sitio detrás de los incendios de Jesús Montoya

Reseña sobre Hay un sitio detrás de los incendios (Valparaíso Ediciones, Bogotá 2017) de Jesús Montoya   Por Luis Moreno Villamediana   Este libro de Jesús Montoya se inicia, de

Gladys Mendía 6 años ago 14
Compartir:

Reseña sobre Hay un sitio detrás de los incendios (Valparaíso Ediciones, Bogotá 2017) de Jesús Montoya

 

Por Luis Moreno Villamediana

 

Este libro de Jesús Montoya se inicia, de hecho, con una fotografía de María José Rodríguez: “San Cristóbal 1 de enero de 2012, 7:30 am”. Allí hay algo que se mueve entre el documento y la representación: la cantidad de basura que cubre la calle, la figura de un hombre en el justo centro de la imagen a quien el encuadre hace protagonista… En blanco y negro, la toma tiene mucho de irreal, como el registro de un mal sueño que al cabo se recuerda como un montaje y una alegoría. La foto produce una significación que sobrepasa el número de sus elementos: cajas de cartón, papeles, la vía que procura un punto de fuga, edificios, cables eléctricos, semáforo, bolsas plásticas, un aviso de turno, fulano. La geografía es una mortificación tangible. Los poemas de Montoya se sitúan en ese mismo borde ambiguo donde el performance se arroga alguna certeza de la crónica; la eficacia de la declaración nominal, por ejemplo: en Hay un sitio detrás de los incendios, varios textos recurren a los nombres propios como forma de organización, por más que en el discurso se diluyan entre la abundancia lexical, igual que hojas entre hojas. En la primera parte, la apelación a familiares y amigos fija una escritura que busca convertir lo literario en archivo; la experiencia se construye con la inscripción de aquello más cercano y previamente guardado como señal doméstica. De eso surge una poesía que presenta a San Cristóbal como una concatenación de pequeños infiernos atenuados, un territorio sin nexos con la aldea de Manuel Felipe Rugeles y su nostalgia adánica. Lo personal se asume en ella como reminiscencia, y esa cualidad escamotea las convenciones relativas al tiempo: ya la juventud puede leerse como fracaso historiado, como nostalgia por anécdotas o situaciones que marcan el momento anterior al desvío que llevó a otros a la perdición. Sin embargo, Montoya no confía en el simple uso de la verosimilitud referencial. Aquellos nombres forman con muchos más una galaxia que no renuncia a la intervención metafórica de la ciudad y la persona. Ese proceso involucra una enumeración continuada que desestabiliza cada página: acá las frases tienen un carácter caudal, en cuyo flujo cierta dicción de orden vanguardista pone en duda las cualidades del espacio urbano, de la subjetividad, del género, y con eso la práctica de la poesía adquiere naturaleza política. En este libro, la violencia puede asociarse a San Cristóbal, pero ese vínculo traspasa la serie de avenidas, condominios, pandilleros, cloacas y ruidos para asociarse con la fuerza del Estado, que la promueve o la consiente; un diario se transforma en relatos versificados del sueño; lo masculino y femenino se intercambian, hasta volver confusas las prácticas sexuales. Esas fugas reniegan de lo absoluto e instauran la posibilidad de la docuficción: ni performance ni crónica, o crónica y performance. Casi al final, un dibujo parece comentar la foto de María José Rodríguez: una casa como esbozada por un niño da la impresión de estar recubierta por una maraña botánica que simultáneamente fuera una telaraña, un garabato sin origen, una hoguera imprecisa. Quizá esto último sea un alegato a favor del título tomado de Fombona Pachano y del volumen entero: detrás de los incendios (o de los rayones o las redes) persiste una estructura que se puede habitar. Un artefacto que se construye como réplica de otros, como cualquier poema. Un cubículo que de antemano no contiene un sentido, sino que, más bien, genera funciones y contenidos, como cualquier poema. Un plano del reino por venir, roto como un espejo roto, donde el poeta “ya está callado, dormido, vacío del lenguaje”. Este libro de Jesús Montoya provocadoramente repara la simplificación que muestra un epígrafe de Ernesto Carrión, donde leemos: “Palabras sí pero poesía no”. Esa línea demagógica sólo concibe el poema como un código de belleza-inmóvil, sin historia. Por su parte, Montoya sabe que la literatura trafica a medias con la belleza, que su definición varía, que puede aspirar al establecimiento de otros paisajes, de otra biopolítica. Esa certidumbre, como el resto, ocupa su lugar detrás de las llamas de estos textos.

 

LUIS MORENO VILLAMEDIANA