
El que supo bañarse dos veces en el mismo río
(A propósito de Poesía completa, de Luis García Morales, editado en Santiago de Chile por LP5 Editora, 2025)
Diego Rojas Ajmad
@diegorojasajmad
Luis García Morales (1929-2015) se ganó con amoroso tesón el título de «poeta del río». Desde Lo real y la memoria (1962), su primer poemario, pasando por El río siempre (1983), hasta llegar a su último libro titulado De un sol a otro (1997), toda la obra del escritor bolivarense se nos revela como una escritura en permanente mímesis de lo fluvial, como si anhelase que sus versos fuesen el río mismo y adoptasen sus vivaces modos: vigorosos como la fuerza de la corriente que talla rocas y abre caminos en la densa espesura del bosque; generosos como la ofrenda de peces que nos sirven de alimento; cadenciosos como el sermón líquido que surge al ritmo de la corriente; sublimes como los colores y formas que visten sus meandros.
Tan consustanciado estaba Luis García Morales con el río que supo además conjugar el ejercicio de la escritura con la faena del pescador: ambos son pacientes, uno aguarda por el cardumen preciso y busca en las nubes la señal de la captura triunfante; otro, con papel y lápiz como red, espera por las escurridizas y doradas palabras. Tres poemarios, publicados en el transcurso de 35 años, con un promedio de casi dos décadas entre cada edición, dice mucho de esta paciente labor.
¿Significa esto que García Morales es solamente un biógrafo del río? ¿Un simple copista de lo fluvial? Para nada. Luis García Morales habló del río no como un Humboldt extasiado ante el descomunal paisaje y la diversidad de sus seres. No como un Raleigh ni un Verne, deslumbrados ante las maravillas que les afiebraban los sentidos. No como un cartógrafo o científico que buscan el inventario, la medida y la proporción. Al contrario. García Morales cantó al río como un aedo ciego que va a la médula de las cosas, a su esencia:
Soy nadie mirando tus ojos
De animal torturado
Soy un cocuyo ciego
(El río siempre, “V”, 68).
Y éste no es un asunto baladí ni anecdótico. En la obra poética de Luis García Morales, reeditada recientemente por LP5, se tuvo el acierto de incluir varias fotografías. En una de ellas se muestra al poeta dando cara al río, como atisbando el horizonte en busca de su tercera orilla. Allí, en la fotografía de la página 3, que hace de pórtico al libro, se le ve con los ojos achinados, enceguecido por la fuerte resolana que magnifican las aguas. Y con esa fotografía el poeta parece insistir en decirnos con gestos lo que ya había dicho varias veces con palabras: que los ojos, los reales, no sirven para tratar con los dioses fluviales:
Y qué pobres los ojos
Donde el tiempo celebra
Su alucinante juego de retornos
(De un sol a otro, “Mujer”, 202).

Porque percibir de veras al río supone cerrar los ojos, suspender la objetividad, abandonar la razón limitada por los sentidos y abrirse a lo trascendente, para luego tejer un lenguaje simbólico que intente representar lo vivido. García Morales, en su condición de ribereño, comprendió que el río no es sólo físico, que no es algo externo al cuerpo, sino que brota de nuestro mismo interior:
Y nos bañamos varias veces en el río de la muerte
Y la vida y la muerte son el mismo río
Que entra y sale de nuestro corazón
(“Poema para celebrar un río”, 216).
Ni biógrafo, ni copista, ni cartógrafo. La poesía de Luis García Morales es la visión de un místico ante la desmesura del río y la sensación de totalidad y unidad que le embarga. Quizás lo que opera detrás de toda esta escritura es que el Orinoco es tan inmenso, tan hiperbólico, que en varios de sus tramos es imposible distinguir la otra orilla. Como si se tratara del cielo mismo en la tierra. Así, si el Orinoco es un río con ansias de grandeza, con afán de ser océano, en consecuencia, esa inmensidad logra activar en nosotros algo que aún no entendemos plenamente.
El escritor francés y premio Nobel Romain Rolland llegó a sentir eso mismo, en otras circunstancias y en otros contextos, y en carta a Sigmund Freud, fechada en 1927, lo describió como: «el hecho simple y directo de la sensación de lo eterno (que muy bien puede no ser eterno, sino solamente sin límites perceptibles, y como oceánico)». Esa «sensación oceánica», que en el caso de Luis García Morales podríamos adjetivar como «fluvial», «orinoquense», es la que sostiene toda su poesía.
Un signo de ese «sentimiento orinoquense», además de la conciencia de borrar las fronteras entre el yo y el universo, se expresa en la necesidad de mostrar las conexiones, los vínculos de todo con el todo, pues ese es uno de los efectos de estar frente a la inmensidad y saberse parte de ella:
Cae gota a gota en lo profundo del bosque como rocío
Y gota a gota desde lo profundo del bosque llega a mí
(El río siempre, “I”, 63).
Esta mirada mística del Orinoco hace que se destaquen sus cualidades de «eternidad», «certeza», «esencia» y «universo», por sobre los signos que tradicionalmente se les han dado a los ríos de menores proporciones, como los semas de «huida», de «incertidumbre», de «cambio constante» («El que huye no se mira en el universo», dijo García Morales en uno de sus poemas, titulado «Ícaro»). Así, la perspectiva de Heráclito, quien dijo que «Los que entran en los mismos ríos reciben el flujo de distintas aguas», o la de Platón, quien afirmó que: «No se sabría entrar dos veces en el mismo río», no es igual a la que tuvo Luis García Morales frente al Orinoco:
Si te miras dos veces en el mismo río
en el río de espejos, en el río de oro, en el río negro
tu vida y tu soledad cambiarían
(Lo real y la memoria, “En el tiempo”, 53).
Al contrario de lo que imaginó el efesio, Luis García Morales sí supo bañarse dos veces en el mismo río, pues allí entrevió, con los ojos cerrados, el infinito.

Diego Rojas Ajmad (Valera, Venezuela, 1974). Ensayista e investigador de literatura venezolana. Licenciado en Letras por la Universidad de los Andes (Mérida, Venezuela) y Magister Scientiae en Literatura Iberoamericana por la misma casa de estudios. Doctor en Letras. Profesor Titular de la Universidad Nacional Experimental de Guayana y de la Universidad Católica Andrés Bello (Guayana).
Entre sus libros se cuentan: Estampitas merideñas (Instituto Municipal de Cultura, Mérida, 2006), Mundos de tinta y papel: la cultura del libro en la Venezuela colonial (Ensayos. USB / Editorial Equinoccio, 2007), Revista Válvula (1928): edición facsimilar (ULA, 2011), Estampitas guayanesas: una historia menuda del estado Bolívar (Fondo Editorial de la Universidad Nacional Experimental de Guayana, Ciudad Guayana, 2016), Para una historia literaria desde la complejidad: La historiografía de la literatura venezolana y sus tramas (Editorial Académica Española, 2017), Posciudades: Manual de uso para ciudadanos nostálgicos y esquizofrénicos (Universidad Central de Venezuela, 2017), Revista Cantaclaro (1950): edición facsímil (El Número Yo Ediciones, 2023), Impresos que desestabilizan. Los almanaques y la formación del lector moderno (El Número Yo Ediciones, 2024).
Ha sido galardonado con varios premios nacionales e internacionales, entre los que se cuentan la Bienal de Ensayo Enrique Bernardo Núñez (2006), Primer Lugar Concurso Nacional Cuentos sobre rieles (2007), Premio de Ensayo Caracas 1567-2017 (2017) entre otros. Cuenta entre sus publicaciones varios artículos en revistas académicas nacionales e internacionales y varios libros sobre la temática histórica y literaria. Es columnista de Prodavinci y del Correo del Caroní. Mantiene el blog Saparapanda.