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Cinco poemas de Gustavo Valle

Gustavo Valle (Venezuela, 1967) es novelista y poeta, Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela, donde fue profesor del Departamento de literatura latinoamericana y venezolana. Cursó el doctorado en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Complutense de Madrid.

Gladys Mendía 2 semanas ago 18
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Gustavo Valle (Venezuela, 1967) es novelista y poeta, Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela, donde fue profesor del Departamento de literatura latinoamericana y venezolana. Cursó el doctorado en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los poemarios Materia de otro mundo (Estruendomundo, 2003), Ciudad imaginaria (Monte Ávila Editores, 2005) y La máquina de leer los pensamientos (Luba Ediciones, 2024); los libros de crónicas La paradoja de Ítaca (Consejo Nacional de Cultura, 2005) y El país del escritor (Milena Caserola y El 8vo. Loco Ediciones, 2015); y las novelas Bajo tierra (Grupo Editorial Norma, 2009, premio de novela Adriano González León; Premio de la Crítica, 2010), Happening (2013, premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana; Premio de la Crítica, 2014), Amar a Olga (Pre-Textos, 2021) y El brillo de los niños (Pre-Textos, 2025) Compiló, junto al crítico Carlos Sandoval, Salvar la frontera. Muestra de cuentos de escritores venezolanos migrantes (2024).

PINSAPOS

¿Caminamos en el bosque
o es el bosque
caminando en nosotros?

¿Respiramos la brisa en los pinos
o son los pinos que nacen, como semillas pequeñas,
de nuestro aliento?

¿Damos gritos ante la vastedad, poblada de silencio,
o es el universo enmudecido
que ocupa nuestras voces?

La cartografía del mundo
hace tiempo fue grabada
con buril muy fino
en los idiomas del hombre.

Aquella estrella corresponde
a la alegría de aquel parque.

Dos cuerpos entramados
en la gramática de las fieras
arriman su animal doble
a los vientos confundidos.

¿Caminamos en los bosques o son los bosques
junto a sus pájaros,
lo que oscurece en nosotros?

PALMERA AZOTADA POR GUSANOS

Gusanos en legiones silenciosas
trabajan sin descanso
durante la noche apacible.

Con sus boquitas muerden
los racimos lanceolados
en lo alto de la palma.

Ascienden por el tallo grueso
como sordos caracoles.

Un camino de saliva perezosa
abandonan a su paso.

Arriba, en la copa frondosa
campean aguaceros y relámpagos.

¿Quién advertirá
el banquete voraz
de sus estómagos múltiples?

¿Quién abona este árbol sentenciado
con miserables compuestos?


DOMINGO LEZAMIANO

La luz rebota en los muros cubiertos de hiedra.
El cielo azul inabarcable en las aguas residuales de la lluvia.
La transparencia giratoria y gratuita
de la brisa que pasa y se cuela
en la frondosa delgadez de la chiflera.
Las casas adocenadas a la orilla del pavimento,
sus tejas abrasadas por el sol que las detiene y las obliga
a doblar sus lomos y guardarnos.
Hay pájaros ejercitando su vuelo
de la trinitaria violeta al aguacate y la palmera,
de las antenas a los aleros y de nuevo a la palmera, dibujando
un engranaje de canciones desde el balcón hasta el cielo
desde la casa hasta la cima
desde las manos hasta la tierra, repitiendo:
«hace domingo aquí afuera». Y más allá de las cortinas
la vida cumple su recorrido
sobre el lomo de un gato que se estira.


NI TAN ÁRBOL

Aquel árbol puede ser cualquier árbol
Sus ramas numerosas y nervudas
Sus hojas lanceoladas y tan verdes
La forma de agitarse cuando el viento
tropieza contra su sombra.

Las raíces que levantan
adoquines viejos
el tronco tatuado y rugoso
y la casa que recibe su sombra
las ventanas que sus ramas golpean.

Este árbol puede ser cualquier otro

El pino raquítico de la infancia
La secuoya del palacio de Segovia
La araucaria voladora…

Los pájaros cantan el mismo canto
Fabrican idénticos nidos
En sus mismas ramas hospitalarias

Y la lluvia amortigua su caída
En sus copos altos y tupidos

El mundo viaja en sus raíces
En la savia de sus ramas se desplaza
Pero él está quieto
Se queda fijo
Si estuviera lejos de aquí
Si nadie lo viera
Si sus tallos se secaran
O la tormenta lo tumbara
Seguiría siendo el mismo

Un árbol cualquiera
Bajo un sol que lo calcina.

Ni tan alto, ni tan verde, ni tan árbol.


MURIÓ EL CHAGUARAMO DE LA CASA DE MI MADRE

Las guacamayas hicieron nido
En lo alto de su tronco

Dicen que murió hace tiempo
Pero no me había enterado

Enterarse tarde de una muerte
Es todavía más doloroso

Perder el árbol de la casa que dejaste
Te prepara para la pérdida de la casa

Quien no ha perdido una casa
Continúa en el útero del cosmos.

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