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Conversa con Fedosy Santaella

Conversar con Fedosy Santaella abre un espacio donde la escritura se mueve con libertad y sin rigideces. A propósito de La ruta de lo lejano (LP5 Editora, 2026) este diálogo se acerca a una forma de narrar que mezcla memoria, intuición y pensamiento con naturalidad. La figura de Elizabeth Schön aparece como una presencia activa, una voz que atraviesa el texto y lo sostiene. Santaella comparte su proceso creativo desde la experiencia directa: escuchar, dejarse llevar, escribir desde distintos registros sin imponer límites. La conversación recorre ese territorio donde lo narrativo, lo poético y lo ensayístico conviven en una misma respiración. Todxs invitadxs a leer desde la curiosidad, desde la apertura y desde el asombro que todavía provoca la literatura.

Gladys Mendía 5 meses ago 116
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Conversar con Fedosy Santaella abre un espacio donde la escritura se mueve con libertad y sin rigideces. A propósito de La ruta de lo lejano (LP5 Editora, 2026) este diálogo se acerca a una forma de narrar que mezcla memoria, intuición y pensamiento con naturalidad. La figura de Elizabeth Schön aparece como una presencia activa, una voz que atraviesa el texto y lo sostiene. Santaella comparte su proceso creativo desde la experiencia directa: escuchar, dejarse llevar, escribir desde distintos registros sin imponer límites. La conversación recorre ese territorio donde lo narrativo, lo poético y lo ensayístico conviven en una misma respiración. Todxs invitadxs a leer desde la curiosidad, desde la apertura y desde el asombro que todavía provoca la literatura.

ENTREVISTA A FEDOSY SANTAELLA
Por Gladys Mendía

Este libro nace en el umbral entre géneros. ¿En qué momento comprendiste que La ruta de lo lejano no podía ser ni novela, ni ensayo, ni simple ficción biográfica, sino una forma híbrida que exigía su propia respiración?

Desde hace algún tiempo vengo trabajando con total libertad creativa entre géneros. La literatura es justamente eso: un espacio para la libertad. No rechazo los géneros, pero creo que nada impide traspasarlos. En realidad, los géneros deben adaptarse a tus necesidades expresivas y no al revés. No ocurre con todos los autores, pero, cuando piensas demasiado en adaptarte a los géneros, es porque estás pensando en un mercado, en la fama, etc. Eres prisionero, esclavo de esos deseos del ego. La figura del autor exitoso, famoso, ha hecho mucho daño. Aunque pienso que aquellos que no les interesa realmente la literatura, sino que viven con el deseo de la fama, ya están dañados desde el inicio. Si te llega la fama, magnífico, si te llega el dinero, pues mejor. Pero no creo que debemos escribir para eso ni morir en ese intento. Ahora, con respecto al libro, yo soy lector de la poesía de Elizabeth Schön, de sus ensayos, de su teatro. Me fascina su vida y el modo misterioso en que ella se movía por el mundo. ¿Cómo podía yo afrontar todo esto desde los muros limitantes de una estructura narrativa? No podía quedarme simplemente allí. La voz de Elizabeth Schön vino a mí, yo la escuché y la encontré en lo narrativo, en lo poético, en el ensayo. Esa voz estaba en todos esos lugares, y desde todos esos lugares escribí sin censurarme con respecto a los géneros.

La voz que articula el texto se desplaza entre memoria, invención y meditación ontológica. ¿Cómo trabajaste esa inestabilidad deliberada sin caer en el mero artificio formal?

Escuché muchas veces a la poeta hablar. Leí en silencio y en voz alta sus poemas. Ella habló. Digo, en ocasiones, mi aproximación para escribir algunos textos la puedo desde una planificación mediada por períodos racionales; en otros (Los escafandristas, El dedo de David Lynch, por ejemplo) priva más el instinto, regiones menos racionales, parecidas a la posesión, digamos. Con La ruta de lo lejano trabajé desde esos lugares, dejándome llevar por esa voz que refiero y armando desde allí. Sé que voy a decir algo que suena a locura y desfachatez: pero cuando terminé el libro, lo miré, y no supe realmente cómo lo había escrito. Fue como si la poeta hubiera hablado todo el tiempo, como si ella lo hubiera dictado. Busqué, eso sí, deliberadamente, la delicadeza y la inteligencia de Elizabeth Schön en las lecturas, en los videos, y a través de ese proceso de mimesis espiritual o de posesión literaria, la dejé hablar. Es un halago que digas que lo logré, o por lo menos, que su voz no suena artificial.

En la contraportada comento que no se trata de una reconstrucción biográfica sino de “habitar el recuerdo como intensidad”. ¿Cómo dialogas con la figura de Elizabeth Schön?

No sé si dialogué. Fue un chorro de voz, y yo seguí ese chorro de voz. Se dio, simplemente se dio. Pero si podemos suponer un diálogo, ese diálogo surgió desde Puerto Cabello, la ciudad donde yo nací y donde ella vivió su infancia y su juventud. Esa coincidencia, ese mar, nos une geográfica, pero sobre todo imaginariamente, y nos permitió “dialogar”. Yo imaginé a Elizabeth, recordando, rememorando Puerto Cabello en Caracas, cercana ya a su muerte. En ese sentido, no es una biografía, porque la Elizabeth de ese libro es una Elizabeth unida a Puerto Cabello, a mi ciudad y ese período está, según busqué, inexplorado por sus acólitos e incluso por ella misma (aunque en sus poemas está el mar, por supuesto). Desde ese lugar, la poeta y yo hablamos. Quizás ese es el lugar del diálogo por el que indagas.

¿Qué significa para ti escribir desde una conciencia que sabe que está ficcionalizando una vida real? ¿Es un gesto de homenaje, de riesgo, de posesión, de escucha?

Significa todo lo que has dicho.

El libro se sostiene en una noción del Ser que atraviesa la ciudad de Puerto cabello, mar, casa, selva, muerte. ¿Fue la escritura una manera de pensar filosóficamente desde la poesía, o más bien de escapar de la rigidez del pensamiento conceptual?

Elizabeth estudió filosofía y, como María Zambrano, descubrió que la filosofía no era suficiente para explorar lo visible del mundo, y mucho menos lo invisible. La poesía le dio más. Y la unión de la poesía y la filosofía mucho más. Aunado a eso, también una cierta creencia en el mundo espiritual que se asoma en el libro (espero que nadie se escandalice). Así, su búsqueda del Ser estuvo en la poesía, en la filosofía, en sus visiones sobre el Más Allá. De este modo, este libro tenía que ser escrito de una manera similar. Por eso también no obedece a géneros. El Ser está en todos los géneros y en ninguno.

Hay una tensión constante entre presencia y ausencia, entre lo visible y lo invisible. ¿Dirías que esta obra es una exploración de la imaginación como forma de conocimiento?

Por supuesto, la búsqueda del Ser es la búsqueda del conocimiento. Incluso a pesar de Platón, que desterró a los poetas y apaleó al pobre Ión. En la poesía, como lo veía Elizabeth, y como me parece a mí, hay, en efecto, una forma de conocimiento.

La prosa se interrumpe con fragmentos de la obra de Schön y con reflexiones que parecen ensayar una poética. ¿Cómo decidiste el ritmo de esas inserciones? ¿Trabajaste el montaje como un compositor trabaja las pausas?

Trabajé llevado por la voz de sus poemas. Cada poema que me ha atrapado, pasó a formar parte de lo narrativo y de lo ensayístico. Los poemas de Elizabeth no están puestos arbitrariamente, están allí porque se entrelazan con la historia contada. Lo narrativo y lo ensayístico toman ideas, imágenes, frases de esos poemas. Hay guiños por todas partes, intertextualidad con su poesía, con sus ensayos y con su teatro. Pero además hay “intertextualidad” (o intermedialidad, como se prefiera) con las fotos de Alfredo Cortina, de las que no he hablado hasta ahora. Esas fotos son el recurso fundador del libro, y en esas fotos (junto con los poemas) se sustenta la estructura. Cortina sabía que en ella había cierto misterio e intentó captar ese misterio en sus fotos. Yo, a partir de ese misterio, de esas imágenes que trataron de captarla, armé, tal como he dicho, buena parte del libro. Así que no solamente hay poesía, sino también fotografía. La poética del libro es el misterio de la figura de la poeta.

Puerto Cabello no aparece como simple espacio geográfico, sino el territorio simbólico, casi metafísico. ¿Qué representa el mar en tu propia tradición imaginativa? ¿Es memoria, es origen, es disolución?

El adulto pierde la inocencia valiosa de su infancia. El mar, su recuerdo, me la devuelve. En ese lugar sagrado nunca soy derrotado.

La muerte se presenta aquí como tránsito. ¿Fue difícil sostener esa perspectiva sin caer en sentimentalismo o solemnidad?

Eso lo debe decidir el lector. Más bien es una pregunta que yo debería hacerte a ti. ¿Crees que no caí en el sentimentalismo o la solemnidad?


No caíste ni en sentimentalismo ni en solemnidad; desde mi visión sobre el texto, la muerte se nos presenta como un viaje, un traspasar, un tránsito luminoso. La pregunta es si esto fue difícil o fluyó de manera natural…yo creo que te fluyó con naturalidad.

En varios pasajes, la voz parece atravesar puertas, ver sombras, habitar una zona liminal. ¿Te interesaba explorar una espiritualidad literaria sin nombrarla como tal?

Sí, pero tampoco quise hacer un circo de eso. Es un espacio delicado en el que se puede caer en el sensacionalismo, el lugar común o en el mal gusto. Quise tratar todo eso, muy poéticamente, desde la elegancia y el misterio.

¿Qué lugar ocupa la filosofía en este libro? ¿Es una presencia subterránea o una interlocutora explícita?

El estudio de la filosofía me ayudó hace algunos años, diez o nueve atrás, a ensanchar o profundizar mi comprensión de mí mismo y del mundo, y en el personaje de Elizabeth encontré esa misma idea. Eso, por supuesto, lo plasmé en el libro. Creo que aquella maestría en filosofía que hice durante aquellos años antes de salir de Venezuela, estaba de algún modo destinada, en parte, a encontrar una razón en este libro o el personaje de Elizabeth, digamos.

Hay un momento en que la voz reflexiona sobre la diferencia entre ser y estar. ¿Te interesaba trabajar el lenguaje como herramienta ontológica, mostrar que en la gramática se juega una metafísica?

Me interesa la simpática, interesante manera de hablar de los mexicanos con respecto al ser y el estar. Un hombre en México no es guapo, está guapo. No sé si en Venezuela ahora se use. Pero lo escuché en México y me llamó la atención. Ese simple detalle, me puso a pensar un montón de tonterías dizque filosóficas que pasaron al libro. Traté de que fuese un momento fresco. Digamos, que esa ontología que refieres es humorística, no muy seria, sino ocurrente. Espero haberlo logrado, a pesar de que el fragmento se disfraza de cierta seriedad.

¿Cómo dialoga este libro con Daemon (LP5 Editora, 2022)? ¿Hay continuidad en la exploración de lo invisible, o aquí se abre una etapa distinta?

Hay artistas con los que conecto. Me atrae su belleza, su elegancia, su particularidad, su ética, su dignidad, su tormento, su careo. Son figuras con un fuego propio, ajenos al sindicato (de artistas). Ellos están en la música, en la pintura, en la literatura, en el cine, en las ciencias. Cuando me acerco a ellos, me siento en casa.

En términos estructurales, ¿escribiste el libro de manera lineal o fue un ensamblaje posterior de fragmentos dispersos?

El orden de cada capítulo fue surgiendo de manera secuencial, no hice alteraciones de orden. Todo lo que está allí fue escrito exclusiva y únicamente para ese libro. Todo en él nació por primera vez, pero, al mismo tiempo, puedo decir (perdón por repetir la declaración tan osada) que fue como si también estuviera ya escrito y yo sólo transcribiera.

¿Qué papel juega la memoria venezolana —histórica, política, afectiva— en esta obra que, sin embargo, se sitúa en un plano más íntimo y simbólico?

Venezuela siempre me importa. Siempre está en mi escritura. Pero no hablo de Venezuela como un repentista, o como un escritor realista, literatura que respeto pero que no me interesa del todo. Hablo de Venezuela desde otro lugar más mío, más intimista. El que no lo quiera ver, porque necesita una literatura más explícita, ya pues que acuda a otros libros. Por supuesto, también me interesó hablar de Puerto Cabello. Tal como he dicho, allí nací y viví mi niñez y juventud. Puerto Cabello ocupa un lugar de mi memoria fundamental. También, tal como he señalado, me sustenta. Sus historias me aproximaron al asombro ante el mundo que es necesario para todo creador. En ese sentido, Puerto Cabello, sus historias, sus lugares, fueron fundacionales para mi conformación humana y artística. Así, este libro, es también un homenaje a esa ciudad que, en cierto sentido, ya no es, pero en otro, sigue siendo.

Como narrador, has trabajado la ironía y la ficción urbana. Aquí, en cambio, hay una contención y una gravedad distintas. ¿Te exigió esta voz una disciplina emocional diferente?

Yo estoy viejo, ya escribo de otra manera. No digo que no vuelva a la ironía o la ficción urbana, pero no me gusta quedarme en un solo lugar, es demasiado fácil. Hay mucha riqueza dentro de nosotros como para quedarnos en un solo lugar. Sin pretensión de compararme, pero el Homero de La Ilíada no es el mismo que el Homero de La Odisea.

¿Cómo fue el proceso de escritura en relación con el silencio? ¿Hubo momentos en que sentiste que el texto te pedía detenerte?

Nunca el texto me pidió detenerme. Hablar desde el silencio no es detenerse, es hablar poéticamente. Ese es el reto, hablar desde el silencio.

La obra plantea que la poesía no es ornamento sino instauración. ¿Crees que la literatura todavía puede fundar sentido en un mundo saturado de información?

Sí, por supuesto. Hace unos instantes vi un hermoso Reel en Instagram (hablando del mundo actual) en el que Corto Maltés, ese fenomenal personaje de Hugo Pratt, encuentra Las flores del mal en un camastro de un hotel barato. Allí lee “El albatros”. La combinación de los dibujos de Pratt con Baudelaire y con el mar me resultó espléndida y me lleno de maravilla y paz interior. En lo que terminó ese Reel vino otro de un señor idéntico a Humpty Dumpty dando saltos dizque de kárate por un jardín, y luego un señor sin camisa demostrando sus supuestos músculos; todo era muy cansón y de muy mal gusto contemporáneo. Ahí comprendí, recordando a Corto Maltés, que sí, que la poesía sí nos salva.

Me interesa particularmente tu faceta como ilustrador. La ilustración de portada es tuya. ¿Cómo dialoga tu trazo con la escritura? ¿Dibujas lo que no puedes decir con palabras o es otra forma de pensamiento?

Esta es una de esas preguntas que nunca sé responder. Hay que tener cuidado cuando se dibuja; mientras lo haces, piensas demasiado en las circunstancias de tu vida, en ti. No vacías tu mente, no es meditación. Con el dibujo abres una esclusa por donde pasan torrentes. En ese sentido, es más peligroso dibujar que escribir ficción. La ficción, de algún modo, se vuelve un escudo que te protege de ti mismo. A menos que tengas cierta conciencia del ejercicio espiritual estoico (así sea intuitiva) que la transforme en algo provechoso y placentero, el dibujo puede llevarte a encontrarte demasiado contigo mismo y tus temores. Así que, en efecto, dibujar es otra forma de pensamiento.

El retrato que abre el libro tiene algo de máscara y algo de revelación. ¿Buscabas representar una identidad o sugerir una multiplicidad?

Solo pretendí mostrar ese rostro hermoso, altivo, enigmático que muestra la poeta en esa y otras fotos tomadas por Alfredo Cortina. Detrás de la máscara aguarda el misterio; eso también.

Has realizado exposiciones de tus ilustraciones. ¿Sientes que tu trabajo visual y tu trabajo literario pertenecen al mismo territorio creativo o son habitaciones distintas de una misma casa?

No sé, no pienso en esos temas, sólo lo hago. Me gustan las casas grandes, con buena luz. Siempre con el mar de fondo.

Finalmente, si tuvieras que definir La ruta de lo lejano no por su argumento sino por su gesto, ¿cuál sería? ¿Un acto de escucha, una invocación, una despedida, una puerta?

Esa casa tiene puertas abiertas. Las que están cerradas, las voy abriendo.

    Al terminar esta conversación, entendemos que la escritura funciona como un acto profundo de sentir y escuchar. Santaella acompaña la voz que surge en el texto y permite que avance con su propio y delicado ritmo. La presencia de Elizabeth Schön atraviesa el libro como una energía constante, sutil y vibrante. La ruta de lo lejano sostiene un equilibrio entre pensamiento, intuición y sensibilidad, con una atención especial al tono, a la experiencia íntima y etérea de la memoria. La poesía aparece como un espacio donde el conocimiento, las emociones y la experiencia se entrelazan. Esta entrevista permite acercarse a ese proceso creativo y a la manera en que la escritura abre un espacio para decir lo esencial con intensidad y claridad.

    Gracias a nuestro querido Fedosy por dejarnos entrar en su visión creativa, muchos éxitos a su escritura.

    Gladys Mendía.