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CONVERSACIÓN CON ANTONIO GÓMEZ SALAS

Antonio Gómez Salas nació en Olvera España 1992, es narrador, docente y estudió arquitectura en Sevilla. En 2022 publicó su primer libro de cuentos un basurero natural por la editorial

Gladys Mendía 2 años ago 32
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Antonio Gómez Salas nació en Olvera España 1992, es narrador, docente y estudió arquitectura en Sevilla. En 2022 publicó su primer libro de cuentos un basurero natural por la editorial Talón de Aquiles en España. Actualmente trabaja en su primera novela. Su Instagram es: a.g_salas

«La tradición oral construyó el amor que tengo por contar historias»

Entrevista a Antonio Gómez Salas

Por José Miguel Navas

     Comenzando el año 2022 me ha llegado el primer libro de relatos de Antonio Gómez Salas «Un basurero natural», catorce relatos divididos en cuatro partes.  Me atrapó la atmósfera intimista de este libro. El autor explora el universo femenino desde el desastre, la pérdida y creación; esto último se refiere al camino hacia mirar lo bello y la reafirmación por el devenir. El autor propone una visión narrativa poética con amplios referentes narrativos, un libro de lo tradicional, pero que, entiende lo nuevo, haciendo énfasis en descubrir las vidas de los personajes, que van apareciendo a lo largo de los relatos. Personajes débiles que buscan la fuerza y el heroísmo de sí mismos, el reencuentro con las tradiciones, la familia y la búsqueda de la identidad en un mundo tan propio que nos ha tocado. En esta conversación con el autor, me gustaría conocer más de su proceso de escritura:

JN―¿Cómo comienza a escribirse «Un basurero natural»?

AN―Un basurero natural comienza a escribirse mucho antes de que yo tomara conciencia de ello. Nunca pensé en un libro de cuentos. Cuando escribo relatos los trabajo de manera independiente, pienso solo en el cuento, en cómo empieza, cómo se desarrolla y cómo termina. Por delante y por detrás no hay nada más. Pero sucedió algo inesperado, como siempre pasa con la literatura. Y ese algo fue que me di cuenta, al releer algunos de los cuentos que había escrito, de que había muchos de ellos con una atmósfera muy determinada, con ciertos climas, elementos y temas comunes. Ahí fue que empecé a ver el libro. Y cuando empecé a pensar en el mundo que quería contar en torno a ese conjunto de historias que tenía delante, comprendí que había cuentos que no pertenecían a ese mundo y también cuentos que faltaban, porque creo que un libro de cuentos debe tener una cierta paleta de colores, como un recorrido muy determinado a lo largo de todos estos elementos y temas comunes. Y así empezó todo.

JN―En tu relato La casa de Abuela, vuelves a tomar la voz femenina como eje conductor de la narración. Fue un relato que disfruté muchísimo, es casi el diario de una infancia, además de lograr en forma crónica subjetiva adentrarte en los inicios de un algo. ¿Quiénes influenciaron este relato? Háblame de tu proceso de escritura en La casa de Abuela.

AN―Esta cuestión es bien compleja, porque La casa de Abuela fue un relato que se construyó a partir de una serie de momentos acumulados en el tiempo. Y, por supuesto, por mis propios recuerdos y una gran parte de mi infancia. Trataré de contestar con la claridad que me permita el intento de deshilvanar el desorden que es un proceso creativo. Digamos que el proceso de escritura de este cuento se constituye (creo) por tres momentos fundamentales: una imagen concreta, un viaje y una pregunta. Muy a menudo, cuando ando haciendo cosas cotidianas como lavar los platos, ver televisión, limpiar la casa, se me vienen a la cabeza recuerdos, flashes o incluso escenas determinadas que vi en una serie o en la propia calle. Y si eso que aparece de repente me convoca algo, me despierta un sentimiento o una inquietud o cualquier otra cosa, dejo lo que estoy haciendo para tomar notas en mi libreta. La mayoría de las veces las notas se quedan ahí y se me olvidan –o yo pienso que se me olvidan–, porque lo que en realidad pasa es que, de forma inconsciente, esa imagen –ese sentimiento– lo trabajo en mi cabeza para intentar transformarlo en narrativa. Después pasan otras cosas. En el caso de La casa de Abuela, se me vino la imagen de un momento muy concreto de mi infancia, en el que estaba con mi hermano gemelo en la calle. Tendríamos no más de cinco o seis años. Estábamos jugando. El juego consistía en lo siguiente: darle patadas al bastón del vecino, un señor bastante mayor, sin que él se diera cuenta e intentar tumbarlo. Por supuesto para nosotros aquello era un juego inocente, sin implicaciones futuras más allá del bastón. Pero cuando recordé aquello y, al verlo desde la distancia, sentí que había ahí algo muy siniestro. Escribí entonces ciertas notas al respecto y lo olvidé. Pasaron muchos meses, casi un año. Estaba ya trabajando en el primer borrador de Un basurero natural, era verano y sentía que debía aislarme, desconectar, irme a otro lugar. Y pensé en viajar a mi pueblo, donde estuve hasta los ocho años, porque después nos trasladamos a Málaga por el trabajo de mi padre. Pero toda mi familia está allí. Hacía mucho que no me quedaba en Olvera durante un largo tiempo, y me apetecía volver a caminar por sus calles, disfrutar de la tranquilidad de la Sierra de Cádiz, del misticismo que envuelve a esos pueblos. Así que me fui y seguí trabajando en el libro. Quería escribir un relato en el que pudiera reflexionar sobre una pregunta que me rondaba la cabeza: ¿Hasta qué punto se refleja la peligrosidad del daño psicológico frente al daño físico? Y, curiosamente, al pasear por la calle donde mis bisabuelos vivieron, me acordé del bastón de ese anciano al que nunca derribamos, y de esa imagen de dos niños iguales pero que, en el fondo, eran muy distintos. Entonces me dije: «ah, ¿y si uno es el daño psicológico y el otro el daño físico?». Y me fui corriendo a escribir. Después, durante el proceso de escritura, surgieron otras cosas que no podrían haber surgido si no hubiera estado en mi pueblo en el momento en que empecé a escribir este relato. Rápidamente apareció ese ambiente rural, con la atmósfera tan concreta que se destila en las gentes de un pueblo, los chismorreos, la preocupación por el qué dirán, los mitos, las leyendas orales, el misterio. También tradiciones como la matanza, y alguna que otra superstición local. Y entonces el relato se transformó en otra cosa, en una especie de exploración de lo tradicional y del comportamiento de las gentes que habitan en un pequeño pueblo de la Sierra gaditana. Pero sigue teniendo ese trasfondo siniestro que me invocó la imagen que tuve y esa pregunta que me hice sobre el daño. Así que podría decirse que este relato me lo inspiró mi pueblo, pero también mi infancia, porque tomé para el relato muchos aspectos de ella, como la época de matanza –mi abuela paterna hacía una cada año–, o la propia casa donde se llevaba a cabo la elaboración de los embutidos y los jamones. Creo que al final uno genera una especie de material tanto tangible como intangible, y ese material te va conduciendo a algo. Y lo que más me gusta es que nunca te esperas nada, es todo misterio.

 JN―En tus relatos, veo que eres un hombre de ritos, quizás inmerso en una herencia de lo mágico y esencial. ¿Consideras novelable a quienes te rodean?

AN―Considero que todo –todo– es novelable. Lo que creo que es importante es preguntarse qué situaciones, qué personas, qué circunstancias son interesantes para poder hacer algo con ellas, en mi caso, dentro del plano de la imaginación. Aunque te bases en hechos reales, creo que a la hora de trabajar con ellos, con todo el respeto y cuidado, tienes que hacerte preguntas importantes. Yo casi siempre escribo por una necesidad de registrar una emoción muy concreta que no consigo saber qué es, y entonces la escritura se convierte en una búsqueda de ese estado emocional final. Es ahí donde radica la mirada del que escribe. Uno puede ver en unas zapatillas de deporte nuevas, sin estrenar, tiradas en la basura, el abandono de un hobby, o el comienzo de una nueva vida, o la huida de una obsesión, o una epifanía. Lo que quiero decir con esto es que la vida es misteriosa. También es misteriosa la literatura. Creo que hay un misterio fundamental en el cotidiano que no puede ser explicado. En eso la realidad se parece a la ficción. Por eso los que escribimos debemos tener como una antenita en la cabeza y ver, ahí donde alguien solo aprecia una gota de lluvia, un sentimiento inexplicable capaz de poder ser narrado.  

JN―¿Cuándo es el momento para escribir un relato para ti, dónde radica tu permanencia en la narrativa?

AN―Hay un texto de la escritora y periodista argentina Leila Guerriero, creo recordar que se llama La inspiración transpirada, en el que, entre otras muchas cosas, ella plantea dos momentos de escritura. A mi me gusta llamarlos “blando” y “duro”. El blando se refiere a esos momentos en los que parece que no está haciendo nada –calentándose las manos en la estufa, contemplando el vapor de una olla– pero que, en realidad, está escribiendo. El duro está más relacionado con el oficio, y, cuando digo oficio, me refiero a ese momento en el que te sientas a escribir. Yo comparto esa forma de entender la escritura, ese constante escribir sin escribir. Creo que una persona que escribe, al menos a mí me pasa, lo hace todo el rato, aunque no tenga un lápiz en la mano. Cuando me pongo a escribir un relato, yo ya estaba pensando en él desde hacía años. Si coges mis notas sobre, por ejemplo, Circo Humano, son como de un año atrás o así. La idea está ahí, y voy como madurándola inconscientemente en la cabeza. Es algo parecido a un presagio. Luego pasa que algo me dispara el volver a esa idea y decir «ahora es el momento». A veces es una voz detrás de la oreja, o una imagen, o una canción, y muchas otras veces no tengo ni idea de qué produce esa chispa. Es como si las historias ya estuviesen ahí listas para ser contadas. Solo tienes que esperar al momento adecuado. Como un cazador.

JN―Un relato que me resulta luminoso en tu libro, por su mensaje y belleza narrativa es «Las brujas de la Peña» ¿De dónde se te ocurrió hablar del silencio de las mujeres?

AN―Es curioso. Este es un relato que comparo mucho con un buen día de caza. Un día, en el autobús, me vino la vaga idea de unas mujeres aisladas en su propia casa, sin contacto alguno con las gentes del pueblo. ¿El motivo?, ni idea. Lo que más me gustó es que ellas no hablaban, porque de una generación a otra las mujeres de la familia se quedaban mudas al cumplir una cierta edad. Me quedé con eso, y lo apunté en mi móvil. Yo en ese momento ya había escrito La casa de Abuela, y me quedé con ganas de construir un texto sobre los pactos, sobre el aislamiento, el origen de las leyendas y los mitos, el pasado que sigue transcurriendo en el presente. Y un día, después de haber trabajado en el proyecto de una novela para una beca de la Fundación Antonio Gala, construida a partir de esta idea, sin más, la voz de uno de los personajes de la novela empezó a hablar. Tuve la suerte de estar delante del ordenador, y escribí todo de una sentada. Y salió este cuento.

JN―¿Qué hay detrás del silencio que cuentas en el relato «Las brujas de la Peña»?

AN―Misterio. Sí, yo diría que misterio, pero, sobre todo, empoderamiento. Esto lo descubrí después, cuando leí el cuento a las semanas para corregirlo. Hay algo en esta historia parecido a la reconquista del cuerpo, a “el hacerse daño de alguna manera”. Pero no en un sentido de desvictimizarse al hacerse daño, no como una condena. Sino más bien como una reivindicación. En este caso «decido dejar de hablar porque sé algo muy cruel que se ha construido a través de la palabra hablada y de la casi total aceptación por parte de los habitantes del pueblo en donde mi abuela, mi madre y yo vivimos».

Me gusta pensar en el cuerpo que se transforma en otra cosa. No me refiero a una metamorfosis, porque además la metamorfosis tiene algo de castigo. Son ellas –la abuela, la madre y la hija– las que deciden tallar sus propios cuerpos al negar el lenguaje con el silencio. Ellas se vuelven mudas porque quieren. Y en ese sentido, se empoderan.     

JN―En tu relato final «Vida suspendida»Edith nos acerca a la nostalgia de la contemplación, del ayer de su devenir, me ha parecido un relato precioso, una mirada atenta a quienes nos han forjado. ¿Por qué cierras tu libro con este relato, existe algún espacio de ti mismo que deseas transmitir?

AN―Bueno, quizá la respuesta te decepcione un poco. Solo un poco. Cerré el libro con este relato porque era una especie de distopía. Era como ver el mundo después del desastre. Pero no estaba seguro. Tenía la sensación de que el libro se cerraba con el penúltimo relato, El Pozo. Y lo hacía de una forma brutal. Le comenté entonces a mi editor lo que pensaba, y fue él quien me dijo que Vida Suspendida funcionaba casi como un epílogo de la propia obra. En todos mis cuentos se develan situaciones muy concretas, oscuridades muy distintas, y Vida Suspendida mostraba una visión global de todo lo que yo quería decir en todo el conjunto, en el libro. Así que decidí dejarlo como estaba, y confiar en mi intuición.

En lo referente a si existe algún espacio de mí mismo que deseo transmitir, no lo sé. Quizá sí, quizá no. El tiempo y la distancia lo dirán.

JN―¿Por qué la arquitectura y la literatura?

AN―La literatura siempre ha estado ahí, desde el principio. Empecé a leer muy temprano. Recuerdo pasar mi infancia entre libros de aventura, fantasía y terror y, sobre todo, los misterios y supersticiones locales, producto, claro, de miedos comunes. Fue en Olvera donde empecé a escribir mis propias historias y leyendas, inspiradas en aquellas que la gente del pueblo me contaba, queriendo imitar los estilos de los libros que leía. Luego en el instituto me gustaba mucho escribir mi propia opinión de las cosas. Me encantaban las asignaturas como ética, en las que tenías que reflexionar y plantear argumentos propios. O Lengua y Literatura; no tanto por analizar las obras de los escritores y escritoras más relevantes, sino por los ensayos que debíamos hacer respecto a eso. Fue en esta etapa que empecé una novela. Recuerdo que todas las tardes me encerraba en mi cuarto y me ponía a escribir hasta la hora de la cena. Allí, delante del ordenador, todo era un viaje a otro mundo. Esa sensación me gustaba. No sé dónde andará esa novela. Nunca la terminé. Y mira que sabía todo lo que iba a pasar y me quedaban pocos capítulos, pero llegó el verano y Bachillerato y currar en un bar y la carrera. Me decidí por arquitectura porque había muchas disciplinas que me gustaban: matemática, física, dibujo artístico, antropología, filosofía… Arquitectura parecía reunir varias de estas disciplinas y, como no sabía qué hacer, me decanté por ella. Después, con el tiempo, me he dado cuenta que esta carrera me ha dado una manera de ver y entender el mundo que se refleja en mi forma de leer y escribir. Cuando acabé arquitectura decidí hacer un curso experto en escritura, estilo y creatividad, para retomar la escritura. Y nada, después aconteció. La vida es una serie de decisiones inciertas.

JN―Cuéntame de tus autores favoritos.

AN―Si tuviera que hacer una lista de mis autores favoritos, sería larguísima. Si tuviera que hacer otra de todos los autores que tengo pendientes, sería interminable. Hay mucho que leer y muy poco tiempo. Una vida no es suficiente. Pero si tuviera que hablarte de autores que me han fascinado, que han hecho que se me abran los ojos ante nuevas formas de narrar y trabajar el lenguaje, te diría unos cuantos. Olga Tokarczuk es una de ellas. Cuando leí Los errantes me voló la cabeza. Dicen que es una novela, pero yo creo que es otra cosa. Esa estructura en fragmentos, esa narrativa poética y tan llena de detalles. Uno está todo el tiempo preguntándose por qué esta arquitectura para un libro. Y luego te das cuenta que no podría haber sido de otra manera. Los Errantes es una obra sobre el viaje, sobre el movimiento, el mundo y el cuerpo y los intentos de cartografiarlos. Olga siempre se reinventa, siempre se arriesga, y eso me encanta. Mónica Ojeda es otra de las autoras que me mataron de asombro. Ella me cogió de la oreja, me puso de espaldas a una pared y me fusiló con su narrativa poética y su forma tan característica de trabajar con la violencia. Pocos son los que consiguen adentrarse en la poesía, la novela y el cuento y salen como Pedro por su casa, y Mónica lo hace realmente bien. Para mí es una genia. También me gusta mucho Juan Rulfo. Siempre que leo algo de él, me inspira, y siento una repentina necesidad de ponerme a escribir. Lo mismo me pasa cuando leo a Leila Guerriero.

Un autor que descubrí el año pasado y que me cautivó fue Robert Aickman con su libro Cuentos de los extraño. No sé cómo lo hace, pero es un escritor que consigue inquietarme mucho. Vas pasando las páginas con la sensación de que algo muy malo está a punto de ocurrir y, con esa sensación, de repente, en una línea estabas dentro de una casa y en la siguiente estás en un bosque, y te preguntas «¿qué ha pasado?». En serio, es casi como para hacer una tesis de literatura sobre ello, coger sus cuentos e ir línea por línea, palabra por palabra, desmenuzando su narrativa.

Bueno, podría estar aquí horas hablando de más autores y autoras, pero sería abusar. Aunque tengo que mencionar algunos otros, por respeto y admiración. Samanta Schweblin. Mariana Enríquez. Shirley Jackson. Lorrie Moore. Ian McEwan. Raymond Carver. Ray Bradbury (sobre todo sus relatos de terror urbano). Alice Munro.

JN―¿Me compartes tus lecturas?

AN―Soy un lector inquieto. Desprejuiciado. Cuando leo voy saltando mentalmente de un lado a otro, como si te tiraran una punta de algo y en seguida agarraras otra. Me gusta hacer conexiones, entusiasmarme con todo, fascinarme con todo, interesarme por la información. Adoro los datos subterráneos que hay en la literatura. No me quedo solo con el texto. Me encanta ver el hipertexto, todo ese universo de referencias que el escritor usó y su manera de plantear temas concretos. Por ejemplo, hace poco leí la única novela de Poe. Y no pude evitar acordarme de una de mis novelas favoritas: Moby Dick. No solo por la conexión evidente de la temática del viaje y el encuentro con lo monstruoso que se advierte en estas novelas, sino también por algo subyacente en ambos textos: el horror blanco. El ver, en este color que tradicionalmente se ha relacionado con lo puro y divino, lo que antecede a la mancha, al desastre. No entiendo cómo se ha convertido el negro y lo oscuro en símbolos del terror, cuando el blanco puede ser aún más horroroso. Y, de hecho, autores contemporáneos como Mónica Ojeda también usan el color blanco como símbolo de la impureza, de la tragedia que vendrá después. Está en su libro de relatos Las voladoras, está en su novela Mandíbula, está en su poemario Historia de la leche. Gemma Solsona Asensio es otra autora que trabajó este tema en su libro de relatos Blancogramas. Incluso una de las citas que Gemma usa para abrir esta obra es de Mónica Ojeda. Recuerdo bien la cita porque en su libro Gemma no especifica el texto de donde la sacó, y yo, que soy muy friki, releí los libros de Mónica para buscarla, porque además me gustó mucho. La cita dice: «En otras palabras, el blanco es como el silencio en una película de terror: cuando aparece, sabes que algo horrible está próximo a suceder». Esta frase se encuentra en Mandíbula, justo en una parte en la que una de las protagonistas escribe un ensayo sobre los cuentos de Poe. ¡Ah!, mira qué curioso, porque resulta que el ensayo se convierte desde el principio en un trabajo donde se reflexiona sobre el horror blanco. Y donde se comenta también la novela Moby Dick. ¿Ves lo que te digo? De Poe me fui a Moby Dick, después a Mónica y, más tarde, a Gemma Solsona. Pero no me quedé ahí. Con Blancogramas me pasó algo interesante. En muchos de los cuentos que hay en su interior, me pareció que había una forma de entender la “casa” no como lugar de la tranquilidad, no como refugio, sino más bien como lugar derribado, destruido desde dentro. Y me dije: «Ah, Emily Brontë; Cumbres Borrascosas. Ah, Shirley Jackson; La maldición de Hill House, El reloj de sol y Siempre hemos vivido en el castillo». En ambos casos el espacio doméstico se convierte en un infierno, y que tanto las Brontë como Jackson plantearan estos temas en aquella época me parece muy, muy interesante. Justo me acordé de la Pandemia y el Estado de Alarma y el encierro. Parece todo casi como una predicción. En relación a esto se me ha venido a la cabeza una instalación artística que vi en el CAC de Málaga, My Bed, de Tracey Emin, en la que aparece su cama, con las sábanas arrugadas, rodeada de sus efectos personales: botellas de vodka vacías, paquetes de cigarrillos, mantas manchadas de su propio vómito, ropa interior sucia. Ella quiso sacar ese pedazo de su casa, descontextualizarlo, y exponerlo casi como un autorretrato de su depresión y la relación de esta con la casa y su encierro. Igual ahora me tiro un mes investigando sobre el aislamiento, sobre los espacios domésticos como espacios de lo fantástico y la relación que pueda existir entre las escritoras y las casas en la literatura. ¿Ves? Al final, me parece que cuando uno lee, un buen texto debería plantearte preguntas, y que esas preguntas te vayan llevando a otros lugares, otros autores, a ensayos, películas, cuadros, documentales, etcétera. Odio las obras que parece que quieren decirte algo, explicarte absolutamente todo, esos textos en los que se busca la tranquilidad y la comodidad de los lectores. Para mí la literatura no es una sentencia, sino más bien una pregunta.

JN―Me gustaría que hablaras de tu ciudad, de tus espacios, de los sitios que han sido fundamentales para ti, del país que te ha creado. ¿Me cuentas?

AN―Para mí una de las cosas más interesantes que me pudieron pasar fue el trasladarme de un pueblo mediano a una ciudad con playa. Quiero decir, existe una tensión campo-ciudad muy interesante, esas diferencias entre los pueblos de interior y su hermetismo y las ciudades costeras y su carácter cosmopolita han sido una mezcla explosiva que me ha perseguido siempre. En ese sentido, los espacios que más me han interesado, como arquitecto y también como escritor, son aquellos que se transitan, que pertenecen al entramado que conforma tanto a una ciudad como a un pueblo. Porque ahí es donde uno puede notar estas diferencias y tensiones que se establecen en un sitio y en otro. Si te fijas, casi todos los cuentos de Un basurero natural son urbanos, casi el 70% te diría. Me interesa mucho el desplazamiento por los pueblos y ciudades y el contraste entre estos; cómo va cambiando incluso un cuerpo dentro de una trama urbana y, sobre todo, la relación de los personajes con la ciudad, que no es, creo, siempre hostil, sino más bien exploratoria. Transitar por la ciudad se convierte casi como en un viaje para conocerse a uno mismo. Pero ya no sólo los espacios abiertos me interesan, también los cerrados. Quiero decir, en mis cuentos también aparecen casas, hospitales, hoteles, pero, de alguna manera, son también lugares de tránsito, son sitios donde pasan cosas, pero están insertos en una trama más grande que es la trama urbana, como si el espacio público se metiera en el privado y todo fuera una misma cosa. A mi la trama urbana como escenario me interesa mucho. La Psicogeografía me encanta. Estaría buenísimo estar constantemente haciendo derivas urbanas, a mi me sirven mucho para construir atmósferas y ambientes en mi literatura.

JN―Y un epílogo personal tuyo, sería perfecto para cerrar la conversación.

AN―La tradición oral construyó el amor que tengo por contar historias, y la certeza de que incluso las más disparatadas contienen verdades a las cuales no se puede llegar de otra manera más que contándolas. Pero no creo que mi tarea como escritor sea proveer de comodidad o de confort. Si hay una tarea que me compete, aunque menor dentro del plano de las cosas posibles, es la tarea de crear preguntas. En la mayoría de mis relatos señalo el misterio pero no trato de resolverlo. Me gusta permanecer en lo inexplicable. Además, hace un tiempo ya que todo me sabe a ceniza. Incluso cuando respiro, el aire adquiere cierta consistencia en mi boca, áspero y denso, rasposo, como si estuviese absorbiendo humo de barbacoa. Es una pena que sea temporada de fresas.

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La entrevista fue realizada vía Gmail, a los veintisiete días del mes de febrero del 2022, entre Madrid y Málaga.

Un basurero natural de Antonio Gómez Salas fue publicado y editado por la editorial Talón de Aquiles en enero del 2022 en España.