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SOBRE FESTINA LENTE, DE ALEJANDRO SEBASTIANI VERLEZZA, POR IGNACIO MURGA

Gladys Mendía 7 meses ago 71
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LA LENTA PRISA DE LA SERPIENTE

Sobre festina lente de Alejandro Sebastiani Verlezza

Lograrás el tesoro besando a la serpiente

Rumi

Durante años he soñado con serpientes. Es uno de los animales más recurrentes en mis sueños. Los días sucesivos quedo inmerso en un estado de confusión, un cierto embriagamiento del que no me es fácil salir. Para recuperar el equilibrio, aunque en el fondo sé que para nada me ayudará, leo afanosamente diccionarios de símbolos y bestiarios. Así termino siempre matando a la serpiente, la dejo sin aire y también sin comida, enfrascada entre conceptos y abstracciones que nada me dicen de su presencia y menos aún de su naturaleza.

Esta vez me ocurrió algo distinto. La serpiente no apareció en un sueño. Se me fue haciendo presente, poco a poco, mientras leía festina lente, el último poemario de Alejandro Sebastiani Verlezza. Sus ojos verticales como dos grandes agujeros negros, en los primeros poemas, más adelante la fuerza de sus músculos sobre mi cuerpo, dejándome inmóvil y atento a todo lo que a mí alrededor acontecía, y al final, cuando terminé el libro, su extraña y veloz desaparición.

La semana siguiente a esta lectura caminaba por el bosque, distraído en la altura de los árboles y sus verdes boquiabiertos, cuando de pronto alguien me dijo: attenzione! Era una serpiente en medio del camino; estaba muerta y desgarrado todo su cuerpo. Me agaché para mirarla en todos sus detalles, me complacía saber que esta vez no fui yo el asesino. Mientras la contemplaba me di cuenta inmediatamente que festina lente era una de las pieles que Alejandro ha dejado sobre la tierra.

Volví entonces entusiasmado al libro y encontré la referencia exacta no solo de la serpiente sino de la particular cualidad que tienen de mudar sus pieles. Siguiendo esta intuición, se me antoja pensar que desde este poema donde está el animal, donde está moviéndose la serpiente, podemos atisbar los estratos más hondos de la voz poética que recorre festina lente:

tu laberinto no nace en el mar

pero si de sus entrañas salgo escupido

volveré lleno de escamas y sangre

muy presto para la Ocasión

así ocurren las mudas de piel 

¿De qué “pieles” está hablando el poeta? ¿Cómo y cuándo ocurrieron esas “mudas”? ¿Cómo  rastrearlas? ¿Qué podemos decir si después de la lectura del poemario sólo nos quedan esa(s) piel(es) entre las manos? Sabemos que la piel que dejan las serpientes es de color blanco y no en balde el primer poema del libro inicia diciendo: “blanco blanco / voy ganando más blanco / y puedo presentir el fondo”. Ese blanco lo vamos a ver reiteradamente, en otros poemas, en la disposición de los textos sobre las páginas y muchísimo más amplio en los sentidos que abarca como imagen existencial y metafísica del alma en alusión a la Nada: “los blancos recesos, su espumosa, dúctil blancura, llena de nada, llena de Nadie”, “Ven a la dulce –dulce– espera de la Nada”.  

En un poema titulado “song” el poeta contrapone ese blanco con la travesía: “Ahora no hay travesía / solo amorosa blancura”. Si seguimos este hilo entonces podríamos decir que el blanco se contrapone también con los laberintos, con las bifurcaciones, los acertijos, y todo aquello que debe ser “descifrado”, que está en clave y que exige algo, una acción, un hacer, para encontrar caminos o puertas de salida: “Tu laberinto no nace en el mar / pero si de sus entrañas salgo escupido”, así inicia el poema antes citado. En otro, nos dice el poeta: “Llevo aquí el gramo de Voz / impregnado de sal y viento / y Ahora solo diré / (para mí muy bajito) / no más ceguera / no más laberinto”. Creo que nos encontramos ante una suerte de desvanecimiento o disolución de la imagen psíquica del laberinto y de todo aquello que conlleva una vida de extravío en los recuerdos, las inundaciones y las ausencias: “Ya no jalan los grumos del recuerdo: / quedaron incinerados”; “Basta ya de paisajes inundados”; “No siempre / murmurar / lo ausente” (esto es apenas una intuición para explorar a fondo en otro momento, ya que en la obra de Sebastiani Verlezza el símbolo del laberinto es recurrente).

El argonauta llega a tierra, es lo que me parece leer y, más importante aún, es la sensación que me trasmite también la serpiente, animal sin patas, rastrero, vinculado visceralmente con una existencia en y sobre la superficie terrestre. Su piel está recubierta de escamas que le ayudan a desplazarse, de hecho, le dan una gran fuerza de movimiento, y, no menos importante, por ser duras, protegen su cuerpo.

“Volveré lleno de escamas y sangre / muy presto para la Ocasión”.

Me detengo en ese estar “presto”, palabra que deriva del latín praestus y éste, a su vez, del verbo pre/stare, “estar presente, estar listo” porque aquí está el centro de gravitación del poemario y lo que creemos es el camino de autoconocimiento del poeta, su “vía oculta”: habitar el presente, girar en él, esposarse con el instante. Rafael Cadenas, en su poema titulado “Mirar”, dice: “Veo otra ruta, la ruta del instante, la ruta de la atención, despierta, incisiva”. Alejandro Sebastiani va transitando, a su especial modo, esa misma ruta, que es la misma y a la vez es otra. En la sucesión de lo nuevo se evoca lo antiguo porque toda existencia auténtica está anclada en la transmisión de una herencia, de una sabiduría, sino estamos condenados a dar tumbos con un tiempo que no tiene rumbo, nuestra libertad entre los barrotes de un presente de incompletud permanente.

En el poema-aforismo “ciencia tao”, cuyo título se encauza en el sostenido diálogo que tantos artistas han promovido entre occidente y oriente, encontramos ese modo de estar y de sentir, tan suave y tan ligero como la brisa: “y en el instante de migrar hacia otro instante /  justo justo ahí / éramos la brisa”. Todo el poemario es un volver y un revolver el presente, el instante, lo que está aconteciendo. De allí que la experiencia de lectura nos coloca en ese mismo lugar existencial y, sin darnos cuenta, terminamos sumergidos en cada poema y también sorprendidos ante la aparición del siguiente y después el otro y el otro, como olas de diversos tamaños que no dejan de llegarnos al cuerpo si queremos estar dentro del mar. Todos diferentes no solo en relación al despliegue de imágenes sino sobre todo, y esta es una de las principales singularidades del libro, quizás la más relevante, evidente al darle una primera ojeada, en las formas y disposiciones de los poemas sobre la página en blanco: hay un sinfín de mutaciones, variaciones y ritmos en los registros y formatos. Más de una vez nos quedamos contemplando el poema como si fuera un diseño gráfico que nos interpela al espejarnos y en otras cantando como si estuviéramos frente a una partitura musical. De modo que el cuerpo del libro, en sí mismo, nos lleva a vivir esa poética del tránsito y la deriva de los instantes. En una “nota de montaje” Sebastiani Verlezza lo hace explícito: “si las voces –simultaneidad, improvisación– encarnan lo que Alfredo Silva Estrada llamó ‘el canto continuo de las roturas”, el rostro del poema surgirá en la vitalidad del momento.

En el poema “Casi poética” leemos siete veces la palabra girar y otro poema lleva por nombre “giróvago” (de gyrus, «giro», y vagus, «vagabundo»), término con el que, en la antigua tradición cristiana, se designaba a los monjes itinerantes que iban de un lugar a otro y que, con su forma de vida, cuestionaban el monacato tradicional y sus regulaciones, sobre todo la estabilidad, el voto de no salir nunca más del monasterio, al morir ser enterrado en él. Los giróvagos cristianos son, por parentela, hermanos de los Derviches. Entonces volví a leer algunos de los poemas de Rumi, el padre espiritual de la orden sufí de los Derviches. En un poema titulado “El Juicio” nos dice: “El sufrimiento es parte de las pruebas; quien carece de pruebas pierde el juicio. Lograrás el tesoro besando a la serpiente” (en una nota al pie el traductor dice que en la mitología persa las serpientes suelen ser las guardianas de los tesoros). Respiro con valentía, me acerco y beso a la serpiente o recuerdo haberlo hecho en la lectura de un libro o en un sueño. Al besarla abro los ojos y me dejo hundir en los suyos.

¿Qué tesoros encuentra el poeta? ¿Qué encuentra en esos instantes, en esos giros? Hagamos una breve e incompleta lista sin ninguna otra pretensión que la de girar en esas revelaciones: “la frecuencia estallante, la abrasadora, húmeda melodía”; “la danza del eco / su frotamiento”; “la miel de la casa”; “gemir y gemir (…) / esa es la belleza del alma”; “su canto por la madrugada / lleno de follajes / y espuma feroz”; “La Ocasión: ¡diosa, dea!”; “la canción de los sótanos”, “el ardor del tálamo”, “la llameante precipitación”; “ay, ruidito, ay roce oculto: ¡qué suave me cantas!”…  

Sigo con la(s) piel(es) entre las manos. Es lo único que nos ha quedado después de las mudas. Dice Paul Valery: “lo más profundo es la piel”. Creo intuir con un poco más de claridad, con un poco más de cuerpo, lo que puede significar festina lente, esa lenta prisa, como le gusta traducir a Alejandro, esa máxima atribuida al emperador Augusto. La serpiente nos los ha dejado ver en sus ojos, sentir en sus escamas, traslucir en sus movimientos. Su sabiduría es anterior y nos sobrepasa; su inocencia nos devuelve algo, quizás un ritmo, que hemos perdido.

Ignacio Murga

Grotte dell´acqua, 30 de junio de 2023.

Ignacio Murga (Caracas, 1983). Poeta y licenciado en Psicología (Universidad Central de Venezuela, 2008) con especialización en Psicología Clínica (Universidad Católica Andrés Bello, 2016) y Psicodramatista (Escuela Venezolana de Psicodrama, 2017). Se dedica a la consulta privada desde hace diez años. Se ha desempeñado como director, productor y guionista en los siguientes documentales: Dijaawa Wotunnöi, mito ancestral yekuana (Humboldt Forum de Berlín, 2017), No en nuestro nombre (Plataforma contra el arco minero del Orinoco, 2019), Diarios del asombro: viaje de Alexander Von Humboldt en Venezuela (Embajada de Alemania, 2020) Ha participado en talleres dirigidos por Armando Rojas Guardia, Rafael Castillo Zapata, Rafael Arráiz Lucca y Luis Gerardo Mármol Bosch. Es autor del poemario Antorcha de luz verde, entre otros textos inéditos.  Actualmente reside en Italia.