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YÉIBER ROMÁN: POESÍA ACTUAL DE VENEZUELA

Yéiber Román (Caracas, 1996). Estudiante de Tecnología Electrónica de la Universidad Simón Bolívar. Fue ganador del Concurso de Poesía Iraset Páez Urdaneta (2016) y del Concurso de Cuentos José Santos

Gladys Mendía 4 años ago 46
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Yéiber Román (Caracas, 1996). Estudiante de Tecnología Electrónica de la Universidad Simón Bolívar. Fue ganador del Concurso de Poesía Iraset Páez Urdaneta (2016) y del Concurso de Cuentos José Santos Urriola (2017), ambos de la Universidad Simón Bolívar. Autor del poemario Los Futuros Náufragos (Fundación La Poeteca, 2018). Mención honorífica en la III edición del Concurso Physis (organizado por el CELUCAB) y en la V edición del Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas. Textos suyos han aparecido en las revistas Letralia, Latin American Literature Today y Contratiempo, así como en la antología Poesía contra la opresión (1920-2018) [PROVEA y Fundación La Poeteca, 2019].

 

 

Temo

Tengo miedo de quedarme solo en bares solos
Jesús Montoya

Temo reducirme a una palabra mustia.

Deseo huellas en mis dedos; no sollozos de letras.

Me invade el miedo al derramarse el río del volcán.

Impide a mis ojos contemplar la luz.

            Ahora todo es humo espeso;

            todo es blanco y negro.

No sé cómo apagar ese volcán dentro de mí.

            No sé evitar la conversión de mi sangre en lava.

Rehúyo a las radiografías,

pues temo no ver el esqueleto de un ser en cautiverio

            sino las cenizas de un caligrama.

A veces temo a la poesía,

pues ella persiste en fijar mi futuro:

transformarme en ánima,

y a los versos, en ruegos por la salvación;

            por el fin de la rebelión de las heridas.

Temo al pesar;

a la escopeta en sus manos;

a su eterna época de cacería.

Hay un temor en la cúspide:

que el amor en mis poemas sea una ficción

(peor aún,

que el espacio de la dedicatoria esté vacío).

Los parásitos también tienen un restaurante

¿no viven los poetas en sus libros?
¿no son las bibliotecas sus moradas
(o sus tumbas)?                     
Guillermo Sucre

Nombre, apellido y foto colgaban del cuello

acompañados por la palabra «Biblioteca».

Mis manos alzaron torres de cajas descoloridas

donde encerré miles de versos ajenos;

historias de ídolos y desconocidos

—varias de ellas signadas

por galardones literarios—;

páginas de disertaciones sobre literatura.

De todo eso quedan nada más que migajas.

Nada de aquello era un almacén de biblioteca

ni mi labor era ordenar un cúmulo de obras.

Yo clasificaba comida para los parásitos;

era su sitio para darse un festín.

Las horas invertidas por autores noveles

son grandes cultivos para hongos.

El insomnio por encontrar la palabra adecuada

reducido a un montón de hojas carcomidas

en un sótano poco iluminado.

Tinta usada para plasmar un sueño,

gritos de auxilio en celdas con formas de mapas,

antidepresivos clichés en el mundo de los literatos

ahora son digeridos por insectos milimétricos.

Contribuí en toda esta injusticia.

Convertí mis manos de universitario

en las de un verdugo

para poder ganar unos cuantos billetes.

Hoy, en la sala de mi casa,

evocando lo ocurrido a inocentes escritores,

escribo este poema, aunque no sirva de nada.

Existen restaurantes para perros,

templos para ratas, cafeterías para gatos;

también restaurantes para los parásitos.

En su menú hay gourmet y chatarra

en platos de narrativa, ensayo, poesía,

preparados por moscas recién nacidas

y otras con firmas consolidadas.

Quizá eso es la literatura:

narradores, ensayistas, poetas

(sobre todo poetas)

proclamados hace tiempo como ángeles o dioses

condenados a morir en una cárcel de cartón;

convertidos en tierra fértil para el moho;

desmenuzados por parásitos

en un restaurante exclusivo

ubicado debajo de la biblioteca;

algo tan atroz como enterarse

de un nuevo espacio clausurado

donde no hace mucho se hallaban en estantes

las jóvenes promesas literarias,

esperando, así sea por error, un par de ojos lectores;

un nuevo espacio clausurado

donde un librero hacía una humilde recomendación

mientras pensaba en la llegada de su desempleo.

Eso es la literatura, supongo.


(Mención honorífica en la III edición del Concurso Physis, organizado por el CELUCAB)

El desierto en las entrañas

Escribir en segunda persona es la forma más acabada de soledad
Adalber Salas Hernández

Bastó una foto tuya para sentir mi cuerpo deshabitado.

Vi rasgos extranjeros en tu rostro.

Raros surcos nacieron de forma repentina.

Creí escuchar tu voz con un léxico ajeno.

Supe que no te reflejarías más en mis pupilas.

Esta casa quería tenerte aprisionada.

Esta casa no concuerda con tu ser.

Tal vez no respires vigor y sólo aparentes hacerlo

–ruego a Dios estar equivocado.

Te volviste fantasma especial:

en vez de miedo das regocijo.

Siempre deambulas en esta casa

donde ya nadie ríe

y tal vez nadie ría más.

Quedan unas cuantas memorias

mudándose a un cuarto de antigüedades

en un edificio abandonado.

Ver tu cuerpo estático en digital,

único remedio contra tu ausencia,

es una flagelación.

Rememoro las golpizas que la cobardía me dio;

cómo, ante ti, mi lengua perdió todas las palabras.

Nunca luché por defenderme.

Ahora vivo los resultados:

mi cuerpo es muy grande para este desierto llamado «alma».

Se encoge al verte más feliz

en un sitio tan remoto.

Palabras escondidas por mi timidez no llegarán a tus oídos.

Sólo queda una solución:

golpear mi pecho todo un siglo

(eso no bastará como redención).


(de Los futuros náufragos; Fundación La Poeteca, 2018)

Ojos de cristal

Niña,

qué triste es verte en el dintel de la puerta de tu casa,

pues tienes que ver cómo trotan los demonios.

Miras los rostros de quienes han arrebatado tu inocencia;

miras las bocas que tienen veneno en vez de saliva,

pues sólo sirven para blasfemar.

Niño,

asustado frente a tu ventana,

ves que los soldados ya no son de juguete.

Ya no tienen el corazón de plástico, sino de piedra;

ya no es verde el color de su piel.

Ahora los muertos no están en tu imaginación,

y no reviven de forma infinita, como en tus juegos.

Niña, niño,

cuán doloroso es que sus ojitos de cristal se empañen,

pues tienen que ver,

en primera fila,

el polvo que levanta la guerra.


(poema ganador del Concurso de Poesía Iraset Páez Urdaneta, 2016)

Hombre de verde

Gracias al horror

puede comer su familia.

Tantas cosas hechas por él a luz plena

parecieran no asfixiarlo en la noche.

         dejarlo dando vueltas en la cama.

Cuando pregunté «¿Cree este hombre en algo?

                  Porque en Dios no debe ser»,

la abuela, con la sapiencia impregnada en sus arrugas,

con un diminuto palíndromo,

reveló la creencia de ese hombre:

—Alaba la bala.

Entonces ella rememoró su carrera por refugiarse,

por escapar de no ser nombrada en los noticieros,

por impedir tener años de una agonía dolorosa

sólo por desear acabar con la maldad.

Al asomarse a la venta, vio algunos (tristes) días de juventud.


(de Los futuros náufragos; Fundación La Poeteca, 2018)

La ciudad

Mira el mapa de esta ciudad

grabado en un papel con arrugas sacado de la basura.

                        ¿Hueles esa podredumbre?

                        ¿Sientes el filo cortando tus manos?

Esa es la pulpa de estas avenidas.

Un ser gigante se gestó en el vientre de la urbe.

Ella, acostada sobre la fría cerámica de la maternidad,

dio a luz no a una hembra o un varón,

            sino a un monstruo: un muladar.

Lo bañó en el río y allí dejó su esencia.

No supo criarlo. Él la golpeó y le dejó moretones en el cuerpo.

Acá la inercia pasea a las personas,

            cada una con correa de perro al cuello.

Pueden existir dos o más caminos,

            pero en ninguno hay sosiego.

El aliento del temor asfixia a los transeúntes.

La paz está cerrada por vacaciones

            o por duelo.

                        Apunta tus ojos un poco hacia arriba,

                        verás allí los cuerpos de las bellas artes.

Aún giran y giran en la horca.

            Fueron una detrás de la otra

            con un silencio solemne

            a una cuerda disfrazada de cultura.

Ese día fallecieron el talento y la historia.

Ese día murió la diversión.

¿Se habrá topado la ciudad con un gran gato negro?

Pues se necesita una sabana grande

para allí escribir una lista de todos nuestros dolores.

Derrumbaron el capitolio.

            Construyeron un nuevo circo sobre sus ruinas.

Bala, símbolo del escudo.

Una cara en las garras del pánico, bandera.

                        Llanto, nuevo himno

            –duele escuchar su entonación en el patio de la escuela.

Sobran los teatros con obras de demagogia.

Sobra el primitivismo en (casi) cualquier caminante.

Sobran los zoológicos cuyas jaulas son oficinas.

Antes: bello monte lleno de vida.

Ahora: valle de las calaveras.

Acá, en la basura, entre tanto infierno,

tal vez exista una perla de fantasía.

No es imposible su búsqueda:

camina; ten una alta mira para todo.

                        Algo aparecerá en forma de sonrisa.

Observa bien por los jardines. Afina tu vista en el mercado.

            Repite siempre el proceso (a veces inútil).

            Así evitarás ver la insania convertida en camisa de fuerza.


(de Los futuros náufragos; Fundación La Poeteca, 2018)