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SOBRE LOS PÁJAROS PRISIONEROS SOLO COMEN ALPISTE. POR ASTRID SALAZAR

Sobre Los pájaros prisioneros solo comen alpiste de Miguel Antonio Guevara Siempre disfruto leer los textos de Miguel Antonio Guevara, y ahora que tengo la versión final de su novela

Gladys Mendía 3 años ago 53
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Sobre Los pájaros prisioneros solo comen alpiste de Miguel Antonio Guevara

Siempre disfruto leer los textos de Miguel Antonio Guevara, y ahora que tengo la versión final de su novela Los pájaros prisioneros solo comen alpiste publicada por LP5 Editora. ¡Vaya que lo he disfrutado, el doble!


Reseñar no es lo mío, porque me dejo llevar por la emoción. Sin embargo, la única forma que pueda hacerlo es solo a través de este hilo emocional.
Y más, cuando el autor me presenta el diseño de la portada que cubren las líneas leídas y releídas, aproximadamente durante tres años. Me conmuevo a plenitud, al mirar una portada llena de colores y optimismo. Llevándome así, hacia la vida psicodélica del personaje principal de esta novela. ¡Tremendo acierto!


Crisanto Mederos, quien nos hace cruzar la frontera, no solo de un país para pasar “al otro lado”, como bien nos sitúa al leer las primeras líneas, sino más bien a traspasar el espacio|tiempo de una vida soñada a una vida. Vida. Esa, la que simplemente nos toca: desterrados, rotos, apocalípticos.


Entre la confusión y la erudición de Crisanto. Esta novela nos regala el eterno “viaje del héroe”. Haciendo un recorrido entre la política, la literatura y el amor. No resulta fácil entender la hipertextualidad de este Triángulo Narrativo que se desarrolla en “Los pájaros prisioneros solo comen alpiste” del autor Miguel Antonio Guevara.


Porque nada es gratuito en este viaje. Situarnos en espacios distintos para aventurarnos junto a Crisanto, en ese triángulo del tiempo, el territorio y la existencia, parece ser la clave primera de toda esta Historia.


Considero que, para leer y disfrutar mucho más esta novela, hay que tener previo conocimiento, o por lo mínimo cierta curiosidad histórica sobre sucesos como el Caracazo, el Éxodo de aquí o de allá, El Gran Apagón, también de aquí o de allá, o sobre los 43 de Ayotzinapa. De esta forma, nos podremos enfrentar a las constantes intervenciones escritas en cursivas, que requerirán de nuestra atención y si se quiere participación para comprenderlo.


Acá la ficción se hace amiga del realismo puro o viceversa: caos, virtualidad, sobrevivencia, ¿revolución?; dan vida a la descripción de las vivencias personales y hasta oníricas de los personajes.


En una gran “tómbola de acontecimientos” está el regreso hacia nosotros mismos, sostenido por un posible reencuentro, donde el diálogo amoroso, representado en forma epistolar, de ida y de vuelta; nos conecta, magistralmente a la escritura como oficio inclusive hasta como obsesión.

No en vano, nos encontraremos con un bagaje de referentes literarios, que arropa cada capítulo como un efecto pasional de la voz. Desde Emil Cioran, Jorge Luis Borges, Albert Camus hasta Juan-Eduardo Cirlot, Ana Ajmátova, Eugenio Montejo, Zoraida García, entre otros. Muchas veces para mitigar el dolor o la incertidumbre del personaje principal. O, también para ir más allá, de lo que se escribe. De lo intangible. De lo que soñamos. En una especie de acomodo, de no saberse [nos] solo [s].  

Esta novela, es uno de los textos que más he disfrutado de Miguel Antonio, pero seguirla explicando sería mostrar en demasía. Invito a leerla y a dejarse llevar por este collage narrativo. Pasearse por las interrogantes de sus personajes e hilar junto a la maestría que este autor barinés, nos brinda, desde esa pasional hipertextualidad, un telar de relatos: fragmentos entre fragmentos, para formar la historia completa y su final.

He acompañado al autor, desde que esta historia eran solo retazos metidos en sus cuardenitos de viajes, cuando un “lee este texto” desde la ventana del Messenger me sorprendía a medianoche. Por este motivo, se hacen tan míos cada uno de sus personajes. Y a veces hasta siento, como hoy, que Crisanto me habla desde su peregrinaje. Y es él quien coloca en mi ventana, a ese pájaro libre y firme en su gorjeo para despertarme.


Astrid Salazar


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