
LA LLUVIA QUE ME HABITA, de Johnny Gavlovski E.
El dolor puede explicarse con palabras, aunque cueste, pero también puede decirse a través de las palabras. Las palabras pueden hacerse dolor. Para que esta transformación ocurra se necesita ser poeta, un poeta verdadero, de los que no embalsaman el lenguaje sino que lo aprietan hasta que mane su sangre. El poeta llega a través de sus órganos hasta el hueso, y en esa travesía se deshace de cuanto estorba. Johnny Gavlovski E. lo ha hecho: ha decantado la emoción, pulido y desnudado cuanto no es fiebre necesaria, latido esencial, pulcra imagen.
Podría decirse que La lluvia que me habita es un libro de poemas que alberga un mapa de la desolación. Del mismo modo que se quiebra el alma y “el mundo se quiebra”, el verso aparece roto sobre el papel, desgajadas unas de otras sus palabras, apostadas a la vera del silencio que propugna el espacio visual de la página, y “uncido a la pena”, como escribió Miguel Hernández, necesita ser contemplado en su quebradura, resquebrajado, en un aparente caos que no es sino una amalgama de respiración ahogada. No cabe más sino el instinto de sobrevivir forzando la inspiración, fragmentando el discurso, dejando que sea el lector quien atrape esa conciencia orgánica que se le ha escamoteado. Tiene las claves: el precipicio y, al fondo, la quietud.
Las fotografías del libro, qué bien reflejan ese borroso mundo de lo incierto, de una realidad quebrada, borrosa e inestable. Expulsada la nitidez, solo cabe reflejar la presuposición, la imagen obtusa, el descarrilamiento de lo creíble. Ver el mundo a través de la lluvia, con el obturador mojado, las siluetas movidas. Sí, en el fondo todos estamos habitados por esta lluvia que trastoca los sentidos, que flota sobre las grietas.
Yolanda Izard
España, 2026.
